El Destino del Barog (El rapto de las descendientes 5) 22 MONsTRUO
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22 MONsTRUO

La aldea, Nemea, hace muchos siglos

Ux

E ve profería gritos desgarradores con cada una de sus contracciones, que se sucedían con apenas unos segundos entre una y otra.

Su barriga abultada daba fe de que el bebé barog que llevaba en su vientre era grande.

Por supuesto, como en todos los partos de Nemea, venía en su forma humana.

Si una descendiente diera a luz a su hijo en su forma barog, probablemente moriría.

—¡Sacádmelo ya! ¡Este monstruo me está matando! —chilló Eve entre contracción y contracción, con las bellas facciones desfiguradas por un dolor atroz.

Tenía el cabello pegado a la piel sudorosa y todos los tendones y los músculos tensos por el esfuerzo. El parto se estaba prolongando durante horas y estaba exhausta.

Petequias rojizas decoraban sus párpados, fruto del esfuerzo, y había ojeras moradas bajo sus hermosos ojos.

Gorosh, su barog y un gran sanador, intentaba darle consuelo con palabras amables, pero ella no quería escucharle. Estaba furiosa con él por haberla dejado preñada.

Era un buen barog que siempre se había portado bien con ella, desde el día mismo en que se habían unido en la cacería. Gorosh e Eve habían tenido una bonita historia de amor al principio. Sin embargo, con el tiempo, en lugar de adaptarse a Nemea, ella empezó a odiar su nuevo planeta.

Añoraba a su familia en la Tierra y, aunque seguía sintiéndose atraída por Gorosh, comenzó a aborrecerlo también. Le echaba en cara que pasaba mucho tiempo fuera de casa para atender sus quehaceres como sanador y ella se aburría allí sola, y se sentía abandonada.

Eve era una mujer sencilla, procedente de una época muy antigua de la Tierra, casi analfabeta y con pocos conocimientos del mundo, pero astuta e intuitiva.

—Ya falta poco, amor mío. Unos cuantos empujones más y le veremos la carita a nuestro pequeño —dijo Gorosh con paciencia mientras el sudor le corría por la frente y el pecho.

Él también estaba exhausto… y preocupado. Su hijo venía grande y le costaba salir, sobre todo porque Eve ya no podía más y el cansancio que acumulaba le impedía empujar con la fuerza necesaria.

Además, ese parto estaba siendo distinto a todos.

No le había mencionado a ella que el bebé se había transformado dos veces en barog ahí dentro, y que él temía por su vida. Por fortuna, hacía rato que permanecía como humano y su cuerpecito no había vuelto a vibrar. Rezó a los dioses del manantial para que siguiera así hasta que naciera.

—¡Solo quiero que lo saques! ¡No quiero saber nada de él!

La descendiente que ayudaba al sanador como comadrona miró a Eve con lástima. No era así como debía venir un niño al mundo; no con tanto resentimiento de su madre, sino con amor e ilusión, por mucho que el alumbramiento fuera traumático.

Mientras Gorosh se concentraba en animar a su mujer y sacar al niño, la comadrona se apiadaba de él. Todas las descendientes de la aldea conocían el veneno que destilaba Eve y lo bondadoso que era su barog.

A diferencia de su hoa uhane, él anhelaba ser padre desde hacía siglos. Siempre había deseado tener un hijo al que poder criar y transmitirle todos sus conocimientos y experiencia para que, algún día, se convirtiera también en un gran sanador.

Había intentado decidir el nombre con Eve, a la que amaba con locura. Pero ella no quería saber nada del tema. Le había escupido terribles palabras sobre que no deseaba ser madre y no iba a encargarse de ese hijo. Le importaba muy poco el nombre que su padre eligiera para él.

—¡Ya no puedo más, Gorosh! ¡Quiero que esto pare! —gritaba ella, con el vientre hinchado a punto de reventar.

El niño llevaba rato encajado y ya coronaba la cabecita, pero no acababa de salir.

—¡Empuja, Eve, ya veo la cabeza! Solo un poco más, amor. Ya sale. Por favor, una vez más, hazlo por mí.

Ella empujó con las pocas energías que le quedaban mientras sentía que ese bebé partía su cuerpo en dos. Hasta que, al fin, Gorosh lo tomó en sus brazos mientras la comadrona cortaba el cordón umbilical.

—Mi pequeño Uxuer —susurró el sanador, llamándolo por el nombre que él había escogido.

Lo contemplaba con una ternura infinita mientras el bebé de apariencia humana rompía en su primer llanto, a pleno pulmón, síntoma de fortaleza y salud.

Su padre sonrió con lágrimas en los ojos.

Eve había cerrado los párpados, a caballo entre el sueño y la vigilia, mientras la comadrona terminaba. La cubrió hasta la cintura y se retiró con discreción para dar intimidad a la pareja con su recién nacido.

El niño abrió de pronto los ojos, de un azul intenso y hermoso, y los clavó en el rostro de su padre.

—Hola, hijo mío. Acabo de conocerte y ya te quiero con locura. —La voz le temblaba de emoción.

Entonces, el cuerpecito que sostenía entre sus brazos fornidos vibró y, en apenas unos segundos, se transformó en barog. Uno precioso y saludable, que acababa de robarle el corazón a su padre por completo.

—Así me gusta, Uxuer —murmuró embelesado—. Eres un hermoso barog, un ser perfecto. Estoy seguro de que estás destinado a hacer grandes cosas.

Caminó hacia la cabecera de la cama y se sentó al lado de su mujer, con el bebé en brazos.

—Mira a nuestro hijo, Eve. Es el barog más hermoso de cuantos ha visto Nemea.

Ella entreabrió los párpados y lo miró de reojo.

—Apártalo de mi vista —murmuró, negando con la cabeza y girándose hacia el otro lado para no verlo.

—Eve, ¿no es un bebé precioso? —insistió él, hipnotizado con sus gorgoritos.

Lo sostuvo un instante con un solo brazo y le acarició la frente a su hoa uhane.

—Eve, amor, mírale. Es nuestro hijo, Uxuer. Podríamos llamarlo Ux, es un bonito diminutivo. ¿Qué te parece?

Se inclinó un poco y le besó la mejilla a su mujer.

Entonces, ella se giró a mirarle con los ojos muy abiertos, tan azules como los de su hijo, y con una voz gélida le soltó:

—Aparta a ese monstruo de mí. —Y desvió la vista de nuevo.

Él se estremeció, pero no se dio por vencido.

—Vamos, amor mío, sé que ahora estás cansada y dolorida, y yo voy a cuidar de ti. Pero este pequeño va a necesitarte. Eres su madre y acabarás adorándolo —insistió, esperanzado.

Ella no contestó.

Gorosh se quedó ahí sentado, admirando la perfección de su hijo, sin dar mucha importancia al comportamiento de Eve.

En el fondo, era una buena mujer y acabaría por adorar al niño tanto como él.

Esto no era más que una reacción involuntaria provocada por el estrés y el sufrimiento que había pasado durante el parto.

Pensó que solo sería pasajero y que criarían juntos a su hijo para que se convirtiera en un gran barog. Y se convenció de que sería una buena madre y le amaría de un modo incondicional, tal como él ya le amaba.

Por desgracia, se equivocó.