24 los reyes de la selva
tina
Y a de vuelta en el palacio, caminamos en silencio por el pasillo hasta nuestro dormitorio.
Cyrus seguía absorto en sus pensamientos, con el ceño fruncido de ese modo que me confirmaba que estaba muy preocupado.
La situación no era para menos, pero los acontecimientos del largo día habían incrementado su malestar.
Nos desnudamos y nos metimos en la cama, mirándonos de frente.
—¿En qué piensas, mi rey? —pregunté, pasándole la mano por el pelo alborotado.
Mis dedos encontraron la tira de cuero que ataba una de las trenzas y la desataron. Deshice la trenza lentamente y repetí el proceso con la otra, mientras él seguía con la mirada perdida.
—En las premoniciones de mi hermano —dijo, al fin clavando sus ojos en los míos.
—Por lo que parece, van a darnos una ventaja considerable.
—Si son ciertas.
Arqueé una ceja.
—¿No crees que lo sean?
Soltó un largo suspiro y me acarició la mejilla. Su mano descendió por el lateral de mi cuello y se quedó jugando en mi clavícula, dibujando sobre mi piel con las yemas de los dedos. Su cola, larga y sedosa, se me enroscó en el tobillo con suavidad.
—Supongo que sí. Al menos, lo suficiente para hacerles caso y actuar en consecuencia.
—Haces bien.
—¿Eso piensas, mi reina?
—Tu hermano y Callie tienen esa marca tan especial de la profecía, y ya se ha demostrado que a ella le ha conferido ciertos dones.
Me miró alzando las cejas.
—Si consideras un don hablar con llitops … —dijo sonriendo.
—Búrlate si quieres, pero esos bichos las sacaron de los pantanos y ahora puede que te salven el culo con las nashies , mi rey. Así que no subestimes a nuestra cuñada.
—No lo hago, créeme —dijo negando con la cabeza—. Solo intento aligerar esta atmósfera de apocalipsis inmediato que tengo aquí dentro. —Se tocó el centro del pecho.
—Más te vale, porque Callie ha demostrado ser de gran ayuda.
—Si algo he aprendido desde que se lanzó por una pendiente en la cacería para huir de mí, es que sería un error subestimar a esa mujer —dijo soltando una risilla.
—Ha pasado por mucho, pero no pierde los ánimos.
—Eso es cierto. No sabes las ganas que tengo de atrapar a ese cabrón de Ux y descuartizarlo ante Callie y las demás mujeres que sufrieron el cautiverio. Pienso hacer justicia. Se lo debo a todas ellas.
—Y también a tu familia —dije con tiento.
Sus ojos se entristecieron.
—Vengaré a mis padres y mis hermanos, Tina. Es una promesa que he hecho a los dioses y a mí mismo. No descansaré hasta atravesar el corazón de ese monstruo con mi cuchillo y destrozarlo.
—Que así sea. Apuesto a que tu hermano te ayudará gustoso. Y Ciench, Sulveh y muchos otros.
Permanecimos en silencio, acariciándonos con ternura, perdidos en la mirada del otro.
—Te preocupa algo más, ¿verdad? —pregunté. Lo conocía demasiado bien.
—Me preocupan muchas cosas, mi reina. Quién morirá, quién resultará herido, proteger a todas las descendientes…
Pero, ahora mismo, quién más me angustia es mi hermano.
Todo esto de las premoniciones le viene muy grande, lo veo en sus ojos.
Temo que no pueda manejar bien este asunto, por no mencionar que, cada vez que tiene una, pierde el conocimiento y se desploma.
¿Qué le ocurrirá si sufre una en plena batalla?
—Primero: Daryos es un barog fiero y valiente, que, además, cuenta con Callie a su lado.
Te aseguro que pueden cuidarse solitos. Y segundo: si los dioses han querido bendecirle con ese don, y a nosotros con esta ventaja, dudo mucho que vayan a putearlo de ese modo.
No se desmayará cuando esté luchando contra el enemigo, mi rey.
—Eso no lo sabes.
—No lo sé, pero lo intuyo. Así que deja ya de preocuparte por todo y céntrate solo en cómo vencer a esos hijos de puta que llegarán dentro de poco.
Sonrió, me agarró por la cintura y me atrajo hacia su cuerpo. Su cola liberó mi tobillo y trepó por mis piernas, mi trasero y mi columna, hasta acariciarme la nuca.
—Tú siempre tan pragmática, mi reina. —Acercó el rostro y me besó en los labios con suavidad.
Era increíble cómo un simple beso de los suyos lograba incendiarme por dentro.
—Uno de los dos tiene que serlo.
—¡Auch! Tiras a matar. Suerte que sé que, en el fondo, me quieres, que si no…
—No te hagas la víctima conmigo —le dije, agitando el índice ante su cara.
Soltó una carcajada y atrapó mi dedo entre los dientes. Tras mordisquearlo un poco, se lo metió en la boca y lo chupó. Tiré para librarme de él, fingiendo exasperación. El ambiente entre nosotros se estaba caldeando.
Algún pensamiento funesto debió de cruzarle la mente, porque, de pronto, suspiró y la mota verde de uno de sus ojos se apagó.
—Este enorme peso que recae sobre mí me está matando, Tina. Todos confían en que los llevaré a la victoria y yo… tan solo soy un rey principiante que, en el fondo, nada sabe de guerras. Ni siquiera he luchado en ninguna. —Su pesadumbre me alcanzó de lleno.
—No estás solo. Tienes a tu hermano y a todos tus amigos que te apoyan y comparten esa carga contigo. No pretendas llevarla toda tú solito.
—Yo soy el rey, Tina. A mí me corresponde asumir esa responsabilidad y garantizar que ganaremos.
—¡Y lo haremos!
—¿Cómo puedes estar tan segura? Trato de convencerme de que sí, de que lo conseguiremos. No puede ser de otro modo. Pero por mucho que me lo repita, en realidad, no dependerá de mí, sino de la voluntad de los dioses.
Negué con la cabeza.
—Te equivocas, Cyrus. Dependerá de ti y de los tuyos. Los dioses aquí no pintan nada, por mucho que os empeñéis en creer que sí.
—Mi reina, no blasfemes antes de una batalla —dijo entre atemorizado y divertido.
—Mira, cuentas con todos tus guerreros, leales hasta la muerte.
—Eso de «hasta la muerte» es lo que más me preocupa, y no solo a mí. ¿Has visto la cara de Xioh últimamente? El pobre está muy angustiado y no es para menos.
—¿Vas a escucharme? —Aguardé a que asintiera y proseguí—: Además de a tus valerosos guerreros de la aldea, tienes a los guardianes del templo, que ya lucharon en la anterior guerra. ¿Tú los has visto bien? Esos tipos dan mucho miedo.
Soltó otra carcajada y me abrazó más fuerte.
—Me encanta escucharte cuando te pones en plan reina de Nemea.
—Me alegro, porque todavía no he terminado.
—Lo imaginaba.
Le lancé una miradita de advertencia.
—Por si eso no fuera suficiente, tenemos de nuestro lado a todos los leones y panteras del planeta. Y te recuerdo, por si lo has olvidado, que la líder de las cuevas es ahora mi mascota.
—Lo cual es impresionante, mi reina —dijo en un tono un poco más juguetón, pellizcándome una nalga. Al menos, estaba consiguiendo arrancarlo de su melancolía.
Puse los ojos en blanco.
—Y por supuesto, la guinda del pastel: una aninf y un montón de llitops . ¿Qué más se puede pedir?
—Absolutamente nada más, mi amor. Me has convencido: ese hijo de puta de Ux no tiene ni una sola posibilidad contra nosotros. Los masacraremos.
—Así me gusta, que estés positivo, mi rey.
—Es gracias a ti. En un momento me has subido la moral y… otras cosas.
Como si su comentario no me lo hubiese dejado lo bastante claro, se restregó contra mi cuerpo.
—¿Intentas pedirme algo, mi rey?
Como respuesta, me tumbó de espaldas en la cama y se encajó entre mis muslos.
—¿Qué te parece un poco de sexo para acabar bien este día de mierda?
—Querrás decir, para empezar bien el nuevo día. Está a punto de amanecer. ¿No deberíamos dormir un poco antes de que se nos llene la casa de barogs con ganas de repartir hostias?
—Descansar media hora no va a marcar la diferencia. Creo que me va a dar muchas más energías follar que dormir.
—Ya veo…
Deslicé la mano hacia su trasero y le acaricié los glúteos y la base de la cola. Era suave y gruesa, pura fuerza muscular y ondeante. Como un látigo letal y, al mismo tiempo, sensual y sinuoso.
—¿Eso es un sí?
—¿Tú qué crees? —dije, elevando un poco la pelvis para frotarme contra su pene.
—Siempre tan directa…
Su boca se unió a la mía y empezamos un delicioso baile de lenguas mientras empujaba con suavidad entre mis pliegues, hundiendo la punta en mi interior.
Se quedó muy quieto mientras yo le acariciaba los hombros, la espalda, la cola, como si aguardara a que le rogara por más.
—¿Estás esperando algo, barog?
—Te veo muy ansiosa, mi reina.
—Tú has empezado esto, así que, como juegues conmigo…
No me dio tiempo a acabar la frase. Adelantó las caderas y empujó con fuerza en mi interior hasta hundirse por completo. Solté una mezcla de grito y gemido que le hizo sonreír. ¡Maldito rey arrogante!
—¿Así está bien, mi preciosa reina de las panteras? —preguntó con voz ronca.
Salió lentamente de mi cuerpo, hasta la punta, y se quedó ahí, moviendo el miembro en círculos sobre mi parte más sensible. Mi rey era un provocador nato.
Le clavé las uñas en las nalgas y lo atraje hacia mí. Me penetró de nuevo, esta vez con más furia, y ya no se detuvo. Y mientras el gran rey de Nemea me poseía una y otra vez, murmurándome al oído palabras de amor y deseo, el sol empezó a asomar al otro lado de la ventana, bañando la aldea.
Una aldea que, muy pronto, sería testigo de un espantoso enfrentamiento.
Apenas nos dio tiempo de dormir unos minutos y darnos una ducha tras nuestra sesión de sexo increíble.
Después llegaron Daryos y Callie al palacio, y nos reunimos con ellos a solas antes de que aparecieran los otros.
Estuvimos charlando un rato los cuatro sobre cada uno de los puntos clave a tener en cuenta en los próximos dos días, antes de que Ux asomara a las puertas de la aldea.
Cuando irrumpieron en la sala nuestros amigos y los demás líderes de grupo, discutieron de nuevo sobre los preparativos, las defensas, las empalizadas, la protección de todas nosotras, la coordinación y posiciones de nuestras fuerzas cuando los barogs perdidos iniciaran el ataque…
Tras enterarnos de lo esencial, Callie y yo nos retiramos a mi dormitorio y los dejamos debatiendo los pormenores. Nos acomodamos sobre unos taburetes y bebimos un poco de zumo.
—¿Tienes miedo? —soltó de repente.
La pregunta me pilló por sorpresa. Supongo que ni siquiera había tenido tiempo de pararme a pensar en ello. Ahora que lo hacía, me di cuenta de que estaba aterrada.
—Sí. ¿Y tú?
—¡Como para no tenerlo! Estoy acojonada —contestó. Sin embargo, su rostro permanecía tranquilo.
Cogió un panecillo de color melocotón, espolvoreado de azúcar de caña, y se lo zampó en un par de bocados. Esa era mi querida profesora: mantenía el apetito incluso en los momentos más jodidos. Se me escapó una sonrisita.
—¿De qué te ríes, mi reina?
—Entre otras cosas, de cómo hemos acabado en esta situación inverosímil. ¿Alguna vez te imaginaste algo así?
—Ni en mis peores pesadillas. —Dejó ir una carcajada y le dio un sorbo al zumo. Quizás tendría que servir algo más fuerte—. Esto es raro de narices, Tina Martins. La parte buena, si es que hay alguna, es que nos tenemos las unas a las otras y, además, hemos encontrado al amor de nuestra vida.
—Eso sí, aunque podríamos haberlo encontrado un poco más cerca de Nueva York, señorita Dawson.
Soltamos carcajadas histéricas. Éramos dos chicas de ciudad, con apenas experiencia en la vida, que, sin comerlo ni beberlo, habíamos acabado en un planeta alienígena rodeadas de bestias.
—Habría sido más fácil, es verdad. Pero también menos divertido —dijo guiñándome un ojo y engullendo el tercer panecillo.
—Eso seguro. Aunque jugarnos la vida a cada segundo no sé si puede considerarse “divertido”.
—Míralo de este modo, mi reina: estamos viviendo aventuras y peripecias dignas de una novela bestseller , ¿no crees? ¡Iría directa al número uno de Amazon! —se rio.
—Lástima que nadie vaya a poder escribir esta historia, más que nada, porque nadie en la Tierra tiene ni puta idea de dónde estamos ni qué demonios nos pasó.
—Ahí le has dado, Martins. Tienes más razón que una santa.
Tras unos segundos, en que yo aproveché para mordisquear un panecillo color pistacho, hice la única pregunta que realmente importaba ahora:
—¿Ganaremos?
—¡Por supuesto! —afirmó sin titubear—. Le daremos su merecido a ese cabronazo y a todos sus secuaces.
Aunque parezca absurdo, escuchar de los labios de mi profesora una respuesta tan contundente me reconfortó en el acto. Su mirada desafiante y confiada expresaba exactamente lo que había dicho. Lo creyera de verdad o no, me transmitió una calma que ni siquiera sabía que había perdido.
Yo era la roca sobre la que, secretamente, se apoyaba el rey.
Puede que Callie, esa mujer alocada y valiente, fuera la mía.
Aunque jamás lo reconocería ante nadie, y mucho menos ante ella.