El Destino del Barog (El rapto de las descendientes 5) 25 un infierno como cualquier otro #2
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25 un infierno como cualquier otro #2

—Bonito nombre. Y dime, Susi, ¿por qué no quieres cocinar para nosotros?

Todas conteníamos la respiración y a mí me dolía el estómago de un modo terrible. No quería que le ocurriera nada malo.

Susi no se amilanó.

—No eres mi pareja ni mi amo.

Un murmullo generalizado se extendió por el asentamiento, mezclado con rugidos y gruñidos de desaprobación.

—Puede que eso sea cierto, pero ahora vives en mi aldea, y aquí todos contribuimos en algo.

—Yo no pedí venir aquí. Nos habéis traído a la fuerza.

—Tenía todo el derecho a hacerlo. Sois mi botín de guerra. —Le lanzó una mirada afilada mientras un destello cruzaba sus ojos azules.

—No hay botín para el bando perdedor.

Ux rugió y todas nos estremecimos. Susi mantuvo la cabeza bien alta.

—Sin embargo, aquí estáis. Podemos decir que la guerra ha quedado… en tablas. —Esbozó una sonrisa siniestra que me heló la sangre.

Sin embargo, había algo en él, en sus ojos, en la manera de moverse, en el modo de mirarme, que me transmitía una especie de calma extraña. Sentía como si jamás fuese a hacerme daño. Era absurdo pensar eso, lo sé, pero era algo visceral.

—Ciench y todos los demás nos buscarán. Y cuando lleguen aquí, os masacrarán.

—Ahora mismo, tu querida aldea es un caos de heridos y lamentos, y ni siquiera tenéis un rey en el trono.

Algo crujió en mi pecho al recordar a Tatiana y Drashir yaciendo sin vida, con los cuerpos ensangrentados.

La mirada de Ux se cruzó con la mía y juro por los dioses que su pesar me golpeó con fuerza y se unió al mío. Él también lloraba a Tatiana. No me cabía duda alguna de que la había amado de verdad. Y ella a él, aunque al final se hubiese quedado junto a Drashir.

—Eres un monstruo traidor a tu especie. No tienes ningún honor —escupió Susi, con tanto veneno que juraría que hasta los pájaros y la brisa enmudecieron de golpe.

—Jefe, están asustadas y…

—Cierra la boca, Lorish.

Este obedeció.

Ux dejó el cuenco en el suelo a su lado y clavó los ojos en el rostro de Susi. Sin embargo, fue a mí a quien habló.

—Penny —pronunció con esa voz profunda que me acariciaba los huesos. Di un respingo—, explícale a tu amiga lo que te dije cuando nos conocimos en el palacio de los reyes —me pidió, sin apartar la mirada del rostro de Susi.

Todas las demás mujeres me miraron. Sylvia se apretó más a mí y me dio un apretoncito en el brazo como un gesto silencioso de apoyo.

Intenté mantener la calma, pero apenas lo conseguí. Estaba muy nerviosa; sabía lo mal que podía acabar aquello.

—Me dijiste… que no me harías daño —balbuceé.

—Así es. ¿Y me crees?

Asentí en silencio como una estúpida.

—Te creo.

—Ahora, explícale a tu amiga que tampoco le haré daño a ella ni a ninguna de las otras mujeres, siempre y cuando me respeten y hagan lo que les pida.

Me quedé petrificada, sin saber muy bien qué hacer. Susi estaba ahí, a mi lado. Acababa de oír lo mismo que yo. ¿Debía explicárselo de nuevo?

Ux clavó sus ojos en los míos y movió el mentón levemente. Así que obedecí y repetí sus palabras.

—No pienso cumplir tus órdenes, maldito monstruo. Y no creas ni por un momento que me trago eso de que no vas a hacernos daño. Sé bien el tipo de barog que eres, Uxuer.

Él se puso en pie de un salto, rodeó la hoguera y se plantó delante de nosotras, a tan solo un par de pasos. Tuvimos que alzar la vista e inclinar la cabeza hacia atrás para mirarlo a la cara.

Sus iris, de un azul muy hermoso, estaban cercados por ónice puro, que le ganaba terreno al celeste con cada segundo que pasaba.

Los dedos de Sylvia ciñeron más fuerte mi brazo.

—Para tu desgracia, Susi, no tienes ni idea del tipo de barog que soy. —Capté la amenaza velada tras sus palabras. Apuesto a que Susi también.

Por un instante, todas contuvimos el aliento. Ux era una mole inmensa, acechando por encima de nuestras cabezas.

—A partir de mañana, nos prepararéis el desayuno, la comida y la cena, y haréis todo cuanto me dé la gana.

Espero que comprendas cuál es tu situación lo antes posible, Susi.

Eso será lo mejor para todos. —Entonces, sus ojos se desviaron hacia los míos—.

Lorish, en cuanto acaben de desayunar, llévalas de vuelta a la celda.

Hoy pueden descansar y reponer fuerzas. Las van a necesitar.

—Claro, jefe. Ya habéis oído a Ux. Hoy tenéis el día libre.

Un coro de risas y burlas se elevó en aquel claro en medio de los pantanos. Alrededor, barogs, inferiores y aninfs nos escrutaban de arriba abajo, curiosos o ávidos, burlones o excitados.

Aquello, sin duda, se asemejaba bastante al infierno. Por suerte o por desgracia, yo llevaba cuatro siglos en uno similar.

Cuando acabamos, nos pusimos en pie, dispuestas a seguir a Lorish y otro barog de vuelta a la celda. Susi y Sylvia caminaban agarradas del brazo y yo iba pegada a ellas. Entonces, una voz atronó a nuestra espalda.

—Tú no —dijo Ux, deteniendo nuestro avance.

Se acercó a nosotras y yo di un paso instintivo para interponerme entre Susi y él.

Abrió mucho los ojos y la herida se le estiró sobre el pómulo.

—¿Qué pasa, jefe? —preguntó Lorish desde delante de la triste rúa.

—Penny se viene conmigo.

—No —dijo Susi, tirando de mí y tratando de ocultarme tras su cuerpo—. Llévame a mí, hijo de puta, ella ya ha sufrido bastante.

Sus palabras me calaron muy hondo. A mi amiga no se le había pasado por alto que las cosas entre Gushia y yo no habían sido como deberían. Nunca me había sincerado con ella del mismo modo que con Tatiana. Aun así, las mujeres intuían muchas cosas y hablaban entre ellas.

—Apártate, mujer. No seas ansiosa. Ya llegará tu turno, más pronto de lo que crees —soltó él con una sonrisa oscura.

Las carcajadas cavernosas estallaron a nuestro alrededor.

—Vamos, Penny. Aquí también tenemos algún lugar hermoso. Sígueme.

Sylvia susurró mi nombre y Susi maldijo.

Yo me obligué a poner un pie delante del otro por un caminito que llevaba ladera arriba… tras el barog más temible de Nemea.