El Destino del Barog (El rapto de las descendientes 5) 39 batalla barog
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39 batalla barog

daryos

N ada más llegar a la aldea, pusimos a todos al corriente de lo que había ocurrido con las nashies y adoptamos cada uno nuestra posición, preparándonos para el inminente ataque.

No había tiempo para curarnos las heridas ni para nada más allá de comer algo y bajarlo con unos cuantos tragos de agua de coco, mientras el sol iba elevándose sobre nuestras cabezas.

Aunque teníamos ganas de correr a ver a las descendientes antes de la batalla, lo más seguro para ellas era permanecer allí, encerradas y a salvo. No teníamos ni idea de en qué momento aparecerían Ux y los suyos, así que no podíamos arriesgarnos.

Me había encontrado a Enzo a medio camino de regreso a la aldea.

Al principio me cabreé con él, pues le había ordenado que no se separara de Callie.

Pero ahora ella se encontraba en la posada…

y, a buen seguro, se las había arreglado para enviarme al pobre Enzo de vuelta porque se preocupaba mucho por mí. ¡Mi hoa uhane me quería tanto!

Apostamos barogs de la aldea y guardianes a lo largo de todo el perímetro en varias filas, armados hasta los dientes.

Los leones y las panteras reforzaban los grupos y se diseminaban por todos los accesos, así como por la primera línea de la selva.

De esta manera, evitaríamos que el enemigo nos sorprendiera o se colara por algún sitio.

Cyrus, Ax, Xerx, Xioh, Lansh, Toruch y yo, junto con nuestros grupos correspondientes, nos ubicamos en la plaza, desde donde gozábamos de una buena vista del acceso principal a la aldea. Por ahí llegaría, probablemente, el grueso de las hordas de Ux.

Nuestros leones permanecieron cerca de nosotros para guardarnos las espaldas, tal como siempre hacían.

¡Eran los mejores! Bazzeila, en cambio, se había quedado dentro de la posada por orden del rey con Tina y las demás mujeres.

Francamente: me alegraba que la pantera de mi hermano estuviera ahí con ellas.

En su lugar, la impresionante pantera de ojos rojos, la líder de las cuevas, no se alejaría demasiado del rey y le cubriría las espaldas.

Ciench continuaba al cargo de proteger el acceso a la posada, con Sajeh, su león, a su lado.

Además, había colocado a algunos de sus mejores barogs guardando cada una de las ventanas traseras, también cerradas a cal y canto, mientras que él y los demás se mantenían alertas al pie de las escaleras.

Su rostro estaba más serio que nunca y había una especie de ira contenida y oscuridad en sus ojos que jamás había visto antes.

Vaya, que nunca lo había visto tan cabreado.

¡Y no era para menos! Aquel monstruo les había arrebatado diez años a Susi y él, convirtiendo sus vidas en un infierno.

Solo por eso, Ux ya merecía la peor de las muertes.

Supongo que todos nos habíamos transformado un poco para poder afrontar esa maldita guerra.

Por su parte, Sulveh y sus guardianes más veteranos se habían situado en el otro extremo de la aldea, junto a las mazmorras, para bloquear cualquier ataque que llegara desde esa dirección.

Contar con él y los suyos desde el principio de la contienda suponía una gran ventaja.

Eran guerreros experimentados, entrenados en el templo bajo las prácticas más duras y estrictas.

Y no debíamos olvidar que la primera guerra se ganó gracias a ellos.

Cuando el cuerno enemigo aulló de nuevo, esta vez muy cerca, aferramos las armas con determinación y fijamos la mirada en la selva.

Mis pensamientos volaron hacia Callie, mi maravillosa hoa uhane , el amor de mi vida, la luz de mi existencia.

Aunque sabía que en la posada estaría a salvo y bien protegida, sentía una gran angustia en el pecho.

Nadie sabía realmente lo que sucedería a partir de este momento ni qué espantosas situaciones tendría que afrontar cada uno de nosotros.

Los acontecimientos eran impredecibles, por mucho que nos esforzásemos en imaginar cualquier situación posible.

Quizás otra de esas premoniciones nos hubiera venido bien, pero no había tenido ninguna más ni sabía cómo convocarlas.

Por mucho que las temiera, lo había intentado.

Pero nada de nada. Ese supuesto don iba y venía a su antojo.

Aquello era un gran misterio para mí.

—Preparaos. En posición —ordenó C con esa voz tan cavernosa que solía poner cuando se metía hasta el fondo en su papel de rey concentrado.

Obedecimos.

¡Qué suerte teníamos de que él nos liderara!

Confiaba a ciegas en mi hermano. Siempre había sido así.

Incluso en los peores momentos, cuando pensé que me arrebataría a Callie, siempre hubo dentro de mí una chispa de esperanza de que, al final, él haría lo correcto.

¡Y no me equivocaba! Cyrus era un gran rey y el mejor hermano del mundo mundial.

¡Yo lo admiraba muchísimo!

Desde que éramos unos mocosos, siempre había cuidado de mí. Como era un poco reservado, a veces daba la sensación de que estaba malhumorado y un poco distante. Pero yo le conocía bien: tenía un corazón enorme. ¡La de veces que me había salvado de peligros tremendos!

Aunque su expresión era insondable, sus ojos no engañaban, al menos a mí.

Había temor e incertidumbre, pero también fiereza y una determinación férrea.

Los míos debían de reflejar más o menos lo mismo.

Habíamos perdido demasiado en la primera guerra como para tomarnos esa nueva batalla a la ligera.

Nosotros no íbamos a luchar solo para proteger la aldea y a nuestro pueblo.

Nosotros también lucharíamos por venganza.

Por el rey Drashir, nuestro padre.

Por la reina Tatiana, nuestra madre.

Por todos los príncipes que perecieron aquel día, nuestros hermanos.

Por las doce descendientes que habían sido arrancadas de sus hogares y llevadas a los pantanos a la fuerza. Por Susi, Sylvia, Penny y todas las demás. Por mi valerosa hoa uhane .

Por los honorables barogs y las descendientes que perdieron la vida aquel día, como Sonah y Elena.

Vengaríamos a nuestra familia, haríamos justicia y extirparíamos el mal del planeta para siempre. Y, al fin, reinaría en nuestra especie la paz que tanto deseábamos.

¡Ux tenía las horas contadas!

Como si Cyrus estuviera pensando exactamente lo mismo, se giró a mirarme. Cuando nuestros ojos, tan distintos, se encontraron bajo el cielo de ese decisivo día, ambos asentimos.

—Lo lograremos, hermano. Juntos —dijo con voz firme, manteniendo a raya las emociones que yo sabía que le embargaban igual que a mí.

—Juntos, hermano —repetí.

Devolvimos la vista al frente, donde la jungla empezaba a agitarse ante nosotros, retumbando bajo el paso de cientos de pisadas.

—¡Por la aldea! ¡Por Nemea! ¡Por el pueblo barog! —gritó C, alzando el machete en lo alto, por encima de su cabeza, para que todas las líneas lo vieran. Un rayo de sol arrancó destellos al filo de metal—. ¡Que los dioses del manantial nos protejan!

Un rugido profundo surgió de la selva, coreado por muchos más. Entonces, los hermanos perdidos irrumpieron en la aldea, acompañados por hordas de aninfs , que se situaban en el claro de un ágil salto. A ellas no las esperábamos; no fue una sorpresa agradable.

Los felinos, tanto los de la aldea como los que habían llegado de todas partes de la selva durante los últimos días, rugieron en respuesta.

La jungla entera se estremeció ante tal despliegue.

—Mierda —murmuró Axeh, contemplando las fuerzas enemigas.

—¿No se suponía que las aninfs eran imparciales? —preguntó Xerx, flexionando un poco las rodillas y apuntando al frente con el machete.

—Pues parece que han dejado de serlo, las muy cabronas —dijo Lansh con una sonrisa que no ocultaba demasiado bien su preocupación.

—Nuestros leones y panteras harán picadillo a las que osen enfrentarse a nosotros —solté, tratando de convencerme de que aquello no marcaba diferencia alguna.

Tuve la sensación de que Enzo, Benju, Zaala, Itzaar y los demás asentían.

Sin embargo, un vistazo a la aninf más alta y estilizada que cualquiera de sus congéneres, que permanecía un paso por delante y nos observaba con sus ojos inexpresivos, me provocó un escalofrío. Tan solo que una décima parte de ellas fuera como Antara, estaríamos bien jodidos.

No entendía por qué las cosas tenían que complicarse tanto. ¡Siempre nos habíamos llevado bien con ellas! ¡Por todos los rinos!

—¿Por qué demonios han tomado bando? ¿Cómo las habrán convencido? —preguntó Toruch.

Benju, su león, le dio con el morro en la pierna. Parecía tan disgustado como mi amigo. Enzo no estaba mucho mejor y también se pegó a mí.

—Esto no tiene sentido. ¿Qué les habrá ofrecido? —murmuró Xioh.

—Lo único que debe preocuparnos es que, si están con los perdidos, están contra nosotros. Acaban de convertirse en nuestras enemigas —dijo mi hermano—. ¡Sin piedad, barogs!

—¡Sin piedad! —repetimos.

Sin embargo, algunos de nuestros compañeros torcieron el gesto.

La mayoría de nosotros había retozado con las de su especie durante la adolescencia.

Jamás habíamos imaginado que tendríamos que luchar contra ellas…

y matarlas. Algunos debían de sentirse incómodos, aunque ninguno iba a cuestionar la orden de mi hermano.

La verdad: desde que Antara había empujado a Callie por el precipicio del río, mi simpatía por ellas había bajado muchos puntos. De hecho, estaba por los suelos. Salvo con Artia. Ella era amiga de mi hoa uhane y eso la convertía en la mía también.

De pronto, un barog enorme de larga cabellera negra y brillante como el ónice y los ojos tan azules como uno de los míos, emergió de la selva.

Tenía el pectoral marcado con una espiral enorme y una cicatriz que le recorría la cara del pómulo hasta la ceja.

Varios collares con cuentas descansaban sobre su pecho.

Portaba una lanza corta, toda de madera negra y muy afilada.

Madera sacada de los árboles de los pantanos.