El Destino del Barog (El rapto de las descendientes 5) 36 a por todas
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36 a por todas

La selva, Nemea, en la actualidad

Ux

—Jefe, algo va mal —dijo Lorish, nada más agazaparse de nuevo al lado de Ux.

—Suéltalo. —Tenía que esforzarse para controlar su temperamento y su impaciencia, o acabaría arrancándole la cabeza a alguno de los suyos.

Necesitaba empezar a pelear cuanto antes.

—Las hienas se han desviado. O mejor dicho, entretenido.

Ux abrió mucho los ojos y miró a su segundo al mando. Este llevaba también trazos de pintura negra en el rostro, un símbolo de guerra entre el pueblo barog.

—No han llegado a la aldea.

—¿Y se puede saber dónde demonios están esas estúpidas?

—En un claro a unos doscientos metros de allí. Según me han dicho nuestros exploradores, algo ha llamado su atención y las ha desviado de su trayectoria.

—¿Sabemos de qué se trata?

Lorish meneó la cabeza, aun consciente de que eso no haría más que encolerizar a su jefe.

—Han virado de pronto como si algo las hubiera atraído.

—¿Qué han detectado los exploradores?

—Solo un fuerte olor a llitop , eso es todo. Pero esos bichos son muy comunes en esta zona de la selva, así que no es extraño.

Ux se quedó pensativo. Por lo que él sabía, esos animalillos peludos eran uno de los manjares preferidos de las aninfs … y de las hienas. Si estas encontraban alguno vivo o muerto, se volvían locas con su carne y, sobre todo, con las vísceras.

«No puede ser solo una coincidencia», se dijo, arrugando el ceño. La cicatriz de su rostro se retorció.

—Lo sabían —soltó.

—¿El qué, jefe?

—Que las nashies atacarían.

—Eso es imposible. Ningún barog las había reclutado jamás. Nunca hemos estado en buenos términos con ellas y apenas nos habíamos relacionado hasta ahora. No pueden haberlo adivinado, jefe.

Ux se giró lentamente a mirar al anciano, agachado unos metros por detrás de su posición. En cuanto habían empezado a marchar hacia la aldea, había designado a dos de sus mejores barogs para que lo escoltaran en todo momento y no lo perdieran de vista.

El rostro de Ooris permanecía impasible, pero sus ojos, viejos e inteligentes, se clavaron en los de Ux. El líder de los hermanos perdidos era demasiado astuto como para creer en meras coincidencias o causalidades. Alguien estaba detrás de lo que sucedía.

—Tráeme al anciano —le ordenó a su segundo al mando.

Lorish no protestó. Se desplazó tras los arbustos de frambuesas y las grandes hojas de los helechos hasta donde se encontraba Ooris, lo agarró del brazo y lo llevó en presencia de su jefe.

—¿Tú sabes algo de todo esto, viejo?

—No tengo ni idea de a qué te refieres, Uxuer.

—¿Crees que les han tendido una trampa a las nashies ? ¿Que sabían que íbamos a lanzarlas sobre ellos antes de empezar?

Por una vez, el anciano parecía sorprendido.

—Como no tengas un traidor entre tus filas, no veo de qué forma.

—¿Insinúas que tengo disidentes?

—Es lo único que se me ocurre.

A Ux no se le pasó por alto la chispa fugaz que prendió en los iris de Ooris. Sin duda, había pensado en algo más.

—¿Seguro?

El anciano asintió y devolvió su rostro a su anterior inexpresividad.

No mencionó que había otra posibilidad. Una relacionada con la profecía, que jamás había ocurrido antes.

Pertenecía a aquella parte de los viejos escritos que nadie, salvo los ancianos, conocían.

Incluso había unas líneas que siempre se había guardado para él mismo y ni siquiera había compartido con los otros tres.

Si la profecía era cierta, y hasta ahora todo le llevaba a pensar que sí, la marca de nacimiento del príncipe y de la humana descendiente ya se estaría manifestando… o lo haría pronto.

Ooris no tenía ni idea de los dones que conllevaría para sus portadores, pero no le cabía la menor duda de que tendrían algunos, sorprendentes e inesperados.

Quizás todo lo que sucedía con las nashies estaba relacionado con ello.

O puede que fuera ya muy viejo y tuviera la cabeza llena de ideas absurdas.

Llevaba demasiados milenios encerrado en el templo.

En realidad, esa expedición junto a los hermanos perdidos le hacía sentir más vivo de lo que se había sentido en muchísimo tiempo.

Por supuesto, la muerte de los otros ancianos y la guerra inminente eran horrores que despreciaba y que harían tambalear los cimientos enteros de su especie. Sin embargo, las charlas con Ux, las largas caminatas por la selva… No había sido consciente de lo mucho que echaba de menos todo eso.

De repente, los chillidos inconfundibles de las hienas llenaron el aire. Aunque lejanos, no le cabía la menor duda de que estaban luchando por su vida.

Ux torció el gesto y se levantó. Los demás le imitaron.

La pareja de lunas se retiraba, dando paso a un hermoso amanecer, que prometía un día caluroso y radiante. Mientras contemplaba el despliegue de colores que se extendía sobre el dosel de la selva, se pasó la mano por la cicatriz del pectoral: una espiral sagrada perfecta grabada en su carne.

Se preguntó si viviría para ver otro de esos amaneceres que tanto amaba. Uno de esos que tanto le gustaría compartir con alguien especial; alguien a quien le importara de verdad.

Tatiana ya no existía, al menos en este mundo. Quizás Penny…

Sacudió la cabeza para alejar todas esas cursiladas y sensiblerías de su mente. Su alma seguía siendo demasiado romántica, incluso después de todas las decepciones que la vida le había traído en el amor.

El amor que él había anhelado en el pasado no existía. Era una ilusión, una quimera, por lo menos para él. Los dioses se lo habían vedado.

—En marcha. Hay que averiguar qué demonios les está ocurriendo a esas carroñeras.

—Entonces, ¿hacia el claro, jefe?

Ux asintió.

—Con cautela. Que los exploradores vayan de avanzadilla. Nos quedaremos a una buena distancia. Envía a alguien a avisar a Ausinca. Ella y sus aninfs deberían reunirse con nosotros en el margen de la selva a mediodía.

—¿Quieres atacar en la hora más sofocante, jefe?

Ux sonrió de un modo siniestro.

—Qué mejor que un calor insoportable para desatar un buen baño de sangre —murmuró.

—Por supuesto, jefe —dijo Lorish, tratando de mostrar entusiasmo. Aunque era muy temprano, ya estaba sudando copiosamente.

Ooris alzó la vista hacia los rayos que empezaban a filtrarse entre las palmeras y las anchas hojas de los árboles allí arriba. Rezó a los dioses para que el rey y el príncipe estuviesen preparados para lo que se les iba a echar encima.

Y no estaba pensando solo en la guerra.