32 la última cena
cyrus
H abía sido un día largo y agotador. Sin embargo, solo era un paseo comparado con lo que nos esperaría a partir del amanecer.
Mi hermano había ido a buscar a los demás, a nuestros mejores amigos.
Quería tenerlos a todos conmigo antes de que empezara la batalla.
Pronto llegarían y cenaríamos juntos. Una cena agradable, entre charlas y risas… , que podría ser la última.
Hasta el momento, no había tenido ni un segundo libre para pensar en lo que estaba a punto de ocurrir. Entre dar órdenes e indicaciones a diestro y siniestro, discutir el plan y la estrategia, y colaborar en la construcción de todo lo necesario, se me habían pasado las horas volando.
En el momento en que me había detenido y me había sentado a la mesa junto a mi hermosa hoa uhane , el miedo y la preocupación se colaban en mí hasta lo más profundo de mi ser.
Porque todo lo que sucediera a partir de mañana recaería sobre mí: los heridos, las muertes, la victoria o la derrota. Yo era el rey que iba a llevarlos a la gloria… o a la aniquilación.
Y era un peso demasiado grande para mis hombros.
Apenas me había acostumbrado a ocupar el trono y ya debía lidiar con una guerra. Y no una cualquiera, sino la Segunda Gran Guerra Barog. Una incluso peor que la primera, puesto que los odios y las venganzas se habían enquistado en todos nosotros durante la última década.
Al fin iba a enfrentarme al barog más temible de todos los tiempos; la peor amenaza de nuestra especie; aquel que había asesinado a mis padres y hermanos, y secuestrado a tantas descendientes.
Ux había perdido la batalla anterior, sí. Pero, a mis ojos, nosotros habíamos perdido mucho más que él.
No podía volver a ocurrir.
Le arrancaría la cabeza con mis propias garras; no pensaba dejar en manos de otro ese deber. Mío era el cometido de vengar a mi familia y a todo mi pueblo.
La afrenta hacia barogs como Ciench, Sulveh o el fallecido Sonah había sido terrible, por no mencionar lo que había supuesto para Daryos y para mí perder a casi todos nuestros seres queridos. Si no hubiese sido por nuestros amigos, no habríamos salido adelante.
Por entonces, no estábamos preparados para la tarea que se nos encomendó: ni él para ser príncipe, ni yo para ser rey.
En realidad, ni siquiera ahora lo estábamos, pero no nos quedaba más remedio que fingir que sabíamos lo que hacíamos, aunque a veces me temblaran las manos, y hacerlo lo mejor posible. Porque no había nadie más para desempeñar ese papel.
Por fortuna, no nos faltaba coraje ni fuerza y no estábamos solos. Contábamos con los mejores guerreros que la aldea había tenido jamás y con los inquebrantables guardianes. Juntos, lo conseguiríamos.
No había otra opción.
Quería pensar que también contábamos con el apoyo de los dioses. Si no, ¿por qué tendrían Daryos y Callie esas marcas de la espiral? ¿Por qué permitirían que atrajeran a leones y llitops ? ¿Por qué habrían enviado esas visiones a mi hermano?
Sí, los dioses estaban de nuestro lado. Y fuera cierto o no, iba a creerlo a ciegas. ¡Necesitaba creerlo! Eso, y que todos sobreviviríamos. No quería siquiera pensar en otra alternativa.
—¿Estás bien, mi rey? —La voz de mi amor me sacó de mis cavilaciones.
Me giré a mirarla, esforzándome por sonreír.
—Estoy bien, mi reina —dije, cogiéndole la mano. Me la llevé a los labios y le besé la palma.
Inspiré su aroma a pastel de arándanos para que me transmitiera fuerzas. No sé qué habría hecho sin ella.
—Estás preocupado —afirmó, acariciándome la mejilla con esos dedos largos y elegantes que me volvían loco.
—Sería un necio si no lo estuviera, pero eso no significa que no crea que vamos a vencer.
—Lo sé, Cyrus. Ganaremos. Pero te confieso que tengo miedo.
Arrastré su taburete hacia mí para tenerla más cerca y le rodeé la cintura.
—Yo también estoy asustado, Tina. Una guerra es algo terrible y sangriento. Ojalá no tuvieras que vivir algo así; no sabes lo que me tortura pensar que por mi culpa te encuentras en esta situación.
—¿Por tu culpa? Nada de esto es culpa tuya, mi rey.
—Me refiero a que yo te traje a Nemea. Si algo te ocurriera…
Ella negó con la cabeza y sus dos largas trenzas de ébano se agitaron.
—Olvídate de eso. Este era mi destino. Y pase lo que pase mañana, aunque me aterrorice, cruzaría yo misma el portal por propia voluntad una y mil veces para estar contigo.
Tragué saliva.
Era tan afortunado de tenerla que no podía más que estar agradecido a los dioses. Me habían arrebatado mucho a lo largo de mi vida, pero me la habían dado a ella. Tina y Daryos eran lo que más quería en el mundo.
—Estaréis a salvo. Ciench custodiará la posada y no permitirá que ninguno de nuestros enemigos cruce la puerta. Preferiría ser yo mismo quien te protegiera, pero debo liderar a mis barogs y luchar al frente de nuestras fuerzas.
—Lo comprendo, mi rey. Es ahí donde tienes que estar. Es solo que… temo por ti. Si algo te sucediera, no sé cómo podría seguir viviendo sin ti —dijo acariciándome la mejilla de nuevo.
Había lágrimas en sus hermosos ojos oscuros. Tina era la mujer más fuerte a la que había conocido jamás. Si ella lloraba…
Se me encogió el estómago y algo crujió en mi pecho.
—Sobreviviré. Todos lo haremos, mi reina. Y cuando todo esto acabe, lo primero que haré será llevarte a mi lugar especial. ¿Recuerdas que te lo prometí?
Ella asintió con una sonrisa triste y a la vez ilusionada.
—Nada me haría más feliz, Cyrus.
Le devolví la sonrisa y me esforcé por que expresara convicción, aunque el miedo también corriera por mis venas.
—Y después de eso, viviremos una larga existencia juntos, como reyes de Nemea, liderando a una especie fuerte, valiente, honorable…
y en paz. Estableceré nuevas leyes y no permitiré que nadie se desvíe de ellas.
Protegeremos a todas las humanas descendientes y erradicaremos las viejas tradiciones.
Crearemos nuestras propias reglas, Tina.
Tú, Daryos y Callie me ayudaréis a hacerlo. Todos nuestros amigos lo harán.
Acuné su cara entre mis manos y la besé.
En ese preciso momento, como si los hubiera invocado, aparecieron nuestros amigos. Nuestra familia.
—¿Interrumpimos, C? —preguntó Lansh, sonriendo de oreja a oreja.
—Os estábamos esperando.
—No sé yo… Os hemos pillado muy acarameladitos —insistió, acomodándose en el banco al otro lado de la mesa y robando una uva de la fuente de fruta que habíamos preparado.
—La culpa la tiene Tina, que me provoca continuamente —dije sonriendo.
Ella se hizo la ofendida.
—Gracias por la invitación, C —dijo Xioh, el gran sanador de la aldea, echando un vistazo a los manjares y ocupando el lugar junto a su novio—. Estoy hambriento —añadió con una sonrisa.
En cuanto se sentó, Lansh le rodeó los hombros y le plantó un beso en la mejilla.
Atrás quedaba el tiempo en que los expulsé de la aldea y, con mi mal carácter y peores decisiones, a punto estuve de perderlos a todos.
Jamás me había importado que fueran diferentes.
Simplemente, estaba cabreado con todos y lo pagué con aquellos a los que más quería: mi hermano y mis mejores amigos.
Por fortuna, había dejado de comportarme como un capullo y ellos me habían perdonado.
—¡Joder, C! ¡Menuda cenita nos has preparado! Para ser un rey todopoderoso, te lo montas bastante bien —soltó Axeh, guiñándome uno de sus ojos verdes luminosos mientras conducía a su querida Emilia hacia nuestro banco y se sentaban a continuación de Tina.
Emi y mi reina empezaron a cuchichear y a reírse.
Ax era todo alegría y espontaneidad. Era uno de los mejores cazadores de la aldea, y un barog leal y bondadoso.
Me alegraba mucho que hubiera encontrado a una descendiente dulce y buena persona, además de una aprendiz de sanadora que nos vendría muy bien en la aldea. Xioh ya había empezado a instruirla.
Poco después, entraron Xerx y Jenny, discretos e inteligentes.
Se sentaron junto a Lansh y Xioh, incorporándose a la conversación del grupo.
Sin duda, estaban hechos el uno para el otro.
Me maravillaba comprobar que todos y cada uno de nosotros se había emparejado con la persona perfecta.
No podríamos habernos unido a nadie mejor.
—Con toda la tensión de estos días, te agradecemos esto, C —dijo Xerx, clavando sus ojos anaranjados en los míos.
Él y yo habíamos tenido bastantes enfrentamientos en el pasado, y quizás había sido el hueso más duro de roer. Pero superamos nuestras diferencias, y el cariño que nos profesábamos desde que éramos unos mocosos había podido con todo lo demás. ¡Me alegraba mucho por ello!
Por último, llegó mi querido hermano, el barog más alegre, cálido y divertido de todo Nemea.
Un rayo de luz en medio de los días más oscuros.
Sus ojos de diferente color llamearon en cuanto entró y nos vio a todos allí reunidos.
Venía riendo con su hoa uhane , la valiente e indomable Callie, la mujer a la que estaba tremendamente agradecido por hacer tan feliz a mi hermano.
Iban cogidos de la mano y transmitían una energía positiva envolvente.
—¿Cómo lo llevas, hermano? —dijo, acercándose a mí por la espalda y dándome un abrazo.
Le di una palmada en la mano y sonreí.
—Todo lo bien que puedo, dadas las circunstancias, D. Como todos vosotros, supongo.
Me agarró la cara y me plantó un beso en la mejilla.
—Aplastaremos a esos cabrones, C. Contigo como rey, somos invencibles —soltó, con tanto convencimiento que un suspiro generalizado de alivio corrió como la pólvora entre nosotros—.
Mañana al anochecer, estarán huyendo de regreso a los pantanos con el rabo entre las piernas y sin ganas de volver a meterse con nosotros.
No le dije que, en esa guerra, el bando perdedor no saldría vivo. Si Ux perdía, él y los suyos serían aniquilados. No habría una tercera oportunidad. Todo acababa en este enfrentamiento.
—Que los dioses te oigan.