El Destino del Barog (El rapto de las descendientes 5) 25 un infierno como cualquier otro
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25 un infierno como cualquier otro

penny

Asentamiento de los hermanos perdidos, los pantanos, Nemea, hace diez años

A l anochecer, nos trajeron agua de coco y bandejas con comida, suficiente para el doble de las que éramos allí dentro.

Al menos no tenían intención de matarnos de hambre; si fuera así, no se estarían tomando tantas molestias.

Por supuesto, eso también significaba muchas otras cosas, en las que en ese momento prefería no pensar.

Lo poco que hablamos entre nosotras, nos acongojó y entristeció todavía más.

Sylvia sabía que Sonah, su barog, había sido asesinado.

Puede que lo viera morir o que se lo dijera alguno de los hermanos perdidos.

Elena, su cuñada, había muerto ante sus ojos mientras intentaba protegerla.

No tenía ni idea de si Sulveh, el hermano gemelo de su barog y pareja de Elena, había sobrevivido.

Los ojos marrones claros de Sylvia, siempre tan cálidos, estaban apagados y fijos en un punto indeterminado ante ella.

Por su parte, Susi no tenía ni idea de si Ciench seguía vivo. Se repetía una y otra vez que, si no lo estuviera, ella lo habría sentido de algún modo, dado el fuerte vínculo que tenía con su hoa uhane. Ni Sylvia ni yo le llevamos la contraria. Bastante pena tenía ya.

Les conté que Gushia había muerto defendiéndome y me abrazaron con fuerza para consolarme, pese a que apuesto a que ambas intuían que mi relación no se parecía en nada a las suyas. No mencioné la sensación de liberación que se había instalado en mi pecho. Un monstruo menos en Nemea.

Lástima que hubiéramos caído en manos de otros.

Tras la cena, que apenas probamos porque teníamos el estómago encogido, nos tumbamos a descansar. Por muy desoladas y asustadas que estuviéramos, el agotamiento tomó el control y nos quedamos dormidas enseguida. Sylvia, Susi y yo no nos separamos. Juntamos dos jergones y nos tendimos las tres.

Con los primeros rayos del amanecer, cuando ya se colaban entre los barrotes hasta la mitad de la celda, un barog perdido abrió la reja y nos instó a salir.

Fuera nos esperaba Lorish y otros dos barogs.

Esos tres nos escoltaron sin darnos explicaciones por un sendero estrecho, más o menos seco, hasta que llegamos a orillas de un lago de aguas mucho más claras que todos esos pantanos que nos rodeaban.

Una vez allí, se sentaron en el suelo, a cierta distancia de la orilla. Mientras los otros dos charlaban entre sí como si fuera un día de lo más normal, Lorish nos señaló el agua.

—Podéis lavaros ahí. Es el único pantano de agua limpia en toda la zona. Ahora os traerán vestidos nuevos —dijo.

En cuanto acabó de hablar, apareció uno de esos inferiores escalofriantes y entró en un cobertizo que había a unos metros. Al salir, llevaba una pila de prendas, que depositó sobre una roca plana cerca de la orilla.

—Está claro que estos hijos de puta nos esperaban. Tenían la celda preparada, vestidos… Seguro que tenían previsto llevarse a unas cuantas de nosotras en el caso de que perdieran la guerra —susurró Susi con rabia. Sus ojos verdes ardían de odio.

Eché un vistazo alrededor.

Todas las mujeres estaban metiéndose con la ropa puesta en el agua, mirando de reojo a los tres barogs perdidos para no perderlos de vista.

Supongo que se temían lo peor: que en cualquier momento se abalanzarían sobre nosotras y nos violarían.

Francamente, yo pensaba lo mismo. ¿Para qué otra cosa nos querían si no?

Al menos, en el tiempo que llevábamos ahí, todavía no nos habían golpeado ni humillado, exceptuando el hecho de que nos habían secuestrado, encerrado en una celda y, ahora, instado a bañarnos y cambiarnos delante de ellos.

Pero los barogs de la aldea también nos secuestraron y, además, nos lanzaron a una cacería terrible en la que nos forzaron a unirnos. Así pues, ¿eran los barogs perdidos realmente peores que nuestras parejas y amigos? Imaginaba que no tardaríamos mucho en descubrirlo.

—Los muy cabrones nos obligan a desnudarnos delante de ellos —dijo Susi temblando.

—No pienses en eso. Vamos a meternos en el agua, seguro que nos vendrá bien —le sugerí. Estábamos sucias y doloridas.

La agarré de un brazo y, con la otra mano, cogí a Sylvia, que seguía perdida en algún lugar muy lejano. Esperaba que pronto volviera en sí. Para sobrevivir, necesitábamos estar en plenas facultades.

Quería evitar por todos los medios que Lorish o cualquiera de los otros escucharan a Susi y se metiera en problemas.

Mi amiga era dulce y amable, pero también tenía mucho carácter.

No soportaba las injusticias, el sufrimiento ajeno ni la falta de respeto.

Todo aquello la superaba. Sin embargo, hasta que supiéramos cómo iban a ser las cosas en los pantanos, lo más aconsejable era ser prudente y mantener la boca cerrada.

Lo peor que podíamos hacer era provocarlos.

Sobre otra roca había varias telas dobladas para usarlas como toallas y raíces jabonosas partidas por la mitad. Con estas podríamos lavarnos a fondo y eliminar la mugre que habíamos acumulado durante la batalla y la travesía por la selva y los pantanos.

Por primera vez desde que habíamos llegado, fui consciente de la costra de barro, sudor y sangre que recubría algunas zonas de mi cuerpo.

La sangre no era mía, sino salpicaduras que habían volado por todas partes mientras los rugidos y el entrechocar de los machetes inundaban la aldea. Tenía algunos rasguños en las piernas y cortes insignificantes en los pies, eso era todo.

—Necesito saber si Ciench sigue vivo —dijo Susi. Se le llenaron los ojos de lágrimas, pero ella apretó la mandíbula para controlarlas—. Vendrá a por mí. Todos lo harán. Nos encontrarán y acabarán con estos malnacidos.

Asentí. ¿Qué otra cosa podía hacer?

—Y si no vienen —dijo Sylvia de pronto, clavando sus ojos, ahora un poco más vivos, en los míos—, huiremos nosotras.

Algo me decía que no iba a ser tan fácil; ni lo uno ni lo otro.

Nos enjabonamos en silencio el cuerpo y el cabello, y nos aclaramos lo mejor que pudimos, teniendo en cuenta que el vestido, harapiento y empapado, se nos pegaba a la piel.

Cuando empezamos a salir, los tres barogs clavaron la vista en nosotras. No cabía duda de que deseaban disfrutar del espectáculo.

Algunas lloraban y otras maldecían mientras se desnudaban con rapidez de espaldas a ellos, cubriéndose entre ellas con las toallas, y se enfundaban los vestidos limpios.

Susi los miró con desaprobación. Eran de un tono marrón oscuro insípido, de una tela mucho más simple y rígida.

Nada que ver con las maravillas de todos los colores que ella nos cosía en la aldea.

—Bueno, tendrán que valer —murmuró. Parecía consternada.

Sylvia, con el largo cabello castaño rubio chorreando, miraba el vestido y luego a nosotros sin moverse ni pronunciar palabra.

—Esto es lo que vamos a hacer —dijo Susi—. Penny, tú y yo nos colocaremos aquí, extendiendo las toallas de punta a punta, y cubrimos a Sylvia mientras se cambia. Después, repetiremos lo mismo hasta que las tres nos hayamos vestido. ¿De acuerdo?

Ambas asentimos.

Sylvia parecía aliviada. Lo único que se me pasó a mí por la cabeza fue que esas bestias nos verían desnudas cuando les diera la gana.

Si no era hoy, sería mañana. Teníamos todas las de perder.

Si algo había aprendido de Gushia es que era imposible resistirse contra un barog.

Un hombre humano normal y corriente ya era más fuerte que ninguna de nosotras. Un barog…

Luchar no servía de nada. Lo mejor era complacerlo, no crear problemas y rezar para que el momento pasara lo más rápido posible. Eso haría exactamente cuando uno de ellos viniera buscándome.

Y seguro que vendrían.

Una vez cambiadas y más o menos secas, emprendimos el regreso al asentamiento. En lugar de llevarnos directamente a la celda, nos indicaron que nos sentáramos en el suelo alrededor de la hoguera y nos dieron varios panecillos y un potaje espeso que sabía a estofado de serpiente, pero más insípido.

—A partir de mañana, cocinaréis para nosotros —soltó Lorish—. No sabéis las ganas que tenemos de probar de nuevo las mejores recetas de la aldea. Aquí no disponemos de los mismos ingredientes, pero seguro que os apañaréis —dijo sonriente.

—Si te crees que vamos a serviros, estás muy equivocado, monstruo —escupió Susi.

Todas palidecimos.

—¿Qué demonios haces? —le susurré al oído.

Sabía bien las consecuencias de llevarle la contraria a un barog malnacido.

—No voy a agachar la cabeza, Penny. No les será fácil doblegarme.

Lamentablemente, sí que les iba a ser fácil. Harían con nosotras lo que quisieran, y más le valía a mi amiga comprenderlo cuanto antes.

—En mi opinión, es mejor cocinar para ellos aquí fuera que estar encerradas todo el tiempo en la celda —comenté, intentando rebajar la tensión.

Ella negó con la cabeza y sus ojos verdes resplandecieron de ira.

Se escucharon murmullos a nuestras espaldas, y Lorish y los otros miraron en esa dirección. Todos enmudecieron mientras se acercaban pasos poderosos.

Ux, líder de los barogs perdidos, se plantó al lado de su segundo al mando, de pie frente a nosotras.

Se había aseado y ya no estaba cubierto de sangre y restos.

El corte de la cara, que iba de la ceja hasta el pómulo, seguía un poco sanguinolento, pero no parecía tan terrible.

Se había aplicado encima de la herida algún ungüento.

Era un barog inmenso con una espiral sagrada tallada en el pectoral.

Nunca había visto algo así, pues todos los barogs de la aldea llevaban varios tatuajes de la espiral en el torso y los brazos, pero ninguno marcada en su cuerpo como la de Ux.

Tenía la melena, negra y reluciente como el ónice, y la piel un poco húmeda.

Sin duda, él también acababa de lavarse.

Los collares de cuentas blancas y negras tintinearon cuando se sentó y empezó a comer del cuenco de estofado que alguien le puso en las manos.

—¿Cómo te llamas, humana? —preguntó Ux con voz cavernosa, señalando a mi amiga.

—Susi —respondió ella sin titubear.