19 los hermanos perdidos
La selva, Nemea, en la actualidad
Ux
T ras enviar a uno de sus barogs perdidos a avisar a las aninfs para que se pusieran en marcha y asegurarse de que las nashies acampaban no muy lejos de ellos, Ux ordenó a sus tropas que se detuvieran. Se instalaron en un claro a unas dos jornadas de la aldea.
Ya quedaba muy poco para que llegara el momento que tanto había ansiado: la batalla que le permitiría vengar todas las afrentas y humillaciones que había sufrido, así como culminar su venganza.
No es que ansiara la guerra en sí misma, pero tampoco la temía. La veía como un medio necesario para conseguir un fin. Terrible, por supuesto, pero así eran las cosas entre los de su especie.
Lo que más le preocupaba era que las descendientes sufrieran algún daño.
Ni una sola de ellas debía padecer en ese enfrentamiento; él se aseguraría de ello.
Había dado instrucciones precisas a todos sus barogs e inferiores de que su máxima prioridad era protegerlas.
También se lo había dejado claro a las aninfs y a las nashies , aunque sabía que no podía fiarse de ellas por completo.
Solo esperaba que todo el mundo cumpliera sus órdenes a rajatabla y que las bajas fuesen mínimas.
Había algo más que le preocupaba casi tanto como lo anterior: su hijo, el príncipe Daryos de Nemea.
Desde que el despreciable Ooris le había contado la verdad sobre él, las cosas se habían complicado.
Después de lo que había sucedido en la primera guerra, no tenía la menor duda de que Daryos le odiaba tanto como Cyrus.
A fin de cuentas, él había matado a sus padres y hermanos, dejándolos a ambos huérfanos y sin familia.
En realidad, no había matado a Tatiana, eso solo había sido un tremendo error por parte de un idiota a sus órdenes.
Pero todo el mundo creía que sí lo había hecho.
Él mismo se lo había dado a entender a Callie, que, a buen seguro, ya le habría contado a su barog y al rey todo lo que él le había confiado en su choza en los pantanos.
Y ahí radicaba el segundo problema.
Puede que, con astucia, hubiera podido intentar ganarse a Daryos y ponerlo de su parte o, al menos, lograr que sintiera suficiente curiosidad por su verdadero padre como para permanecer a su lado.
Pero había tocado a su hoa uhane e intentado vincularse a ella, a la pareja de vida de su hijo.
Y eso hacía la situación más difícil, porque los barogs se volvían muy territoriales y agresivos cuando otro macho se acercaba a sus hembras.
Así que debía pensar bien en las palabras que le diría a Daryos cuando se encontraran, ya que no dispondría de mucho tiempo para convencerlo.
Esa era precisamente una de las razones por las que mantenía con vida al anciano. Ooris podría corroborar que todo cuanto le dijera al príncipe era la pura verdad. Podría confirmar que Tatiana se había unido a él por propia voluntad y que era el verdadero padre de Daryos.
Además, Ux conservaba la carta que la anterior reina le había escrito mucho tiempo atrás.
Aquella en la que confesaba que lo había amado y le pedía que pusiera fin al enfrentamiento.
La había guardado todo ese tiempo en una bolsita de cuero que llevaba en un pliegue de piel impermeable cosido a cada uno de sus taparrabos.
Era su joya más preciada. Esa carta demostraba que sus sentimientos por él habían existido y, por lo tanto, que Drashir y los ancianos habían urdido una gran traición para arrebatarle a su pareja.
Así que necesitaba al anciano, al menos hasta que terminara la guerra.
Si Ux vencía, obligaría a Daryos a escucharle y a escoger bando.
Si perdía…, tal vez el testimonio de Ooris y la carta le salvarían la vida.
Por lo que había oído durante todos esos años por boca de Yolk, el príncipe era un barog bueno y honorable.
¿Mataría un barog así a su propio padre si llegaba el caso?
Por un momento, Ux se preguntó qué aspecto tendría su hijo, si se parecería a él, cómo habría sido criarlo…
Durante unos segundos, agradeció en silencio que Daryos no se hubiera encontrado en la aldea durante la primera guerra.
De haberse cruzado sus caminos, habría matado a su propio hijo sin saberlo.
Trató de apartar todo eso de su mente, pues las sensiblerías no le llevaban a ningún sitio. Si se encontraban frente a frente durante la batalla o al final de esta, ya habría tiempo para preguntas y charlas. Ahora, su única preocupación debía ser vencer.
Sin embargo, ya que tenía a un anciano a su merced, no desaprovecharía la ocasión. Había muchas incógnitas acerca de su especie y los dioses sobre las que necesitaba respuestas.
Y Ooris era el único que podía dárselas.
Mientras Lorish gritaba órdenes a diestro y siniestro para que prepararan la cena y se organizaran para pasar la noche, Ux se acomodó en el suelo junto a Ooris. El anciano se mantenía en silencio, con la mirada en la hoguera recién prendida.
Las cuentas blancas y negras de los collares de Ux tintinearon cuando se giró a mirar al anciano.
—¿Por qué no nos deleitas con una transformación, Ooris? —preguntó con malicia.
—Creía que me habías prohibido hacerlo —dijo él sin inmutarse ni apartar la mirada del fuego.
El sol se había escondido ya y las llamas fluctuantes arrancaban destellos afilados a las facciones marcadas de Ux. Duras y hermosas al mismo tiempo.
—Siento curiosidad. ¿Realmente puedes hacerlo, después de tantos siglos reprimiéndote?
Como si se tratase de una señal de los dioses, el resplandor verdoso de la pareja de lunas se paseó por la figura cansada y un poco demacrada del anciano. Este apartó la mirada del fuego y la clavó en el rostro del jefe de los hermanos perdidos.
—Nunca he dejado de transformarme, Ux. No lo he hecho a menudo, pero lo suficiente para no atrofiarme.
—¡Ah, viejo astuto! Sabía que debía mantenerte con vida. Siempre has sido un tipo listo. Los demás no eran más que tus marionetas.
—¿Ya has decidido qué vas a hacer conmigo cuando acabe la guerra, Uxuer?
—No adelantemos acontecimientos, anciano. Todavía queda mucho para eso. Por ahora, te necesito con vida. Date por satisfecho.
Se observaron el uno al otro durante unos segundos.
—No lograrás engatusar al príncipe, Ux. Jamás traicionará a su hermano para unirse a ti. Eso no sucederá.
—No me hará falta engatusarle, anciano. Para eso te tengo a ti. Tú les confirmarás que digo la verdad.
—Aun así, no funcionará. Esos hermanos son uña y carne, y mataste a toda su familia, los masacraste.
Ux rugió, enfurecido. Luego, se pasó la mano por la melena azabache para serenarse.
—No maté a Tatiana. Eso servirá de algo, ¿no crees?
—Les confirmaré que lo que dices es cierto, si es lo que quieres. Pero eso no te ayudará a esquivar la pena de muerte. No será suficiente.
—Por lo que yo sé, Daryos no es un barog corriente. Es bondadoso y todo el mundo le aprecia. No permitirá que asesinen a su padre.
—El único padre que conoció fue Drashir. Y lo amaba con locura. Ni siquiera yo puedo probar que sea tu hijo, aunque crea que así es, y no del antiguo rey.
Ux gruñó. En eso tenía razón. Solo un gran parecido podría convencerlo, y él no tenía ni idea del aspecto que tenía su hijo.
—Sembrará la duda; eso será más que suficiente. Confirmarás mis palabras, o te desangraré como a un rino.
Ooris suspiró.
—Confirmaré tus palabras porque es la verdad, aunque vayas a matarme de todos modos.
Ux esbozó una sonrisa maléfica y las motas negras brillaron como ónice pulido en ese mar azul que eran sus iris. Cogió un palo largo y retorcido, y removió los troncos de la hoguera.
—¿Se parece a mí? —preguntó Ux con un leve temblor en su voz gutural.
—¿El príncipe?
El barog perdido asintió.
—¿Nos parecemos? —insistió.
Ooris reflexionó un instante. Ya no tenía sentido ocultarlo.
Tarde o temprano, Daryos y Ux se encontrarían en el campo de batalla, vivos o muertos.
Si le había contado lo demás, no importaba proporcionarle esos detalles.
Quizás, cuanto más supiera de su hijo, más se inclinaría a mantener a Daryos con vida.
No creía que nada ni nadie pudiera ablandar el corazón de piedra de Ux ni hacerle cambiar de idea respecto a la guerra, pero no dejaría de intentarlo.
—Se parece a ti, pero también a su madre. Sus facciones son un poco más suaves que las tuyas. Tiene el cabello tan negro y espeso como tú y… —Se quedó callado, evocando la mirada tan especial del príncipe. Tan única.
—Continúa, anciano —dijo expectante. Apenas era consciente de que estaba conteniendo la respiración.
—Tiene un ojo de cada color. Uno verde esmeralda, como los de la bella Tatiana. El otro…, azul como los tuyos, aunque libre de motas negras.
Ux sintió una presión en el pecho y una nueva carga sobre los hombros que jamás había experimentado hasta ahora. Volvió a remover la hoguera y se detuvo, con la mirada perdida en algún punto de las llamas.
—Creo que no se te habrá pasado por alto, Ooris, que mi hijo es el poseedor de la marca de la espiral sagrada. El barog de la profecía. Ironías del destino, supongo. —Soltó una risa amarga—. Los dioses son unos bromistas, ¿no crees?
—Los dioses nunca se equivocan.
El rostro de Ux se volvió serio y volvió a mirarlo a los ojos.
—Entonces, anciano, convendrás conmigo que Tatiana y yo estábamos destinados a estar juntos y engendrar a Daryos.
—Así es, Ux. Pero no significa lo que estás pensando.
—¿Y qué estoy pensando, vejestorio?
—Que eso demuestra que ella era tu hoa uhane , que erais pareja de vida, y que Drashir y nosotros nos interpusimos en vuestro destino.
—¡Por supuesto que significa eso! Rompisteis una pareja sagrada, Ooris. Y pagarás por ello.
—Te equivocas. Sabes bien que es posible engendrar fuera de la unión sagrada, tú mismo lo has experimentado. Me contaste que la humana Sylvia se quedó embarazada durante el cautiverio y que dio a luz a un bebé barog perfecto, que posiblemente también es hijo tuyo.
—Eso es distinto —dijo Ux rechinando los dientes.