El Destino del Barog (El rapto de las descendientes 5) 29 un jueguecito completo
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29 un jueguecito completo

lorna

L levaba ya un rato sola en casa y me subía por las paredes.

Toruch había ido a construir defensas y armas, o eso es lo que entendí.

Tampoco es que le prestara demasiada atención.

Yo no tenía ni idea de guerras y empezaba a estar acojonada.

¡Quién me mandaría a mí cruzar el dichoso portal!

Ya me lo decía mi madre, que en paz descanse, que siempre había sido un poco temeraria.

El caso es que, cuando vi cómo arrastraban a Calista hacia esa selva al otro lado, actué sin pensar, tal como solía ocurrirme. No es que me arrepintiese… demasiado. A ver, adoraba a Callie. Era mi mejor amiga y no iba a abandonarla a su suerte. ¿Qué iba a hacer ella sin mí en otro planeta?

Sin embargo, con esa maldita guerra de monstruos en ciernes, ya no veía el asunto tan claro. Con lo bien que habría estado con mi Terry acurrucaditos en el sofá bajo una mantita, viendo una reposición de Sexo en Nueva York …

¡Ains, qué tiempos aquellos! ¡Y qué lejos quedaban ya!

Me sequé una lagrimilla de la comisura del ojo.

A ver, no es que realmente echara de menos a mi anterior novio, pues, siendo sincera, era un patito feo al lado de mi flamante Toruch.

Estaba más enamorada de mi barog de lo que había estado de cualquier hombre en toda mi vida.

Y, francamente, la vida en Nemea, obviando esa maldita batalla, era mucho más divertida que ser profesora en Nueva York.

¡Me encantaba mi nueva vida!

Le estaba dando tantas vueltas a la cabeza que me estaba entrando un agobio…

Me serví un vasito de licor y me senté en un taburete.

Pensaba tomármelo tranquilamente, sorbito a sorbito, pero acabé bebiéndomelo de un trago.

No podía seguir encerrada ahí dentro mientras el bullicio de los preparativos iba subiendo de volumen ahí fuera.

¡Si al menos pudiéramos entrenar!

Pero hoy Lansh tenía que unirse a los demás comandantes de Cyrus, o lo que fuesen, para que el rey y el príncipe les dieran más indicaciones. Se pasaban la mitad de las horas reunidos. ¡Buf, qué aburrimiento!

Sin Lansh, no había entrenamiento; todos los demás barogs o estaban ocupados, o no nos hacían ni puñetero caso. ¡Con lo que a mí me gustaba ver a Callie tirando con el arco!

Intenté entretenerme ordenando la casa, limpiando, haciendo inventario, pero a quién quería engañar: sin mi Toruch, necesitaba Netflix, música… ¡O una novela romántica muy tórrida que me entretuviera un rato!

Necesitaba salir de allí.

Pasé por el baño, me acicalé con esas cremas tan naturales que ríete tú de las de The Body Shop, me rehíce el moño y me marché en dirección a casa de mi mejor amiga.

A lo largo de los pocos metros que separaban nuestras viviendas, me crucé con algunas de las descendientes, que acarreaban armas y suministros de aquí para allá.

Me invitaron a acompañarlas, pero me excusé y les dije que tenía algo que hacer.

¿Qué narices hacían trabajando tan temprano?

Vale, que sí, que el tipejo ese, Ux, galopaba hacia nosotros y aparecería en cualquier momento.

Pero ¡un poco de sentido común, por favor!

—¡Callieeeeee! —grité desde la puerta cuando llegué a su casa. Tuve que pasar por encima de su enorme león, que estaba tumbado sobre sus patas guardando la entrada—. ¡Callieeee!

Pocos segundos después, apareció mi amiga con cara de pocos amigos, y ese aspecto fresco y lozano que lucían todas las descendientes, menos yo. ¡Cómo las envidiaba! Ser la vieja del grupo no me gustaba nada. Qué digo del grupo… ¡De todo el planeta!

—¿Es necesario que grites como si te estuvieran trinchando? —preguntó. Se metió en la boca el pedazo de panecillo que llevaba en la mano y me hizo una indicación para que entrara—. A ver, McPhee, ¿se puede saber qué demonios te pasa? Me has dado un susto de muerte con tus gritos.

—Mujer, es que no contestabas.

—Cinco segundos, Lorna. He tardado solo cinco segundos. Sabes que estamos al borde de una guerra, ¿verdad? ¿Quieres que me dé un infarto?

—Hay, Calista, no seas exagerada, que hasta mañana no llegan los enemigos.

Alzó las dos cejas.

—Claro, claro, por eso estamos la mar de tranquilos.

No sé por qué las conversaciones con mi mejor amiga nunca iban por dónde había planeado.

—De eso precisamente quería hablarte. Esta mañana me he despertado y mi Toruch se ha tenido que marchar muy temprano. En cuanto me he quedado sola, he empezado a pensar y…

—Al grano, McPhee, que no tengo todo el día —soltó resoplando y cruzándose de brazos, tan simpática ella como siempre. ¡Suerte que la adoraba, que si no…!

«¡Madre mía, qué impaciencia! Esta juventud de hoy en día acabará por volverme loca».

—¿Me pones un vasito de licor de moras? —dije, abanicándome con la mano—. Menudo calor que hace hoy aquí.

—¿No serán los sofocos de la premenopausia? —preguntó, caminando hacia la zona de la cocina, si es que se le podía llamar así.

—Muy graciosa, Calista. ¿No se supone que eres mi mejor amiga?

—Era una broma, mujer. Hoy estás muy susceptible.

—Lo que estoy es asustada, Callie. ¿Tú no?

—Anda, pues claro. A ver si te crees que estoy saltando de alegría.

Se metió en la pequeña despensa y salió con una jarra. Cogió dos vasos de madera y los puso sobre la mesa de comer. Tras acomodarnos, nos sirvió a ambas. En cuanto di el primer sorbo, torcí el gesto.

—Esto no es licor de moras.

—Es zumo de frambuesas. Ya has tomado demasiado licor por hoy.

—¿Ahora eres mi madre, Callie? Porque es más bien al revés.

—No te cabrees, mujer, que lo hago por tu bien.

Ahora deben de ser… Veamos… —dijo, mirándose un reloj imaginario de la muñeca—.

¿Las siete, las ocho? Ni puta idea, pero debe de ser pronto porque no hace demasiado que ha amanecido.

El caso es que no puedes empezar a beber alcohol nada más levantarte, Lorna.

—No es como si fuera whisky o ginebra, Callie. Es un simple licor de moras. Eso lleva más agua y zumo que cualquier otra cosa.

—Pero ¡si es casi alcohol puro!

—Eres una exagerada. Toruch y Ciench lo beben todo el tiempo y no les afecta para nada.

Me miró como si me hubiera vuelto loca.

—¿Cuánto pesa un barog, Lorna?

—Ni idea. ¿Ciento veinte kilos?

—Y ciento cincuenta también. El caso es que nosotras pesamos alrededor de un tercio de lo que pesan ellos, un poco más.

—Eso tú y las demás descendientes esmirriadas. Yo rondaré los sesenta y cinco, incluso un poco más. No es que disponga de una báscula en medio de la selva.

Puso los ojos en blanco.

—Lo que trato de decir es que tu querido Toruch o mi Daryos podrían beberse varias botellas de whisky y apenas lo notarían. Pero a cualquiera de nosotras, eso nos tumbaría.

—Solo te he pedido un vasito de nada, no es como si estuviera amorrada a la jarra todo el día.

—Lo que tú digas. Anda, bébete el zumo que está riquísimo y suelta ya lo que hayas venido a decirme. Tengo trabajo que hacer con Naranjito.

—Últimamente, pasas más tiempo con esos peluches que conmigo.

—¡Porque debo asegurarme de que me entienda! Mañana de madrugada, tendremos que preparar la trampa para esas hienas horripilantes, y no quiero que él ni ninguno de sus amiguitos salga despavorido.

—No debe de ser tan difícil.

—Prueba a comunicarte con los llitops a través de una marca en la espalda. ¿Quieres intentarlo tú?

—Yo los atraparía, los metería en la jaula y listo.

—Yo flipo contigo.

—¡Ay, Calista! He venido a que me tranquilices, no a discutir.

Le dio un trago a su zumo y clavó sus ojos avellana en los míos.

¡Si es que la quería un montón! Mi vida era sosa y monótona hasta que Callie entró a trabajar en la universidad.

Fue un flechazo instantáneo. ¡Con ella, hasta el infinito y más allá!

No habíamos viajado al infinito, pero Nemea se le acercaba bastante.

—Tienes razón, perdona. Estoy un poco nerviosa —dijo cogiéndome las manos por encima de la mesa.

—No me digas eso, porque si tú estás nerviosa, es que las cosas están muy feas y…

—Las cosas están muy feas, no voy a mentirte, Lorna. Pero te prometo que nuestros barogs vencerán a ese hijo de puta. No importa lo que nos lance encima, podremos con ellos.

—Pues, oye, ya me dejas un poco más tranquila.

—¿Tú has visto a todos los guerreros de Cyrus? ¿Y a Sulveh y sus guardianes? Esos tipos son la leche. No permitirán que Ux gane ni que nos ocurra nada malo a ninguna de nosotras.

—Ya sabía yo que hacía bien en venir. Siempre consigues calmarme.

Esbozó una sonrisa un poco triste que me llegó al alma. Pero no iba a dejarme arrastrar de nuevo por la preocupación. Yo era la mayor y debía ser un ejemplo de valentía para todas esas pobres mujeres tan jóvenes que apenas habían salido de la adolescencia.

En la Tierra, había tenido tiempo para madurar y disfrutar de la vida allí, y había sido mi elección cruzar el portal. Ellas, en cambio, habían sido arrancadas de sus hogares a la fuerza cuando ni siquiera les había dado tiempo de comprender de qué iba la vida.

Lo supieran o no, Callie y las demás me necesitaban, aunque yo estuviera más aterrorizada que cualquiera de ellas.

—¿Para qué están las amigas si no? —dijo guiñándome un ojo y dándome un apretoncito cariñoso en el brazo. ¡Si es que era un dulce! Entonces, su mirada se volvió traviesa y su tono cambió cuando añadió—: Y dime, McPhee, ¿no te habrá hecho tu Toruch alguna proposición deshonesta, ¿verdad?

La muy gamberra sabía bien cómo cambiar de tema, y yo siempre caía de cabeza.

—Pues verás, ya que lo mencionas, pensaba acostarme con él esta noche.

Abrió los ojos como platos.

—¿Tienes deseos de morir empalada?

—No seas bruta, Callie.

—Además, creía que ya te habías acostado con él. ¿No me contaste que…?

Negué con la cabeza.

—Hemos hecho un montón de cosas increíbles, pero todavía no hemos consumado nuestro amor —dije, juntando las manos y aleteando las pestañas.

—Vale, no me cuentes más. Solo quiero saber que tendrás cuidado.

—Le pediré que se transforme en su forma humana. Verás, como te decía, ya hemos hecho de todo, salvo echar un polvo completito. Así que he pensado que…