El Destino del Barog (El rapto de las descendientes 5) 30 háblame de ti
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30 háblame de ti

lorna

D espués de una sesión maratoniana de sexo increíble y desinhibido y cuatro orgasmos, estaba acurrucada en el hueco de su brazo, pasándole la mano con suavidad por el torso.

Recorría uno a uno los dibujos de sus tatuajes, casi todos de la espiral sagrada.

Había algo que me rondaba por la cabeza y que siempre había querido preguntarle.

—¿Por qué no te has vinculado nunca?

—Tampoco es que haya tenido tantas oportunidades.

Incorporé la cabeza para mirarle a los ojos.

—Pudiste hacerlo doscientos años atrás cuando se abrió el portal y otra vez ahora, con la llegada de las últimas descendientes.

—Cierto. Supongo que no sentí la necesidad.

Resoplé y dejé caer de nuevo la cabeza sobre él.

—¿Podemos hablar en serio un ratito, mi amor?

—Si me lo pides con tanta vehemencia… —Sus dedos se clavaron en mi costado y me hizo cosquillas.

Me retorcí entre risas y se las devolví.

Cuando al fin logré que parase, insistí:

—Eres un barog muy atractivo, con un carácter afable y maravilloso, y un gran corazón.

—Te olvidas de lo más importante, amor mío: una polla enorme.

Le di un manotazo en el pectoral. Mi mano rebotó en todos esos músculos.

—Hablo en serio.

—Lo sé, mujer —dijo sonriendo. Entonces, su expresión cambió a una más reflexiva—. Supongo que no encontré a la descendiente adecuada.

—Todas son jóvenes y muy bellas. Cualquiera sería afortunada de unirse a un barog como tú.

Intenté que mi voz no temblara. Era un tema difícil para mí.

—Puede que lo sean, tengo ojos en la cara y no puedo negarlo. Pero ninguna de ellas tenía… lo que yo necesitaba. Eran demasiado jóvenes, demasiado inexpertas y atemorizadas.

—Hombre, ¿cómo no iban a estar aterrorizadas si las metíais en las mazmorras, las marcabais a fuego y las lanzabais selva adentro para cazarlas?

—Todo eso fue un gran error, y yo nunca quise participar. Yo soy más de seducir lentamente, charlar, cultivar la complicidad… Ya me conoces.

—Aun así, Toruch, hay muchas que, pese a su juventud, son magníficas. Inteligentes, valientes, llenas de energía…

—Ninguna me llamó lo suficientemente la atención, y supongo que yo tampoco me esforcé. Las descarté sin más, convencido de que no iban a llenarme y de que solo les causaría sufrimiento. Quizá, si le hubiera dado una oportunidad a alguna, hubiésemos llegado a algo. No lo sé.

—Conmigo, sin embargo, te pegaste a mí desde el primer momento. ¿Por qué?

—Vi en ti todo eso que yo necesitaba y que ni siquiera sabía que podía existir.

Tu carácter, tu alegría y buen humor, tu pasión por la vida…

Todo eso me encandiló. Eras una mujer hermosa, segura de ti misma y con la suficiente madurez como para no acobardarte.

Tuve la sensación de que ibas por la vida pisando fuerte y llena de positivismo.

—Así que mi madurez te encandiló —solté con amargura. Suspiré.

«Maravilloso».

Me agarró la barbilla y me obligó a mirarle a los ojos.

—Escúchame bien, Lorna MacPhee. Puede que dobles la edad a alguna de las descendientes y que no vayas a gozar de la eterna juventud, pero no es eso lo que yo busco.

Eres muy hermosa, para mí la que más, y estás llena de vida.

Nos quedan muchos años para compartir juntos y disfrutar el uno del otro al máximo.

—Claro, para ti es muy fácil decirlo cuando vas a tener este aspecto de actor de Hollywood de entre treinta y treinta y cinco durante miles de años.

Intenté girar la cara, pero me sujetó de nuevo para que no le rehuyera.

—¿Olvidas que tengo doscientos treinta años? A mi lado, eres una cría, así que no me vengas con esas, amor.

No pude evitar sonreír.

—Es verdad, pero, a diferencia de ti, yo envejezco cada día que pasa, y en apenas un par de décadas luciré muy distinta a ahora. Puede que por entonces cambie tu opinión sobre mí.

—Eso es imposible. Por si no te habías dado cuenta yo…

te amo, Lorna. Te amo de verdad. Y claro que me gustaría que fueras una descendiente y nuestras existencias se entrelazaran, en lugar de tener que asumir que en cuatro o cinco décadas te unirás a los dioses.

Si fueras como las otras, vivirías miles de años como yo.

¿Te crees que quiero perderte? Me ha costado más de dos siglos encontrarte; no volveré a tener tanta suerte.

—¡Claro que tendrás suerte! Encontrarás a una descendiente joven y maravillosa en la siguiente apertura del portal y te hará muy feliz. Ahora ya sabes lo que deseas y lo que buscas. Cuando yo ya no esté, quiero eso para ti: que te unas a alguien que te ame tanto como yo.

Me miró con los ojos muy abiertos, en silencio.

—¿Tú… me amas?

—¿En serio me lo preguntas? ¡Por supuesto que te amo! Es cierto que nos conocemos desde hace poco y que nos queda mucho recorrido por delante, pero ¿cómo no amarte? Eres un barog magnífico. Eres todo cuanto podría desear, Toruch. Te amo y más te amaré con cada día que pasemos juntos.

Se estremeció contra mi cuerpo y me abrazó con fuerza.

—No voy a rendirme, ¿sabes?

—¿A qué te refieres? —pregunté sin comprender.

—Ahora que nos hemos unido en tierras de Nemea, cuando acabe la guerra, te llevaré al lago sagrado. Puede que sus aguas alarguen tu esperanza de vida y te mantengan joven por mucho más tiempo.

—¿Puedes hacer eso? ¿Llevarme al lago?

—¡Por supuesto que sí! Sirve para sellar la unión entre barog y humana descendiente, pero, una vez completado ese rito, cualquiera puede bañarse en el lago cuando quiera. Y antes de emparejarnos, también podemos sumergirnos en sus aguas. Además, tienen propiedades curativas y relajantes.

—¿Y crees que conmigo funcionaría? Yo no soy una descendiente, Toruch, solo una humana normal y corriente.

—Por probarlo no perdemos nada. Hay muchos misterios y enigmas en este planeta, Lorna.

Muchas cosas que no comprendemos y un montón de leyendas.

Agotaremos todas las posibilidades antes de darnos por vencidos.

Xerx es inteligente y le gusta investigar sobre estos asuntos.

Le pediremos ayuda. Puede que en el templo haya algunos escritos o inscripciones que nos den alguna pista.

Sonreí. Aunque hasta ahora era bastante escéptica, empezaba a tener esperanza. Anidaba dentro de mí como una chispa dorada. No debería, lo sé. Pero el mero hecho de que él quisiera intentarlo ya me llenaba de ternura y amor por mi barog.

—Jenny también podría ayudar. Era la más lista de toda la universidad, y apuesto a que estará encantada de entretenerse con algo así.

—Esos dos son tal para cual, ¿eh? —dijo sonriendo.

Le cogí la cara entre las manos y dije:

—Igual que nosotros, que estamos hechos el uno para el otro.

Le besé en los labios, poniendo todo el sentimiento en ese beso. Le amaba, ¡y tanto que sí! Y pasaría todos los días de mi vida, fueran muchos o solo unos pocos, disfrutando con él y haciéndole feliz.

Y pese al horror que llegaría a la aldea al amanecer, por esa noche, Toruch y yo fuimos muy felices.

Charlamos un rato más, entre risas, besos y caricias, hasta que, al fin, me quedé dormida en brazos de mi barog.