El Destino del Barog (El rapto de las descendientes 5) 26 POR SI ES NUESTRA ÚNICA OPORTUNIDAD
35%

26 POR SI ES NUESTRA ÚNICA OPORTUNIDAD

susi

L a noche había sido movidita. La aparición de cientos de leones en la aldea era una gran noticia.

Cierto que todo aquello de las premoniciones del príncipe me provocaba escalofríos; pero, hasta ahora, esas marcas de la espiral sagrada que él y Callie lucían en la espalda no habían hecho más que beneficiarnos de algún modo.

Así pues, había esperanzas de que los dioses estuvieran de parte del rey y la aldea.

Tras la reunión con Cyrus y los demás en el palacio al amanecer, Ciench se había pasado el día ayudando a construir las defensas necesarias para repeler el ataque de los hermanos perdidos, fabricar armas y participar en cualquier otra actividad para la que el rey o el príncipe le requirieran.

La inminente guerra, que, según Daryos, estallaría en dos días, era una realidad terrible para cualquier habitante de la aldea. Pero, para algunos de nosotros, sería más aterradora que para la mayoría.

Porque habíamos vivido la guerra anterior.

Porque habíamos perdido a muchos seres queridos.

Y porque, por culpa de esa guerra, habíamos pasado diez largos años separados, llenos de dolor e incertidumbre.

Para las mujeres que habíamos estado cautivas, esta batalla era nuestra peor pesadilla. No podíamos pensar en la posibilidad de ser derrotados. Sabíamos bien la clase de futuro que nos aguardaba si Ux lograba salirse con la suya.

Yo no quería vivir en un mundo así.

Pensar en la probable victoria tampoco apaciguaba nuestra inquietud, ya que, incluso habiendo vencido la primera guerra, nosotras habíamos perdido de todos modos.

Intenté controlar mi terror visceral y mi angustia.

Ambos iban en aumento. Más allá del temor a que pudieran secuestrarme de nuevo, estaba el miedo atroz a que mataran a Ciench.

Pese al horror que supuso para nosotros la primera guerra, fuimos bastante más afortunados que otros, ya que sobrevivimos y nos reunimos de nuevo.

No teníamos ni idea de lo que ocurriría ahora.

Mi barog estaba convencido de que venceríamos. Ninguna otra posibilidad cabía en su cabeza, y yo no pensaba transmitirle mi angustia. Eso solo lo debilitaría.

Mientras Ciench se encontraba fuera, pasé un rato entrenando con el arco, el machete y el cuchillo con Callie y las demás en ese claro entre palmeras en el que solíamos reunirnos.

Todas éramos conscientes de que no teníamos ninguna posibilidad en un enfrentamiento cuerpo a cuerpo con un barog; pero, tal vez, una flecha o un cuchillo bien lanzados en un momento decisivo podrían concedernos los segundos necesarios para huir o para que llegara ayuda.

Tal como decían Callie y Tina, la nueva reina, incluso unas pocas horas de entrenamiento podían marcar la diferencia. Así que muchas de nosotras practicábamos, con la secreta esperanza de no tener que llegar a usar esas habilidades para salvar nuestra vida o la de nuestras amigas.

Además, mientras entrenábamos, se construían lazos sólidos entre nosotras y nos íbamos conociendo un poco mejor.

Éramos una amalgama de mujeres procedentes de eras y tiempos muy distintos de la Tierra, pero con más cosas en común de las que nos imaginábamos.

Al fin y al cabo, salvo Lorna, todas habíamos vivido tan solo alrededor de un par de décadas en nuestro anterior planeta y nos habíamos tenido que adaptar a Nemea.

Las que llevábamos más tiempo aquí, compartíamos nuestros conocimientos y experiencias con las más nuevas.

Estas, por su parte, nos hablaban de adelantos y descubrimientos que se habían hecho en los últimos siglos en la Tierra.

Todas ganábamos. Y, lo más importante, nos convertíamos en buenas amigas.

Tras el entrenamiento, Lansh, el barog con más paciencia de la aldea y mejor humor, nos hizo de guía para mostrarnos las defensas que se habían alzado, los posibles escondites para nosotras en caso de que los necesitásemos, las posiciones que ocuparían nuestras fuerzas, la vía de escape más discreta y segura en caso de que las cosas se torcieran…

Cyrus y Daryos le habían pedido que se asegurara de que todas las descendientes tuviéramos la información necesaria para sobrevivir.

No era agradable escuchar los consejos que debíamos seguir si la aldea comenzaba a perder la batalla, pero era mejor pasar el mal rato ahora que encontrarnos expuestas y sin tener ni idea de qué hacer si eso se producía.

Lansh nos volvió a explicar el plan que seguiríamos inicialmente: las descendientes nos encerraríamos en la posada mientras ellos luchaban, y un grupo liderado por Ciench custodiaría la entrada y no permitiría que nadie se acercara.

Para mí, era un alivio que el rey hubiera designado a mi barog, pues, más allá de la confianza ciega que tenía en él, nos encontraríamos cerca el uno del otro durante la batalla.

Después de entrenar, comimos juntas en la posada, entre risas y charlas, lo que aligeró levemente el agobio prebélico que nos aplastaba.

Lorna y Callie amenizaron el rato bromeando y lanzándose pullas la una a la otra.

Ese par era muy divertido. Hasta Sylvia se nos unió, con el pequeño Sonah a cuestas, que nos había robado el corazón a todas.

Artia, que se había convertido ya en una parte indispensable del grupo, se mantuvo cerca y la ayudó con el bebé mientras Sylvia comía.

La aninf nos había ayudado en los momentos más duros.

Le teníamos un genuino cariño y ella a nosotras, sobre todo a Sylvia y Callie.

Observaba a esta última sin apartar la mirada durante minutos y se acercaba a ella siempre que podía.

Nadie sabía por qué, pero estaba claro que tenía una especie de adoración por Callie, que yo diría que rayaba un poco la obsesión.

Mi amiga se las apañaba bien para lidiar con ella y apartarla de buenas maneras cuando la atosigaba demasiado.

Era divertido verlas juntas y ser testigo de cómo se comunicaban.

Artia entendía mucho más de lo que parecía, y juraría que el sarcasmo de ambas estaba bastante igualado.

En definitiva, formábamos un grupo muy variopinto, que lo era aún más cuando los nuevos amiguitos de Callie, los llitops , merodeaban cerca. Esa mujer atraía a seres muy raros.

—Oye, Calista, ¿no crees que Naranjito y Artia están un poco obsesionados contigo? —soltó Lorna, mirando a su amiga y apurando su segundo vaso de licor.

A esa mujer le iba la buena vida. No me extrañaba que se llevara tan bien con Toruch: estaban hechos el uno para el otro.

Este, el mejor amigo de mi barog, solía ser un espíritu libre, hasta que se topó con la mujer humana que había acabado en Nemea por error. Por lo que había visto hasta ahora, puede que fueran tan almas gemelas como cualquiera de las demás parejas.

Callie resopló.

—No empieces con eso otra vez, McPhee, que te conozco.

—Solo digo que te estás echando amiguitos muy esperpénticos.

—¿Y yo qué quieres que haga si los pobres me adoran y encima nos ayudan? Tengo que estarles agradecida por salvarnos el culo.

—Ya, ya, no digo que no. Es solo que… yo me preguntaría por qué acabas atrayendo a todos los locos.

Callie alzó una ceja.

—Puede que tengas razón, McPhee. Viéndote a ti, no hay duda de que los locos son mi especialidad. Los atraigo como la miel a las moscas.

—Muy graciosa, Calista —dijo Lorna sin alterarse demasiado, agitando una mano y atusándose el mono con la otra—. Luego no vengas a pedirme ayuda si un rino o una serpiente gigante decide que también quiere jugar contigo.

Callie puso los ojos en blanco y nos reímos.

Seguimos hablando un rato más, hasta que Emilia se levantó y nos pidió ayuda para traer los suministros médicos a la posada.

Habían decidido que Xioh, el sanador, se instalaría aquí cuando acabara el enfrentamiento para remendar y curar a los heridos.

Emi y Penny le asistirían en lo que pudieran.

Cualquier otra descendiente que quisiera colaborar trayendo agua caliente, paños limpios o lo que fuese sería bienvenida.

Me ofrecí a ayudarla, junto con algunas otras, y trasladamos todo lo que nos indicó el sanador. Lo depositamos en una de las mesas del fondo de la posada y dispusimos una zona de jergones para los heridos.

Al acabar, Marla y yo acompañamos a Sylvia y su bebé a su casa. Las dejé allí y me dirigí a mi hogar para esperar a que llegara Ciench.

Había estado dándole vueltas a algo y, aunque los nervios me devoraban, deseaba hablarlo con él cuanto antes.

Así que, nada más entrar, abrí el baúl de las telas y los utensilios de costura y me acomodé sobre los cojines de la sala para crear nuevos diseños.

Trabajaba en varios vestidos de prueba con otros materiales, como pieles y cuero, que probablemente los harían más resistentes para excursiones o cosas así.

Estaba uniendo dos pedazos de cuero pulido cuando llegó mi barog.

Pese a estar sucio y cansado, esbozó una gran sonrisa en cuanto me vio. Yo se la devolví de inmediato. Cada vez que lo veía, sentía que era un regalo de los dioses. A veces, me lo quedaba largo rato observando, incapaz de apartar los ojos de él por si se desvanecía.

Tenía la sensación de que estaba inmersa en un hermoso sueño, del que algún día despertaría para encontrarme con la espantosa realidad: que yo seguía en la celda de los pantanos y jamás regresaba junto a él. Por su expresión, creo que a él le ocurría más o menos lo mismo.

Sin embargo, Ciench era muy real y estábamos juntos de nuevo.

Suspiré y volví a sonreír.

—¿Te apetece un vaso de zumo? Lo he exprimido hace poco —dije, dejando a un lado los utensilios y poniéndome en pie.

—No es necesario que te levantes, amor. Yo mismo me lo serviré.

—No me cuesta nada y tú estás agotado. Anda, siéntate. Te pondré también algo para picar y que aguantes hasta la hora de la cena.

—No tienes que servirme, Susi, de veras.

—Recuerdo que, antes, tú solías servirme a mí todo el tiempo, no veo por qué no puedo hacerlo yo ahora.

Esbozó una preciosa sonrisa.

—Está bien, tú mandas, mujer. Iré primero a lavarme las manos. Me he pasado el día trabajando ahí fuera y sudando como un condenado.