19 los hermanos perdidos #3
—Dudo mucho que sea por esas leyes sagradas de mierda.
Cuando gane esta guerra, lo primero que haré será imponer mis propias normas.
Se acabó la tiranía del templo, de los ancianos y de los dioses y sus enviados, si es que eso es lo que son esos entes que casi nadie ha visto.
Puede que no sean más que un invento vuestro y que ni siquiera existan.
Esculpís unas estatuas misteriosas, os sacáis unas cuantas leyendas de la manga…
—Desapareció una especie entera por no hacerles caso, Ux. Esto no es ninguna broma.
—¿Las antiguas aninfs ? Otra de vuestras patrañas. Nadie sabe siquiera si fueron reales.
—¿Acaso no has visto nunca las extrañas inscripciones que hay en diversos puntos de Nemea? ¿En la Gran Roca, por ejemplo?
—Por lo que a mí respecta, podríais haberlas hecho vosotros mismos.
—Si ganas esta guerra y no respetas las leyes ni las tradiciones de tu pueblo, llevarás a tu especie a su fin, Uxuer. A la extinción.
—¿Es una amenaza, viejo?
—Es solo un consejo de alguien que ha visto pasar muchos más siglos que tú. Piénsalo bien, antes de que el daño a tu gente sea irreparable. Todavía estás a tiempo de detener esta guerra.
Se quedaron en silencio.
—Duérmete, anciano. Tú también necesitas descansar.
Ooris no insistió. Observó la danza de las llamas durante unos segundos y cerró los ojos. Pese a su terrible situación, el agotamiento lo noqueó y se durmió enseguida. Su alma, más que su forma humana, estaba cansada.
La hoguera se apagaba lentamente mientras los ronquidos de los barogs y los inferiores llenaban el aire, junto con los gemidos de los pocos que fornicaban con alguna aninf en algún rincón.
Ux se tumbó al fin, bocarriba, con la vista fija en las estrellas y los brazos doblados bajo la cabeza.
Dos astros más brillantes que los demás llamaron su atención.
Siempre le había gustado contemplar el cielo de la noche nemeniana.
Solía hacerlo a veces en los pantanos, cuando su choza lo asfixiaba y necesitaba salir de allí.
En esas noches, buscaba a Penny en secreto y la llevaba cerca de la choza grande de la colina.
A ella también le gustaba contemplar las estrellas junto a él.
Se había acostado con todas las descendientes cautivas, pero ninguna de ellas, ni siquiera la deliciosa y valiente Susi, o la dulce Sylvia, le habían calado de ese modo tan hondo. La ternura y la comprensión de Penny le habían tocado el alma.
Cuando ella lo miraba, tenía la sensación de que le veía de verdad.
No a un monstruo hijo de puta, sino a él.
Ella le escuchaba y, por increíble que pudiera parecer, no le temía.
Jamás se apartó ni retrocedió ante él. Jamás rehuyó sus caricias ni la proximidad de su cuerpo.
Lo miraba a los ojos, con los suyos color miel llenos de algo que ni siquiera se atrevía a analizar.
Puede que no sintiera por ella el impulso arrollador y enfermizo, el amor incendiario y obsesivo, la atracción ardiente que sentía por Tatiana.
Pero era innegable que sentía algo por Penny.
Despertaba en él sentimientos que ni siquiera sabía que existieran ni que jamás le serían correspondidos.
Alentaba en él una esperanza que no podía permitirse.
Le hacía sentir una vulnerabilidad peligrosa.
La había sentido con Tatiana y su historia había acabado en un desastre espantoso.
No podía volver a caer en algo así.
Además, cuando conoció a Penny, la muerte de la reina era muy reciente y todavía la lloraba en silencio, en la soledad de su choza.
Por eso mismo se la había asignado a otro barog durante los primeros años.
El más bondadoso de cuantos formaban los hermanos perdidos; él lo había escogido para ella.
Y se había asegurado de que jamás le hiciese daño ni la obligara a hacer nada que ella no deseara.
Si la hubiese forzado una sola vez en contra de su voluntad, él mismo lo hubiese despellejado.
Ux siguió llevándola a la choza de la colina de vez en cuando, incapaz de prescindir de ella por completo.
Después, cuando iniciaron las rondas y todo se volvió más duro para las descendientes, la sacó secretamente de la rueda e hizo que solo yaciera con él cuando le tocaba su turno.
Obligó a los demás a guardar silencio y a no contárselo nunca a las otras mujeres.
Todas creían que Penny participaba igual que las demás, y ella tampoco lo desmintió.
Quizá ni siquiera debería haber establecido esas rondas, fue demasiado para las humanas. Pero era el único modo de intentar engendrar descendencia. Estaba desesperado y no se le ocurría otra manera.
Al menos hizo lo que pudo para que Penny no sufriera, para que jamás volviera a tener que soportar lo que había soportado con su barog, Gushia. Tal vez eso no había sido suficiente. Tal vez debería habérsela quedado para él desde el principio. Puede que hubiera cometido un tremendo error.
Allí, tendido en el suelo junto a la hoguera, sus pensamientos lo traicionaron y evocaron viejos recuerdos.
Recuerdos del espantoso día en que murió Tatiana… y Penélope irrumpió en su vida.