38 la casa posada
callie
U na vez dentro de la posada, todas me miraron como si acabaran de ver un alien. Bueno, quizás ese no era el mejor ejemplo.
Los llitops corrieron a refugiarse en un rincón, todavía sucios y temblorosos, y Artia permaneció a mi lado. De pronto, los nervios y el miedo que había pasado en ese claro hicieron mella en mí. Me doblé un poco hacia delante y apoyé las manos en las rodillas.
Sentía que me faltaba el aire y me estaba mareando.
—Ven a sentarte, Callie —dijo Emi, preocupada. Se estaba tomando su nuevo papel de enfermera muy en serio.
Me acompañó hasta un banco que había pegado a la pared del fondo, y agradecí poder descansar. Alguien me puso un vaso de agua de coco en la mano y bebí como si no lo hubiese hecho en siglos.
—¿Estás bien? —me preguntó Jenny, sentándose a mi lado.
—¿Qué demonios era ese temblor? ¿Las nashies ? —me interrogó Emi, mordiéndose las uñas con la mirada clavada en la doble puerta.
Cuando vio las yemas de mis dedos despellejadas, ahogó un grito.
—Los chillidos eran espantosos —intervino Susi, sentada junto a Sylvia, Penny y Marla.
El pequeño Sonah hacía gorgoritos ante ellas, sobre un jergón. Artia se acercó al grupito, pero no apartó la mirada de mí.
Estaban todas acojonadas. ¡Y no era para menos!
—Estoy bien y… sí, eso han sido las nashies .
—¿Son tan terribles como suenan? —preguntó otra descendiente.
—Peores. Son unos monstruos enormes, casi tanto como los leones, pero con muy mala leche. Apestan, tienen unos colmillos muy afilados y…
Las caras de espanto eran considerables.
—Quizás no nos hace falta una descripción tan detallada, profesora Dawson, ¿no crees? —dijo Tina, alzando una ceja y cruzándose de brazos—. Ya nos has acojonado lo suficiente.
Solté una risilla histérica.
—Tienes razón. Con que sepáis que son espantosas tenéis bastante.
La buena noticia es que nuestros queridos barogs han acabado con casi todas.
Tan solo unas pocas sobrevivieron y huyeron por la selva.
Ya deben de estar muy lejos de aquí. —Me esforcé por dedicarles una sonrisa tranquilizadora, aunque yo misma seguía hecha un flan.
—¿Algún herido? —preguntó la reina, clavando sus ojos oscuros en los míos mientras contenía el aliento.
—Rasguños, cortes, moretones… Nada grave. Lo de siempre, vaya. Algunos han recibido un mordisco, pero Xioh ya se ha encargado de que se tomen los antídotos. Todos están vivos y con ganas de seguir repartiendo leña.
Tina puso los ojos en blanco. No se me escapó el suspiro de alivio que soltó poco después. Seguro que, al igual que a todas, los nervios la habían devorado mientras su rey se enfrentaba a las temibles hienas.
—¡Calista! —gritó Lorna desde la otra punta. Se apresuró hacia mí y se hizo un hueco a mi lado en el banco—. Estaba muy preocupada por ti. ¡Cómo se te ocurre ir a cazar hienas!
—A ver, McPhee, no era eso lo que estaba haciendo exactamente, pero…
Me dio tal abrazo que me cortó la respiración.
—Ni se te ocurra volver a salir de aquí, ¿de acuerdo? —me dijo en cuanto nos separamos, mirándome a los ojos, muy seria. Entonces, suavizó la expresión y preguntó—: ¿Has visto a mi Toruch? ¿Está bien?
—Sí, está de jefe de la aldea hasta que Cyrus y Daryos regresen. No creo que tarden demasiado, ya que…
Dos cuernos distintos retumbaron en la distancia, en las profundidades de la selva.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó Emi, temblorosa.
—Cuernos de guerra. Uno, nuestro. El otro…, de los enemigos.
—¿Cuánto crees que tardarán en llegar? —preguntó Jenny.
—No lo sé, supongo que una o dos horas. En el claro no había ni rastro de Ux y los suyos.
La intuición del rey y los demás era acertada: ese cabrón ha enviado a las nashies de avanzadilla, esperando que le hicieran parte del trabajo sucio.
Supongo que ahora estará agrupando a sus hordas bárbaras, dispuesto a conducirlas hasta aquí.
—¿Viste algo más, Callie? —preguntó Tina.
—Nada. Solo las hienas. Creedme, si hubieran llegado hasta la aldea, habría sido un infierno. La trampa de llitops ha funcionado de maravilla.
—Tan preocupada que estabas por ellos y mira qué bien ha salido, profe —comentó Emi con su dulzura habitual.
—Bueno, varias nashies han saltado sobre la jaula, la cuerda se ha roto y la jaula se ha caído al suelo. Ax casi se parte la crisma; ha tenido que bajar a luchar para evitar que las hienas se zamparan a mis amigos. Enzo y Artia también han acudido en nuestra ayuda y…
Emi había palidecido y las demás me miraban con expresiones de horror.
—¿Y tú qué hacías mientras tanto? —preguntó Tina, enarcando una ceja de nuevo. La reina me conocía bien.
Bazzeila se encontraba justo detrás de ella y parecía que, cada vez que la reina se movía un poco, ella daba un paso en la misma dirección.
—Intentar abrir la jaula. Y, mirad por dónde, ¡lo conseguí! —dije señalando al grupito de llitops , que ahora mismo dormitaban sobre un jergón, tan exhaustos como si hubieran corrido una maratón. ¡Las emociones de aquella aventura los habían dejado KO!
—¿Estabas en medio de ese claro con las hienas? —Lorna me observaba con los ojos como platos.
Asentí.
—Dejad de atosigarla; bastante ha tenido ya. Ahora que estamos todas juntas, desayunemos algo —dijo Tina con esa autoridad que le imprimía a su tono de voz cuando estaba en «modo reina de la selva».
—Tienes los dedos en carne viva, Callie —observó Emi—. Ven conmigo. Aquí están todos los suministros médicos. Te pondré un ungüento y te los vendaré.
—Es por la jaula. La muy maldita no quería abrirse y me destrocé las manos. —Me las miré con atención: daban pena.
Seguí a Emi hacia una gran mesa de madera que habían instalado a un lado.
Sobre la superficie había vendas confeccionadas con tiras de tela; tarros de ungüentos diversos; botecitos de todos los colores y tamaños con tónicos; e instrumentos de metal, como pequeños cuchillos y agujas de sutura.
Intenté apartar la vista de los más espeluznantes.
Prefería pensar que Xioh no iba a tener que utilizarlos con ninguno de los barogs.
Me senté en un taburete y coloqué las manos hacia arriba sobre la mesa. Emi me curó dedo a dedo, untando con cuidado el espeso ungüento, y también las palmas, que tampoco tenían buen aspecto. Cuando acabó, me las vendó despacio.
—Xioh te ha enseñado bien, ¿eh?
—El sanador es un gran profesor. Tiene mucha paciencia.
—Así que es mejor profe que yo —dije, guiñándole un ojo.
Ella sonrió.
—Es distinto, Callie. Pero no te preocupes: pase lo que pase, tú siempre serás mi profesora favorita.
—Tampoco es que vayas a tener muchas más.
—Aun así. En la universidad, siempre lo fuiste. Todas te adorábamos.
—Hasta que llegamos aquí y me conocisteis más a fondo. Entonces, el mito se fue a la mierda —dije soltando una carcajada. Ella se rio también.
—¡Qué va, Callie! Ahora eres mucho más que nuestra profesora: eres nuestra amiga. Y no solo eso: todas te admiramos muchísimo por lo valiente que eres.
Aquello se coló en mi corazoncito y lo reconfortó. Emi era una gran persona. ¡Todas lo eran!
—Gracias —le dije, poniéndome en pie mientras miraba el estupendo trabajo que había hecho con mis manos—. Yo también os admiro… y os quiero mucho.
Los ojos se le pusieron vidriosos y se lanzó a abrazarme.
—Ganaremos, ¿verdad, Callie? —preguntó con un hilo de voz.
—Si han podido con esas hienas enormes y apestosas, te aseguro que podrán con los hermanos perdidos —dije con sinceridad.
Nos separamos y fuimos a reunirnos con nuestras amigas. Lorna se colocó a mi lado y empezó a hablar por los codos, tal como era habitual en ella. En esa situación tan estresante y angustiosa, las demás lo agradecimos. Al menos nos servía de distracción y nos alejaba de la terrible realidad.
Las cosas en la posada estuvieron tranquilas… hasta que el suelo tembló de nuevo, y espeluznantes rugidos y gritos de guerra empezaron a retumbar ahí fuera.