El Destino del Barog (El rapto de las descendientes 5) 19 los hermanos perdidos #2
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19 los hermanos perdidos #2

—Dejaste embarazada a Tatiana y puede que seas el padre de Daryos, pero eso no significa que ella fuera para ti.

Ux se puso en pie de un salto, furioso.

—No hagas que me cabree, anciano.

—Rompiste las leyes sagradas de tu pueblo y sufriste por ello. Tú mismo te buscaste tu ruina, no nos culpes a los demás.

—Si aprecias tu vida, rata asquerosa, no seguirás por ese camino. Mi paciencia tiene un límite.

Ooris no añadió nada más. Se sumió en el silencio y aceptó el cuenco de estofado que Lorish le ofreció en el momento oportuno. El segundo al mando los miró de reojo a ambos. El ambiente se había caldeado demasiado.

—Puedes decir lo que quieras, anciano. Yo sé la verdad. Tatiana y yo estábamos destinados a encontrarnos y unirnos, y nuestro hijo, el barog de la profecía, es prueba de ello. Todo lo demás… es un misterio —dijo el jefe, recuperando su autocontrol.

—Solo los dioses saben la verdad, Uxuer.

Este agitó la mano para dar por zanjado el tema. Le pidió a Lorish que le sirvieran más estofado y este mandó a un barog a llenarle de nuevo el cuenco. Engulló la segunda ración como si todavía no hubiera probado bocado y aún siguiera hambriento.

Tal vez el hambre que perduraba siempre en su cuerpo era, en realidad, de otro tipo.

—Cambiemos de tema, anciano, antes de que me aburras tanto que decida darte de comer a las nashies .

Ooris sonrió con tristeza.

—¿De qué quieres hablar, Uxuer?

—Cuéntame todo lo que sepas del portal.

—Entonces, acabaré pronto. Lo único que sé es lo mismo que tú: se abre cada doscientos años y nos permite traer a Nemea a las descendientes con el fin de perpetuar la especie.

—¿Por qué cada dos siglos? —preguntó, dándole un trago al licor de moras. Lorish lo destilaba bastante bien, pero no era tan dulce como el que solía beber en la aldea mucho tiempo atrás.

¡Cuántas cosas echaba de menos de aquel lugar!

—Imagino que tiene que ver con las generaciones humanas, para que las descendientes no se conozcan entre sí y las desapariciones se diluyan con el tiempo. Así las nuevas generaciones olvidan lo que pasó y no pueden evitar la siguiente oleada de secuestros.

—Tiene sentido —murmuró Ux.

—Por lo que me han contado algunos de los que estuvieron en la Tierra la última vez, la esperanza de vida de los humanos se alarga y pueden llegar a vivir entre ochenta y noventa años gracias a sus avances. Quizás algún día lleguen a los doscientos; no sé lo que ocurrirá entonces.

El barog perdido reflexionó.

—¿Quién abre el portal?

Ooris se tensó.

—Los dioses.

—Sé más específico. —El destello en los ojos de Ux fue amenazante.

—No lo sé.

—¿Los seres alados? Hay estatuas de ellos en el templo y leyendas de que los han visto en las tierras remotas de Nemea. Así que no me mientas anciano; algo tienes que saber.

—Desconozco si los seres alados abren el portal o si solo son meros vigilantes al servicio de los dioses que velan porque todo ocurra como debe ser.

Los ancianos nunca hemos podido influir en la apertura ni sabemos cómo sucede.

Simplemente, un día, hace millones de años, el portal se abrió y trajo aquí a nuestros primeros antecesores humanos, que evolucionaron como barogs en Nemea para adaptarse a este planeta.

—Esa es la misma historia que se nos cuenta desde siempre. No te ofendas, pero yo le veo muchas lagunas.

—Lagunas o no, es lo único que sabemos.

—¿Alguna vez intentasteis forzar la apertura del portal? Nos sería muy útil poder movernos a voluntad entre ambos mundos y conseguir hembras cuando nos diera la gana.

Ooris lo miró como si él no fuera más que un niño inocente e ignorante. Ux apretó la mandíbula para no arrancarle la cabeza.

—Eso lo dices porque no conoces bien a los humanos. Han evolucionado mucho desde que tú cruzaste a su mundo. Si eso ocurriera, acabarían por darse cuenta de nuestra existencia. Entonces, vendrían aquí con sus inventos y aniquilarían a nuestra especie.

Ux soltó una carcajada.

—Los barogs somos mucho más fuertes, anciano. Un humano no tiene nada que hacer contra uno de nosotros.

—Uno no, pero ¿unos cuántos miles de millones? Nos exterminarían. Nos superan en número de un modo apabullante y la suya es una civilización mucho más avanzada que la nuestra.

Ux lo miró pensativo.

—Son insignificantes, Ooris. Si piensas de ese modo, es que te estás debilitando más de lo que creía. Eres un viejo temeroso.

Los barogs perdidos y los inferiores a su alrededor empezaron a tumbarse en el suelo, con la cabeza sobre el zurrón o una almohada improvisada de hojas de palma, preparados para descansar. Les quedaban todavía dos largas jornadas hasta la aldea y, después, una cruenta guerra.

Mientras los barogs de la aldea dormían en sus cómodas camas junto a sus hoa uhanes , ellos lo hacían al raso, envueltos en el calor sofocante de la selva y con solo un puñado de aninfs para descargar tensiones.

Las demás, lideradas por Ausinca, se reunirían con ellos en un punto cercano a la linde de la selva, a pocos kilómetros de la aldea.

El anciano terminó su cena y se aovilló, con un brazo bajo la cabeza y la mano sobre el colgante de la espiral.

Ux permaneció sentado un rato más, paseando la mirada por todos sus barogs y preguntándose si serían suficientes para vencer.

—¿Por qué esas leyes sagradas tan crueles? Las marcas a fuego en las descendientes, las cacerías, las prohibiciones de unirse con las hembras en la Tierra… ¿Por qué, anciano? Y no me hables de los dioses.

Ooris suspiró.

—Porque ellos nos las dictaron.

La musculatura de Ux vibró.

—¿Los seres alados?

Asintió.

—Nos dijeron que de ello dependía la supervivencia de la especie barog. Nos impusieron pocas normas, pero debíamos cumplirlas. Solo así engendraríamos, sobreviviríamos, y avanzaríamos por el camino correcto —explicó.

Tal vez no debería haberlo mencionado, pero estaba cansado y algo le decía que debía usar todo cuanto pudiera para disuadir a Ux de la barbarie que estaba a punto de cometer… otra vez.

Porque, si vencía, sería el fin de los barogs. El rey Cyrus debía ganar a toda costa.

—¿Y les creísteis sin más? —preguntó.

Aquello sonaba absurdo, como un cuento para niños. Uno que les habían obligado a creer y a seguir durante muchísimo tiempo. Él le pondría fin.

—Yo no estaba allí, Ux. Fueron los ancianos muy anteriores a mí. Desconozco si una parte del mensaje se tergiversó por el camino.

—Todo este tiempo habéis mantenido unas leyes absurdas, dictadas por los seres alados, los dioses o quiénes demonios sean, ¿y jamás os las habéis cuestionado?

—Uno no cuestiona a los dioses, Uxuer.

—Podría llegar a comprender algunas de esas normas, en aras simplemente a controlarnos a todos y mantener un orden en la especie.

Pero ¿las brutales cacerías? Tendría que haber otro modo de emparejarse.

¿Y marcarlas a fuego? Eso no sirve más que para atormentarlas.

Y luego el bárbaro soy yo —dijo con una carcajada siniestra.

—Por si no te has dado cuenta, los barogs seguimos aquí, más numerosos y fuertes que nunca.