29 un jueguecito completo #2
Seguimos charlando un buen rato hasta que Tina vino a buscarla para todo ese asunto de Naranjito. Salí con ellas y nos separamos en la plaza. Me dirigí hacia la posada para reunirme con las otras mujeres y ofrecerme a ayudar en lo que pudiera.
Pero esa noche iba a retozar de lo lindo con mi barog.
Quién sabía cuántas noches más nos quedaban.
Cuando llegué a casa casi al anochecer, Toruch me esperaba con un cuenco para cada uno de estofado humeante y un buen vaso de licor.
«¡Este es mi chico!».
Pese a que hacía poco que estábamos juntos, me conocía bien.
—Mmmm, ¡qué bien huele! Qué maravilla llegar a casa y encontrarme la cena hecha.
Me indicó uno de los bancos de madera para que me sentara y él lo hizo enfrente.
—El mérito no es mío, preciosa. Lo ha guisado Marla. Pero yo se lo pedí.
—Lo único que importa es que aquí estás y que has traído esta delicia —dije, haciendo aletear las pestañas y atusándome un poco el moño.
En cuanto acabáramos de cenar, pasaría por el baño, me soltaría el pelo y me pondría uno de esos pareos sugerentes, que había cortado hasta más arriba de medio muslo. Aquí no disponíamos de lencería ni nada para avivar el fuego de la pasión, así que una debía ingeniárselas como pudiera.
Las jóvenes tenían suficiente con menear el pandero, pero yo tenía que currármelo un poco más.
No por Toruch, quien parecía embelesado cada vez que sus ojos se posaban en mi cuerpo, sino por mí misma.
Necesitaba sentirme atractiva y deseada para estar bien conmigo misma, sobre todo si íbamos a tener sexo. ¡Uy, me moría de ganas!
—¡Madre mía, está delicioso! —dije, saboreando la cucharada que me había metido en la boca y volviéndola a hundir en el guiso.
—Marla es una cocinera estupenda y Goria también. Además, les encanta preparar comida para todo el mundo.
—Cuando esta guerra de las narices termine, me pasaré un día por su casa para que me den unas cuantas recetas. Así podría prepararlas para nosotros siempre que nos apeteciera.
Me miró con tanta intensidad que tuve que apretar los muslos con fuerza.
—¿Quieres cocinar para mí, Lorna?
—Quiero hacer muchas cosas para ti, Toruch. —Le dediqué una sonrisa sensual que le provocó unos segundos de hiperventilación.
«Así me gusta, que suspire por mí».
—Ya que lo mencionas, y teniendo en cuenta que mañana tendré que luchar como un condenado para salvar el pellejo, ¿no tendrás algo pensado para esta misma noche? —Levantó dos veces las cejas y yo ahogué una risilla.
—Pues mira por dónde, barog, parece que hoy vas a tener suerte. He pensado que podrías transformarte y llevarme a la cama.
Se le desencajó la mandíbula.
—¿Para uno de nuestros jueguecitos ardientes? —Me guiñó un ojo—. Ya sabes que siempre estoy dispuesto para eso.
—Más bien para un jueguecito completo . Vaya, que ya es hora de que me folles, barog.
La cuchara se le resbaló de la mano y cayó dentro del bol, salpicando salsa por todas partes, incluido su pecho.
—¿Cuándo empezamos?
Sonreí con picardía.
—En cuanto acabes de cenar.
—Puedo acabar después. Anda, vamos a la cama. Ya me has puesto duro como una roca —dijo, haciendo amago de levantarse.
Me incliné un poco hacia delante y posé la mano sobre su antebrazo.
Entonces, hice ese truquito con la mirada que siempre me había funcionado con cualquier hombre: una caída de ojos en toda regla.
Sin rímel ni sombra sugerente, no era lo mismo, pero aquí los hombres eran incluso más primitivos que en la Tierra, así que el gesto era infalible.
—Termina el estofado. Necesitas reunir energías y yo quiero ir a retocarme un poco.
—¿Y qué demonios vas a retocar, preciosa? Lo tienes todo tan perfecto que debería ser pecado.
Fingí que me ruborizaba un poco. ¡Para ruborizarme estaba yo a esas alturas de la vida! ¿Cuántos años buenos me quedaban? ¿Quince? ¿Veinte? Y eso siendo muy optimista. Fueran los que fuesen, iba a aprovecharlos al máximo. Y ese barog atractivo y fortachón tenía todo cuanto yo necesitaba… y más.
Solté otra risilla, me levanté y caminé despacio, contoneándome hacia el cuarto de baño.
Una vez ahí, me apresuré a lavarme la cara, las manos y las axilas, enjuagarme la boca y soltarme el pelo.
Siempre había tenido una buena melena, larga y ondulada, de un tono castaño oscuro con algunos reflejos más claros.
Y como solía decir mi madre, muy bruta ella: «Donde hay pelo, hay alegría».
Aunque ella se refería a otra parte del cuerpo…
Después, me anudé en la cintura el pareíto que había convertido en una falda diminuta y me dejé los pechos al aire.
Total, Toruch me los había visto ya un montón de veces y le encantaban.
No es que lo dijera yo; él no paraba de repetírmelo.
Lo cierto es que, incluso a mi edad, seguían estando estupendos y en su sitio.
Era maravilloso cómo Toruch y yo, pese a haber nacido en mundos y épocas tan distintos, teníamos el mismo rollo.
Él tenía como doscientos treinta años y yo cuatro décadas y media, pero vibrábamos en la misma onda.
Vaya, que nos habían hecho el uno para el otro. ¿Y si también estábamos predestinados?
Es verdad que yo no era una descendiente, pero, oye, con la de cosas raras que pasaban en Nemea, ¿por qué no podríamos ser nosotros dos una excepción? ¡A ver si solo las jovencitas podían tener algo así!
Me metí en el dormitorio y me senté en la cama, en una posición sexy y arrebatadoramente sensual, y lo esperé allí.
—¿Puedo entrar ya, hermosura? —preguntó desde el pasillo que conectaba la sala con el dormitorio.
Tan salvaje y tan caballero. ¡Era un verdadero amor!
—Adelante, cariño.
En cuanto entró, los ojos se le salieron de las órbitas, lo que me confirmaba que yo aún estaba la mar de buena. ¡Gracias a los dioses!
Se acercó a la cama, con la cola ondeando tras él, y se detuvo a los pies, contemplándome, mientras su despampanante cuerpo vibraba y empezaba a cambiar. Cuando la transformación terminó, era yo la que lo miraba con la boca abierta, babeando.
Su aspecto barog era espectacular, pero el humano… ¡Qué bárbaro! Lo tenía todo tan bien puesto, tan bonito y tan grande, que era difícil no desmayarse. Un hombre sexy , enterito para mí.
—Contigo me ha tocado la lotería —le solté, relamiéndome.
Ya teníamos una edad, no hacía falta andarnos con remilgos.
—No tengo ni idea de lo que acabas de decir. Por tu expresión, imagino que es algo bueno.
Me puse de rodillas y avancé hacia él.
—Muy bueno, cariño.
En cuanto llegué frente a él, le eché los brazos al cuello y pegué las tetas a su pecho desnudo musculoso. Al instante, sus manos fueron directas a mis nalgas.
—Entonces, hoy vamos a follar de verdad —dijo con esos preciosos ojos marrones, encendidos como fuegos artificiales del cuatro de julio.
—Así es, barog. Hoy vamos a darlo todo. Si mañana la palmamos, que nos quiten lo bailao . Y, si sobrevivimos, pues repetimos tantas veces como queramos —dije, bajando la mano hasta su trasero y pellizcándolo.
Él me dejó hacer.
—Sabes, cuando acabe la guerra, vas a tener que enseñarme todas esas expresiones tuyas. A veces tengo la sensación de que no hablamos el mismo idioma, aunque siempre nos entendamos bien, preciosa —dijo con la voz enronquecida y ese delicioso y peculiar acento que tenían todos los barogs.
Me acarició la mejilla y luego bajó hasta mi pecho y me lo estrujó un poco, del mismo modo que yo hacía con su culo espectacular.
—Eso es porque tú hablas como de hace doscientos años. Si hubieras venido a buscarme con la última apertura del portal… —Le puse ojitos.
—Créeme, si hubiera sabido que semejante diosa andaba por la Tierra, me habría lanzado de cabeza a por ti.
—Qué cosas tan bonitas me dices.
Me incliné hacia él y le besé el pecho, la garganta y la mandíbula.
¡Menuda mandíbula! Ni Arnold Schwarzenegger la tenía así en sus mejores tiempos.
Mientras le mordía el lóbulo de la oreja, paseé los dedos por sus abdominales y bajé hasta su polla.
Se la agarré fuerte, como a él le gustaba, y empecé a mover la mano arriba y abajo.
—Cómo disfrutas provocándome, bruja —soltó entre gemidos.
—Me encanta, ya lo sabes.
Se inclinó sobre mí y buscó mi boca.
El beso fue tan ardiente que me entraron todavía más calores de los que ya tenía. Nos devoramos el uno al otro, mientras agarrábamos, acariciábamos, excitábamos… ¡Estaba en el paraíso!
Le succioné la lengua y él me pellizcó un pezón. ¡Menudas manos tenía! Me masajeaba las tetas como si fuera un pastelero profesional. Y yo me arqueaba contra su cuerpo, pidiéndole más y más.
¡Me lo iba a comer enterito!
Toruch se iba a enterar de lo que era follar con una mujer de verdad; una de rompe y rasga con experiencia y un apetito sexual saludable y sin complejos. ¡Esa era yo!
Cuando me empujó a la cama y se montó encima de mí como un caballo en celo, solté unos cuantos grititos, fingiendo que me había cogido desprevenida. En realidad, había contado los segundos hasta que hiciera eso.
Me recorrió las tetas de besos, luego el abdomen y por último el vientre. Metió la lengua en mi ombligo e hizo de las suyas, mientras yo me retorcía bajo su cuerpazo.
Siguió bajando y me dio unos cuantos lametones en el punto exacto, que me dejaron con las piernas temblando y más húmeda de lo que jamás había estado.
«¡Uf, qué calor!».