El Destino del Barog (El rapto de las descendientes 5) 40 no voy a luchar contra él
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40 no voy a luchar contra él

Ux

C uando Daryos apareció de repente junto a su hermano, Ux palideció. No porque le intimidara lo más mínimo luchar contra el rey y el príncipe al mismo tiempo, sino porque jamás pelearía contra su hijo.

«No voy a luchar contra él», se repitió como un mantra una y otra vez.

Sabía que no tenía la certeza absoluta de que fuera su hijo, puesto que Ooris le había dicho que Tatiana había yacido con Drashir poco después.

Sin embargo, el anciano creía que lo era.

Lo veía en sus ojos cuando lo miraba, en su expresión.

Y Ux sentía en el centro de su pecho que ese barog era sangre de su sangre.

Solo había que observarlos a ambos con detenimiento.

Las facciones de Daryos eran algo más suaves que las suyas, puesto que también se parecía a Tatiana, pero el color del pelo, la forma del rostro, las líneas marcadas de la mandíbula, la nariz y los pómulos, el modo de moverse… Todo eso era suyo.

Y el ojo azul. Un azul sin ónice alrededor, pero tan intenso y luminoso como el suyo.

Si alguien se fijara en ambos de verdad, uno junto al otro, vería enseguida el asombroso parecido. Como dos hermanos, o como padre e hijo.

Tal como Cyrus era el vivo retrato de Drashir, Daryos lo era de él.

Necesitaba encontrar el modo de hablarle a solas. Si tan solo tuviese unos minutos para explicarse…

No era estúpido; sabía que, probablemente, aquello no cambiaría las cosas. Aun así, debía intentarlo. Y hasta que encontrase el momento adecuado, rehuiría el enfrentamiento con él por todos los medios.

Debía pelear contra el rey y borrarlo del mapa, aunque eso no le congraciara con su hijo. Pero ya habría tiempo para eso. Cuando él ocupara el trono, tendrían milenios para conocerse y para que Daryos le perdonara. Seguiría siendo el príncipe de Nemea y reinaría cuando Ux muriera.

Como su hijo, no como el de Drashir.

Debía centrarse y evadir a toda costa ese enfrentamiento. Ya encontraría al rey de nuevo a solas… y lo haría picadillo.

—Los dos hijos de Drashir contra mí. Ni en mis mejores sueños me habría imaginado poder disfrutar de semejante honor —dijo, intentando que su voz no reflejara todo lo que estaba sintiendo.

—¿Tienes miedo, Uxuer? —soltó el rey.

¿Miedo? Si se creía que alguien como él podía sentir temor por el mero hecho de combatir contra dos barogs jóvenes, por mucho que fuesen de la realeza, estaba muy equivocado. Ux ya casi no le temía a nada ni a nadie. Era demasiado astuto… y había vivido mucho tiempo.

Se esforzó por esbozar una sonrisa, en lugar de abalanzarse sobre el rey y arrancarle la cabeza, que era exactamente lo que le apetecía hacer.

—Esta batalla prefiero reservarla para el final. Quiero saborear el momento de gloria cuando al fin te mate, Cyrus —dijo.

Captó la frustración en sus expresiones.

Los muy idiotas intentaron abalanzarse sobre él, pero, con un simple rugido, llamó a varios de los suyos para que se interpusieran entre ellos.

En cuanto lo rodearon, se alejó en busca de otros objetivos hasta que pudiera encargarse de Cyrus de una vez por todas.

Había dado orden a sus fuerzas de que no tocaran al príncipe. Podían luchar contra él, pero no matarlo ni herirlo de gravedad. Si alguno no lo cumplía, él mismo lo desmembraría en la plaza al terminar la guerra. Ya ocurrió una desgracia con Tatiana… No iba a permitir que sucediera de nuevo.

«No te preocupes, amor mío. Protegeré a Daryos. Jamás dejaré que le ocurra nada a nuestro hijo».

En cuanto ese pensamiento cruzó su mente, se sorprendió de lo mucho que estaba empezando a importarle.

Ahora que se habían visto en persona, que había comprobado lo valiente y fuerte que era y lo mucho que se asemejaba a él, la realidad lo había golpeado con más fuerza: ese barog era hijo de Tatiana y de él, fruto de su inmenso amor.

Ni siquiera se dio cuenta de que Lorish corría a su lado hasta que su segundo al mando le habló, en medio del fragor de la batalla:

—Las humanas están en la posada, jefe.

Se desplazaban uno junto al otro, en el centro de un grupo formado por barogs e inferiores.

Las aninfs iban por libre. Trepaban a los tejados y saltaban sobre los guerreros de la aldea para destriparlos con sus largas garras…

o intentar follar con ellos. No estaban siendo unas aliadas muy útiles, pero al menos armaban barullo y desconcertaban a sus enemigos.

Tampoco es que esperase gran cosa de ellas.

La rápida derrota de las nashies , en cambio, sí que había supuesto un duro revés.

Todavía no comprendía cómo el rey y los suyos se habían enterado de que las lanzaría sobre ellos.

Que él supiese, jamás otro barog había logrado un trato con esas bestias desalmadas.

Así pues, ¿cómo demonios lo habían adivinado?

Había enviado a un pequeño grupo a recuperar a las que se habían dispersado y no andaban lejos para que se unieran a su bando en la aldea. Acababa de ver a un par de ellas liarse a dentelladas con el enemigo, pero no serían suficientes para marcar realmente la diferencia.

No le quedaba más remedio que confiar en sus barogs y sus híbridos, más todas aquellas aninfs que luchaban a su lado y no se distraían en otros menesteres. Todos juntos eran una fuerza arrolladora.

Eso tendría que bastar.

Sin embargo, le preocupaban los felinos. No había contado con que hubiera tantos, y estaban diezmando a los suyos a marchas forzadas.

«¿De dónde demonios han salido tantos leones? ¿Y cómo han logrado una alianza con las panteras de las cuevas?», se preguntó mientras esquivaba el zarpazo de un león y la lanza larga y mortífera de un guardián del templo.

Lorish no tuvo tanta suerte. Gruñó cuando una pantera de ojos rojos le clavó las garras en el costado, pero logró sacársela de encima con un golpe de machete.

—Ve a la posada y asegúrala —ordenó Ux.

—Está custodiada por Ciench y un grupo de los mejores guerreros y guardianes.

—Así que el barog de Susi, ¿eh?

—Se ha cargado a un montón de los nuestros. Ni uno solo ha logrado pasar del primer escalón.

—Tú lo conseguirás, amigo mío —dijo Ux con los ojos encendidos por la sed de sangre.

—Pero, jefe, ¿no es mejor que yo siga a tu lado?

—Sé cuidarme solito, Lorish. Escoge a veinte y lánzate contra Ciench y los suyos. No dejéis títere con cabeza.

Lorish asintió. No le hacía ninguna gracia enfrentarse a uno de los mejores guerreros de la aldea, y mucho menos si era el barog de una de las mujeres cautivas.

El rencor y el odio que Ciench sentiría hacia ellos lo espolearían a dar lo mejor de sí mismo.

Pero la orden de Ux no daba lugar a la discusión.

—¿Y qué hacemos con las descendientes?

Ux curvó la comisura de los labios en esa sonrisa oscura tan habitual en él.

—Las sacáis de ahí por las ventanas traseras y las lleváis a la Gran Roca. No te despegues de ellas por nada del mundo y no permitas que nadie les ponga una mano encima. Yo personalmente le cortaré las pelotas al que ose tocarles un solo pelo, ¿entendido?

Lorish asintió.

—¿Y no estarían mejor dentro de la posada hasta que la contienda termine?

Ux negó con la cabeza.

—No quiero que haya incidentes… como en la guerra anterior. Es mejor ocultarlas en la selva, lejos de la batalla.

Aun ahora, a veces tenía pesadillas sobre el instante en que había entrado en el palacio y había presenciado la muerte de Tatiana. Ella también se suponía que estaba protegida en un lugar seguro…

—¡De acuerdo, jefe! —gritó por encima de los aullidos de las aninfs y los rugidos de todos los demás.

—¡No me falles, Lorish!

—¡No lo haré!

Cuando se separaron, la lucha se había recrudecido y los caminos de la aldea eran un barrizal sanguinolento. La piel de los barogs relucía con manchas de la sangre de sus oponentes y de sudor.

Ux sabía que, si ganaba, no sería por el favor de los dioses. Si tales entidades realmente existían, sin duda les habría enfurecido que hubiese matado a tres de sus queridos siervos. Tampoco les haría mucha gracia que arrastrara al último anciano que quedaba en medio de ese brutal caos.

Miró hacia atrás: Ooris seguía avanzando en su forma humana, custodiado por un par de barogs y otros tantos inferiores.

Ux se quitó de encima a una pantera de ojos rojos, cuyas fauces iban directas a su entrepierna, y la ensartó en su lanza corta.

Después, corrió hacia ese grupito y les indicó que resguardaran al anciano en una de las casas y no se separaran de él hasta que fuese en persona a buscarlo. Obedecieron sin titubear.

—¡Conmigo, barogs! —ordenó a los que lo rodeaban mientras corrían por uno de los caminos que serpenteaban entre las casas—.

Vamos a cargarnos a unos cuantos guardianes del templo.

Muy pronto no serán necesarios, pues ya no habrá ni un solo anciano al que proteger —dijo con una sonrisa perversa—. Nadie los echará de menos.

Los ojos del líder de los hermanos perdidos brillaron cuando varios guardianes experimentados les bloquearon el paso, dispuestos a pelear. Venían del otro extremo de la aldea, desde las mazmorras, donde se escuchaba también el estruendo de la batalla.

—Muy bien, vamos allá —dijo Ux, avanzando con el machete en alto hacia el que parecía el líder: un barog inmenso de ojos de bronce y cabello castaño revuelto—. Esta vez no tendréis tanta suerte como en la anterior guerra.

El guardián desnudó los dientes en una sonrisa salvaje y adoptó posiciones.

—¿Hablas de esa en la que matasteis a mi hermano y a mi hoa uhane , y os llevasteis a mi cuñada? ¿A eso lo llamas suerte, monstruo?

Ux aferró su arma con más fuerza mientras lo miraba con sorpresa.

—Así que tú eres Sulveh, el hermano del barog de Sylvia.

—El mismo. Y tú eres Uxuer, el cabrón que quiere aniquilar a su propia especie.

Ux ignoró la pulla.

—Siento mucho lo de tu hoa uhane . Lo creas o no, jamás quise que ninguna de ellas sufriera daño alguno —dijo con sinceridad, mientras ambos bandos empezaban a acercarse, tanteándose el uno al otro.

—¿Tampoco a las doce humanas que secuestrasteis y violasteis durante una década? Por favor, no me hagas reír. Puedes ahorrarte tus discursitos.

—Sabes tan bien como yo, Sulveh, que no sois mucho mejores que nosotros.

—No se te ocurra compararnos, tú no tienes ningún honor.

Ux rugió y avanzó hacia él con el cuchillo serrado en una mano y el machete en la otra.

La lanza sería para otra ocasión: a este guardián arrogante quería verle la cara de bien cerca mientras lo destripaba.

Mejor aún: usaría las garras y los colmillos, y saborearía su sangre.

Sería un gran aperitivo antes de matar a Cyrus.

—¿Qué tal está el bebé de Sylvia? ¿Ya conoces a mi hijo, Sulveh? —soltó con la más siniestra de sus sonrisas.

El rugido del guardián sacudió el planeta entero mientras saltaba hacia Ux con el machete en lo alto. Este interpuso el suyo entre sus cuerpos a tiempo de bloquear el ataque. El choque de metal contra metal reverberó por sus huesos e hizo vibrar la imponente musculatura de ambos.

No hubo más palabras ni pullas, solo golpes, zarpazos, mordiscos, latigazos de sus largas colas… y el estruendo constante de sus armas. Estaban dispuestos a masacrarse mutuamente. Los dos estaban bien entrenados y eran dos de los guerreros más experimentados que había en ese campo de batalla.

Cualquiera de ellos podía vencer.

Pero, mientras en los ojos de Ux danzaba una chispa de diversión, pues disfrutaba enfrentándose a un rival digno de él, en los de Sulveh solo se reflejaban una rabia y un dolor infinitos.

Mataría a ese monstruo y vengaría a su familia. Y después, dejaría sus restos humeantes esparcidos por la selva para que sus asquerosas nashies se dieran un buen festín.

Los demás luchaban a su alrededor en combates tan sanguinarios como el de sus líderes.

No muy lejos de allí, Lorish y un grupo de veinte barogs perdidos se aproximaron a la posada.

Al pie de las escaleras, se inició otro de los enfrentamientos más cruentos de esa guerra.