El Destino del Barog (El rapto de las descendientes 5) 26 POR SI ES NUESTRA ÚNICA OPORTUNIDAD #2
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26 POR SI ES NUESTRA ÚNICA OPORTUNIDAD #2

Desapareció en el cuarto de baño y regresó a los pocos segundos. Se había lavado también la cara y algunos de los mechones de pelo frontales se le habían mojado.

Tras llenarle un vaso de zumo de piña, plátano y sandía, y poner ante él un plato con varias tortas de trigo untadas con miel, me senté frente a él.

—¿Ha ido todo bien?

—Cyrus está nervioso, lo cual es normal, teniendo en cuenta que estamos al borde de una guerra, que él no ha participado antes en ninguna y que es el rey, responsable de todos nosotros.

Pero, con la ayuda de D, nos está liderando muy bien.

Además, nos escucha y se deja aconsejar.

—Le dio un trago al zumo y prosiguió—: Hemos acabado lo que teníamos previsto para hoy y apenas quedan algunos flecos que terminar mañana.

Reforzar la segunda línea de empalizada, montar la trampa para las nashies … cosas así.

—¿Acabaréis a tiempo?

En sus bonitos ojos, entre grisáceos y azules, brilló la inquietud.

—Si el enemigo no aparece hasta pasado mañana, tal como afirma Daryos, entonces sí.

—Recemos para que sea así.

Nos quedamos en silencio mientras él masticaba y yo me servía también un poco de zumo. ¡Estaba riquísimo!

—Te prepararé un baño. Creo que lo necesitas —dije sonriendo, señalando su pecho y sus brazos llenos de polvo, grasa y a saber qué más.

—Tienes razón. Estoy hecho un desastre. —Soltó una carcajada que me calentó la sangre.

Desde que había entrado por la puerta, mis nervios habían ido en aumento. No iba a echarme atrás, pero no podía evitar sentirme así. Había pasado mucho tiempo desde la última vez y demasiadas cosas terribles entre medio.

Llené la tina de madera, dejando un palmo hasta el borde para que el agua no rebosara cuando mi enorme barog se sumergiera.

Tras echar varias esencias de flores, el baño entero olió como un campo en primavera.

Por un instante fugaz, me invadió el recuerdo de los pícnics que solíamos celebrar los domingos mis padres y yo en aquella colina cercana a casa.

Ciench nos había acompañado alguna vez, durante el breve tiempo que pasamos juntos en la Tierra.

Un recuerdo de otra vida, que parecía pertenecer a otra persona.

Cuando regresé al presente, él estaba detrás de mí, contemplando el agua. Los cubos que había utilizado para llenarla yacían vacíos a un lado.

Aparte de la morada de los reyes, pocas casas estaban abastecidas con esas rudimentarias bañeras.

No tenía ni idea de dónde la había sacado mi barog.

En nuestro anterior hogar, a orillas del lago esmeralda, no teníamos ninguna, pero sumergirnos en el lago cuando nos venía en gana era más que suficiente.

—Ni te imaginas cuánto me apetece esto ahora mismo —dijo con una sonrisa de oreja a oreja.

Mientras yo acercaba un pequeño taburete de madera, él se quitó el taparrabos con total naturalidad y se metió en la bañera. Fue bajando lentamente hasta sumergirse hasta el pecho.

Le había visto infinidad de veces desnudo, tanto en su versión barog como en la humana. Aun así, ahora todo era un poco diferente. La década que habíamos pasado separados había hecho que algunas cosas volvieran a ser nuevas en parte.

—Esto es maravilloso —ronroneó, apoyando la cabeza en el borde y los brazos a ambos lados mientras cerraba los ojos.

—¿Quieres que te lave el pelo? —pregunté con voz temblorosa.

Su pecho vibró, pero tuvo la deferencia de mantener los ojos cerrados.

—Sí, por favor.

Arrastré el taburete y me coloqué cerca del extremo donde se apoyaba. Me llené las palmas de jabón aromático y se lo apliqué con suavidad en el cabello. En cuanto empecé a masajearle el cuero cabelludo, gimió de placer.

—¿Te gusta?

Él asintió, completamente relajado. Bajé las manos llenas de espuma por los laterales de su robusto cuello y las deslicé hasta sus hombros.

De ahí, arrastré los dedos hasta su pecho y subí de nuevo cuando sus gemidos se intensificaron y el vaivén del agua me dejó claro lo que estaba ocurriendo ahí dentro.

Su cola, larga, gruesa y recubierta de pelaje negro brillante, salió del agua y se desparramó por el borde de la tina, como una invitación para que la lavara también. Me llené de nuevo las manos de jabón y masajeé su cola, deslizando los dedos por toda la extensión que estaba a la vista.

—Susi… —Su voz fue un murmullo ronco.

Cuando retiré las manos, sus dedos aferraron mi muñeca con suavidad y abrió los ojos de golpe.

—¿Quieres meterte aquí conmigo? —preguntó, titubeante.

Me levanté del taburete y me alejé unos pasos.

—Yo… te dejaré solo para que acabes de disfrutar del baño.

—Susi, si te he importunado, no era mi intención.

Negué con la cabeza, tratando de dominar mi miedo.

—No lo has hecho, de veras. Te espero en el dormitorio —dije.

Me di media vuelta y salí del baño.

Cuando llegué a nuestra habitación, empecé a pasearme con nerviosismo de un extremo al otro.

En un arranque de valentía, abrí el baúl y saqué el vestido color marfil que había cosido para la ocasión.

Era más corto y escotado que los habituales y estaba decorado con hilo color oro, que me había costado mucho teñir.

Me quité el que llevaba y me puse el nuevo, que se ajustaba ligeramente a mis curvas. Me solté la trenza y me pasé los dedos por la melena castaña. En cuanto escuché sus pasos aproximándose, me quedé de pie junto a la cama y esperé.

Cuando entró, su expresión fue de sorpresa. Entonces, me recorrió de arriba abajo con la mirada, demorándose en cada centímetro de mi piel hasta regresar a mi rostro. Como iba desnudo, se hizo evidente lo mucho que le gustaba lo que estaba viendo.

—Susi, ¿qué…?

Las ondas oscuras de su cabello chorreaban agua sobre sus anchos hombros.

—Ven, siéntate a mi lado, Ciench —dije, acomodándome en el borde de la cama. Di una palmadita en el colchón para incitarlo a acercarse.

Él tardó unos segundos en reaccionar. De pronto tenía la mirada nublada y la boca un poco abierta. Juraría que hasta podía escuchar sus potentes latidos a esa distancia.

Esperé hasta que sacudió la cabeza ligeramente, como si quisiera despejarse, y caminó despacio hasta mí. Al sentarse a mi lado, el colchón se hundió bajo su peso. Intenté no desviar descaradamente la mirada hacia su miembro, completamente erecto. Apenas lo conseguí.

Mi corazón se aceleró, la boca se me secó y la humedad se concentró entre mis muslos. Por un instante, olvidé por completo mi discurso. Me entraron ganas de abalanzarme sobre él y dejarme llevar sin más.

—Me gustaría hacer el amor contigo esta noche —logré decir al fin.

Su musculatura tembló y tragó con dificultad.

—¿Lo dices en serio, amor mío? —preguntó con voz ronca—. No te mentiré: ahora mismo estoy muy excitado, como puedes ver. —Esbozó una sonrisa algo avergonzada que me conquistó por completo—. Pero puedo esperar.

—Quiero hacerlo, Ciench. No deseo aguardar más.

—¿Esto es por la guerra? Porque te aseguro que sobreviviremos y…

—Esto es porque te amo y te deseo y estoy harta de esperar. Y sé que ganaremos, pero, si los dioses nos arrebataran la suerte, jamás me perdonaría no haber compartido al menos una noche contigo.

—Susi, amor —dijo tomándome ambas manos con las suyas—. No hay nada que desee con mayor fervor que unirme a ti ahora mismo y recuperar la intimidad contigo. Pero solo lo haré si estás realmente preparada y convencida. No hay por qué apresurarse. No pienso irme a ningún sitio… ni morir.

Quería creerle, pero ni él ni yo sabíamos cómo acabaría la batalla ni qué destino tenían preparado los dioses para nosotros. Puede que tan solo nos hubieran regalado un soplo de tiempo para volver a estar juntos… y después nos separaran de nuevo.

No iba a arriesgarme. Ni hablar.

Además, deseaba estar con él de todas las formas imaginables. No solo vivir con él, dormir con él, abrazarnos… Lo necesitaba dentro de mi cuerpo, tomando de nuevo posesión de lo que era suyo por el vínculo sagrado.

Así que, pese a que un ligero temor todavía corría por mis venas, no iba a dejar que eso ni ninguna otra cosa me impidiera entregarme a él y disfrutar de mi barog.

Acerqué la mano a su muslo y lo recorrí desde la rodilla hasta la ingle, deteniéndome a unos pocos centímetros de su pene. Él contuvo el aliento mientras se le erizaba la piel y su cuerpo se estremecía.

—Te deseo, amor —dije con la mayor contundencia de que fui capaz.

Le regalé una caricia fugaz entre las piernas, que le arrancó un gemido ronco, y me arrastré por la cama hasta tumbarme, aguardando a que se uniera a mí.

Él no se hizo de rogar. Subió una rodilla a la cama y luego la otra, y avanzó hasta mí.

Me contempló desde arriba durante unos segundos y sonrió con una mezcla maravillosa de ternura y fuego.

Su cola trepó por la colcha, me acarició un pie y siguió subiendo hasta enroscarse con suavidad en mi muslo.

—¿Prefieres que cambie de forma? —propuso con la voz gutural.

—La próxima vez.

Él sonrió de felicidad. Se tumbó a mi lado y me acarició la mejilla con tanta suavidad que mi corazón se derritió.

—Mi bella Susi. No sabes cuánto tiempo he deseado hacer esto. Te he echado de menos cada segundo de cada día de cada uno de estos diez años separados. Te prometo que no permitiré que nada nos separe de nuevo.

Entonces, me besó.

Sus dedos me acariciaron el cuello, la clavícula y el hombro, tan respetuoso que me enternecí.

Sus labios se movieron cautelosos sobre los míos y nos saboreamos entre suspiros.

Todo era conocido y al mismo tiempo nuevo.

Temblé entre sus brazos cuando su lengua entró en mi boca, en busca de la mía.

Al deslizarse la una sobre la otra, sentí como si flotara.

Se incorporó de rodillas y agarró el borde de mi vestido.

—¿Estás segura, amor?

En cuanto asentí, me lo quitó lentamente, descubriendo mi piel centímetro a centímetro, contemplándome como si fuese la primera vez que me veía desnuda. Su cara de enamorado me arrancó una sonrisa.