27 no tienes nada que temer #2
—Eres una buena humana descendiente, Penny. No es justo que te tocara en la cacería un macho de mierda.
Di un respingo.
—Ya sabes… cómo funcionan las cosas en la aldea.
—Si hubiera ganado, te aseguro que habría cambiado muchas cosas. Pero, ya ves, tendremos que esperar unos años más y otra guerra para lograrlo. —Soltó una carcajada que me heló la sangre.
Pensaba que, con su derrota, se daría por vencido y ya no habría más guerras. Por lo visto, me equivocaba.
Una sensación muy desagradable se me instaló en la boca del estómago. Puede que Ux sí que fuera un verdadero monstruo, al fin y al cabo, con independencia de cómo me tratara.
—Déjame ver dónde te pegaba tu barog, Penny.
Me quedé petrificada.
—¿Quieres que me desnude? —dije con un hilo de voz.
Tras haber estado hablando un rato con él y percibir esa extraña conexión, ahora me daba más vergüenza.
—Solo si tú quieres.
Por absurdo que pueda parecer, le creí.
Me puse en pie de nuevo y deslicé el vestido por mi cuerpo hasta quedarme desnuda. Cuando él se levantó también, agaché la mirada al suelo y contuve la respiración. No me molesté en cubrirme, él podía hacer conmigo lo que quisiera, y oponerme de cualquier modo no serviría de nada.
Ironías del destino, mi querida Tatiana estaba muerta y yo había acabado en brazos de su barog.
Cuánto sufrimiento habría podido evitar si se hubiera reunido con él aquel día, veinte años atrás, y se hubiera marchado con él. No se lo recriminaba; comprendía bien por qué se había quedado. Pero muchos otros habían sufrido y sufrirían por ese amor maldito y esa traición.
Ux empezó a dar vueltas a mi alrededor, dibujando con las yemas de los dedos sobre mi piel en aquellos lugares donde todavía quedaban las marcas de los abusos de Gushia. Su contacto era agradable, pero la humillación era demasiado grande para que pudiera obviarla.
—Mírame, Penny —me ordenó, ahora plantado delante de mí. Obedecí. No estaba en situación de hacer otra cosa—. Ese barog no supo valorar lo que tenía.
—No lo sé, yo…
Deslizó los dedos bajo mi barbilla y me alzó el rostro.
—Hagamos un trato. Te prometo que nadie en este asentamiento te golpeará jamás —soltó con contundencia. Su voz se había enronquecido y la astucia en sus ojos era más aguda que la de cualquier otro barog al que hubiese conocido.
Nos quedamos en silencio, mirándonos. Yo no era tonta y sabía que un trato requería algo por ambas partes.
—¿A cambio de qué?
El suavizó la expresión, aunque el resplandor de sus ojos se incrementó.
—De que seas amable conmigo y me respetes, eso es todo.
—O sea, de que haga todo lo que me pidas sin rechistar —solté sin pensarlo. Eso se parecía demasiado a lo que Gushia pedía de mí, y yo ya sabía dónde y cómo acababan ese tipo de tratos.
Él torció el gesto.
—No es eso lo que yo he dicho. Mis palabras no iban con doble sentido, Penny. Estoy cansado de que todo el mundo me odie y me tache de monstruo, cuando, aunque puede que lo sea, no soy peor que tu Gushia o que muchos otros. ¿Amabilidad y respeto es tanto pedir?
Negué con la cabeza de inmediato. No quería disgustarlo ni enfurecerlo. Aceptaría su trato, fuera el que fuese, porque no me quedaba más remedio. Con o sin él, Ux haría conmigo cuanto quisiera.
Pero seguía habiendo algo… algo que me empujaba a confiar en él. A sentirme a gusto con él.
—De acuerdo. Tú me has dado ambas cosas desde que estoy en tu hogar, no veo por qué yo no iba a darte lo mismo.
—Sabía que nos entenderíamos —dijo sonriendo. Y esa sonrisa me pareció sincera—. Tienes unos ojos muy hermosos, Penny. Como miel de abejas rojas derretida. ¡Ah, cómo la echo de menos! Por aquí solo abunda la de las azules, y no es lo mismo. No es tan dulce.
Algo crujió en mi interior. A diferencia de Gushia, yo también prefería la de abejas rojas.
—Gracias. Tus ojos también son muy hermosos. —En cuanto las palabras brotaron de mis labios, me reprendí. ¿Cómo se me ocurría mencionar algo así? ¡No debía alentarle!
Esto no era un encuentro de enamorados. ¡Era un secuestro!
Juraría que estaba sorprendido.
—Ven, sentémonos de nuevo —propuso con suavidad. Otra vez, obedecí—. ¿Puedo? —preguntó señalándome el cabello.
Asentí y, con delicadeza, soltó la tira de cuero que recogía mi pelo, y las ondas se desparramaron por mis hombros. Tuve la sensación de que contenía el aliento.
Pasó los dedos entre los mechones para desenredarlos y gimió un poco.
—Qué desconsiderado por mi parte tenerte aquí desnuda mientras yo no lo estoy —dijo, desabrochándose el taparrabos y dejándolo a un lado.
Cuando vi su erección, tragué saliva. Su cuerpo era una verdadera obra de arte, pero ese no era nunca el problema de un barog. Todos eran esculturales. Lo que yo quería averiguar es si realmente merecía mi respeto.
—No voy a mentirte, Penny: me muero por hacerte el amor.
Tampoco es que pueda disimular mi excitación —dijo sonriendo un poco mientras se señalaba la entrepierna—.
Pero no voy a hacer nada que tú no quieras.
Si me dices que no, te prometo que te dejaré en paz—.
Parecía hablar en serio, pero no podía fiarme.
—¿Dónde está la trampa?
—No la hay. Solo te pedí amabilidad y respeto, no que me complacieras siempre que me viniera en gana. Nunca te forzaré.
—¿Por qué?
Tuve la sensación de que sopesaba la respuesta.
—Lo creas o no, Penny, yo nunca he forzado a nadie, mucho menos a una mujer. Siempre les doy a… escoger.
—Pero si las consecuencias son terribles, no es dar a escoger libremente.
—Cierto, pero, en tu caso, jamás habrá tales consecuencias.
—Repito, ¿por qué?
Suspiró.
—Porque ya has pasado por demasiado, porque eras amiga de Tatiana, porque me has mirado a los ojos sin hacer una mueca de asco o terror profundo… O quizás solo sea porque me gustas, no lo sé. Ya te dije que la miel es mi debilidad —sonrió.
Me estremecí. Sabía que no todo eran buenas intenciones y que, de algún modo, me estaba manipulando.
—¿Y qué pasará si digo que no?
—Que te vestirás de nuevo, charlaremos un rato más y te acompañaré a la celda.
Apretó ligeramente la mandíbula. Puede que cumpliera su parte, pero le molestaría el rechazo.
—En ese caso, ¿buscarás la compañía de alguna de las otras mujeres?
En sus ojos relampagueó un destello que me inquietó.
—Eso no debe preocuparte. Mi trato es contigo, no con las otras.
—Pero ellas…
—Tú decides, Penny. —Sus dedos me rozaron el pómulo y luego la clavícula.
Su miembro se tensó un poco más y su deseo me golpeó con fuerza. Su mirada me recorrió los pechos, el vientre, la unión de los muslos… Después, se volvió a clavar en mis ojos, aguardando una respuesta.
Puede que yo no fuera tan lista como él, pero hacía mucho tiempo que había aprendido a leer entre líneas: si yo no me acostaba ahora con él, elegiría a cualquier otra.
Todas estaban en peligro. ¿Y si escogía a la dulce Sylvia, traumatizada por la reciente muerte de Sonah?
O, peor aún, a Susi, tan rabiosamente enamorada de Ciench que lucharía con uñas y dientes contra Ux o cualquier otro. Eso la destrozaría.
No. No pensaba huir de esta choza como una cobarde y dejar que las demás pagaran las consecuencias. Yo ya estaba acostumbrada a estas cosas, y Ux me estaba tratando mucho mejor de lo que Gushia lo había hecho durante siglos.
Por supuesto, no iba a dejarme engañar: en cualquier momento él podría cambiar de opinión respecto a mí y romper nuestro trato.
Y dudaba mucho de que el líder de los hermanos perdidos se conformara con poseerme solo a mí cuando tenía casi una docena de mujeres más a su disposición.
Pero, mientras pudiera, les ahorraría a mis amigas el mal trago.
Además, en lo más hondo de mi alma había algo que ni siquiera me atrevía a reconocerme a mí misma. Una chispita de algo que no había sentido nunca. Monstruo o no, Ux despertaba en mí una clase de sensaciones totalmente desconocidas.
Así pues, reuniendo valor, posé una mano con suavidad en su poderoso muslo.
Él abrió un poco más los ojos, casi de manera imperceptible.
—Puedes hacerme el amor, Ux —dije, intentando que mi voz no vacilara.
Él esbozó media sonrisa sensual y se abalanzó sobre mí.
Y ese día, cumplió su palabra de no hacerme daño. Ese día y todos los que siguieron. Fue el primero de muchos llenos de charlas, confesiones, caricias y complicidad. Momentos que yo anhelaba secretamente, tanto o más que él.
Jamás rompió nuestro trato.
Jamás me obligó a nada.
Jamás permitió que otros me lastimaran.
Por desgracia, las demás no tuvieron tanta suerte.