21 POR SI NOS QUEDA POCO TIEMPO
CALLIE
E se beso estaba cargado de tantas cosas que se me encogió el corazón.
Nos encontrábamos a las puertas de la mayor guerra de la historia de Nemea.
Los dos bandos nos estábamos preparando a conciencia, reuniendo todas las fuerzas posibles.
El rey, el príncipe, los guardianes y todos los barogs de la aldea eran guerreros experimentados y estaban dispuestos a cualquier cosa con tal de protegernos.
Pero las motivaciones de Ux también eran muy fuertes: odio, rencor, venganza y ansias de poder y de conquista.
Por mucho que quisiera creer que íbamos a vencer, cualquier desenlace era posible.
La mirada celeste de Ux, astuta y curiosa, me vino a la mente.
Ese barog no era ningún tonto impulsivo.
Vendría a por nosotros cuando estuviera convencido de que podía ganar.
Solo en ese momento conduciría a sus temibles hordas directamente hacia la aldea.
Lo daría todo en la batalla, porque él sabía tan bien como nosotros que era su última oportunidad.
Quería pensar que la marca de la espiral sagrada en nuestra piel nos confería el favor de los dioses. ¿Por qué, si no, le estarían enviando esas extrañas premoniciones a Daryos? ¿Por qué, si no, facilitarían que nos pudiéramos comunicar de ese modo con los animales?
La aparición en la aldea de cientos de leones que se inclinaban ante mi barog había sido muy impactante. Y, aunque menos llamativos, mis llitops también iban a desempeñar un papel clave en el enfrentamiento, en la trampa contra las nashies .
Aun así, nadie sabía realmente lo que deseaban los dioses.
—¿Estás bien, Callie? —dijo cuando nuestros labios se separaron.
—Todo lo que ha ocurrido esta noche ha sido... —Negué con la cabeza—. Ni siquiera sé cómo describirlo.
—Yo tampoco. No tengo ni idea de lo que nos está pasando, hoa uhane ; pero, si eso supone más fuerzas de nuestro lado, es bienvenido. Reconozco que me inquieta bastante, pero necesitamos toda la ayuda que los dioses nos puedan enviar.
Asentí.
—Me gustaría... —empecé, pero la voz se me quebró enseguida.
Me sonrió con ternura y me acarició el rostro.
—¿Olvidarte de todo por un rato? —preguntó con su hermosa voz grave.
—Eso mismo, sí. Ya veo que, además de tener premoniciones, lees la mente.
Soltó una suave carcajada y me abrazó con fuerza. La calidez de su cuerpo se filtró en el mío hasta la médula.
—Puede que en dos días esos monstruos lleguen hasta aquí, así que intentemos disfrutar el uno del otro... —Se calló en seco.
—... mientras aún podamos —concluí yo, temblorosa.
Se apartó un poco de mí y nos miramos a los ojos.
—Ganaremos, Callie, te lo prometo.
—Al menos, lo intentaremos, ¿verdad?
—No permitiré que nadie te haga daño. Te protegeré con mi vida, y eso sí puedo jurártelo.
Me estremecí.
Mis ojos se pasearon por sus atractivas facciones, memorizándolas una a una, y le acaricié la mejilla, intentando transmitirle todo lo que sentía por él: ese amor tan grande que desbordaba mi alma.
—Lo sé —le dije, posando la mano en su pectoral, sobre el corazón, para sentir sus poderosos latidos—. Y por si no tengo otra ocasión de decírtelo, quiero que sepas que...
Palideció.
—No digas eso, amor. Podrás decirme todo lo que quieras durante miles de años. Sobreviviremos a esta guerra y disfrutaremos de una larga y placentera vida juntos.
—Seguro que sí, pero por si acaso...
—Callie... —suplicó.
—Déjame decirte esto, por favor —le pedí.
Él asintió, no muy convencido, y clavó sus ojos dispares en los míos.
Ya jamás podría vivir sin esa mirada—. Quiero que sepas que te lo he perdonado todo, de verdad, de corazón, sin rencores ni resquicios.
Quiero que sepas que, si volviésemos atrás, te seguiría hasta Nemea con los ojos cerrados.
Quiero que sepas que eres el barog y el hombre más bueno, maravilloso, divertido, leal, valiente y, por supuesto, sexy del universo.
Aunque las lágrimas le anegaban los ojos, soltó una carcajada de pura felicidad.
—Me has emocionado mucho, amor. Todo eso que sientes por mí me honra. Nada podría hacerme más feliz que escucharte decir eso.
—Espera, que falta la mejor parte.
Estrechó su abrazo en torno a mi cintura.
—Ah, ¿todavía hay más?
Asentí.
—Y quiero que sepas que te amo con locura y que estoy deseando pasar contigo el resto de nuestra larga existencia.
En cuanto pronuncié la última palabra, sus manos subieron hasta mi cuello y su rostro se inclinó sobre el mío.
Entonces, me besó. Un beso apasionado y hambriento.
La vibración de su cuerpo hizo temblar el mío cuando empezó a transformarse, sin apartarse de mí, con su boca todavía pegada a la mía.
En apenas unos segundos, los colmillos, las garras y la cola desaparecieron hasta mostrarme a la versión humana de mi barog.
¡El hombre más espectacular de todos los mundos!
—¿Y esta sorpresita? —pregunté alzando una ceja.
—Como tú has dicho, por si nos queda poco tiempo, hoa uhane —dijo con la mirada rebosante de amor y una pizca de tristeza.
Asentí y, tras contemplarlo de arriba abajo con anhelo, me agarré a sus hombros y lo atraje hacia mí de nuevo.
Poco importaba en realidad cuál de las dos pieles vistiera. Ambas eran magníficas y escondían un corazón inmenso y puro.
Mientras su lengua se abría paso en mi boca para devorarme, lo empujé por el pecho hasta la cama. Cuando sus pantorrillas musculosas chocaron con el borde, le pedí que se sentara.
—Mmm, ¿en qué estás pensando, hoa uhane ? —ronroneó mientras obedecía y clavaba la mirada en mis tetas.
Me fascinaba que siempre me mirara como si yo fuera algo nuevo, excitante, sorprendente y terriblemente sexy . Como si fuera la primera vez que me veía. Me hacía sentir hermosa y deseada.
Me coloqué entre sus muslos y le tiré del pelo hacia atrás para que me mirara a los ojos.
—En cabalgarte como te mereces, ¿qué otra cosa si no, amorcito?
Me agaché un poco y desaté el taparrabos. Apoyó las manos hacia atrás en el colchón y levantó las caderas para que pudiera quitárselo. Se me hizo la boca agua cuando su espectacular pene quedó a la vista, duro y firme, apuntando hacia arriba.
—Mmm, qué bien hecho estás, joder. Los dioses se emplearon a fondo contigo —murmuré, relamiéndome.
Él soltó una risilla, complacido.
La polla se le tensó un poco más y rugió. Lo ansiaba tanto que hasta me mareé. Le deseaba y amaba de un modo atroz. Deseo descarnado… y amor profundo y auténtico. Por algo era mi hoa uhane , las dos palabras más bonitas del universo.
Me incliné y le pasé la lengua por la garganta, fuerte y robusta, la línea marcada de la mandíbula y, finalmente, la unión de los labios, que abrió para mí.
Me hundí en su boca con desesperación mientras él me levantaba el vestido y me sentaba en su regazo, con una pierna a cada lado, y se enterraba en mí despacio, implacable y tremendamente excitado.
—Joder, esto es la mejor sensación del mundo —dijo con la voz enronquecida y los ojos clavados en los míos.
—Sin duda, amorcito —murmuré, incapaz ya de hilvanar dos pensamientos seguidos.
Tiró de mi vestido melocotón hacia arriba y me lo quitó. De inmediato, lo lanzó y cayó sobre su taparrabos. Era una suerte que lleváramos tan poca ropa: tardábamos un periquete en despelotarnos. Empezaba a apreciar las ventajas de no llevar bragas.
Me agarró un pecho y se llevó el pezón a la boca, saboreándolo como si fuese una de esas bayas exquisitas.
—Tarta de manzana con crema y fresas maduras. El mejor aroma del mundo —murmuró sobre la zona más sensible, restregando la nariz por mi piel.
Tras darme un lametazo que me erizó de la cabeza a los pies, me agarró por el trasero y me elevó sobre él. Salió de mi cuerpo hasta la punta y volvió a empujar, lanzando las caderas hacia mí.
Gemimos juntos, tan fuerte que Enzo emitió un gruñido de protesta en el piso de abajo. Que se aguantara o se fuera a dar una vuelta con esos amiguitos nuevos que habían aparecido en la aldea.
Daryos continuó moviendo las caderas con brío, impulsándose con los pies en el suelo y las manos en el colchón para enterrarse entre mis pliegues, recorrer mi humedad con su impresionante largura y penetrarme hasta el fondo.
¡Era un placer indescriptible!
Entraba y salía mientras yo me agarraba a sus hombros y gritaba, poseída por el espíritu de nuestra pasión.
—Mírame, amor mío —me dijo con la voz áspera, cavernosa—. No dejes de mirarme.
Y eso hice.
Anclé mis ojos en los suyos mientras entraba y salía de mi cuerpo, una y otra vez, y sus vaivenes se convertían en estocadas frenéticas y ávidas de mí.
Hice oscilar las caderas sobre él, montándolo sin darle tregua, sintiéndolo por todas partes, tan dentro de mi ser que no sabía dónde acababa yo y dónde comenzaba él.
—Te quiero, Daryos.
—Te quiero, Calista.
Y, esta vez, ya no me molestó que me llamara así. Daryos podía llamarme como quisiera porque se había convertido en mi familia… y en el amor de mi vida.
Las embestidas se hicieron todavía más enérgicas y descontroladas hasta que su pene empezó a sacudirse y vaciarse dentro de mí.
Alcanzamos juntos el orgasmo y, mientras su miembro se enganchaba en mi interior y Daryos rugía como el animal que era, lo abracé muy fuerte y él me rodeó también con sus brazos.
Nos quedamos así un buen rato, vinculados del modo más hermoso en que un macho y una hembra pueden unirse: en cuerpo, mente y alma. Un alma única bendecida por la espiral sagrada que marcaba nuestras pieles como hijos de Nemea… y elegidos por la profecía.
Y cuando al fin nos desenredamos, nos arrastramos sobre la cama y nos acercamos el uno al otro, piel con piel, satisfechos y felices, disfrutando de nuestros aromas y del eco de nuestros latidos.
—Tus ojos me vuelven loca. ¿Te lo había dicho alguna vez, amorcito? —solté con voz perezosa, medio adormilada, mirándolo a la cara.
—Muchas, amor. Pero puedes decírmelo siempre que quieras. —Él todavía sonaba enronquecido.
—No es habitual tener un ojo de cada color. Son muy hermosos y extraños.
—Los ojos de los barogs son muy especiales. ¿Te has dado cuenta? —preguntó, dibujando caricias en uno de mis pechos, después en una nalga… mientras yo paseaba los dedos por la zona musculosa de su vientre.
—A ver, los de Xerx y Xioh son impresionantes, con ese círculo naranja tan llamativo. Y los de Lansh y Ax, con ese verde radiante de tonalidades distintas, impactan un montón. Y los de… Bueno, todos tenéis unos ojos espectaculares. Pero los tuyos, amorcito, son únicos.
Él esbozó una sonrisa preciosa y se hinchó como un pavo, apretándome un poquito más contra su cuerpo, enorme y cálido.
—Nuestros ojos reflejan la herencia de nuestros ancestros. Mi madre tenía los ojos verdes esmeralda, como este ojo de aquí —dijo señalándoselo—. Y mi abuelo paterno tenía los ojos de un azul tan intenso como el cielo en el día más soleado de Nemea.
—Como este ojo de aquí —señalé yo. Le acaricié la mejilla, me acerqué a él y le besé el párpado del ojo azul.
—Así es, amor.
—Pues eso: que me encantan tus ojazos, barog.
Soltó una suave carcajada y me besó la frente. Me acurruqué contra su pecho y me dejé llevar por su aroma envolvente a chocolate, café y coco, y por el arrullo de los latidos de su corazón. Un corazón noble y valiente.
Puede que se acercara una guerra terrible, liderada por el peor de los monstruos, pero no podría con nosotros.