El Destino del Barog (El rapto de las descendientes 5) 29 un jueguecito completo #3
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29 un jueguecito completo #3

Si seguía chupándome el clítoris de ese modo, me iba a correr a la velocidad de la luz.

—Hazme tuya, barog —solté en plan peliculero. Siempre había querido pronunciar esa frase. Y, mira por dónde, le iba al dedillo a la escena.

Tiré de él para que subiera por mi cuerpo hasta que lo tuve exactamente donde quería: con la polla entre mis muslos, dura y caliente, preparada para demoler las murallas de mi ciudad. ¡Nuestra pasión me estaba volviendo tan poética!

Bajé los dedos y le estrujé los testículos de ese modo que lo ponía a cien. Sus rugidos retumbaron por todas partes. ¡Bien podrían demoler la casa entera! Y es que nuestro deseo era colosal, grandioso, incontenible.

Conduje su pene hinchado hacia mí y subí las caderas a su encuentro.

Y cuando me penetró, el universo entero suspiró nuestros nombres.

—¡No pares! ¡Más fuerte, mi amor! ¡Más fuerte! —grité, poseída por un ardor incontrolable.

—¿Así? ¿Es ahí donde me quieres, preciosa? —preguntó con la voz ronca, clavándose en mí hasta la empuñadura de una sola embestida.

—Ajá —murmuré con un hilo de voz y el cuerpo convertido en gelatina.

¡Por favor! ¡Ese hombre era un portento de la naturaleza!

Cuando grité su nombre como una posesa, soltó una carcajada gutural sobre mi hombro que vibró en mis huesos.

Entonces, me mordisqueó el cuello, salió de mi cuerpo y me penetró otra vez, con más brío que antes.

Le di un par de cachetes en el culo para animarlo a empujar con más fuerza.

El pobre obedecía sin rechistar, con esa energía inagotable suya que me maravillaba.

Gemí sin reparos. Eso es lo bueno de la edad: que ya te da igual todo y, si disfrutas, pues gimes como una loca sin problema.

—Puedo estar así durante horas, mi amor —murmuró con esa voz cavernosa que estaba a punto de hacerme perder el juicio.

Sus manos, grandes y callosas, me voltearon sobre la cama y me sujetaron por las caderas.

—¿Quieres más, preciosa?

Colocó el abultado glande en posición, como un ariete preparado para golpear, y lo restregó por mi agujero secreto, poniéndome a mil.

—Si no sigues follándome ya mismo, no respondo de mis actos, barog.

Él soltó otra de sus carcajadas.

—Ya veo que estás ansiosa… Podría follarte toda la noche, hasta el amanecer. ¿Quieres eso, hermosa mía?

Eché las caderas hacia atrás y alcé el culo, buscando su verga enorme para que me penetrara de una vez. ¡Le iba a dar una hostia si no lo hacía!

—Quiero que me la vuelvas a meter ahora mismo. ¡Deja de jugar ya! O si no…

No pude continuar. La estocada me dejó sin respiración y me lanzó al espacio sideral.

«¡Madre mía, qué bien armado está este hombre!». Habría que crear una nueva categoría de Récord Guinness para él bajo el título de Megapollón.

Salió despacio y me penetró de nuevo, sin titubeos. El muy sinvergüenza sabía bien lo que se hacía. Bombeó sin descanso dentro de mí, una y otra vez, sin detenerse, mientras gemía y rugía como un león y yo jadeaba y gritaba su nombre.

Fue un encuentro explosivo, una colisión de mundos.

La vitalidad inagotable de él colmaba a la perfección mi pasión desbordante.

Chillé de placer, una y otra vez, mientras él seguía enterrado entre mis piernas, clavando una estocada tras otra.

Perdí el sentido del tiempo y de cualquier cosa que no fuéramos él y yo. ¡Hasta me olvidé de mi nombre!

Ese hombre era un follador nato. ¡Y cómo se movía!

Cada empujón era un recordatorio de que, aunque yo no fuera más que una humana mortal de mediana edad, en sus brazos era absoluta y rotundamente deseada.

¡Lo bien que sentaba sentirse así!

Un rugido más fuerte y prolongado que cualquiera de los anteriores me avisó de que estaba llegando al orgasmo. Me agarró de las caderas y dio una última embestida, profunda y demoledora, y entonces…

«¿Qué demonios está pasando?».

Aunque algunas de las mujeres me lo habían explicado, sentirlo fue algo muy distinto, especial. ¡Una experiencia única!

La base de su pene se ensanchó un poco más y el miembro se enganchó a mi interior como un ancla mientras se corría. Su semen me llenaba, con una calidez deliciosa y excitante.

El orgasmo me alcanzó cuando ese surtidor me regó por segunda vez y siguió dentro de mí durante varios minutos. Me arqueé y grité mientras Toruch seguía vaciándose y me pasaba la palma de la mano por la columna. Un contacto íntimo y delicioso que no hizo más que incrementar la conexión entre ambos.

Cuando al fin se desenganchó y salió de mí, nos tumbamos bocarriba, uno al lado del otro, agotados, felices y muy muy satisfechos.

Nos giramos a mirarnos al mismo tiempo y sonreímos.

—Menudo semental estás hecho, mi amor —le solté, acariciándole el pecho sudoroso.

—Viniendo de una amazona como tú, es todo un cumplido, preciosa —contestó, pasando los dedos por la curva inferior de uno de mis pechos.

Como si estuviéramos perfectamente coordinados, nos lanzamos el uno a los brazos del otro y nos besamos entre risas.

Al fin habíamos hecho el amor. Y había sido increíble, maravilloso, sublime… ¡Mucho más que eso!

Había sido perfecto.