39 batalla barog #2
No hacía falta que nadie hiciera las presentaciones: era Uxuer, jefe de los barogs perdidos. Asesino, secuestrador y enemigo de la especie. Un hijo de puta de mucho cuidado que había matado a mi familia y retenido a mi amor durante días y a una docena de descendientes durante una década.
Sentí como la respiración de mi hermano se aceleraba. La mía también. La bilis me subió a la garganta y la mayor ira que había sentido en mi vida estuvo a punto de cegarme. Descubrí que le odiaba con todas mis fuerzas.
Paseó la mirada por nuestras filas, con un destello oscuro en los ojos y una media sonrisa siniestra. Se detuvo en el rostro de Cyrus, probablemente a quien estaba buscando.
No se conocían. No se habían visto jamás, así que supuse que había identificado a mi hermano del mismo modo que nosotros sabíamos quién era él: porque encabezaba sus fuerzas, por su porte de líder y por las descripciones que otros habían hecho de él.
Ese cabrón tenía un aspecto temible y carismático, eso había que reconocerlo.
—Un honor conocerte al fin, mi rey —dijo en tono de burla, con voz cavernosa y una reverencia teatral. Unos cuantos de los suyos se rieron.
Ese barog no sentía respeto por nada ni nadie.
—Siento no poder decir lo mismo, Uxuer —soltó C sin retroceder ni un milímetro.
«¡Ese es mi hermano! ¡El gran rey de Nemea! ¡Acostúmbrate, cabronazo!», grité en mi interior.
Sentí un escalofrío al recordar que mi hoa uhane había estado muy cerca de ese monstruo durante varios días. Demasiado cerca. Me entraron ganas de vomitarle en la cara y de arrancarle la garganta a mordiscos, todo al mismo tiempo.
—Así que aquí estamos, a punto de matarnos los unos a los otros… o de intentarlo —dijo Ux. Sus ojos brillaban con malicia.
—Todavía puedes decidir dar media vuelta y marcharte a los pantanos, para no salir nunca más de allí. ¿Qué me dices, Ux? ¿Evitamos el baño de sangre?
Todos sabíamos que mi hermano iba a pronunciar esas palabras. Un buen rey que se preocupaba por su pueblo debía intentar evitar la guerra y el sufrimiento a toda costa y hasta el último momento. En ese caso, no teníamos ninguna duda de que sería inútil.
Ux jamás renunciaría a sus ansias de poder y conquista.
—Siento tener que declinar tu generosa oferta, mi rey .
—Lo imaginaba. Viniendo de alguien como tú, no es ninguna sorpresa.
Entonces, el barog perdido escrutó uno a uno cada rostro de los que nos encontrábamos en la primera fila, cerca de Cyrus, y se detuvo en el mío.
Abrió un poco más los ojos y suavizó su ferocidad durante apenas un instante.
—Y tú debes de ser Daryos, el príncipe.
Reconozco que me estremecí, pero me forcé a sonreír. No iba a mostrarle a ese monstruo ni un ápice de debilidad.
—El mismo. Supongo que mis ojos de distinto color me delatan.
—Uno verde y otro azul. No es algo muy habitual.
—Es que el pobre es bastante rarito —soltó Lansh para desviar su atención. Se lo agradecí.
Ux me sostuvo la mirada durante unos segundos más y la apartó de golpe para centrarla de nuevo en mi hermano.
—Como ya os habréis dado cuenta, vengo muy bien acompañado. Os presento a Ausinca, líder de las aninfs de las madrigueras. Hoy luchará a mi lado. Apuesto que no la esperabais. —Otra vez esa sonrisa odiosa. Me moría de ganas de borrársela de un zarpazo.
La aludida dio unos pasos sinuosos para situarse junto a Ux, pero no pronunció palabra.
A su otro lado, un barog perdido, con una mirada bastante menos inteligente que la de su líder, sonrió y murmuró algo.
Probablemente era Lorish, su segundo al mando.
Gracias a Callie y a las demás, teníamos mucha información sobre ellos.
—¿Estás segura de que es lo que quieres, Ausinca? Las aninfs siempre habéis sido amigas de los barogs de la aldea. Si hoy luchas contra nosotros, te convertirás en nuestra enemiga para siempre —dijo C con voz calmada pero fría como el hielo.
Ella pareció reflexionar mientras repasaba a mi hermano de arriba abajo. No me gustaba nada esa aninf. Era muy desagradable.
—Hoy trato con Ux-uer. Otro día contigo, Cy-rus —dijo sin pestañear siquiera, hablando algo mejor que la mayoría de las de su especie.
—Me temo que esto no funciona así —soltó C, apretando la mandíbula.
Ella se limitó a asentir como si lo comprendiera y se resignara. Era una pena.
—Ya lo ves, Cyrus. Vas a tener que enfrentarte no solo a mis barogs y mis inferiores, sino también a ellas.
—Hemos liquidado a tus dulces mascotas, las nashies . Esto no será tan difícil —soltó mi hermano con contundencia y una de sus sonrisitas oscuras. ¡Era el mejor!
Estuve a punto de aplaudirle.
—Eso ya lo veremos —gruñó Ux, perdiendo un instante la compostura—. ¿Empezamos?
Sin darnos un segundo de tregua más, Uxuer, líder de los hermanos perdidos, cambió la lanza por un cuchillo enorme serrado y saltó hacia nosotros, directo hacia mi hermano. Buscando el cuerpo a cuerpo con el rey de Nemea.
La Segunda Gran Guerra Barog acababa de empezar.
Cyrus y Ux llevaban enzarzados en una brutal pelea desde el inicio de la batalla. El sonido del entrechocar de sus armas se alzaba por encima de cualquier otro enfrentamiento en la plaza. Los golpes que se asestaban hacían temblar el suelo y los zarpazos entre ellos eran terribles.
Yo sufría cada vez que Ux lanzaba una ofensiva, que casi siempre terminaba en una nueva herida abierta en el cuerpo de mi hermano. El barog perdido también estaba recibiendo lo suyo y lucía ya varios tajos sanguinolentos.
Luchar contra cualquiera de los dos no era ninguna broma.
Lejos de debilitarse, ninguno de ellos cedía terreno al otro ni mostraba signos de flaqueza. Continuaban combatiendo sin descanso, sin perder de vista ni un instante a su oponente ni bajar la guardia. Aquel que lo hiciera, moriría.
Ambos eran guerreros magníficos. Habría sido todo un espectáculo contemplarlos… si no fuese porque yo temblaba con cada mazazo que ese cabrón propinaba a mi hermano.
Estaba muy preocupado por C. Aquel combate llevaba demasiado rato en tablas y cualquiera de los dos podría acabar derrotando al otro.
Las habilidades estaban bastante equiparadas y solo bastaba un pequeño error, una reacción un segundo más lenta, un tropiezo para que la balanza se decantara por uno u otro.
Y no nos engañemos: Ux le llevaba siglos de experiencia de ventaja a mi hermano y su repertorio de trucos, a buen seguro, era mucho más extenso.
Quería correr en ayuda de mi hermano. Entre los dos, habríamos sido capaces de reducirlo.
Pero yo tenía mis propias preocupaciones: dos inferiores enormes como montañas que se habían empeñado en desafiarme una y otra vez.
Eran algo más lentos que los barogs, pero tan corpulentos que parecían dos muros infranqueables.
Tenía que sacármelos de encima cuanto antes para poder acudir junto a C.
Enzo luchaba cerca de mí, impidiendo que se me aproximaran más enemigos. El pobre estaba rodeado, pero su fiereza los mantenía a raya. Ya había despedazado a unos cuantos.
No me quitaba de la cabeza que Ux había asesinado a mi padre, uno de los guerreros más poderosos de todos los tiempos.
Mi hermano era fuerte, valiente y el mejor guerrero de nuestra era. Aun así, era muy joven aún, mientras que nuestro padre tenía muchos siglos a sus espaldas.
—¡Cuidado, D! —la voz de Xerx me hizo centrarme de nuevo en esos dos mastodontes.