El Destino del Barog (El rapto de las descendientes 5) 33 ya vienen #2
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33 ya vienen #2

Cyrus cogió sus armas, un machete inmenso, un cuchillo de varios palmos y una lanza larga de madera con punta de hierro, y salimos del palacio.

Varias antorchas iluminaban la plaza y los senderos.

Todavía faltaba bastante para el amanecer, y la pareja de lunas seguía brillando en el cielo con ese extraño resplandor verdoso, que confería al paisaje un aspecto irreal.

Antes de separarnos, le di un abrazo a cada uno. Cuando llegué a Cyrus, se me hizo un nudo en la garganta. Tuve que disimular poniendo mi expresión más arrogante y segura de mí misma para que no se diera cuenta de que estaba hecha un flan.

—Mucha suerte, mi rey —dije, acariciándole la mejilla y tirando un poco de una de las trenzas frontales.

Iban a luchar a golpe de garras y machetazos vistiendo tan solo un taparrabos. Ni escudo, ni armadura, ni siquiera un maldito chaleco antibalas. Ellos iban a pecho descubierto, como bárbaros que eran.

—Ten cuidado, mi reina.

—Machacadlos a todos.

—Cuenta con ello —dijo esbozando esa sonrisa oscura y siniestra que tanto me gustaba.

Todo en él era digno de un gran rey.

—¡No hagas locuras, Callie! —le grité a mi amiga, cuando ya se alejaban.

—¿Cuándo he hecho yo algo así?

Pese al horror que nos esperaba, no pude evitar sonreír. Recé a todos los dioses de Nemea, de la Tierra y de cualquier otro planeta del universo para que los protegieran. No importaba que, en realidad, jamás hubiese creído demasiado en ninguno de esos dioses.

Hoy los necesitaríamos más que nunca.

Tras separarnos, tenía el corazón encogido.

Cyrus se giró a mirarme una última vez. Sus ojos brillaron mientras sus labios pronunciaban en silencio «te quiero».

Yo le devolví las mismas palabras, memorizando cada una de sus facciones y su imponente cuerpo para grabar su imagen a fuego en mi alma para siempre.

Cruzaron la plaza, rumbo a la selva, y se adentraron en la vegetación.

Inspiré hondo y me fui en busca de las descendientes.

La primera parada la hice en casa de Emi. Ya salía por la puerta cuando llegué allí.

—Vamos casa por casa, Emi. Hay que conducirlas a todas a la posada.

—Jenny ya ha ido hacia allí con unas cuantas —dijo mi amiga—. Ax y Xerx han estado corriendo la voz para que todas las mujeres se apresuren a resguardarse.

—Perfecto. ¿Dónde está tu barog?

—De camino a la selva, a reunirse con el rey y el príncipe. ¿Y Callie? ¿Ya está en la posada?

—Mejor no preguntes, Emi.

Abrió los ojos como platos mientras recorríamos los caminos de la aldea en semipenumbra e íbamos llamando a las puertas, con Bazzeila pisándonos los talones. Sabía bien que la pantera no iba a separarse de mí ni un momento. Francamente: me alegraba que así fuera.

—No me dirás que ha ido con ellos, ¿verdad?

—¿Tú que crees?

Lanzó un gritito de terror y maldijo de todas las maneras imaginables.

En cuanto agrupamos a las pocas descendientes que quedaban por ahí, marchamos todas juntas hacia la posada.

Ciench ya se encontraba cerca de la entrada, a los pies de la escalinata, con el grupo de feroces barogs al que comandaba, todos ellos con los mismos trazos de pintura negra en el rostro y otras partes del cuerpo.

Los acompañaban unos cuantos leones y panteras.

Estaba hablando con Sulveh, el cuñado de Sylvia, y un par de guardianes más.

Parecían muy concentrados y, por lo que pude escuchar cuando pasamos por su lado, estaban concretando los detalles de nuestra protección.

Una vez dentro de la posada, nos encontramos con Jenny y nos unimos al grupito formado por Penny, Susi, Marla, Sylvia y su bebé, y Artia.

Lorna revoloteaba por todas partes, con el rostro desencajado, repartiendo vasos de zumo entre las mujeres. Porque era zumo, ¿verdad? Últimamente, la profesora McPhee se había aficionado demasiado al famoso licor de moras. ¡Y no la culpaba! Estaba delicioso.

Ciench entró para despedirse de Susi. Le dio un abrazo de oso y le susurró palabras al oído que nadie más oyó. Se separaron con lágrimas en los ojos y promesas de que todo saldría bien.

Por su parte, Sulveh nos sorprendió a todas cuando se acercó a Sylvia, le puso una mano en la mejilla con suavidad y se inclinó para besarla.

Un beso en los labios cargado de sentimiento, no un beso fraternal en la mejilla.

Todas los miramos petrificadas. Después, el guardián acarició el bracito del pequeño Sonah y le besó la frente.

En cuanto los barogs se marcharon, acribillamos a preguntas a Sylvia, que se limitó a sonreír, acunar a su bebé… y confirmarnos que Sulveh y ella pronto se convertirían en una pareja oficial.

Nos sentamos sobre jergones en el suelo y escuchamos la sorprendente, triste y a la vez hermosa historia de amor de ambos. Nadie sabía que estaban secretamente enamorados desde que se conocieron en la Tierra ni que Sylvia se había vinculado al hermano gemelo equivocado en la cacería.

Su relato nos distrajo un poco de la angustia que nos dominaba a todas.

Jenny, Emi y Lorna también reflejaban preocupación en sus ojos, aunque, por indicaciones mías, intentaban disimularlo.

Les había pedido ayuda para mantener los ánimos altos y el optimismo entre las mujeres.

No podíamos derrumbarnos, puesto que no sabíamos lo que tendríamos que hacer en las horas o días siguientes para mantenernos con vida.

Susi era la que parecía más triste, aunque era fuerte y también se esforzaba por dar ejemplo.

La pobre era una de las que más había sufrido las consecuencias de la anterior guerra.

Al menos, su barog estaba tan solo al otro lado de la puerta, no como Cyrus, Xerx, Axeh, Sulveh o cualquiera de los otros, que se dirigían hacia el enemigo.

Toruch se había quedado como comandante de las fuerzas de la aldea en nombre del rey, hasta que este regresara de la trampa a las hienas.

Marla tenía el rostro descompuesto. No solo su barog estaba también ahí fuera, listo para luchar, sino que ambos habían vivido la primera guerra y habían perdido a familiares y amigos muy queridos, como Sonah y Elena.

Además, no habían sabido nada de Sylvia durante una década y Sulveh se había recluido en el templo.

Sin mediar palabra, Sylvia la cogió de la mano e intercambiaron una mirada llena de comprensión.

—¿Dónde Callie? —preguntó de pronto Artia, tirando del brazo de Susi. Esta miró alrededor y, al no ver a nuestra amiga, me interrogó con la mirada.

—Callie está en la selva con Daryos y el rey. Se reunirá con nosotras un poco más tarde —le expliqué.

La pobre aninf parecía consternada, y eso que era poco expresiva. Pero algo en su postura me indicó que aquello no le gustaba nada.

—¿Trampa na-shies ? —preguntó.

Por lo visto, estaba al corriente de todo. ¡Y parecía tonta!

—Sí, Artia. Callie está preparando la trampa junto con el rey, el príncipe y los otros. Pero no te preocupes, no le pasará nada. Enzo también está con ella.

La aninf meneó la cabeza y la cola con energía, más corta y gruesa que la de los barogs, y se puso en pie de un salto. Sus ojos plateados relampaguearon.

—Artia ir con ella. Callie ami-ca —proclamó. Entonces, bajó la vista hacia Sylvia y su bebé y añadió—: ¿Tú necesitas mí?

Sylvia la miró con ternura.

—Estoy bien, Artia. Ve con Callie. Te necesita más que yo. Ellas me ayudarán —dijo señalando alrededor.

Toda la escena era surrealista.

La puerta estaba empezando a cerrarse desde fuera, empujada por Ciench. Artia dio un salto, corrió y se coló por la abertura con gran agilidad, antes de que se cerrara por completo.

Observamos en silencio el lugar por el que había desaparecido.

—Me quedo más tranquila si Artia está con Callie —dijo Emi con una mano sobre el corazón. Algunos rizos rubios se le escapaban del moño y estaba un poco pálida.

—Yo también —dijimos Jenny y yo al unísono.

—Artia y Enzo cuidarán de ella. Y el rey y el príncipe no permitirán que le ocurra nada malo —comentó Susi.

—¡Ay, mi Calista! —exclamó Lorna de pronto, con las lágrimas rodando por las mejillas como si fuera la protagonista de un culebrón—. Es una imprudente. ¡Debería estar aquí dentro con nosotras! Si algo le ocurriera…

Las palabras se ahogaron en su garganta cuando empezó a sollozar. Emi se levantó y fue hacia ella. Le rodeó los hombros con el brazo y la condujo hasta nosotras para que se sentara.

—No le ocurrirá nada, señorita McPhee. Callie es lista y muy valiente. Sobrevivió a una caída por un precipicio y a los pantanos. Nada podrá con ella —le dijo con dulzura.

Mientras las demás seguían consolándola, yo intenté convencerme de que todo iría bien. Sin embargo, la inquietud se había enganchado a mi cuerpo como una garrapata y no me soltaba.

La guerra estaba a punto de comenzar y nadie tenía ni idea de cómo acabaría.

Como si me leyera la mente, Bazzeila se acercó a mí y me envolvió con su cola, mientras todo su cuerpo permanecía alerta.

Otro cuerno sonó en la distancia y, luego, otro más.

La posada entera enmudeció de golpe y nos dispusimos a esperar.