El Destino del Barog (El rapto de las descendientes 5) 27 no tienes nada que temer
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27 no tienes nada que temer

penny

Asentamiento de los hermanos perdidos, los pantanos, Nemea, hace diez años

C uando al fin alcanzamos el final del sendero, una choza grande se elevaba ante nosotros. Ux se hizo a un lado para dejarme pasar y entró detrás de mí. El espacio era amplio y acogedor, decorado con poco más que una cama enorme a ras de suelo, cubierta por una colcha y decorada con varios cojines.

El sol de la mañana se colaba por los ventanucos abiertos en las paredes de bambú y madera, dibujando luces y sombras en el suelo de grandes tablones de madera.

El suelo de nuestra celda era de tierra pisada y, por lo poco que había atisbado, el de las otras chozas también.

Ese lugar era diferente, y no estaba segura de si eso era positivo o todo lo contrario.

Porque la cama no dejaba lugar a dudas de para qué me había traído allí.

Estaba nerviosa y asustada, pero no tanto como debería haberlo estado en una situación así.

Había algo en Ux que me transmitía una extraña serenidad.

Puede que solamente fuera por todo lo que Tatiana me había contado sobre él.

Ella nunca pensó que fuese malvado. Le amaba, se había acostado con él, e incluso se había planteado, aunque solo hubiese sido por una ínfima fracción de tiempo, huir con él.

Ux jamás la había maltratado y, por lo que yo misma había presenciado, no la había matado. Nunca habría podido hacerlo. La amaba de verdad.

Quizás todo eso influía en que no le temiera como cabría esperar, pese a que mi cuerpo traicionero temblaba.

Y no debía olvidar algo importante: yo no era Tatiana, así que debía ir con cuidado. No tenía ni idea de lo que podía esperar.

Tras años de verme obligada a mostrar sumisión ante Gushia, sabía bien lo que ese macho barog quería de mí. Cuanto antes se lo diera, antes me dejaría regresar a la celda junto a las demás mujeres.

Así que, mientras él se acercaba a la cama, yo desabroché la cuerda que me ceñía el vestido a la cintura. Cuando se giró a mirarme, comencé a bajar uno de los tirantes de mi vestido.

Me contempló en silencio con los ojos azules brillantes y los clavó en uno de mis pechos en cuanto quedó al descubierto. Cuando el otro tirante ya descendía por mi hombro, avanzó hacia mí y, en dos zancadas, se plantó a tan solo un palmo.

—No es necesario que hagas eso —dijo, deslizando los tirantes hacia arriba, cubriéndome de nuevo.

El roce de sus dedos me hizo estremecer. El rubor me tiñó las mejillas. Tal vez yo no le gustaba; no era suficiente para él. Él había amado a una reina, todavía debía de amarla. Acababa de verla morir; quizás estaba desconsolado.

—Yo… pensé que… Lo siento —dije bajando el rostro, avergonzada.

—No tienes por qué pedir perdón, Penny. Ven, sentémonos —dijo tendiéndome la mano y tirando de mi con suavidad hacia la cama.

Nos sentamos sobre el colchón y yo me quedé muy quieta.

—Tatiana era mi mejor amiga —solté sin más.

Las palabras habían brotado de mí sin que yo supiera por qué. Probablemente, eso no había sido lo más inteligente. Era como si sintiera que el hecho de que ambos quisiéramos a la fallecida reina pudiera acercarnos un poco.

—Entonces, debes de estar muy triste.

—Apenas puedo asimilar que se haya ido para siempre. Ella y yo… —Traté de contener las lágrimas, pero algunas se escaparon de mis ojos—. Tenía un gran corazón y siempre se portó muy bien conmigo. Nos apoyábamos la una a la otra.

Cometí la imprudencia de alzar la mirada y me encontré con sus luminosos ojos azules escrutando mi rostro.

—Yo no la maté, si es eso lo que te estás preguntando.

—Lo sé. Lo vi.

Suspiró sonoramente y tuve la sensación de que dejaba caer esa máscara de frialdad y dureza, y sus facciones se volvían más cercanas. Más… amables. Aunque puede que solo fuesen imaginaciones mías. No debía confiarme.

También Gushia parecía amable a ojos de todos.

—La amaba, ¿sabes? —dijo, con la mirada de pronto perdida en algún lugar de su interior—. Jamás le habría hecho daño.

Nos quedamos en silencio durante unos segundos. Sus dedos buscaron los míos y los entrelazó. Tuve la sensación de que necesitaba ese contacto en un momento de profunda tristeza.

—¿Te habló ella de mí? —preguntó con curiosidad en la mirada.

Era un barog impresionante. Tenía un magnetismo fuera de lo común. Y puede que fuese realmente el monstruo que todos aseguraban que era y el enemigo de la especie, pero yo conocía otra faceta de él. Esa faceta que le había mostrado a Tatiana y sobre la que ella me había hablado.

—Sí.

Sus dedos apretaron un poco los míos y su pulgar me acarició la palma. Me estremecí un poco más.

—¿Qué te contó?

—Me habló de cómo os conocisteis en la Tierra; de lo que ocurrió cuando cruzasteis el portal y Drashir y los ancianos se interpusieron entre vosotros; y de… vuestro encuentro en la cascada, hace veinte años.

Su musculatura tembló y el círculo negro que rodeaba sus iris se intensificó.

—¿Te habló de lo que hicimos en la cascada y del trato que le ofrecí?

Asentí.

—Solo me lo contó a mí.

Parecía que quería preguntar algo más, pero que dudaba. Finalmente, habló de nuevo:

—¿Me amó de verdad alguna vez? —preguntó, mirándome expectante.

—Sí, Ux. Tatiana te amó.

Se llevó la mano al corazón.

—Si me amaba, ¿por qué no huyó conmigo?

Una pregunta muy delicada.

—Porque también amaba al rey y no podía abandonar a sus hijos.

Él gruñó. Un gruñido mezclado con un lamento profundo.

—Debería haber venido conmigo. Habría evitado la guerra, el baño de sangre, la pérdida de barogs valerosos.

—Estuvo a punto de ir, pero no podía traicionar a Drashir ni dejar a su pequeño Cyrus.

—Sin embargo, sí que pudo traicionarme a mí. —Cerró los ojos y sacudió la cabeza, negando en silencio.

—Lo siento —dije sin saber qué más añadir.

Por mucho que yo no le tuviera miedo y que supiera más cosas sobre él que la mayoría, no podía olvidar la evidencia: que, por su culpa, muchos barogs buenos habían sido masacrados y muchas de mis amigas habían sido traídas a los pantanos a la fuerza.

El destino que les esperaba, y también a mí, era espantoso.

—Yo también lo siento, Penny. He perdido a la mujer a la que amaba, mi hoa uhane, y tú has perdido a tu mejor amiga. Ambos estamos sufriendo. No creas que eludo mi culpa, pues, aunque no la haya matado, soy el único responsable. Llevé a mis barogs perdidos a la aldea.

—Tú no querías que muriera. Tengo la sensación de que no querías que le ocurriera nada a ninguna de nosotras. —Ni siquiera sé por qué dije aquello.

Sus ojos chispearon.

—Es cierto, di orden expresa a mis hermanos perdidos de que no le hicieran daño a ninguna mujer. Pero una guerra es una guerra, y no todos me hicieron caso. La culpa por la muerte de cualquier descendiente recae enteramente sobre mí —dijo con vehemencia.

Tatiana había muerto.

Elena había muerto.

El silencio se apoderó de la choza de nuevo.

Nos quedamos allí sentados, uno al lado del otro. Sentí que, de algún modo, nos estábamos dando consuelo mutuo.

Apenas podía creer que Tatiana y Drashir hubieran muerto; que Sylvia, Susi, las demás y yo misma hubiésemos acabado prisioneras del enemigo; y que, ahora mismo, estuviese a solas con el temible Ux, el antiguo amor de mi amiga y causante de una tremenda desgracia para la aldea.

Pero aquí estábamos.

—¿Quién es tu barog, Penny?

—Era Gushia. Uno de los tuyos lo mató cuando trataba de protegerme.

—Lo siento.

—Yo no —dije con rabia, sin poder contener las palabras.

Él elevó las cejas, sorprendido.

—¿Acaso no le amabas?

Bajé la vista y me retorcí una mano con la otra. No tenía ni idea de si contar eso me beneficiaba o perjudicaba. Así que opté por contar la verdad. ¿Qué más tenía que perder?

—Lo intenté. Durante cuatro siglos.

—¿Y él te amaba?

—Eso decía constantemente, pero demostraba lo contrario.

—Ya veo. No era un buen barog.

Me encogí de hombros.

—No era bueno conmigo, pero era un guerrero valiente y un barog leal al rey. Supongo que yo esperaba algo distinto, aunque no sé por qué.

—¿Te alegras de que haya muerto?

Una pregunta peligrosa. Negué con la cabeza.

—No es eso; no le deseaba ningún mal. Pero es como si… me hubiera liberado de un yugo, de la opresión, incluso aunque ahora sea más prisionera de lo que era antes. —Clavé mis ojos en los suyos, intentando hacerle comprender que, para mí, esta nueva situación no era tan diferente de la anterior.

Al menos, ahora no tenía que fingir. Podía mostrar miedo, dolor o repugnancia porque estaba justificado. Antes, en cambio, todo el mundo presuponía que Gushia y yo nos amábamos y éramos felices. Que todo era perfecto, cuando yo solo tenía ganas de llorar la mayor parte del tiempo.

—¿Por eso no tienes miedo? —preguntó con la voz un tono más grave.

Me apartó un mechón ondulado de la frente, que se me había escapado del moño, y me lo recogió tras la oreja.

—Sí que tengo miedo. Mucho. Sobre todo, por mis amigas. Han dejado a buenos barogs atrás y están aterrorizadas —dije, intentando controlar el temblor de mi voz. En un susurro, añadí—: Llevamos suficiente tiempo en Nemea como para intuir lo que nos espera.

Él apretó la mandíbula y me acarició la mejilla. Entonces, en un abrir y cerrar de ojos, entre espasmos y temblores, se transformó en su versión humana.

Contuve el aliento mientras lo recorría de arriba abajo, incapaz de apartar la mirada de él. Todos los barogs eran muy atractivos como hombres, pero este que tenía delante de mí… era él más apuesto de todos.

Me pregunté por qué los dioses les habían dado una apariencia tan hermosa a unos seres tan brutales.

Porque por mucho que estuviera siendo gentil conmigo, por mucho que Tatiana le amara, por mucho que todavía no hubiese golpeado a ninguna de nosotras…

, en realidad, yo no tenía ni idea de lo que sería capaz de hacernos.

—He pensado que esta forma te sería más agradable, sobre todo, si tu barog no te trataba bien.

—Te lo agradezco, aunque tu forma barog no me desagrada en absoluto. Era su corazón negro lo que me disgustaba, no su apariencia.

Sus ojos me evaluaron con una pizca más de avidez.