El Destino del Barog (El rapto de las descendientes 5) 31 ¿qué le he hecho?
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31 ¿qué le he hecho?

La aldea, Nemea, hace muchos siglos

Ux

—¿Por qué maa no me quiere? —preguntó Ux a su padre mientras rellenaban los tarros con la masa aceitosa que el sanador acababa de preparar.

—Claro que te quiere, Uxuer. Es solo que está cansada —contestó Gorosh sin mirar a su hijo a los ojos.

Habían tenido esa misma conversación cientos de veces, y Ux jamás se daba por satisfecho.

—No la excuses, paa, sé perfectamente que no me soporta. Ni siquiera me mira y, en las pocas ocasiones en que lo hace, es con repugnancia y hastío. ¿Qué le he hecho?

El sanador midió bien las palabras que iba a pronunciar, como siempre. El rechazo de su amada Eve hacia el hijo de ambos era algo que lo destrozaba y que jamás había logrado comprender.

Ux era un buen hijo: amable, inteligente y responsable. Era muy trabajador y aprendía deprisa. Además, siempre estaba dispuesto a ayudar. Quizá era demasiado sensible y emocional para un barog, pero puede que eso fuera culpa de su madre. Tanto despecho había hecho mella en él desde bien pequeño.

Gorosh, en cambio, adoraba a su hijo. Desde el mismo instante en que había contemplado su carita, con esos ojos azules enormes llenos de curiosidad, lo había amado con locura.

Le encantaba pasar ratos con él y enseñarle el oficio de sanador.

Estaba seguro de que algún día se convertiría en uno de los más grandes.

—No le has hecho nada, hijo. Eres un buen barog y siempre te portas bien con nosotros. Todo el mundo en la aldea te valora, no temas por eso. No hay nada malo en ti.

—Y, sin embargo, maa no me quiere.

Estuvo tentado de mentirle, pero hacía mucho tiempo que había aprendido que eso era mucho peor. Ux no soportaba la mentira ni la traición. Lo destrozaban. Así que debía ser sincero, pero sin hundirlo aún más.

—No sé lo que pasa por la cabeza de tu madre, Ux, pero ella no está bien; nunca lo ha estado.

Así que no se lo tengas en cuenta. Cuando se quedó embarazada, era muy joven y todavía no se había adaptado por completo a este planeta.

No estaba preparada para ser madre, eso es todo. No tiene nada que ver contigo.

Su hijo alzó una ceja y sonrió con amargura.

—Yo creo que tiene todo que ver conmigo, paa.

—Me refiero a que no es culpa tuya. Tú eres un hijo modélico. No podríamos haber tenido uno mejor.

—Quizás hay algo maligno en mí que no le gusta. Algo que nadie, salvo ella, es capaz de ver —dijo Ux pensativo.

Su padre, un buen barog y gran sanador, sintió que se le encogía el estómago.

Las humanas descendientes, por mucho que les costara adaptarse a su nueva vida en Nemea, siempre amaban a sus hijos.

No importaba lo mal que lo hubiesen pasado a su llegada o en la cacería.

Aprendían a querer a sus barogs, a aceptar su situación y a ser felices en su nueva vida.

Y siempre, siempre, acogían como una bendición el nacimiento de sus hijos.

Todas, excepto Eve. Jamás lo comprendería.

—Escúchame bien, hijo —dijo agarrándolo por los anchos hombros y haciendo que se girara a mirarlo—. No hay más que bondad en tu corazón. Me gustaría decirte que un día tu madre verá en ti lo mismo que veo yo, pero no voy a mentirte, sé cuánto odias eso. Así que te diré la pura verdad, ¿de acuerdo?

—¿Y cuál es esa, paa? —Sus ojos resplandecieron cual llamas celestes mientras el círculo negro que rodeaba sus hermosos iris se ensanchaba y oscurecía de pronto su astuta mirada.

—Que rezo cada noche para que ella se dé cuenta del hijo tan maravilloso que tenemos y de que los dioses nos han sonreído trayéndote a nuestra vida.

Que, tanto si se da cuenta como si no, algún día encontrarás a una mujer que te amará con locura y te elegirá a ti por encima de cualquier otro.

Una mujer que se enamorará de ti y se convertirá en tu hoa uhane.

Las palabras de su padre se clavaron hondo en su alma. Era precisamente eso lo que Ux más ansiaba en el mundo.

—Ojalá sea así, paa. Solo deseo que me acepten y me amen. No es tanto pedir, ¿verdad?

Gorosh lo miró con ternura, lo abrazó y lo atrajo hacia su cuerpo. Su hijo era ya un macho enorme y musculoso, tan fuerte como él, pero siempre sería su niño. El mejor hijo de Nemea.

—Algún día obtendrás todo cuanto mereces, Uxuer. Te lo prometo. Que los dioses te bendigan con su gracia.

Tras ese abrazo, retomaron sus tareas, fabricando más ungüentos y tónicos para los habitantes de la aldea.

En una cosa su padre tenía razón: algún día Uxuer recibiría todo cuanto merecía.