23 ¿qué te ocurre? #2
Nos quedamos en silencio durante unos segundos. Entonces, tiré de sus manos para levantarlo y ambos nos pusimos en pie. Sin mediar palabra, lo rodeé con los brazos y me apreté contra su cuerpo, piel con piel, músculo contra músculo.
—No nos ocurrirá nada malo, Xioh. No lo permitiremos.
—No lo sabes. Si algo te sucediera, yo…
—Shhh —lo interrumpí, ciñendo aún más su cuerpo con el mío. Mi cola se paseó por su pierna y se le enroscó en la pantorrilla—. Vamos a sobrevivir todos, te lo prometo.
—No puedes prometer algo así, Lansh. No tienes ni idea de lo que va a suceder.
Me separé y lo miré a los ojos.
—Puede que no lo sepa, de acuerdo. Pero sí sé varias cosas: Daryos y Callie no llevan en la piel la marca de la profecía como elemento decorativo.
Tina no tiene por mascota a la líder de las panteras de ojos rojos de la cueva sin motivo alguno.
Los leones y los llitops no corren por la aldea para hacer turismo.
—Inspiré hondo y añadí—: Cyrus no se convirtió en nuestro rey y se sentó en el trono para ser derrotado, sino para vengar la muerte de su familia.
Mi compañero me observaba ahora con los ojos muy abiertos, ardientes como las llamas de la hoguera de las celebraciones.
Tras unos segundos, asintió con vehemencia.
—Tienes razón —soltó, recuperando su serenidad habitual.
—Siempre la tengo, ¿recuerdas? —dije guiñándole un ojo.
Me agarró la cara con una mano, acercó el rostro y me plantó un beso cargado de todo ese amor que sentíamos el uno por el otro desde siempre.
Xioh era mi hoa uhane , no importaba lo que dijeran al respecto esos ancianos miserables, de los que ya solo quedaba uno.
Él y yo lo sabíamos, y también nuestros amigos. Con eso nos bastaba.
Xioh era mi centro de gravedad, mi punto de cordura. Sin él, estaría perdido. Nos amábamos con locura, pero también nos complementábamos como dos mitades perfectas de un puzle. Como si formáramos una única alma. Él me daba equilibrio; yo le daba un toque de desenfreno.
Fuimos mejores amigos desde que nacimos y, a medida que crecíamos, nos dimos cuenta de que éramos mucho más.
Lo éramos todo. Todos los obstáculos que, a lo largo de nuestras vidas, otros habían puesto a nuestro amor, los habíamos superado uno a uno, demostrando que nada ni nadie podría separarnos, salvo la muerte.
Y para eso todavía faltaban miles de años, e iba a disfrutar cada uno de ellos a lo grande con mi barog.
—¿Vas a dejar ya esos cachivaches tuyos de gran sanador para que podamos irnos a la cama? —le pregunté con una sonrisa traviesa.
Él puso los ojos en blanco.
Me agarró del brazo y me llevó hasta el dormitorio. Nada más entrar, se aproximó a mí, enmarcó mi cara entre sus manos, tan grandes como las mías, y me miró a los ojos:
—Te amo, Lansh.
—Yo también a ti, amorcito.
Soltó una risilla.
—Quiero que sepas que, si algo te sucediera en la guerra, me tiraría por el Acantilado de la Muerte Abismal para reunirme contigo junto a los dioses —me soltó muy serio y profundo, como si acabara de protagonizar el acto más romántico de la historia de Nemea.
Le di un manotazo en el abdomen. Él se encogió un poco sin comprender.
—A ver, barog, deja de decir cosas así, ¡por todos los rinos!
—Y yo que creía que te estaba haciendo una declaración de amor eterno —dijo soltando una carcajada—. Contigo es imposible, tío.
—Como vuelvas a insinuar que uno de los dos puede palmarla, te vas a hacer las mamadas tú solito. A ver cómo te las apañas, chaval.
—No te cabrees —dijo acariciándome el trasero con su cola larga y suave.
¡Ahora el tío intentaba provocarme!
—¿Yo? ¡Eres tú el que lleva un buen rato hundido en la miseria!
Tiró de mí y nuestros cuerpos se pegaron.
—Qué haría yo sin ti.
—Pues aburrirte mucho, eso seguro.
Sonrió de aquel modo que me hacía temblar de arriba abajo y me la ponía dura al instante y me empujó hacia la cama.
Nada más caer juntos sobre el colchón, hecho a medida para nuestras dimensiones, se colocó encima de mí, enroscó la cola en uno de mis muslos, muy cerca de la ingle, y me besó.
Cuando nuestras bocas se fundieron, la guerra, los enemigos, el peligro y el puto mundo desapareció de mi vista.
Todo, menos mi barog.
Deshice el nudo que ataba su taparrabos e hice lo mismo con el mío, y aparté ambas prendas. En cuanto nuestros cuerpos desnudos se rozaron, se me electrificó la columna, vértebra a vértebra. Sentirlo tan cerca, era la mejor sensación del mundo.
Mientras él seguía besándome con los ojos cerrados y me recorría el pecho con las manos, yo me concentré en la transformación. En cuanto percibió la vibración de mi musculatura, abrió los ojos de golpe.
—¿¡Qué demonios haces!? ¿Quieres que Cyrus nos desuelle vivos? —preguntó escandalizado.
—Relájate, Xioh. No creo que a nuestro rey se le ocurra hacernos una visita de noche. Puede que haya aprendido a aceptarnos, pero nunca le ha gustado demasiado vernos follando.
—Aun así, estamos a punto de una guerra, Lansh. No es el mejor momento para abandonarnos al placer en nuestra forma humana.
Le acaricié la mejilla, todavía en su forma barog.
—Ese hijo de puta de Ux no llegará hasta dentro de dos días, así que no hay de qué preocuparse.
Deslicé los dedos entre nuestros cuerpos encendidos y le agarré la polla. Dio un respingo y su cola me inmovilizó la mano. Cuando quería, podía ser un cabronazo.
La diferencia de tamaño entre ambos ahora mismo no era alarmante, pero sí considerable.
—¿En qué momento has decidido que te crees a pies juntillas las supuestas premoniciones de D?
—Déjate ya de rollos y transfórmate.
—Lansh…
—¿No eras tú el que decías que igual no salíamos vivos de esta mierda de guerra y…?
Me calló con un beso mientras se transformaba.
En el momento en que su cola traviesa me liberaba la mano, volví a hacer de las mías. La bajé entre sus muslos poderosos y le agarré los huevos con suavidad. Él gemido largo y profundo que emitió me puso a cien.
—¿Era esto lo que querías, rubiales? —dijo con la voz enronquecida, rodeándome el pene con los dedos y apretando un poco, tal como sabía que me gustaba.
—Exactamente esto, sí. Gracias, sanador. ¡Qué haría yo sin tus cuidados!
Para recompensarle, hundí un dedo, ya sin garras, entre sus nalgas duras y musculosas. ¡El mejor culo del mundo!
Cuando volvió a gemir, casi me corro de puro placer. Hacerlo gozar era una de las prioridades de mi existencia.
—Joder —dijo cuando hundí un poco más el dedo mientras le acariciaba los testículos con la otra mano.
Empezamos a masturbarnos el uno al otro, con la fuerza y el ritmo perfecto para cada uno. A esas alturas, nos conocíamos bien y habíamos recorrido todos los rincones del cuerpo del otro infinidad de veces. Sabíamos dónde acariciar, apretar, chupar, morder… para volvernos mutuamente locos.