El Destino del Barog (El rapto de las descendientes 5) 28 decisiones
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La selva, Nemea, en la actualidad

Ux

T odavía no despuntaba el alba cuando Ux abrió los ojos. Había percibido un ligero temblor en la tierra debajo de él, como si cientos, miles de pisadas marcharan al unísono. Seguramente, solo habían sido imaginaciones suyas, fruto del sueño alterado antes de la batalla.

La conversación de la noche anterior con ese viejo manipulador le había dado que pensar.

Ux sabía que era más lo que ocultaba que lo que le había contado, pero no por ello dejaba de ser interesante.

En el fondo, sospechaba que Ooris tampoco tenía todo el conocimiento que quería hacerle creer.

Esos seres alados eran un gran misterio incluso para él.

Por el momento, se centraría en la guerra, en usurpar el trono y erigirse el nuevo rey de Nemea, y en intentar ganarse a su hijo de algún modo.

Esta última parte aún tenía que meditarla bastante.

Pero de una cosa estaba seguro: la aldea y todas las humanas descendientes serían suyas.

Ya se preocuparía de los temas divinos y religiosos más adelante.

Se preguntaba si tomaría a una sola mujer como pareja.

Callie, muy a su pesar, había quedado descartada.

Puede que eligiera a la rebelde e indomable Susi, que tanto le calentaba la sangre y le había gustado someterla, aunque no le traería más que problemas.

Además, tendría que aniquilar a Ciench. O quizás a Sylvia, cuyo barog había muerto y cuyo hijo era más que probable que fuera suyo.

De ser así, tal vez eso le ayudaría a convencer a Daryos, dado que eran hermanos.

O tal vez Penny, que despertaba sentimientos y anhelos en él que no era capaz de descifrar ni afrontar. Sería muy agradable despertarse cada mañana a su lado y acostarse cada noche junto a ella, poder compartir sus preocupaciones, charlar mirando las estrellas y…

No, Penny no podía ser. Por mucho que le gustara, por mucho que algo lo empujara hacia ella, no era la mejor elección. Porque eso significaría… significaría…

Meneó la cabeza para ahuyentarla de nuevo de su mente y, en silencio, se puso en pie.

Eso sí: nada de cacerías, ni de seguir las leyes y tradiciones ancestrales de los ancianos, nada de turnos tampoco… Ya pensaría en algún sistema mejor y mucho menos traumático para las descendientes.

En realidad, haría lo que le viniera en gana. Las normas las dictaría él según le apeteciera en cada momento. Por supuesto, debería haber un mínimo de reglas a cumplir por todos los demás, porque no era estúpido: una sociedad sin leyes conducía al caos y el desastre.

Primero, vencería; después, ya pensaría en todo eso.

En ningún caso sería como los otros reyes que había tenido Nemea, subyugado por los maquiavélicos ancianos. Su era había llegado a su fin, tanto si acababa matando a Ooris como si no.

El improvisado campamento de sus barogs perdidos, que se extendía por toda la extensión del claro, continuaba dormido.

«Bien. Que sigan así durante un rato más. Necesito un tiempo a solas» .

Si todo marchaba según lo previsto, en dos jornadas llegarían a las puertas de la aldea, después de diez años desde la última vez que había puesto un pie allí dentro.

Pese a todo lo que le habían hecho, seguía amando ese lugar.

Pero, por encima de todo, quería someterlo a su voluntad.

Él les devolvería multiplicadas por mil cada una de las humillaciones que le habían infringido.

Una vez matara al rey, todo barog que quisiera sobrevivir tendría que jurarle lealtad a él… o morir. Incluidos los guardianes del templo. A lo mejor tendría que hacer una pequeña purga con los pertenecientes al núcleo de confianza de Cyrus. Lo decidiría sobre la marcha.

Sus pasos lo llevaron a orillas de un pequeño lago, semioculto entre los helechos, altos y espesos.

El suave resplandor de la pareja de lunas todavía teñía de verde la superficie en calma y le confería al lugar un halo etéreo.

Avanzó un poco más y metió los dedos en el agua.

A diferencia del aire sofocante de la selva, estaba ligeramente fresca.

Se quitó el taparrabos y lo lanzó sobre una roca.

Cuando empezó a sumergirse, lentamente, disfrutando de la sensación, el contacto le hormigueó en la piel y le revitalizó los músculos.

Caminó hacia el centro del lago, que apenas le llegaba al poderoso pecho, y se sumergió por completo.

Cuando emergió, se sentía más despejado.

Puede que esas aguas, al igual que muchas otras en el planeta, también tuvieran propiedades curativas o energizantes.

De rodillas sobre el lecho, hundió la mano en el fango para buscar alguna raíz jabonosa.

Dio con una del tamaño de un mango y la extrajo.

Se puso en pie y, cuando la partió por la mitad, el crujido retumbó en el silencio que lo rodeaba.

Se desplazó hacia la zona en que cubría menos y empezó a enjabonarse.

Eliminar el polvo y otra suciedad de su larga melena negra le llevó unos cuantos minutos. Tras aclarársela a conciencia, siguió con el cuerpo. Quién sabía cuándo iba a tener la oportunidad de darse un buen baño… o una ducha. Si vencía la guerra, sería muy pronto. Si no…

No iba siquiera a plantearse ese “si no”. No tenía margen de error. Era ganar o morir. No habría una tercera oportunidad, ni para la aldea ni para él.

Se enjabonó los brazos, el pecho, los abdominales, un muslo, luego el otro, hasta detenerse en su entrepierna.

Mientras frotaba la espuma en esa zona, sus recuerdos lo traicionaron de nuevo.

Recuerdos de aquellas horas, dulces y ardientes al mismo tiempo, que compartía con Penny en la choza de la ladera, a veces casi en secreto.

Ella bajo su cuerpo… o encima, contemplándolo con esos ojos que parecían oro líquido y que expresaban mucho más de lo que él estaba dispuesto a aceptar o a entregar.

En esos diez años, se había esforzado por mantener ocultos los sentimientos hacia ella, escondiéndolos incluso de él mismo. La había librado de los turnos y de muchas otras cosas. Solo Lorish sabía algo y no todo.

Siguió lavándose, imaginando que eran las pequeñas y delicadas manos de Penny las que lo tocaban. Incrementó la fricción, mordiéndose el labio para mantener los gemidos a raya, hasta que explotó entre jadeos y espasmos de su imponente cuerpo.

Lejos de querer analizar el revoltijo de deseo y emociones que lo embargaba cuando pensaba en ella, acabó de lavarse, se sumergió de nuevo y salió del lago. Se sentó en una roca mientras su cuerpo se secaba al aire del incipiente amanecer y el sol naciente sustituía a las lunas y doraba el agua.

Regresó al claro poco después, donde la actividad ya empezaba a bullir. Circulaban los cuencos de madera rellenos de estofado, sopa o fruta, así como los odres de agua de coco o zumos de bayas. Necesitaban meter nutrientes en esos cuerpos enormes para llegar al enfrentamiento en plena forma.

Se aproximó a Lorish, que estaba sentado devorando un pedazo de boa azul refrita, y se acomodó a su lado.

Alguien le sirvió enseguida una porción generosa de estofado de rino.

Algunos habían salido ya a cazar una nueva pieza para reponer existencias.

Era un ejército grande y hambriento. Por suerte, las nashies se apañaban solas, aunque les regalarían los restos de los animales que cazaran. Había que ser generoso con los aliados.

Ooris estaba sentado al otro lado de la hoguera saboreando un panecillo lleno de nueces y varios trozos de piña jugosa. Sus miradas se encontraron un instante, pero eso fue todo. Ninguno de los dos se dirigió al otro.

Tras el desayuno, Ux reunió a sus hordas allí mismo.

Aunque habían repasado una y otra vez el plan de ataque, en connivencia con las nashies y las aninfs , había algo que necesitaba recordarles para que quedara grabado en sus mentes.

No eran sus barogs perdidos de pura sangre los que le preocupaban, sino los inferiores y, por supuesto, las bestias con las que se habían aliado.

Ya se lo había dejado claro y volvería a hacerlo antes de entrar en batalla.

De ningún modo podía permitir que murieran descendientes durante el enfrentamiento, tal como había pasado con Tatiana o con Elena en el anterior.

— En esta guerra, ninguna humana resultará herida, mucho menos asesinada. ¿Lo habéis entendido?

Todos asintieron.

— Por supuesto, jefe, lo sabemos. Es la regla de oro — soltó su segundo al mando para reforzar el mensaje, tal como habían acordado.

— Las mujeres son lo más importante que tiene este planeta y hay que protegerlas a toda costa. Si os topáis con alguna, no quiero que la toquéis. Esta vez, no tenemos que secuestrarlas para arrastrarlas a los pantanos.

— ¿Qué debemos hacer con ellas, jefe? — preguntó otro barog, uno de los más aguerridos.

— Quiero que le pidáis que se esconda hasta que acabe la batalla. Si es necesario, vosotros mismos la llevaréis a un lugar seguro, el primero que encontréis. ¿Entendido?

— ¡Sí, jefe! — exclamaron todos al unísono.

— No quiero incidentes. No habrá perdón para quienquiera que infrinja esta orden. Yo mismo me ocuparé de despellejar y descuartizar a quien la incumpla.

Un murmullo de asentimiento se extendió por el claro y agitó las copas de las palmeras.

Tras algunas indicaciones más, dio por concluida la improvisada reunión y, al fin, levantaron el campamento. Los barogs perdidos, con Ux y Lorish a la cabeza, avanzaron hacia la aldea.

Tan solo dos días y la victoria sería suya. Estaba impaciente por ocupar ese trono que tanto se merecía.