El Destino del Barog (El rapto de las descendientes 5) 23 ¿qué te ocurre?
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23 ¿qué te ocurre?

Lansh

—Eso ha sido espectacular, Xioh. ¿Te puedes creer que el descerebrado de Daryos ha atraído a todos los leones del maldito planeta? —dije con entusiasmo.

Aquello había sido… ¡una puta locura! Nuestro querido D era el auténtico barog de la profecía. Esa marca monísima que tenía en la espalda desde que nació —¡y qué pedazo de espalda!— parecía que serviría para algo.

—Ha sido muy impactante —murmuró mi amorcito mientras entrábamos en casa.

Se fue directo a la mesa del rincón a hacer inventario de los suministros médicos otra vez.

—Al final, va a resultar que la pobre Callie no está tan loca y sí que se comunica con los pollos despeinados —comenté, soltando una sonora carcajada.

—Tal vez —murmuró de nuevo Xioh, con la vista fija en sus potecitos llenos de potingues y a saber qué otras cosas.

Por muchas veces que me explicara qué contenía cada uno y para qué servían, yo no me enteraba de nada. Puede que el hecho de que desconectara en cuanto empezaba a hablar de ello tuviera algo que ver.

—Hay que reconocer que esa parejita se lo curra. Entre los dos, nos han llenado la aldea de llitops coloridos, leones de todas partes y hasta una aninf . ¡Yo flipo con esos dos, te lo juro!

Adoraba al príncipe de toda la vida. Era uno de mis mejores amigos y, aparte de un polvazo increíble, tenía el corazón más grande de todo Nemea.

Y a Calista la adoraba también, desde el instante mismo en que nos conocimos.

¡Cómo no hacerlo! Era lista, divertida, fácilmente cabreable y una gran persona.

¡Ah! Y hacía muy feliz a mi amigo; eso era lo más importante.

Nos habíamos hecho grandes amigos. En realidad, nos parecíamos bastante más de lo que ninguno de los dos estaría dispuesto a admitir jamás.

Me encantaba incordiarla, era uno de mis pasatiempos favoritos.

¡Ella tampoco se quedaba corta! Teníamos un rollo de esos muy guay al estilo de mejores amigos, pues nos podíamos soltar cualquier burrada que el otro nunca se enfadaba de verdad.

En mi opinión, Nemea había mejorado muchísimo desde la llegada de esa profesora valiente y mordaz, que traía loquito a D y nos alegraba la vida a todos.

Desde que pisó nuestro planeta, a la pobre le habían pasado un montón de cosas horribles. Sin embargo, ahí estaba: con la cabeza bien alta y aprendiendo a tirar con arco como la que más, o al menos intentándolo.

Me reí para mis adentros con solo pensar en las clases de entrenamiento que le daba a ella y las demás.

¡Sus discusiones con Emilia eran épicas!

Había que reconocerlo: aunque a mí las mujeres me atraían tanto como una piraña, debía reconocer que, desde que había llegado la última tanda a través del portal, mi existencia era una fiesta continua.

Y en gran parte era gracias a mi amiga.

—Me voy a tomar un poco de licor. Después de todas las emociones de hoy, necesito emborracharme —solté con otra carcajada.

Caminé hasta la despensa y cogí una de las jarras llenas de licor de moras, el preferido de casi todos los barogs, salvo de unos pocos rancios. ¡Hay de todo en la viña de los dioses!

—¿Te sirvo un poco? Por la cara que traes, lo necesitas más que yo.

Él seguía ahí, junto a la mesa, susurrando extraños nombres de pócimas y ungüentos. Mi amado sanador siempre había sido peculiar, por no llamarlo “rarito” directamente, pero hoy estaba más ausente y ensimismado de lo habitual.

—Xioh, te estoy hablando, tío. ¿Quieres un vasito de licor? Venga, que te subirá un poco el ánimo e igual, con suerte para mí, también otra cosa —le dije guiñándole un ojo. Ni siquiera me miró.

«¡Pues sí que es grave el asunto!».

—No, gracias. Ya es de madrugada —contestó al fin—. Solo algo de zumo, por favor.

—Marchando, amorcito.

Jamás le confesaría a Callie que, en privado, yo llamaba a mi compañero del mismo modo que ella llamaba a su queridísimo barog. ¡Si es que hasta en eso nos parecíamos! No había duda: Calista y yo éramos amigos predestinados.

En cuanto serví ambos vasos, alcoholizado para mí y afrutado para mi sanador buenorro, me acerqué a él y se lo di. Me lo agradeció con un murmullo que ni entendí y se lo bebió de un trago.

—A ver, amor de mi alma, suéltalo ya, que me estás agobiando.

Al fin levantó el rostro y me miró. El precioso círculo naranja de sus ojos estaba más apagado de lo normal.

«Ups, mala señal».

—¿Qué?

Enseguida desvió la mirada de nuevo.

Solté un suspiro de exasperación pura. Le puse una mano en el hombro y le obligué a girarse hacia mí.

—¿Qué coño te pasa? Porque parece que acabas de enterrar a toda la aldea, Xioh.

—Por desgracia, eso es algo que puede llegar a pasar —dijo con un tono de voz incluso más grave que el suyo, que ya era de los más guturales, y muy lúgubre.

—No seas cenizo, hombre. Aquí no se va a morir nadie —solté, dándole un golpecito en la mejilla con suavidad.

—¿Te has olvidado de la guerra que se nos echa encima? Dos días, Lansh. Dos días y tendremos a ese monstruo y sus hordas aquí.

—Pueden venir los que quieran que no podrán con nosotros. ¿Quieres que te repita las fuerzas con las que cuenta Cyrus? Veamos… Todos los guerreros de la aldea, incluidos nosotros dos, que somos la hostia, los supermegafortachones guardianes del templo, los leones, las panteras, los…

—Ya vale, Lansh. Conozco nuestras fortalezas, no nací ayer.

—¡Joder, tío, hoy estás inaguantable!

—Claro, porque para ti la solución es tomártelo todo a broma.

—Cada uno tiene sus mecanismos para afrontar las cosas, ¿no crees, sanador?

Xioh solía ser el barog más sereno, centrado y de buenos modales de toda la aldea, y muy rara vez estaba de mala leche. Si ahora lo estaba, se debía a que la situación era muy grave. ¡Yo ya lo sabía!

—Oye, mírame. —Lo agarré por ambos hombros y lo zarandeé hasta que clavó sus ojos, ahora más encendidos, en mi rostro—. Sé tan bien como tú la mierda que pronto nos va a caer encima, ¿de acuerdo? No soy gilipollas. Pero preocupándome no gano nada, solo me hace perder energías.

Resopló, pero no se soltó de mi agarre. Si es que mi barog era un trozo de pan. Tan enorme, duro y macizo por todas partes, y por dentro puro algodón.

—Lo sé, pero, a veces, con tanto cachondeo me da miedo que no calibres bien el peligro en el que vamos a encontrarnos inmersos.

—¡Auch! ¿En serio piensas eso? Porque habría jurado que llevábamos un montón de años juntos y que me conocías al dedillo.

Él sacudió la cabeza y se apretó el puente de la nariz entre el índice y el pulgar.

—Lo siento, perdona, Lansh, esta noche no soy muy buena compañía. Supongo que la guerra inminente, las premoniciones de Daryos, las nashies , los leones… No sé. Ha sido demasiado para todos.

—Lo de Daryos es una bendición, amorcito. Gracias a él, ahora sabemos que esas hienas gigantes y apestosas vienen galopando hacia aquí. ¿Y quién va a ayudar a combatirlas? Pues Naranjito y su pandilla, los amigotes de Callie. ¡Manda huevos! —Solté otra carcajada.

—Shh, baja la voz. Los leones ya nos han desvelado a todos. Necesitamos dormir y descansar para tener nuestras fuerzas intactas para la batalla.

Puse los ojos en blanco.

—Vale, vale, aguafiestas. Vayamos a dormir. —Lo agarré de la mano y tiré para que me siguiera al dormitorio, pero sus pies no se movieron ni un milímetro.

A la luz de las antorchas de nuestro hogar, los reflejos rojizos de su cabello oscuro resplandecían como rubíes.

Todavía recordaba la primera vez que le pasé los dedos por el pelo, a orillas de aquel lago, la excitación y los nervios recorriéndome el cuerpo, sin tener ni idea de cuál sería su reacción.

—Ve tú, yo debo revisar las existencias.

—¿Otra vez? Te sabes de memoria todo lo que hay en esta mesa —dije, dando un golpecito a la madera. Entonces, suavizando la voz, añadí—. Ven a la cama conmigo, sanador. Lo tienes todo controlado; podrás curar a los heridos que lleguen a tus manos.

—¿A los que las nashies abran en canal también? —dijo con pesar, dejándose caer en el banco con los hombros un poco encogidos.

Me agaché frente a él, le agarré la mandíbula cuadrada con suavidad y le obligué a prestarme atención.

—Eh, eres el mejor sanador que ha tenido la aldea en siglos. Si alguien puede salvar a los desafortunados que reciban un zarpazo, ese eres tú. No tengo ninguna duda de ello, amor mío.

—Lo sé, es solo que… muchos morirán, Lansh.

—Aunque no lo creas, soy muy consciente de ello. Pero regodearme en esa tremenda posibilidad no me va a ayudar a mantenerme cuerdo y fuerte. Necesitamos dar lo mejor de nosotros en esa guerra. No podemos permitir que Ux venza. Eso sería el fin de la aldea y de la especie entera.

Él asintió.

—Nosotros nunca hemos luchado en una guerra, Lansh. Nos libramos de la última por la bondad de los dioses. Si hubiéramos estado ese día en la aldea, puede que ahora no estuviésemos aquí.

Suspiró.

—Pero aquí estamos. Quizás no hayamos peleado en una batalla así, pero tú y yo hemos pasado por muchas cosas, lo sabes bien.

Tuvimos que afrontar el desprecio de buena parte de la aldea y luchar por nuestro amor.

La situación nunca fue fácil para nosotros —solté, mirándolo a los ojos—.

Y nos hemos convertido en barogs guerreros y experimentados.

Tú, yo y todos nuestros amigos. Somos los más fuertes y mejor preparados que han existido en la aldea en mucho tiempo.

—Lo sé, no dudo de ninguno de nosotros. Sé que combatiremos con honor y que lo daremos todo. Y aunque no podemos saber a ciencia cierta si venceremos, apostaría a que sí. Somos más y más fuertes que ellos. Los dioses no permitirán que gane el enemigo de la especie. Ese desalmado.

—Entonces, ¿qué te preocupa, sanador?

Sus ojos se llenaron de angustia.

—Que tú mueras. Que alguno de nuestros amigos o sus hoa uhanes sean asesinados. Me desgarra por dentro el dolor que muchos sufrirán, incluso si ganamos. Porque será una guerra espantosa.