El Destino del Barog (El rapto de las descendientes 5) 33 ya vienen
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TINA

M e desperté de golpe, sobresaltada con el sonido profundo del cuerno que retumbaba por toda la aldea. Cyrus ya estaba en pie y alerta junto a la ventana. Bazzeila, justo a su lado, pegada a él. Ambas colas negras, largas y gruesas, ondeaban tras ellos.

—Es la línea de defensa más lejana. Han visto movimiento, pero todavía tardarán un par de horas en llegar.

—¿Y eso cómo lo sabes? ¿Solo por el sonido?

Se dio la vuelta para mirarme. La mota verde refulgía en uno de sus iris.

Su rostro permanecía sereno, aunque una especie de determinación salvaje vibraba en sus ojos y en su pecho.

Se había pintado unas líneas negras en la cara, desde la frente hasta el pómulo, que le conferían un aspecto aún más fiero.

Pinturas de guerra.

—Nuestro oído es mucho más fino. Podemos identificar notas que vosotras no captáis. Créeme, la advertencia viene del último puesto de vigilancia. Hay que ponerse en marcha.

—¿Hacia la trampa?

Él asintió.

—Tal como habíamos planeado, Daryos estará aquí de un momento a otro.

Tú encárgate de llevar a todas las descendientes a la posada.

La mayoría ya se encuentra dentro, pero asegúrate de que no quede ni una sola rezagada.

La aldea pronto se convertirá en un campo de batalla y no quiero que ninguna de vosotras corra peligro.

—¿Ciench también irá hacia allí?

—Habrá escuchado el cuerno igual que nosotros.

Ya se habrá puesto en movimiento. Confía en él a ciegas, Tina, tal como confías en mí.

Él no permitirá que os pase nada, pero debes obedecerle.

Predica con el ejemplo para que nadie se aventure fuera de la posada ni haga nada temerario, sobre todo tus amigas.

Mis amigas eran, sin duda, las menos proclives a cumplir órdenes. Sin embargo, una guerra era algo que nos superaba incluso a nosotras.

—Tranquilo, mi rey. No haremos ninguna estupidez… salvo que sea imprescindible.

—Es esa segunda parte de tu frase lo que me pone nervioso —dijo con una sonrisa más apagada de lo normal—. No me hagas sufrir, Tina. Estaré metido hasta el cuello en la peor guerra de todos los tiempos. Necesito saber que estarás a salvo.

Caminé hacia él, le puse una mano sobre el corazón y lo miré a los ojos.

—No te preocupes por mí, Cyrus. Llevaré a todas las mujeres a la posada y me encargaré de que ninguna se mueva de allí.

Esgrimiré mi título de reina de Nemea para imponerme si es necesario.

Seguiré las órdenes de Ciench y no causaré ningún problema.

Tú solo preocúpate de ti y de tus guerreros. Las descendientes, déjamelas a mí.

Suspiró, algo aliviado.

—Bazzeila se quedará contigo —soltó con contundencia.

—¿Qué? ¡No! Ella tiene que luchar a tu lado, la necesitas.

—Permanecerá a tu lado, ya lo he decidido.

—Pero, mi rey…

—Si los barogs perdidos logran irrumpir en la posada, ella te protegerá. Daría su vida por ti, ya lo sabes. También dejaré un destacamento de panteras y leones junto a Ciench y su grupo.

—No estoy de acuerdo, pero supongo que no tengo elección.

Él negó con la cabeza y las dos trenzas que recogían los mechones frontales de su melena se agitaron. Yo se los había trenzado el día anterior. Me estremecí al recordar ese momento de intimidad entre nosotros.

¿Y si no teníamos ocasión de repetirlo?

«No pienses en eso. Volveréis a tener un montón de momentos así».

No había cruzado un portal a otro planeta y seducido al mismísimo rey de la selva para perderlo justo cuando las cosas entre nosotros iban tan bien. Ni hablar.

—La líder de ojos rojos, tu fiel nueva amiga, y las demás vendrán conmigo. Estaré rodeado de las panteras más letales, Tina, así que no temas por mí.

—Creía que lo estaba llevando bien, pero, ahora mismo, estoy aterrada. Supongo que es lo normal —dije esforzándome por sonreír.

Me rodeó con sus brazos musculosos y me atrajo hacia su cuerpo. Su calidez y su aroma me envolvieron, transmitiéndome algo de la calma que yo había perdido. Había un toque más oscuro en su olor, más primitivo. La guerra iba a sacar a la luz la parte más feroz de mi barog; su esencia más pura.

—Todos tenemos miedo, mi reina, pero eso no va a paralizarnos, al contrario. Va a espolearnos a luchar con más fuerza, más astucia, más concentración. Haremos todo cuanto esté en nuestra mano para masacrar al enemigo, te lo prometo.

—Júrame que sobreviviremos —solté en un arranque de desesperación, aferrándome a él.

Su mirada se oscureció y sus facciones se endurecieron.

—Esta es mi aldea, mi pueblo, mi especie. Juro que la defenderé con todo lo que soy y que lucharé con honor como un rey valiente y entregado.

—Eso no es exactamente lo que…

—Y juro que venceremos y volveré a ti, mi reina. Porque nuestra historia no puede acabar aquí. Sobreviviremos, te lo prometo.

—Más te vale, barog. Porque, como me dejes aquí sola…

No pude terminar. Me agarró la cara y me besó con tanta intensidad que me subió la emoción a la garganta. Y yo le devolví ese beso que, aunque me negara a pensar siquiera en ello, podría ser el último.

Mis ojos se clavaron en los suyos y estaba a punto de decir algo más cuando Daryos y Callie irrumpieron en nuestro dormitorio.

—¿Preparado para repartir hostias, hermanito? Hoy me he levantado con ganas de cargarme a unos cuantos hijos de puta. ¿Y tú? —soltó Daryos.

El príncipe llevaba las mismas líneas de pintura negra en el rostro, pero, en su caso, solo en un lado: el del ojo verde. También lucía algunas en el pecho, emulando más espirales. Curiosamente, la loca de Callie se había embadurnado la cara y los brazos con la misma pintura.

—¿Por qué te has pintado, profesora Dawson? ¿Acaso te crees una guerrera barog? —bromeé.

Ella me sacó la lengua.

—Muy graciosa, mi reina. He pensado que, ya que no nos queda más remedio que pasar por esta mierda de guerra, al menos hagámoslo con estilo, ¿no crees?

—Hay que reconocer que tienes agallas.

—No me hagas la pelota, Tina Martins.

Intercambiamos una mirada y media sonrisa que lo decía todo: ambas estábamos angustiadas y asustadas. No era para menos.

—Dejemos a los hermanos que vayan a por las hienas. Nosotras tenemos que recoger a las descendientes que aún queden en las casas y conducirlas a la posada.

Callie negó con la cabeza.

—Buena suerte con eso, mi reina. Yo me voy con ellos a la selva.

—¡¿Qué?! —gritamos Cyrus y yo al unísono.

—Pues lo que habéis oído. Tengo que estar cerca de la jaula cuando pongáis en marcha la trampa.

—Se te ha ido la olla. Tienes que venir a la posada como todas las demás, Callie —insistí, interrogando a Daryos con la mirada.

—Déjalo, Tina. Llevo toda la noche intentando disuadirla. Se le ha metido entre ceja y ceja que tiene que estar ahí —dijo él, apesadumbrado.

Sin duda, mi amiga hacía lo que le daba la gana con el príncipe.

—Callie —empezó mi rey, caminando hacia ella—, tú no vienes. Es una orden.

Ella alzó una ceja, desafiándolo.

—No pienso abandonar a mis llitops a su suerte. O voy con vosotros, o no hay trampa. Tú decides.

Cyrus resopló.

—Amor, te he jurado una y otra vez que me mantendré cerca y no permitiré que les ocurra nada malo a tus amiguitos.

—Olvídalo. Si algo se tuerce, nadie estará pensando en Naranjito y los demás. Han accedido a ayudarnos porque confían en mí —dijo ella, mirándolo con ojos de asesina mientras se señalaba a sí misma.

—Si algo se tuerce, amor, estaremos todos muy jodidos. Las nashies atacarán la aldea y lo de menos serán tus llitops , créeme.

—¿Ves por qué necesito ir? —dijo Callie, clavando sus ojos en los míos como si buscara apoyo. Lástima que yo no pudiera dárselo. No en esto. Era demasiado arriesgado.

—Explícales que deben confiar también en nosotros y que velaremos por ellos —intervino Cyrus.

—Mirad, ningún llitop va a entrar en esa jaula si yo no estoy presente. Nadie puede comunicarse con ellos aparte de mí. Así que id haciéndoos a la idea de que voy a ir.

—Correrás peligro, Callie. Las hienas son impredecibles y, si la cosa sale mal, tendremos que luchar y no podremos escoltarte de vuelta a la posada.

—No necesito niñera, Cyrus. Además, la trampa funcionará.

—Probablemente, pero todo es posible.

—¡Tú eres el rey, maldita sea! Encárgate de que funcione.

Cyrus gruñó y su cola se agitó tras él con impaciencia.

—No podemos perder más tiempo, Callie. Si vienes, nos complicarás las cosas —soltó con dureza.

—Si no vengo, no hay llitops .

Se habían ido acercando el uno al otro y se miraban a los ojos, echando chispas como si fueran a arrancarse la cabeza mutuamente. Eran dos fuerzas de la naturaleza a punto de colisionar. Si no fuera por lo jodido de la situación, la escena tendría su gracia.

—Hermano, zanja tú este tema —rugió el rey.

Daryos miró a Cyrus y luego a Callie.

—Mi hoa uhane viene con nosotros, C. Tiene razón: los llitops solo se fiarán de ella.

—¿Quieres que la maten, D? Sabes de sobra que es una posibilidad.

La realidad era que, en medio de esa guerra, cualquiera de nosotros podía morir en cualquier momento y lugar.

Nada garantizaba nuestra completa seguridad.

Sería de ilusos pensar eso. Sin embargo, lanzarse de cabeza hacia el sitio por el que aparecerían esas hienas enormes asesinas no era lo más inteligente.

Pero ¡así era Callie!

—Enzo no se despegará de ella. Le daré la orden de que permanezca a su lado pase lo que pase. Si todo se va a la mierda, montará en su lomo, y él la llevará de regreso a la aldea a toda velocidad.

Nos quedamos unos segundos en silencio, conteniendo el aliento. Hasta que, al fin, mi rey dio su brazo a torcer:

—De acuerdo, pero, en cuanto las nashies caigan en la trampa y empecemos a aniquilarlas, abrirás la jaula para liberar a los llitops y te largarás con Enzo a galope tendido y sin mirar atrás. Te quiero en la posada, Callie, no merodeando por la selva o la aldea.

—Prometido, mi rey —dijo ella en un tono solemne que no le pegaba nada.

—Lo digo muy en serio. Necesito a mi hermano concentrado en el enfrentamiento y luchando a mi lado, no angustiado por ti.

Ella asintió y al fin pudimos soltar el aire.

—Nos vamos.