35 ¡cuidado! #3
Con toda la fuerza de que fui capaz, logré dar la última vuelta al pasador y abrir la jaula.
Tenía los brazos doloridos y llenos de agujetas.
Los llitops no perdieron el tiempo: salieron uno a uno, saltando sobre mí, despeinados y sucios.
Corrieron a situarse tras mi espalda y se me pegaron como lapas.
¡Como si yo pudiera protegerlos de las nashies !
El último en salir fue Naranjito. Se lanzó a mis brazos y sus enormes ojos marrones me transmitieron gratitud y la necesidad de salir cagando leches de allí.
Alcé la vista buscando a Enzo y me puse en pie. Sentía las piernas entumecidas, pero eso no iba a detenerme.
El león le dio una dentellada en el cuello a la hiena y, un segundo después, Ax le clavó un cuchillo en el ojo. ¡A punto estuve de vomitar!
En cuanto la dejaron fuera de combate, Enzo trotó hasta mí. Flexionó las patas y me instó con el morro a que subiera.
Un cuerno atronó en la selva, distinto a los sonidos de los cuernos de los barogs de la aldea.
Era un cuerno enemigo.
La selva empezó a sacudirse de nuevo con un temblor y un ruido ensordecedor.
Miré por todas partes, buscando a Artia. La aninf había desaparecido entre la vegetación sin dejar rastro. Esperaba que estuviera bien. A ver, era un ser fuerte, con garras, cola y todo eso. Seguro que podía apañárselas solita. Aun así…
—¡Monta y vete, Callie! —rugió Ax.
Asentí de inmediato.
Subí a los cinco llitops a lomos de Enzo y yo monté un segundo después. Me agarré con fuerza a su pelaje y eché un último vistazo al claro, alfombrado de cadáveres. Por suerte, ninguno era de barog, pero eso no les había librado de heridas y golpes, más o menos aparatosos.
Daryos y yo cruzamos miradas en el instante en que el cuerno de los hermanos perdidos volvía a sonar. El amanecer se desplegaba ya sobre la selva, y un rayo temprano que se colaba entre las hojas se reflejó en el ojo verde esmeralda de mi barog.
—¡Vete, Callie! —rugió él por encima del repiquetear de cientos de pasos, acercándose a través de la jungla hacia nosotros.
Hacia la aldea.
El rey y el príncipe tenían razón: las nashies habían sido la primera oleada. Ux las había mandado contra nosotros para desgastarnos y extender el pánico. Habíamos podido con ellas. Sin embargo, debíamos correr para prepararnos para el ataque más demoledor.
Asentí, contemplando una última vez los hermosos ojos de mi amorcito. Estaba herido y cansado, pero yo sabía que eso no iba a restarle fuerza ni fiereza.
Al darme de nuevo la vuelta, me encontré con Artia. Estaba de pie a un par de metros de nosotros. Le hice una señal para que se acercara y le indiqué que nos siguiera.
—Rumbo a la posada, amigo mío —le dije a Enzo mientras le espoleaba los costados con suavidad en esa dirección.
No tuve que repetírselo.
El león aceleró el paso, impulsando sus patas a la carrera. Los llitops iban en mi regazo o se agarraban como podían a mi vestido mientras cabalgábamos de regreso.
Atravesamos la linde de la selva, con Artia corriendo veloz tras nosotros, y entramos en la plaza. Toruch se encontraba en posición, junto con cientos de barogs dispuestos a cumplir sus órdenes. Estaban preparados para recibir el impacto del enemigo.
Mis ojos se cruzaron un instante con los suyos, de ese hermoso marrón cálido, y asentí para desearle buena suerte. Él me devolvió el gesto a modo de saludo.
—¿Ha ido todo según lo previsto? —preguntó con su voz grave en cuanto pasé junto a él.
Su melena castaña, con ese mechón gris en la parte delantera, se agitó cuando cambió la lanza de mano.
—Han acabado con casi todas, solo unas pocas han huido.
—¿Alguna baja? —preguntó. Tuve la sensación de que contenía el aliento, a la espera de mi respuesta.
Negué con la cabeza.
—Todos siguen vivitos y coleando, al menos cuando los dejé en el claro. Machacados, pero de una pieza.
Soltó el aire de golpe y su pecho se hundió un poco.
—Me alegro de que tus amiguitos también hayan sobrevivido. Enfrentarse a las hienas y vivir para contarlo es una gran hazaña. Si D no nos hubiera advertido y nos hubieran cogido por sorpresa… —Meneó la cabeza—. No quiero ni pensar en lo que habría ocurrido.
—Estamos todos bien, Toruch, eso es lo único que importa.
Él asintió con una vehemencia que no solía mostrar.
Proseguimos nuestro camino hasta que Enzo nos dejó al pie de las escaleras de la posada e hizo el gesto de seguirme, pero yo le detuve con la mano.
—Ve con Daryos, amigo mío. Puede que te necesite. —Rugió una vez—. Yo estaré bien.
Mis palabras lo tranquilizaron. Dio media vuelta y trotó de regreso a la selva, en busca de su mejor amigo.
Me crucé con Ciench cuando los llitops y yo subíamos los escalones en varios saltos apresurados.
—Ya he oído lo que hablabas con Toruch. Es un alivio que todos estéis bien.
—Ha sido terrorífico, pero vosotros los barogs podéis con cualquier monstruo de Nemea —solté, guiñándole un ojo para aligerar esa sensación que me oprimía el pecho.
—Que los dioses te oigan, Callie —dijo con una llama plateada en el fondo gris azulado de sus ojos—. Una vez dentro, atranca de nuevo la puerta —me pidió—. Y pase lo que pase, no la abráis.
—Descuida. Nos quedaremos dentro y cuidaremos las unas de las otras.
Él asintió. Uno de los suyos nos abrió y los llitops , Artia y yo entramos.
El sonido de otro cuerno se elevó en la jungla.
Y las puertas de la posada se cerraron.