El Destino del Barog (El rapto de las descendientes 5) 35 ¡cuidado! #2
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35 ¡cuidado! #2

Acabó tumbado sobre una rama, no tan robusta como su cuerpo descomunal requería, rodeándola con las piernas para agarrarse mientras sostenía con las manos la cuerda que mantenía la jaula en el aire.

Cuando la rama crujió bajo su peso, alzó la cola como un látigo y se agarró más arriba, enroscándola en una rama.

La hiena se soltó del barrote y cayó de nuevo al suelo, pero el daño ya estaba hecho.

El rostro de Ax estaba desencajado por el esfuerzo. Miraba a derecha e izquierda, donde dos hienas trepaban de nuevo para saltar sobre la jaula, ahora más accesible.

Para su desgracia, ninguno de los otros barogs se había dado cuenta de su situación. Seguían luchando contra esas bestias entre machetazos, zarpazos, gritos y rugidos espeluznantes.

Daryos tenía una larga herida en el pecho, fruto de un zarpazo, y Cyrus, el hombro ensangrentado.

Xerx, Xioh y Lansh seguían de una pieza, pero también se habían llevado varios zarpazos.

¡Al menos no eran mordiscos! Sulveh atacaba con la lanza, ensartando nashies de dos en dos. ¡Los barogs eran todo un espectáculo!

Algunas hienas se retiraban a toda velocidad hacia la espesura de la selva y las que quedaban en el claro estaban siendo masacradas. Faltaba poco para que los míos se anotaran el primer tanto en la guerra.

Sin embargo, no sería a tiempo de ayudar a Ax.

Una de esas bestias volvió a impulsarse y, esta vez, alcanzó de lleno la jaula. Se aferró con las patas delanteras e intentó hundir el hocico entre los barrotes. Por fortuna, no cabía.

Los grititos de socorro de mis amigos peluditos subieron de volumen y la espiral me quemó como si me estuvieran marcando de nuevo al rojo vivo.

Y entonces, la cuerda se rompió y la jaula y la hiena cayeron al claro como un amasijo.

Como si el tiempo se detuviera y todo sucediera a cámara lenta, Ax y yo nos miramos.

Acto seguido, se puso en pie y saltó hacia otra rama un poco más abajo.

Se agarró con la cola, se balanceó y repitió el movimiento.

En dos o tres saltos, ya estaba en el suelo con una hiena a cada lado y la otra a sus pies junto a la jaula.

No pensé. Ni siquiera tuve tiempo de sentir miedo.

—¡Vamos, Enzo! ¡Hay que ayudarlos! —El león no se movió. Ax levantó el machete y bloqueó la ofensiva de una de las nashies —. ¡Necesitan nuestra ayuda! —grité de nuevo.

Le clavé los talones en los costados, pero, en lugar de dirigirse hacia el claro, empezó a dar media vuelta para regresar a la aldea.

El barog de Emi seguía luchando él solo contra aquellas dos bestias.

La tercera se había levantado ya y jugaba con la jaula, empujándola con todas sus fuerzas y tirando de los barrotes para intentar romperlos.

Sabía que eran resistentes, pero ¿cuánto aguantarían?

Las embestidas del animal cada vez eran más furiosas y no iba a conformarse fácilmente con un fracaso.

Naranjito rodaba en el interior junto a sus compañeros, formando entre todos una bola de pelo polvorienta e incapaces de mantenerse en pie.

Tenía un nudo en el estómago y sentía el pulso golpeándome en las sienes y el pecho con fuerza.

Tiré de nuevo del pelaje de Enzo e intenté que se diera la vuelta.

Me incliné hacia un lado, le apreté con las piernas y clavé los talones tan profundamente que puede que hasta tuviera moretones después de eso.

Pero el muy jodido no daba su brazo a torcer.

Desesperada, me agaché hasta su oreja y le dije bien clarito:

—Si no vamos ahora mismo a ayudar a Ax y los llitops , saltaré al suelo e iré yo sola. Ya le explicarás tú a Daryos después por qué acabé medio devorada por una hiena.

El pelaje se le erizó y se me pinchó los muslos. Se puso tieso y resopló, claramente descontento. Y, al fin, empezó a moverse.

Cuando pasamos cerca de Daryos y Xerx, que en esos momentos se enfrentaban juntos a una de esas bestias que escupía espuma por la boca, mi barog abrió mucho los ojos y gritó algo que no escuché. No tengo ni idea de si Enzo le oyó. Si fue así, le hizo caso omiso, igual que yo, y aceleró el paso.

Mi león galopó hasta el centro mismo del claro, esquivando algunos cuerpos sin vida de las hienas y los enfrentamientos furibundos que había a cada paso, y llegó hasta la jaula.

Sin detenerse, empotró la cabeza como un ariete contra el costado de la hiena, que se tambaleó, alejándose varios pasos de la jaula.

Entonces, dobló levemente las patas y gruñó hacia mí.

Lo interpreté como una señal para que desmontara, así que me deslicé hacia el suelo por su lomo lo más deprisa que pude.

Cuando la nashie recobró el equilibrio y se encaró hacia Enzo, no vacilé: me lancé de rodillas en el suelo, junto a la jaula.

Los llitops me miraron fijamente en cuanto mis manos buscaron la cerradura.

Juraría que suspiraron de alivio. Por un momento, tuve un déjà vu, pero no me dejé llevar por el pánico.

La jaula era de hierro, así que no habrían podido liberarse a mordisco limpio, tal como nos soltaron a nosotras en los pantanos.

No tenía cerradura, sino solo un pasador que se giraba varias vueltas y se incrustaba en el metal.

O sea, ideal para que las hienas no pudieran abrirlo, pero tampoco los pobres llitops .

—¡No os preocupéis, enseguida os saco de aquí! —dije, intentando hacerme oír por encima del fragor de la batalla.

Enzo emitió un rugido de protesta a mis espaldas, pero le ignoré. Tendría que aguantarse, porque, hasta que no lograra liberarlos, no me iría de allí.

El león luchaba a dentelladas contra una hiena casi tan grande como él y el doble de traicionera. Mientras tanto, Ax seguía peleando con las otras dos.

Otra recién llegada irrumpió en el claro y husmeó el aire.

«Mierda», murmuré.

Las manos me sudaban y me temblaban tanto que pensé que sería incapaz de abrir la maldita jaula.

La hiena clavó sus ojos negros en mí y empezó a avanzar. Nadie parecía darse cuenta de su presencia, pues todo el mundo estaba repartiendo hostias, enfrascados en sus propios combates. Venía directa hacia nosotros.

«Venga, dioses del manantial, echadme una manita antes de que estos pobres peluches y yo acabemos en la panza de una hiena apestosa».

Cuando se encontraba a tan solo unos pasos, algo peludo y estilizado cayó sobre su lomo. La hiena se revolvió y retorció para quitárselo de encima. Al fijar la vista, ahogué un grito.

¡¡Artia!!

¿De dónde demonios había salido? ¡Creía que se había quedado en la posada con las demás!

Me miró un instante con sus ojos plateados y, acto seguido, alzó las afiladas garras y las bajó de golpe hasta hundirlas en el lomo de la hiena. Esta se agitó como un toro mecánico e inició una carrera frenética hacia el interior de la selva con Artia sobre ella.

Como si no tuviera suficientes preocupaciones, ahora mi aninf favorita también corría peligro. Inspiré hondo y traté de serenarme para apaciguar el temblor de mis manos.

—¡¿Qué demonios haces, Callie?! —me gritó Ax, inclinando el torso hacia atrás para esquivar el zarpazo de la hiena que tenía delante. Después, se agachó para salir del alcance de las fauces de la otra y se alejó de ambas de un salto.

El tío parecía un enorme saltimbanqui. ¡Habría triunfado en el circo!

—¿Tú qué crees?

Había logrado dar dos vueltas al cerrojo, que se había encallado en la tercera. La caída había abollado la jaula y uno de los barrotes presionaba contra la abertura, dificultándome la maniobra.

«¡Venga ya!», protesté.

Enzo, que acababa de arrancarle la garganta de un mordisco a la hiena, se abalanzó contra una de las que acosaban a Ax.

Ahora la cosa estaba más igualada: Ax y Enzo contra dos nashies malolientes.

¡Y vaya si olían mal! Al tenerlas cerca, el olor a podredumbre que desprendían me provocaba ganas de vomitar.

¡Hasta me picaban los ojos! No era de extrañar, teniendo en cuenta lo que solían comer esas bestias carroñeras.

—¡Monta sobre Enzo y lárgate ahora mismo! —me gritó Ax.

Giró sobre sí mismo y le estampó un codazo en las costillas a su enemiga. Cuando escuché el crujido de huesos y su chillido, me encogí. ¡Me dolió hasta a mí!

—¿No crees que necesitas que Enzo te eche una manita, rubiales? —dije mientras conseguía dar la tercera vuelta al maldito cerrojo.

No me había dado cuenta hasta ahora de que tenía las yemas de los dedos en carne viva. De todos modos, ese era el menor de mis problemas.

—Daryos va a matarnos a los tres como no te largues ya mismo. ¿De verdad vale la pena morir por esos animalitos?

Sus ojos color menta brillaron cuando movió de abajo arriba el machete y lo incrustó en la garganta del animal. La sangre caliente le manchó las manos y los brazos.

—Tú preocúpate de tu hiena y déjame a mí mis llitops.

—¡Pues abre la jaula de una maldita vez y lárgate, Callie! Si D nos ve…

No pudo terminar la frase.

Una de las pocas hienas que todavía quedaban en pie se abalanzó sobre él y lo lanzó al suelo.

Ahogué un grito cuando empezaron a forcejear y los dientes de aquel engendro del infierno se cerraron en torno al brazo de mi amigo.

Su rugido de dolor me vibró en los huesos.

Logró evitar un segundo ataque rodeando el cuello de la nashie con su cola y apretando. Pero no se daba por vencida.

Por suerte, Enzo, que acababa de cargarse a la otra nashie , acudió en su ayuda. Embistió a la hiena para que Ax pudiera arrastrarse y salir de debajo de su cuerpo enorme.

El barog recuperó su machete, que el mordisco le había hecho soltar, y se levantó de un salto.

Iba a necesitar que Xioh le administrara una buena dosis de antídoto.

Tenía el brazo desgarrado y sangrante, pero eso no le impidió lanzarse al ataque de nuevo.

Enzo y él comenzaron un enfrentamiento encarnizado contra ese monstruoso animal.