El Destino del Barog (El rapto de las descendientes 5) 37 la segunda gran guerra
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37 la segunda gran guerra

daryos

C uando al fin vi desaparecer a mi amor a lomos de Enzo hacia la aldea respiré un poco más tranquilo.

Como siempre, ella había hecho lo que le había dado la gana.

Al caer la jaula, intenté correr a rescatar a los malditos llitops , pero una de las hienas que quedaban no me lo permitió.

Ni siquiera sabía cómo esa criatura monstruosa se mantenía en pie, tras todos los golpes de garras y latigazos de mi cola que se había llevado.

Aunque me repugnaran las hienas, debía reconocer que esa en particular era una auténtica luchadora.

Lástima que jugara en el bando equivocado.

Se abalanzó sobre mí y a punto estuvo de arrancarme la tráquea a dentelladas. Me rozó un par de veces la piel y creí que no lo contaría, que ahí se acababa la historia de Daryos, el príncipe más breve de Nemea. ¡Uf! ¡Me fue de un pelo!

Sus ojos negros y sus chillidos eran escalofriantes.

Cuando al fin logré partirle el cuello con mis brazos, después de revolcarnos ambos por el suelo y emplear todas mis fuerzas, Callie ya estaba salvando a sus amiguitos.

Esa mujer era muy valiente. Tenía miedo, porque temblaba de la cabeza a los pies, pero eso no le impedía hacer lo necesario para rescatar y ayudar a aquellos que le importaban. Por eso yo la amaba y respetaba tanto. ¡Y por un sinfín de cosas más!

Era la mujer más increíble de todo el universo.

Estaba muy enfadado con ella por haber sido tan temeraria. Pero, al mismo tiempo, me tenía alucinado. Y no nos engañemos: hiciera lo que hiciese, yo jamás iba a enfadarme de verdad con mi hoa uhane .

Enzo cumplía mis órdenes a rajatabla y no se separaba de ella; eso me daba cierto consuelo.

Además, había que reconocer que esa aninf , Artia, era también una buena guardaespaldas.

Callie se rodeaba de las amistades más sorprendentes y variopintas, dispuestas a jugarse la vida por ella.

No iba a ser yo quien pusiera objeciones. ¡Por todos los rinos, ni hablar!

Proteger a mi preciosa hoa uhane era una tarea extenuante, y la muy gamberra me hacía sufrir muchísimo. Así que, si tenía ayuda, tanto mejor. Cualquier cosa con tal de que mi Callie no sufriera jamás ningún daño.

Traté de correr de nuevo hacia ella para ayudarla, pues Ax se encontraba en un aprieto y Enzo no estaba mucho mejor que él.

Pero el grito de Xerx a mi lado me obligó a socorrer a mi amigo, a punto de ser ensartado por las garras de otra de esas cabronas.

Sulveh acudió también en su ayuda, y entre los tres la despedazamos en cuestión de segundos.

Eran duras de pelar, pero no podrían con nosotros.

No muy lejos, otros barogs hacían exactamente lo mismo, aniquilando a las últimas que quedaban. Algunas habían huido en desbandada, pero no me preocupaban demasiado: no parecía que les quedaran ganas de volver a meterse con los míos y se alejaban en dirección contraria a la aldea.

Recé para que ninguna se desviara.

Cuando quise darme cuenta, Callie ya había terminado y, por fin, se alejaba de ese claro infernal.

Toruch y Ciench se encontraban en la aldea junto con el grueso de nuestras fuerzas, los leones y las panteras.

Si hubiésemos sabido que nos enfrentaríamos a la manada entera de las nashies , habríamos traído a unos cuantos felinos más, al menos a Itzaar, el feroz león de Xerx, y Zaala, el de Ax.

—¿Estás bien, hermano? —me preguntó Cyrus, rodeándome los hombros con el brazo.

—Como tú, más o menos —le contesté con media sonrisa.

Le señalé y luego a mí. Estábamos cubiertos de arañazos, cortes y sangre, propia y de las hienas. Como, en el fondo, a veces éramos un par de descerebrados, soltamos una carcajada.

—Parece que seguimos vivos —dijo Xioh al llegar, cojeando un poco—.

Aunque veo unos cuantos tajos que requerirán de mis habilidades.

Ese de ahí va a necesitar de muchos puntos de sutura, ese también y ese otro…

—Señaló mi pecho, el abdomen de mi hermano, el muslo de Xerx, el brazo de Lansh, el pectoral de Sulveh…

—No será para tanto, sanador —le dije, dándole una palmadita en el brazo, también ensangrentado.

Su expresión de seriedad se agravó. Abrió una pequeña bolsa de piel que llevaba atada a la cintura y nos entregó una dosis de antídoto a cada uno de los que habíamos sido alcanzados por alguna dentellada.

Nos lo tomamos sin rechistar. No podíamos esperar, pues la infección que provocaba el mordisco de una hiena podría extenderse por la sangre a toda velocidad. Más nos valía ser precavidos.

Estábamos hechos una mierda, pero más o menos enteros. ¡Era un milagro! El resto de los guerreros de la aldea y los guardianes, que habían seguido magistralmente las órdenes de Sulveh, tenían un aspecto tan desastroso como el nuestro. Xioh repartió también unas pocas dosis entre ellos.

El sonido de dos cuernos se alzó a nuestro alrededor: uno, procedente de la aldea, como una llamada para que nos apresurásemos a regresar. Seguramente, Callie ya había llegado y había informado a Toruch y a Ciench.

El otro, el del enemigo. Un toque largo y vibrante que solo podía significar una cosa: a la guerra.

—Están todavía a un par de horas de distancia —dijo Ax, que venía de encontrarse con uno de nuestros vigilantes—. Algo menos. No parece que hayan avanzado mucho desde la última vez que escuchamos sus cuernos.

—No debemos confiarnos —dijo mi hermano, secándose el sudor de la frente con el antebrazo.

—Puede que prevean atacar a mediodía, cuando el sol esté en su cenit —dijo Xerx.

—¿No sería mejor para ellos lanzarse a por nosotros ahora mismo? Estamos cansados y heridos, sería una gran jugada —comentó Lansh.

—Desde luego, siempre que estuvieran más cerca.

Apuesto a que Ux esperaba que las nashies llegaran hasta la aldea y causaran estragos, allanándoles el camino.

A estas alturas, ya deben de haber oído sus chillidos y lamentos, y hasta puede que se hayan cruzado con alguna que huía de aquí en retirada —comentó Sulveh.

El guardián, uno de los mejores guerreros que había tenido el privilegio de conocer, lucía otro buen tajo en la mejilla.

No parecía haberse dado cuenta. Seguramente, yo también tenía algunas dentelladas y zarpazos con los que me ocurría lo mismo.

En el fondo, por mucho que tuviéramos un lado humano, no dejábamos de ser tan animales como cualquiera de los otros que habitaban nuestro hermoso planeta.

Unos cuantos rasguños no nos detendrían.

¡Nada lograría impedir que defendiéramos nuestra aldea!

—No contaban con que conocíamos sus planes y estábamos aguardando a sus bestias desalmadas y carroñeras —dijo Cyrus con media sonrisa—. Y todo gracias a ti, D.

—No sé si me acostumbraré nunca a esas premoniciones, pero, si nos sirven de ayuda, bienvenidas sean. ¡Mientras no me desplome en mitad de la batalla como un idiota! —dije pasándome la mano por el cabello. Todos nos reímos.

Descubrí que incluso en la cabeza tenía sangre. Creo que me había golpeado con una roca al rodar por el suelo. ¡Suerte que tenía el cabezón duro como el hierro! Si no, ya se me habría abierto como un melón unas cuantas veces.

—Pues una visión sobre dónde se encuentra Ux exactamente y por dónde entrará en la aldea nos vendría de perlitas, príncipe —bromeó Lansh—. ¿No sientes nada?

Negué.

—Nada de nada.

Las premoniciones esas venían cuando les daba la gana.

Me acojonaban bastante más de lo que estaba dispuesto a admitir.

Yo era un tipo sencillo, un barog de pura cepa, muy aventurero y salvaje, pero poco dado a las cosas esotéricas.

¡Me ponían los pelos de punta! Prefería vérmelas con un pulpo gigante o una nashie que con una de esas extrañas premoniciones.

Sacudí un poco los brazos a ambos lados del cuerpo para alejar esa desagradable sensación.

—En marcha, amigos míos —dijo C—. Si nos apresuramos, podremos remendarnos un poco antes de que Ux y los suyos aparezcan.

Emprendimos el rumbo, acelerando el paso de vuelta a la aldea.

Pese a los nervios y el enorme temor por nuestras hoa uhanes y nuestros amigos, el brillo en los ojos nos delataba: la excitación del enfrentamiento con las hienas todavía nos corría por las venas.

¡Nos encantaba una buena refriega! Pero, en esta, nos jugábamos demasiado como para disfrutar de los mamporros.

Y no teníamos margen de error.

—¿Cómo va esa pierna, sanador? —le pregunté a mi amigo.

—¿La verdad? Me duele como si tuviera cristales dentro —dijo con una sonrisa—. Nada que no pueda arreglarse con un buen baño relajante, un masaje y un ungüento. Pero eso será, con suerte, mañana.

Le di un golpecito de apoyo en el brazo y seguimos avanzando, rumbo a la aldea. Cuando Lansh se unió a nosotros y empezaron a hablar, apreté el paso para llegar hasta mi hermano. Tenía la expresión seria y concentrada.

—Esto no ha hecho más que empezar, D —dijo en voz baja, imbuida de la responsabilidad que recaía sobre él como rey.

Yo solo quería que me dejara aligerarle un poco ese peso. No tenía por qué cargarlo solo.

—Lo sé, hermano. Pero, al menos, el marcador empieza a nuestro favor —le dije, dándole un apretón en el hombro.

—¡Barogs de la aldea 1 - hienas apestosas y Ux 0! —exclamó Ax a nuestra espalda.

Cyrus soltó una carcajada.

Por desgracia, ambos sabíamos bien a lo que nos enfrentábamos. Las hienas no eran nada comparado con lo que estaba por venir.