23 ¿qué te ocurre? #3
Mis dedos le soltaron la polla y le recorrieron los impresionantes abdominales y el pecho. Cuando le pellizqué un pezón, rugió y me metió la lengua hasta la campanilla. Mi barog besaba como los dioses.
—Suerte que no querías sexo esta noche… —murmuré, estremeciéndome con el mordisco que acababa de darme en la mandíbula.
Mañana tendría un moretón que luciría con orgullo. Se lo devolví mordiéndole el cuello, robusto como una columna.
—¿Cuándo he dicho yo eso? —preguntó con un murmullo ronco.
Se me escapó una risilla, que se transformó en un sonoro gemido cuando me apretó el glande y después me estrujó los huevos.
—Hoy te veo con ganas de empotrarme —le susurré al oído. Tembló sobre mi cuerpo.
—Siempre tengo ganas de eso, Lansh. —Deslizó la lengua por mi garganta, subió por el mentón y se hundió de nuevo en mi boca de un modo territorial y posesivo.
Le agarré la melena, tan original con esa mezcla de mechones oscuros y rojizos, y tiré un poco, lo justo para que se detuviera y me mirara a los ojos. ¡Qué bueno estaba mi barog, joder!
—Hoy me toca a mí metértela, sanador.
—No lo creo —gruñó, intentando besarme de nuevo. Lo tenía bien sujeto, así que no logró alcanzar mi boca. Esbozó media sonrisa, tan excitado como yo.
—Ya veo que tienes memoria solo para lo que te interesa.
Deslizó la mano sobre mi polla, arriba y abajo, suplicándome con la mirada. Le solté el pelo, dejándome llevar por ese roce experto de mi amante.
—Tienes razón. Haremos lo que tú quieras —claudiqué, rindiéndome a sus encantos y a sus caricias largas sobre mi pene, hinchado y duro como la gran roca del claro.
—Me da igual quién se la meta a quién, mientras disfrutemos juntos —murmuró él.
Y por comentarios como ese, entre muchas otras cosas, era por lo que adoraba a ese barog impresionante.
Así que me rendí a él. A mí también me daba igual la posición que adoptásemos, siempre que fuese juntos. Así que me di la vuelta, bocabajo sobre la cama, y elevé el culo hacia su cadera para provocarle. ¡Y vaya si lo hice!
Me agarró el trasero y, tras masajearme un poco por todas partes, aproximó la punta de la polla a mi entrada, que se moría por sentirlo.
Empujó con cuidado, avanzando despacio, arrancándome rugidos de placer con cada centímetro que conquistaba de mi ser. Cuando llegó hasta el fondo, yo me deshice bajo el peso de su cuerpo, fuerte y poderoso. Salió lentamente y embistió de nuevo, esta vez un poco más rápido.
Repitió el movimiento varias veces hasta que empezó a acelerar, bombeando con brío en mis entrañas, meciendo esas gloriosas caderas que me volvían loco.
Nuestros corazones retumbaban al unísono, más ruidosos que los tambores de la aldea en noche de celebración.
Cuando sentí de nuevo sus dedos en mi polla, mi cerebro se desconectó por completo.
Siguió penetrando entre mis nalgas, estocada tras estocada de su deliciosa verga, mientras su mano causaba estragos.
Deslizaba los dedos, hábiles y experimentados, arriba y abajo por mi pene, apretando y excitando de un modo embriagador.
Acompañé sus vaivenes con mi trasero, invitándolo a hundirse en mí una y otra vez, sin detenerse, hasta que me mordió el hombro y empezó a correrse.
El sudor nos empapaba la piel mientras él se vaciaba en mi interior y yo entre sus dedos, ambos rugiendo como los barogs que éramos, incluso en nuestra forma humana.
Con la musculatura rígida y sacudidos por espasmos, liberamos nuestra pasión el uno en el otro, disfrutando del calor de nuestros cuerpos. Cuando acabamos, nos desplomamos sobre la cama, él encima de mi espalda y aún en mi interior, jadeantes y temblorosos.
Me apartó la melena y me acarició la nuca con ternura, porque nosotros los barogs también éramos capaces de ser dulces y tiernos, y recorrió mi columna con los dedos desde arriba hasta el lugar donde nacía mi cola en mi versión más salvaje.
Me besó el hombro y salió de mí, haciéndose a un lado para que pudiera darme la vuelta.
Nos contemplamos embelesados, bebiéndonos las facciones del otro en silencio durante unos segundos. Yo le acariciaba el pecho y él a mí el abdomen.
—Me debes dos seguidas, barog —le solté. Él sonrió.
—Como tú quieras —dijo apartándome un mechón dorado de la frente sudorosa.
—Pienso cobrármelos, no creas que voy a olvidarme.
Soltó una carcajada gutural y se acercó más a mí.
—Anda, ven aquí, amor mío —dijo, abrazándome—. ¿Te ha gustado?
—Me ha encantado, como siempre.
Soltó un gruñido suave de satisfacción que reverberó en mi piel un instante antes de regresar a su forma barog. Yo lo imité y nos quedamos abrazados.
La suave luz verdosa de la pareja de lunas danzaba sobre nuestros cuerpos, inmensos y musculosos, ahora relajados y abandonados al eco de las sensaciones que acabábamos de experimentar.
—¿Venceremos, Xioh? —pregunté con los párpados ya entrecerrados.
—Eso espero, si no, nunca saldaré la cuenta de los polvos que te debo.
Sonreí y me pegué más a su cuerpo, que tanto conocía y amaba.
Mi cola se tendió sobre sus muslos y ya no se movió.
Y así nos quedamos dormidos, a dos días de que la peor guerra de todos los tiempos sacudiera nuestra pequeña aldea barog.