39 batalla barog #3
Me agaché con el tiempo justo para esquivar las garras de uno de ellos y giré para que la lanza corta del otro no se hundiera en mi costado. Aproveché el movimiento para coger impulso y clavarle el machete en la espalda. El pobre infeliz aulló de dolor mientras su compañero volvía a la carga.
Desde algún lugar, una flecha cortó el aire y le atravesó un lado de la garganta. Uno de los guardianes la había lanzado desde varios metros de distancia. Más tarde se lo agradecería. Ahora mismo, no tenía tiempo que perder.
Aproveché que ambos estaban heridos para saltar sobre uno y arrancarle de cuajo la tráquea con mis garras.
Después, le pateé los riñones al otro, desenfundé el cuchillo y, colocándome a toda velocidad frente a él, se lo enterré en el pecho, directo al corazón.
Se desplomó entre borbotones de sangre y espasmos terribles.
No me quedé para contemplar su agonía. Tenía que moverme deprisa si quería llegar hasta C.
Al fin me había librado de esos dos, aunque estaba rodeado de barogs perdidos, inferiores y aninfs . ¡Todos lo estábamos!
Ax, que acababa de romperle el cuello a una de nuestras antiguas amigas, embistió de cabeza contra un barog perdido que se abalanzaba sobre él.
Después, lo inmovilizó rápidamente con su cola y le desgarró el pecho a zarpazos mientras Zaala, su valiente león, le reventaba las tripas. ¡Formaban un buen equipo!
Lansh y Xioh, tan fieros que daban miedo, luchaban espalda contra espalda contra un grupo de inferiores más lentos que ellos, pero no por ello menos letales.
Sus melenas estaban enmarañadas y sus impactantes ojos, muy encendidos por la excitación de la batalla.
¡Era todo un espectáculo verlos luchar! Sus impresionantes leones tampoco andaban lejos.
Xerx se las arreglaba para mantener a raya a varias aninfs mientras enfrentaba a un barog perdido con muy malas pulgas. Una de esas traidoras saltó de pronto sobre su espalda, haciendo que perdiera el equilibrio y su torso quedara expuesto.
El barog enemigo cogió impulso y levantó el machete, dispuesto a machacar a mi amigo. Mientras Toruch, aparecido de pronto, arrancaba a la aninf del cuerpo de nuestro amigo y la ensartaba con su cuchillo sin remilgos, yo salté hacia delante y asesté un golpe de cola al barog que corría hacia él.
Ese hijo de puta se tambaleó el tiempo suficiente para que Xerx pudiera enterrar las garras en su vientre y destriparlo de arriba abajo. Cuando aterricé al lado de mi amigo, le ayudé a rematarlo. Itzaar, su feroz león, se cargó a otros dos enemigos que corrían directos hacia nosotros.
La lucha se extendía por todas partes, recrudeciéndose con cada segundo que pasaba, bajo ese sol de justicia que nos hacía sudar a mares. Los rugidos, gritos, gruñidos, golpes… se elevaban hacia el cielo nemeniano, sacudiendo el planeta entero.
Los leones y las panteras desgarraban vientres y gargantas a diestro y siniestro, despedazaban cuerpos y mutilaban sin distinguir entre aninfs , inferiores o barogs perdidos.
Le daban su merecido a cualquiera al que alcanzaran con sus fauces.
La pantera líder de ojos rojos arremetía contra las aninfs como si les tuviera un odio especial y se hubiera propuesto exterminarlas a todas.
Todos los guerreros barogs y los guardianes de la aldea luchábamos con tanta ferocidad como los felinos, atravesando al enemigo con nuestras lanzas, mucho más largas que las suyas, partiéndolos en dos con los machetes o rajándolos con los cuchillos.
Los colmillos, las garras y las colas hacían también su trabajo de un modo implacable.
Sin tregua. Sin descanso.
Ambos bandos éramos formidables y valientes, y ninguno estaba dispuesto a rendirse. La plaza empezaba a teñirse de rojo y a llenarse de vísceras y otros restos, en los que resbalábamos mientras seguíamos combatiendo.
Me abrí paso como pude entre aquella masa palpitante de combatientes, intentando llegar hasta mi hermano. Desgarré una garganta por la derecha, destripé un vientre por la izquierda… Paso a paso, salto a salto, iba aproximándome a mi objetivo.
Al fin, tras azotar con la cola a un inferior y clavarlo al suelo por el estómago con su propia lanza, logré alcanzar a C.
Mi aparición detuvo su combate. Me coloqué al lado de Cyrus y apunté el machete en dirección a Ux.
—Los dos hijos de Drashir contra mí. Ni en mis mejores sueños habría imaginado poder disfrutar de semejante honor —dijo Ux con una sonrisa siniestra. Sin embargo, retrocedió dos pasos.
—¿Tienes miedo, Uxuer? —soltó C.
Él sonrió de nuevo.
—Esta batalla prefiero reservarla para el final. Quiero saborear el momento de gloria cuando al fin te mate, Cyrus.
Mi hermano y yo tratamos de abalanzarnos sobre él, pero rugió y, al instante, varios de los suyos se interpusieron entre nosotros. Se escabulló en cuestión de segundos, confundiéndose con la muchedumbre que seguía batallando.
—¿Qué demonios ha sido eso? —dijo mi hermano.
En cuanto habíamos unido fuerzas contra él, se las había arreglado para desaparecer.
Cyrus y yo apenas tuvimos tiempo de intercambiar una mirada. Alzamos los machetes de inmediato para bloquear un nuevo ataque.
Tendríamos que eliminar a Ux más tarde.