El Destino del Barog (El rapto de las descendientes 5) 20 que los dioses nos protejan
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20 que los dioses nos protejan

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La selva, Nemea, hace diez años

S u mano enorme agarraba mis muslos por detrás, sujetándome bien sobre su hombro para que no me cayera. A nuestro lado, corrían muchos de los suyos, varios de ellos acarreando también a alguna mujer. Otros se habían desperdigado y nos llevaban ventaja o iban detrás de nosotros.

Mi captor, Ux, líder de los hermanos perdidos, daba órdenes a diestro y siniestro a sus hordas. Habían sido derrotados, pero la victoria de la aldea, a buen seguro, sería amarga.

Porque muchos barogs habían muerto.

Porque nos habían capturado.

Y porque Drashir y Tatiana habían sido asesinados.

Mi mejor amiga ya no estaba y, con ella, había desaparecido toda su familia.

Los únicos de los que no sabía nada eran sus dos hijos menores, Cyrus y Daryos, a los que ella había amado con locura.

Puede que hubiesen sobrevivido. De ser así, el joven Cyrus pronto subiría al trono para reinar sobre un pueblo devastado por la guerra.

Cerré los párpados con fuerza para contener las lágrimas. Apenas lo conseguí.

Los rugidos y gruñidos de los barogs perdidos y de los temibles híbridos retumbaban a nuestro alrededor.

Desde que salimos de la aldea, horas atrás, apenas habíamos parado un par de veces a descansar unos minutos.

Ux me había dado agua de su cantimplora de piel y había ordenado a los otros que dieran de beber a todas las mujeres.

Sylvia y Susi, tan aterrorizadas como yo, cruzaron miradas conmigo, pero ninguna de las tres se atrevió a moverse. Las otras sollozaban o se encogían, sumidas en el terror más absoluto.

Sin embargo, había algo que me diferenciaba de las demás: yo no iba a echar de menos a Gushia ni a llorar su muerte.

Verlo morir ante mis ojos me había imbuido de una extraña paz.

Me sentía como si, al fin, después de siglos sometida, me hubiera quitado un enorme peso de encima, lo cual no distaba mucho de la realidad.

Cuando Ux clavó sus ojos azules, claros y luminosos, en los míos y volvió a recorrerme de arriba abajo, tal como había hecho en el palacio, temblé.

Por supuesto, tenía mucho miedo. No había que ser muy lista para adivinar lo que nos esperaba cuando llegásemos a nuestro destino.

Aun así, la sensación de liberación era superior al temor.

Estaba tan acostumbrada a los maltratos y la obsesión de Gushia que, por muy terrible que fuese lo que nos esperaba en los pantanos, al fin era capaz de respirar de nuevo.

No podía decirse lo mismo de mis amigas, cuyas expresiones de profunda tristeza me inundaban de pena. No tenía ni idea de lo que les había sucedido a Sonah, Ciench o cualquiera de los otros, ni tampoco de si los barogs de la aldea lograrían encontrarnos.

Tras la tercera parada, Ux dio orden de no detenernos hasta que llegásemos a los pantanos, ese lugar de pesadilla del que tanto había oído hablar, pero que nadie conocía de verdad.

—Lorish, quédate en la retaguardia y espolea a los rezagados. No quiero sorpresas de última hora —ordenó Ux a quien parecía su segundo al mando.

—No nos siguen, jefe. Podemos estar tranquilos.

—Lo estaré cuando alcancemos el asentamiento. ¿Te crees que van a permitir que nos llevemos a sus mujeres sin más? —gruñó.

—Solo digo que les hemos dado donde más duele.

El cuerpo entero de Ux vibró. Lo sentí por todas partes mientras me agarraba a su espalda musculosa para no irme de bruces al suelo. Él no iba a permitir que me cayera, pero el vértigo era considerable. Era un barog enorme.

—¿Acaso debo recordarte que hemos perdido, Lorish?

—Aparecieron los guardianes, jefe. Luchábamos en desventaja.

Ux murmuró una ristra de improperios con su voz cavernosa, la mitad de los cuales ni siquiera comprendí.

—Al menos mataste a la familia real —insistió Lorish.

Me entraron náuseas.

—No a todos, idiota.

—Y les hemos robado unas cuantas humanas descendientes. Yo diría que hemos ganado bastante.

Tuve la sensación de que, de no cargar conmigo, le habría arrancado la cabeza.

—¿Cómo piensas repartirlas, jefe? Creo que son alrededor de una docena, y nosotros somos más.

—Todavía no he pensado en ello. No es que haya tenido mucho tiempo.

Resopló un par de veces y su segundo al mando tuvo la prudencia de cerrar la boca un rato y aflojar el ritmo para esperar a los rezagados e instarlos a ir más rápido.

—¿Vas bien, mujer? —me preguntó de pronto, con esa voz gutural que me erizaba la piel.

Tardé unos segundos en reaccionar. Esperó pacientemente a que respondiera.

—Sí —contesté con un hilo de voz.

—Ya queda poco. Cuando lleguemos, tú y las demás podréis descansar.

Aunque no pudiera verme la cara, asentí igualmente.

Seguimos avanzando hasta adentrarnos en una zona pantanosa, donde el aire era más sofocante y viciado que en el resto de la selva.

Los troncos de las palmeras y los helechos se oscurecieron, tornándose de una tonalidad verde grisácea.

Los arbustos desaparecieron o se convirtieron en matojos raquíticos, y los caminos se volvieron senderos embarrados.

Hasta donde mi vista podía alcanzar, la ciénaga se extendía por todas partes.

—Estad atentos. Si detectáis movimiento en el agua, tocad el cuerno. Lo que menos necesitamos ahora es toparnos con un pulpo.

«¿Se refiere a los temibles pulpos gigantes? ¿De verdad existen?», pensé, aterrorizada.

No cabía duda de que acababa de adentrarme en un territorio completamente desconocido, el lado más tenebroso del planeta. Tenía la sensación de que era el inicio de una nueva vida, tan distinta de la anterior.

Ux se hundía en el agua turbia hasta las rodillas y arrastraba los pies por el barro sin flaquear. Daba la impresión de que apenas notaba mi peso, como si no fuera más que un ligero fardo para él.

Cuando al fin llegamos a su asentamiento, ubicado en un amplio claro en el corazón de la zona pantanosa, se me cayó el alma a los pies.

La ciénaga se detenía en la linde de la vegetación, pero el suelo entre las chozas estaba enfangado.

El lugar era mucho más sencillo y primitivo que la aldea, y había bastantes menos chozas.

Cuando varias aninfs salieron a nuestro encuentro, se me encogió el estómago. Aquellos bichos, casi desconocidos para nosotras, tenían fama de ser inofensivos, pero no por ello su aspecto era menos aterrador. Las había hembras y machos, y algunas copulaban en un rincón a la vista de todos.

Una de ellas se encontraba sola, de pie ante una choza mucho más grande que las demás. Nos miró fijamente con sus extraños ojos plateados mientras los barogs que nos transportaban desfilaban por la arteria principal del asentamiento.

Unos segundos después, nos depositaron en el suelo y, tras ofrecernos agua y un poco de comida, Lorish nos condujo a aquella choza grande.

—Por el momento, os hospedaréis aquí —dijo, abriendo la reja de madera que funcionaba como puerta.

—Esto es horrible —susurró entre sollozos una de las descendientes a mi espalda.

Una vez dentro, nos encontramos en un espacio amplio, pero bastante oscuro, con jergones desperdigados por el suelo y una zona de cacharros de cocina.

Cuando Lorish cerró la reja tras nosotras, Sylvia, Susi y yo nos sentamos acurrucadas unas con otras sobre uno de los jergones del fondo. No intercambiamos ni una sola palabra. Nos limitamos a cogernos de las manos y a mantenernos juntas.

Las demás mujeres nos imitaron y formaron tristes grupitos aquí y allá.

—Que los dioses nos protejan —murmuró Susi. Había un terror absoluto en sus ojos verdes, pero también odio y determinación.

Solo esperaba que no hiciera ninguna tontería. Esos barogs perdidos no parecían demasiado comprensivos ni razonables. Hasta ahora no nos habían hecho daño, pero eso no significaba que las cosas no fueran a cambiar.

Lorish se asomó entre los barrotes.

—Descansad un poco. El jefe decidirá pronto qué hacer con vosotras —dijo antes de marcharse.

Y en cuanto desapareció, el llanto y los temblores aumentaron dentro de esa celda infernal.

Nuestro nuevo hogar.