El Destino del Barog (El rapto de las descendientes 5) 26 POR SI ES NUESTRA ÚNICA OPORTUNIDAD #3
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26 POR SI ES NUESTRA ÚNICA OPORTUNIDAD #3

Volvió a tumbarse y me acarició los pechos con suavidad, mirándome a los ojos en todo momento por si detectaba rechazo o arrepentimiento por mi parte. No había ni pizca de eso.

Su pene, duro y caliente, se apretaba contra mi muslo, buscando algo de alivio.

Sabía que él esperaba a que yo diera el primer paso para permitirse ir más allá.

Por nada del mundo se habría apresurado.

Así pues, bajé la mano hasta allí y lo recorrí con suavidad desde la base hasta la punta, presionando en los puntos que recordaba que lo volvían loco.

Al parecer, no había olvidado su cuerpo ni lo que le causaba placer, puesto que empujó con las caderas entre mis dedos y rugió con fuerza.

—Por todos los rinos, esto es… delicioso. Me vuelves loco, Susi.

Envalentonado por mis avances, deslizó la mano entre mis pechos, cruzó mi estómago y mi vientre, y llegó a la unión de mis muslos. Di un respingo cuando sus dedos resbalaron en mi humedad.

—¿Estás bien? —me susurró al oído—. ¿Quieres que pare?

—Sigue, no te detengas.

—Como desees, amor.

Su boca buscó la mía de nuevo y, mientras me besaba de ese modo que hacía que mis piernas temblaran, me separó las piernas y hundió dos dedos en mi interior, despacio, con delicadeza, mientras su cola me acariciaba el interior de los muslos.

Gemí y me retorcí, ante una sensación largamente olvidada. Le mordí un poco el labio cuando los sacó y volvió a meterlos hasta lo más hondo de mi ser, atento en todo momento a las reacciones de mi cuerpo y a mi mirada.

Sus ojos, tan hermosos que me dejaban sin respiración, brillaban con destellos plateados y azules mientras seguía besándome y tocándome.

Dibujé caricias sobre la piel de su pecho, bajé uno a uno sus abdominales, atravesé su ombligo y descendí por la musculatura de su vientre hasta que mis dedos aferraron de nuevo su virilidad, completamente preparada para mí.

Mi mano se ahuecó bajo los testículos, sintiendo el delicioso peso en la palma, y subió de nuevo hasta el pene. ¡Cómo le había echado de menos!

El deseo que sentía por él era casi doloroso.

—Oh, Susi, esto es… es… un sueño hecho realidad. Te amo tanto que me desborda.

—Yo también te amo, Ciench, mi amor, mi barog, mi hoa uhane . Yo tampoco dejé de pensar en ti ni un solo segundo durante el tiempo que nos arrebataron.

Mis palabras lo espolearon a encajarse entre mis muslos mientras besaba mi rostro, mis pechos, mi hombro…

—Ahora, voy a dártelo todo, mi hermosa Susi. Ahora y para el resto de nuestra larga existencia.

Tras decir esas palabras, contrajo los glúteos y empujó dentro de mí con cuidado, hundiéndose poco a poco, con la mirada clavada en la mía.

Alcé las piernas y le rodeé la cintura para atraerlo, provocando que se enterrara por completo en mí. Gemimos al unísono, con el pulso latiéndonos con fuerza bajo la piel sudorosa.

Salió despacio y embistió de nuevo, mientras yo me aferraba a sus hombros y tiraba de él para que volviera a besarme. En cuanto lo hizo, nuestros cuerpos se desataron y comenzaron a moverse al unísono, con un vaivén delicioso y el ritmo perfecto para ambos.

Bombeaba en mi interior con movimientos expertos que me elevaban un poquito más hacia las estrellas con cada nueva embestida. Las penetraciones, al principio lentas, se hicieron más rápidas y profundas, enérgicas y poderosas, y nos acercaron a la liberación.

El orgasmo nos alcanzó al mismo tiempo, como una oleada de placer sublime que me fundió la mente y me enardeció el cuerpo hasta que no fui más que una madeja sensible y complacida.

La desesperación, el miedo y la pena se desvanecieron mientras mi barog rugía entre mis piernas y me abrazaba con fuerza.

Su pene se ancló en mi interior, presa de espasmos y convulsiones, mientras me colmaba de esa sensación de calidez deliciosa.

Yo también lo abracé. Lo mantuve bien sujeto mientras sus músculos, tensos y rígidos por el esfuerzo, se relajaban lentamente sobre mí. Incluso después de vaciarse, permaneció dentro de mí un poco más, prolongando el placer sublime para ambos.

Me acarició el rostro y me cubrió de besos una y otra vez, entre hermosas palabras de amor que salían directamente de su corazón y se filtraban en el mío.

Su aroma y su calidez cerraron mis heridas a medio cicatrizar y, pese a que todo lo que había sufrido no podía borrarse de un plumazo, consiguió que, por primera vez en mucho tiempo, creyera de verdad que podría volver a ser la mujer que había sido.

Una chispa luminosa de esperanza anidó en mi pecho y, al fin, sonreí de verdad, con el alma.

—¿Estás bien, amor? ¿Te ha gustado? —preguntó con voz ronca, deslizándose hacia mi lado.

Me rodeó con sus brazos musculosos y su cola, y me atrajo hacia su cuerpo.

—Ha sido maravilloso. Tal como lo recordaba.

Acaricié la piel de su pecho, justo encima del corazón, y planté allí un beso con todo el sentimiento que salía a borbotones de mí. Presioné los labios contra ese punto, sintiendo su pulso en ellos.

—Te amo, Susi Bell. Ahora y siempre.

—Te amo, mi hoa uhane . Y no deseo otra cosa más que gozar de una larga vida junto a ti.

Y tras esas hermosas palabras, nos aferramos el uno al otro sin pensar en nada más que no fuese nosotros… y nuestro futuro juntos.

Justo antes de dormirme, lancé una breve plegaria a los dioses del manantial para que no nos arrebataran ese futuro que ambos merecíamos.

Quién sabía si me escucharían.