El Destino del Barog (El rapto de las descendientes 5) 34 la trampa
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34 la trampa

callie

—No va a pasaros nada, te lo prometo, Naranjito. ¿Ves esos arbustos? —dije señalándolos—. No me moveré de ahí.

Cinco llitops me miraban fijamente, con sus grandes ojos clavados en mi rostro, mientras yo seguía agachada frente a ellos.

Llevaba ya un buen rato y las piernas me dolían.

Permanecían inmóviles desde que habíamos llegado junto a la jaula, ubicada en el centro de un pequeño claro cercano a la aldea.

La jaula estaba atada a una cuerda anclada al árbol más alto y robusto, una lupuna gigantesca. En cuanto las nashies se aproximaran, Axeh, encaramado ahí arriba entre sus ramas, tiraría de la cuerda y los izaría hasta que pasara el peligro.

Daryos, Cyrus, Xerx, Lansh, Xioh y yo permaneceríamos cerca, agazapados, mientras un grupo numeroso de barogs de la aldea y guardianes se ocultaban delante de nosotros a lo largo de todo el perímetro, comandados por el valiente e inteligente Sulveh.

Una vez las hienas entraran en el claro y cayeran en la trampa, cualquiera que fuese la dirección que decidieran tomar, acabarían ensartadas en las largas lanzas de todos ellos.

Era arriesgado y muy sangriento. Pero no había otra manera de dejarlas fuera de combate, y necesitábamos hacerlo antes de que aparecieran los barogs perdidos.

Si todo ocurría según suponíamos, Ux enviaría a esos bichos repugnantes y enormes como avanzadilla para destrozar nuestras defensas y así tener vía libre hacia la aldea.

Pero tampoco teníamos la certeza de que fuera a suceder así.

Quizás decidía abalanzarse sobre nosotros con todas sus fuerzas al mismo tiempo, lo que sería un desastre.

Recé en silencio para que todo saliera como habíamos previsto y que, una vez neutralizada la amenaza de las nashies , nos diera tiempo de llegar a la aldea para enfrentarnos a la oleada de ataques de nuestros enemigos.

—Callie, debemos apresurarnos. No tenemos todo el día —protestó el rey por enésima vez.

—Shh, si sigues con ese mal humor, vas a asustarlos todavía más.

—Ya los habías convencido, ¿por qué demonios estás tardando tanto?

Puse los ojos en blanco.

—¿Te crees que esto es fácil? Están acojonados, los pobres. Es comprensible, ¿no?

—Amor, mi hermano sabe que estás haciendo todo lo que puedes —dijo Daryos, echando una miradita de advertencia al rey—, pero es cierto que no tenemos mucho tiempo. O entran en la jaula, o debemos regresar todos a la aldea ya mismo y enfrentarlas juntos ahí.

—Dadme un par de minutos. Tanta impaciencia me está sacando de quicio.

Cyrus siguió protestando, mi amorcito intercediendo y nuestros amigos discutiendo sobre el tema. Pasé de ellos y me concentré solo en Naranjito.

—Somos amigos, ¿verdad? —La marca de mi espalda vibró una vez—. ¿Confías en mí? —Otro hormigueo—. Pues necesito que me dejes hacerte una pequeña herida para que tu sangre atraiga a las nashies y que os metáis en la jaula.

La respuesta tardó unos segundos en llegar, durante los cuales casi le da un ataque de histeria al rey. Pero mis llitops eran muy valientes y no me defraudaron.

Naranjito se acercó al cuchillo que yo había dejado en el suelo a mi lado y le dio un golpecito con la pata. Me miró a los ojos, luego el arma y volvió a mi rostro.

—Vale, allá vamos —dije aferrando el cuchillo y acercándolo al pelaje de mi amiguito.

Naranjito, hay que reconocerlo, se mantenía quieto y tranquilo. Yo, en cambio, estaba hecha un flan. De pronto, pensar en hacerle un corte, por muy pequeño que fuera, me parecía una aberración. Entre el calor, que empezaba a ser sofocante, y los nervios, empecé a sudar.

—¿Estás bien, amor? —me preguntó Daryos. No me pasó desapercibido que aferraba el brazo de Cyrus con una mano para retenerlo.

Los demás nos observaban, conteniendo el aliento. Supongo que todos estaban hasta las narices de esperar.

—No creo que pueda hacerlo —dije, con un tembleque considerable en las manos.

—¿Quieres que lo haga yo?

—Te lo agradecería, aunque primero se lo tengo que preguntar a Naranjito. —Inspiré hondo y, asegurándome de que observara lo que estaba haciendo, le di el cuchillo a Daryos—. El príncipe lo hará por mí. Es mi hoa uhane y podéis confiar en él.

En cuanto la espiral se retorció de nuevo en mi espalda, lo interpreté como un sí.

Y antes de que pudiera arrepentirme, Daryos practicó un pequeño corte en la pata de mi amigo.

Xerx colocó un cuenco de madera debajo y recogió las gotas de sangre que brotaron de la herida.

Cuando consideraron que tenían suficiente, se levantaron y se apresuraron hacia los alrededores para marcar los troncos de las palmeras, que conducirían a las bestias directamente hacia la jaula.

Se me revolvió el estómago.

Sí, ya sé que había visto cosas mucho peores desde mi llegada a Nemea y que, por desgracia, vería bastantes más cuando los enemigos irrumpieran en la aldea.

Pero, por algún motivo, me afectaba mucho lo que pudiera pasarles a los llitops .

Habíamos desarrollado una conexión muy especial. Además, ¡eran tan monos!

—Has sido muy valiente —le dije a Naranjito mientras abría la jaula y me hacía a un lado para que entraran.

Enzo continuaba pegadito a mí. Se había convertido en mi sombra y sabía que no se apartaría en ningún momento.

Mientras cerraba la reja y me dedicaba a hablarles para transmitirles calma, los barogs regresaron.

Daryos se agachó a mi lado, metió los dedos entre los barrotes y acarició a uno de los llitops .

Este dejó que lo hiciera y todos lo miraron con casi tanta devoción como a mí.

¡Y eso que mi amorcito solía despotricar de ellos de lo lindo!

Al fin había comprendido lo importantes que eran para mí.

—No sueltes la jaula, Ax —dije, poniéndome en pie y mirando a los ojos al barog rubiales de Emi.

—Confía en mí, Callie. En cuanto las nashies se acerquen, los izaré.

—¿Estáis seguros de que esas bestias no podrán saltar hasta allá arriba y atraparlos? —Alcé la vista hacia el dosel de la selva y busqué la lupuna frondosa y robusta en la que Axeh estaría encaramado.

Estaba realmente muy arriba, pero qué sabía yo de cuánto podían saltar las hienas o de si podían trepar. Empecé a ponerme nerviosa.

—Tranquila, Calista —dijo Lansh, rodeándome los hombros con su brazo enorme—. Mi hermanito es el mejor para estas cosas. No permitirá que esas hijas de puta apestosas se zampen a tus llitops.

—Y ahora, si no queremos que se nos zampen a nosotros , más nos vale ocultarnos enseguida —gruñó Cyrus.

Mi cuñado favorito se había puesto en modo «rey todopoderoso cascarrabias». No lo culpaba, pues casi toda la responsabilidad recaía sobre él. No lo envidiaba en absoluto. Así que le hice caso y lo seguí hacia los arbustos. Los demás hicieron lo mismo.

Contemplé la jaula antes de ocultarme. Naranjito tenía los ojos clavados en mí y, aunque parezca absurdo, sentí su valor en mi interior. La espiral vibró en mi espalda una sola vez, de un modo largo e intenso, reconfortándome.

Me agaché entre Daryos y Lansh, en la zona de espesa vegetación tras la línea que formaban los guerreros barogs armados con lanzas.

Las puntas de hierro medían por lo menos dos palmos, y el palo, de madera resistente, varios metros.

Con eso podrían atravesar cualquier cosa.

Mi hoa uhane y mis amigos, en cambio, empuñaban machetes, enormes y amenazantes.

Pensé en Tina, Jenny, Emi, Susi y todas las demás, encerradas en la posada y muy asustadas, rezando para que tuviéramos éxito.

«Todo irá bien», traté de convencerme.

Las nashies seguirían el caminito de miguitas de pan o, mejor dicho, el que marcaba el aroma de la sangre de llitop , y se abalanzarían directas hacia la trampa: las lanzas de los barogs y los guardianes, apostados en el claro tras la vegetación.

En realidad, no teníamos ni idea de nada, tan solo conjeturas, intuiciones y las premoniciones de Daryos.

Se me ocurrían un montón de cosas que podrían alterar el plan.

¿Y si las nashies olían a los barogs y detectaban que era una trampa?

¿Y si aparecían primero Ux y los hermanos perdidos?

¿Y si las hienas saltaban como canguros y alcanzaban la jaula?

Sentía el corazón a punto de estallar y la cabeza como una olla a presión.

—Callie, ¿estás bien? —me preguntó Xioh desde el otro lado de Lansh.

—Voy aguantando, sanador —dije, esforzándome por sonreír.

—Inspira hondo varias veces —me aconsejó.

Le hice caso de inmediato, aunque la sensación de pánico seguía clavada en mi pecho.

—Última oportunidad para marcharte, Callie —dijo Cyrus con esa voz cavernosa y siniestra que se le ponía cuando estaba muy cabreado o preocupado.

—Eso, amor. No tienes que demostrar nada a nadie. Todos sabemos lo valiente que eres. Estarías más segura en la posada, y nosotros cuidaríamos de tus llitops . —Los ojos de mi barog estaban cargados de terror. Por mí.

Miré a Xerx, que permanecía en silencio, observándome.

—¿Tú qué dices? —le pregunté en un susurro.

—Yo digo que tienes tanto derecho a quedarte como cualquiera de nosotros —soltó para mi sorpresa.

—Eso es cierto —se apresuró a decir Daryos. Sus ojos brillaron como piedras preciosas: una esmeralda y un zafiro.

—En ningún sitio estarás mejor protegida que aquí con nosotros, tus amigos —intervino Lansh.

Todos me miraron y asintieron, incluso Cyrus. Ese gesto me transmitió el valor que necesitaba para hacer lo que debía.

—Me quedo.

Como si Enzo hubiera comprendido la situación, se acercó un poco más a mi espalda y me rozó con su pata. De ese modo, él también me transmitía que estaba junto a mí y que no iba a dejar que me ocurriera nada malo.

—Bien. Vamos a darles un gran recibimiento a esas hienas —murmuró Cyrus.

—Que no se diga que los barogs de la aldea no somos hospitalarios —dijo Daryos dedicándome una sonrisa.

Entonces, un cuerno profundo retumbó en la selva. Tocó tres veces, con largos sonidos de advertencia.

—En posición —ordenó el rey.

Axeh silbó en la copa de aquel árbol. La cuerda, que él había enredado en las ramas más gruesas y que sostenía, se tensó un poco más.

Los barogs y los guardianes que aguardaban entre los helechos y arbustos frente a nosotros, agachados o tumbados en el suelo, alzaron un poco las lanzas, en el ángulo perfecto, pero sin delatarse. Sulveh era quien les daba las órdenes. Cyrus confiaba mucho en él.

De pronto, el suelo de la selva empezó a temblar como si acabara de desatarse un terremoto.

—¿Qué demonios es eso? —pregunté en un susurro.

—Ya están aquí —murmuró Xerx.

—¿Eso… lo están provocando las nashies ?

—Son muchas —dijo el rey, sin apartar la vista del frente—. Puede que todas.

El sonido era ensordecedor y el suelo se sacudía como si una estampida de cientos de búfalos viniera directa hacia nosotros.

Solo que era algo bastante peor que búfalos.

—Prepárate, amor. Si rompen la línea de nuestros guerreros, trepa a lomos de Enzo y regresa a la aldea.

—Ya veremos.

—Lo prometiste —dijo apretando la mandíbula.

—Que sí, pesado.

Suspiró, aliviado.

En ese momento, otro cuerno distinto, más oscuro y terrorífico, hizo eco por todas partes.

Y los monstruos más horribles que había visto en mi vida irrumpieron en el claro.