35 ¡cuidado!
callie
S us chillidos, similares a risas histéricas, se me clavaban en los tímpanos mientras avanzaban hacia la jaula.
Eran enormes, mucho más de lo que había imaginado, y tenían todo el pelaje color trigo erizado, con algunas manchas negras.
Las observaba entre las hojas de los helechos y los arbustos de moras mientras entraban en tromba, pateando el suelo y profiriendo esos sonidos escalofriantes.
Sus ojos eran negros como pozos de tormentos sin fin.
La selva entera temblaba a nuestro alrededor. Aunque las lunas seguían en el cielo, la suave luz del amanecer empezaba a desparramar una tenue claridad sobre la jungla.
Miré a derecha e izquierda: el rey, el príncipe y todos nuestros amigos estaban completamente concentrados en lo que ocurría en el claro, aferrando sus machetes, con los cuerpos en tensión y las garras extendidas, y preparados para lanzarse a la carga en cuanto fuese necesario.
Como si percibiera mi desasosiego, Daryos me acarició la espalda con la cola. Una caricia firme para transmitirme fuerza y valor. Porque lo cierto es que estaba aterrorizada.
¿Dónde demonios me había metido? ¿Desde cuándo era yo tan temeraria?
Me había hecho la valiente, pensando que podría quedarme aquí como si nada. Pero esto era incluso más terrible de lo que había imaginado.
Las nashies eran una maldita pesadilla.
—A mi señal —ordenó Sulveh, a unos metros de distancia. A través de la línea de arbustos que teníamos delante, vislumbraba su melena castaña clara y su cuerpo enorme tatuado. Era un barog imponente—. No os levantéis hasta que yo os lo indique. Debemos esperar a que estén casi encima de nosotros.
Las hienas continuaban llegando al claro, persiguiendo el olor a sangre que previamente habíamos plantado en los troncos de las palmeras y en las hojas.
Agitaban las patas, presas de una excitación sanguinaria.
Sacudían las cabezas y las colas de un modo espasmódico, alzando los hocicos y ensanchando las fosas nasales para captar mejor el aroma.
Pronto las primeras detectaron la jaula y se abalanzaron a por ella.
Se me encogió el estómago cuando mis llitops empezaron a soltar grititos y a ponerse nerviosos. Todos, menos Naranjito, que permanecía sereno.
Axeh silbó de nuevo desde lo alto y, de un fuerte tirón de la cuerda, la izó varios metros. Los llitops se balancearon dentro de la jaula, golpeándose contra los barrotes y los unos contra los otros. ¡Daban lástima, los pobrecitos!
«Por favor, por favor, que no les ocurra nada malo», recé.
Levanté la vista.
El barog rubiales estaba ahí, medio confundido entre el dosel de la jungla, con los músculos abultados por el esfuerzo. Lansh le observaba también; juraría que había una pátina de preocupación en sus ojos. A fin de cuentas, su hermano se estaba jugando el pellejo de lo lindo.
Las hienas se agolparon en la zona donde segundos antes se encontraba la jaula y empezaron a estirar el cuello hacia arriba, olfateando y retorciéndose para intentar alcanzarla. Se volvían más locas y descontroladas con cada segundo que pasaba, chillando aún más fuerte.
La mayoría se puso a correr por el claro, fuera de sí, pegando los morros al suelo o a los troncos, como si buscaran el rastro que las llevaría hasta los llitops . Iban de aquí para allá, hasta que comenzaron a lanzarse hacia los arbustos de bayas y los helechos.
—Aguantad —pidió Sulveh, con la voz varios tonos más grave.
—Las tenemos casi encima —comentó uno de sus guardianes, situado entre dos barogs de la aldea.
—Quietos —rugió Sulveh—. Quietos —repitió.
Todos contuvimos el aliento.
Cyrus dio la orden a nuestro grupo para que se prepararan también. Después, me lanzó una mirada afilada que no necesitaba de palabras: me transmitía en silencio que cumpliera la orden de largarme si las cosas se torcían.
Como si Enzo hubiera interpretado lo mismo, emitió un rugido bajo y constante, y se colocó en una posición que me permitiera subirme a su lomo de un salto sin problemas.
—¡¡Ahora!! —rugió Sulveh a pleno pulmón.
La línea al completo de barogs y guardianes se levantó al unísono, como una gran masa de músculo feroz e inquebrantable. Alzaron las lanzas en diagonal, con el extremo de hierro a la altura de los vientres de las hienas. Apuntaban hacia allí, dispuestos a destriparlas.
Las nashies no los vieron venir. Sus propios chillidos, el ruido de sus patas y la polvareda que levantaban nos habían mantenido ocultos tras la vegetación.
Además, el aroma a la sangre de llitop , mucho más fuerte que nuestro olor corporal, había cegado sus instintos hasta convertirlas en depredadoras rabiosas.
Barogs de la aldea y guardianes corrieron hacia ellas, con las rodillas un poco flexionadas y las lanzas preparadas. Los gritos de dolor enseguida llenaron el claro cuando las primeras lanzas empezaron a hacer diana.
Se clavaban hasta la base de las puntas de hierro, causando estragos en las partes blandas de las hienas, que no tenían escapatoria. Por todas partes, los nuestros surgían de los arbustos, rodeándolas y ensartándolas con sus lanzas.
—¡Cuidado! —gritó el rey cuando varias de ellas lograron eludir el cerco y saltar hacia nosotros.
Ante todas ellas, iban las tres más grandes y de aspecto más feroz. Por cómo se movían, tuve el presentimiento de que ese trío eran sus líderes.
En un acto de puro instinto protector, Daryos me empujó tras él y alzó el machete hacia la hiena que galopaba hacia nosotros.
—¡Vete, Callie! ¡Ahora! —rugió.
Retrocedió un poco más, empujándome hacia Enzo. El león flexionó las patas delanteras para facilitarme la maniobra.
A la derecha, Lansh le asestaba un golpe mortífero a una de las tres hienas líderes en el cuello mientras Xerx se lanzaba por el suelo y le abría el vientre en canal a otra, aunque eso no detuvo sus dentelladas, que propinaba al aire intentando alcanzarlo.
Xioh y Cyrus peleaban contra la tercera, a machetazos y zarpazos, hostigando a aquella bestia inmunda. Parecía que la habían dejado moribunda en el suelo, sangrando por múltiples heridas, pero la nashie se alzó de nuevo como un resorte sobre sus cuatro patas y volvió al ataque.
No iba a ser tan fácil vencerlas. ¡Había muchísimas!
—¡Márchate, Callie!
Daryos blandió el machete en el instante en que la hiena saltaba hacia nosotros con las fauces abiertas y las garras, largas, afiladas y llenas de roña, directas hacia su pecho.
Logró esquivarla y le asestó un mamporro en la cabeza.
Se escuchó el crujido de su cráneo. Acto seguido, le dio un golpe de garras en el lomo.
Tras mirarme de reojo y comprobar que ya estaba subiendo una pierna sobre su león, se giró hacia la hiena en el instante en que esta trataba de alcanzarle el brazo con los colmillos. Mi barog se agachó y los esquivó por unos milímetros.
El animal, enfurecido, saltó hacia él, pero mi amorcito lo esperaba con el machete en posición vertical, sujetando la empuñadura con ambas manos.
De un solo movimiento, se lo hundió en el pecho hasta el fondo, entre las costillas. Un chorro de sangre brotó de inmediato del tajo y roció el rostro, el pecho y los brazos de mi barog. La nashie se desplomó de lado y la tierra retumbó un poco más.
Ya instalada sobre Enzo, me agarré a su espeso pelaje, dispuesta a galopar hasta la aldea y, de allí, a la posada con mis amigas. Solo esperaba que ninguno de esos monstruos hubiera llegado hasta allí.
Traté de tranquilizarme, convenciéndome de que, si alguna lo había logrado, Toruch y todos los guerreros apostados en la aldea las harían picadillo antes de que pudieran siquiera cruzar la plaza.
Miré a mi barog por última vez antes de partir. Enzo empezó a darse la vuelta para regresar y…
Varios grititos inconfundibles llenaron el aire, helándome la sangre: mis llitops .
Tirándole del pelo, obligué al majestuoso león a darse la vuelta de nuevo para que pudiera ver lo que estaba ocurriendo. Y cuando al fin lo conseguí, casi me caigo de mi montura.
Una nashie saltaba en medio del claro hacia la jaula como si se propulsara en una colchoneta elástica, mientras que otras dos trepaban por dos árboles cercanos a la lupuna en la que se encontraba a Axeh.
Se impulsaban en el tronco con todas sus fuerzas y se lanzaban contra la jaula en la que se apiñaban mis pobres llitops. ¡Estaban aterrorizados!
Ax tiraba de la cuerda para intentar izarlos un poco más, pero las hienas repetían el movimiento una y otra vez, empeñadas en alcanzarlos. Si el barog no lograba subirla hasta la copa, tarde o temprano lo conseguirían.
En el último salto, una logró meter las garras en la jaula y la otra darle un manotazo, haciéndola oscilar peligrosamente cerca de su compañera.
Naranjito me miró desde allá arriba y la espiral me hormigueó más fuerte que nunca.
Era una llamada de socorro, y pensaba acudir en su ayuda.
Todos los barogs estaban enfrascados en la lucha encarnizada, diezmando las filas de las nashies y destripándolas a diestro y siniestro.
Al menos, las estaban conteniendo. Pero nadie parecía darse cuenta del peligro que corrían Ax y los llitops .
Mi amigo hacía malabarismos para sostener la jaula y hacerla oscilar para alejarla de las fauces de las hienas, que se acercaban más y más con cada salto circense que daban.
De pronto, tras varios intentos, una de ellas se impulsó con las patas traseras en el robusto tronco de una palmera, se abalanzó sobre la jaula y logró alcanzarla con los dientes.
Sus fauces enormes se cerraron en torno a uno de los barrotes inferiores, rozando a uno de los llitops, que retrocedió de un salto.
El peso del animal, que colgaba de la jaula, tensó la cuerda y la arrastró un par de metros más abajo y, con ella, a Axeh.
El barog trastabilló, se tambaleó sobre una rama y a punto estuvo de caerse desde ahí arriba.
Ax era ágil y muy acostumbrado a moverse por las alturas, así que, probablemente, habría logrado caer de pie en el suelo. Pero aquello estaba muy alto…