El Destino del Barog (El rapto de las descendientes 5) 18 leones
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18 leones

callie

C oros de rugidos me despertaron en mitad de la noche. Por un momento, no sabía ni dónde me encontraba. Daryos estaba sentado en la cama, muy quieto, escuchando. Los rugidos eran bajos y prolongados.

—¿Qué demonios es eso? —dije arrodillándome en la cama y arrastrándome hasta él, cagada de miedo—. ¿Los hermanos perdidos?

Lo abracé fuerte por la espalda y apoyé la cabeza en su hombro. Su cola se me enroscó en la cintura con suavidad.

Él negó con la cabeza. El resplandor de la pareja de lunas arrancaba destellos verdosos a las líneas masculinas y marcadas de su rostro. Su ojo verde brillaba como una llama esmeralda incandescente.

—Leones.

Otra tanda de rugidos llegó hasta nosotros.

—Parece que haya muchos.

—Cientos.

Su cola me soltó y se levantó de la cama, directo hacia los arcos que daban a la calle. Yo le seguí, estremeciéndome con cada nueva explosión de rugidos. Cuando llegué a su altura, ahogué un grito de sorpresa.

Decenas de leones desfilaban bajo la ventana en dirección a la plaza de la aldea. Otros emergían de los márgenes de la selva y avanzaban hacia el mismo lugar. De todas partes salían leones de pelaje negro y ojos dorados, y se unían a la masa palpitante y rugiente que alfombraba la aldea.

—¿Qué está ocurriendo, Daryos?

—No tengo ni idea, amor. Estoy tan sorprendido como tú.

Se llevó la mano a la marca de la espalda y se rascó. Mi vista se clavó de inmediato en la espiral. Estaba enrojecida y tenía un ligero brillo.

Se apartó de la baranda y se dirigió a las escaleras. Bajamos a toda velocidad y salimos a la calle. Enzo se erguía sobre sus robustas patas, con la cabeza alzada y la mirada clavada en el mismo punto que la nuestra.

Daryos me cogió de la mano y empezamos a caminar entre los felinos hacia el lugar donde se estaban concentrando. Todos nos observaban a nuestro paso. Mejor dicho: observaban a Daryos. Su marca de la espiral resplandecía ahora con más fuerza, en un tono dorado.

Nuestros amigos empezaron a salir de sus casas y a moverse en la misma dirección.

—¿Qué demonios está ocurriendo, D? —preguntó Axeh con los ojos somnolientos. Caminaba hacia nosotros con Emi pegada a él.

—Hay cientos de ellos —dijo Xerx, apareciendo por un recodo junto a Jenny.

Lansh, Xioh, Ciench, Susi, Toruch, Lorna, Sulveh e incluso Sylvia, con su hijo a cuestas, fueron uniéndose a nosotros hasta que logramos llegar a la plaza. En cuanto entramos, la masa se abrió ante Daryos y yo, dejando un pequeño sendero entre los leones, que se amontonaban a cada lado.

Cyrus y Tina se asomaron a la escalinata del palacio, contemplando el espectáculo.

—No te separes de mí, Callie. Esto es muy extraño. Nos están mirando todos.

—Te miran a ti, amorcito. ¿No te das cuenta?

Avanzamos juntos, con Enzo guardándonos las espaldas, hasta situarnos en el centro mismo de aquella aglomeración. Parecía un mar de olas oscuras, suaves y calientes, meciéndose al son del rugido que lanzaban al unísono al cielo de la noche nemeniana.

Daryos se volvió a rascar la marca.

—Tu espiral está brillando, Daryos.

Giró un poco la cabeza para comprobarlo.

—Me quema.

Entonces, como si fueran un solo ente, doblaron las patas delanteras y agacharon las cabezas… en dirección a Daryos.

—Esto es lo más increíble que he visto nunca —murmuré.

Nuestros amigos y también los reyes se habían acercado un poco. Observaban la escena a una cierta distancia, tan asombrados como nosotros.

Un león inmenso al que ya habíamos visto antes, con una cicatriz que le atravesaba un ojo ciego, alzó el rostro y se aproximó hasta que su cabeza se detuvo a la altura de la de mi barog. Se miraron a los ojos en silencio.

De pronto, los rugidos cesaron. Tan solo rasgaban el aire las respiraciones.

—Parece que están esperando algo —murmuré.

—Creo que se han reunido aquí todos los leones de Nemea —dijo Daryos, atónito.

—Esto es…

—Échame una mano, amor. Tú sabes de estas cosas.

—Sé de llitops, Daryos, no de leones gigantescos. Esa es más tu especialidad.

—Tengo la piel de gallina —susurró.

Reflexioné un instante.

—Pregúntale si están aquí para ayudarnos en la guerra.

Abrió los ojos como platos.

—¿Y cómo se supone que va a contestar?

Puse los ojos en blanco.

—Un rugido para sí; dos para no —dije mirando a la cara al león de la cicatriz.

«Igual me he vuelto loca de remate», pensé, conteniendo una risa histérica. Esto empezaba a ser muy surrealista.

Daryos asintió e hizo la pregunta. El león emitió un único rugido, largo y grave.

—Pregúntale si los ha traído Enzo.

—¿Os ha traído mi león?

Esta vez, dos rugidos cortos y vibrantes.

Miramos a Enzo, que se mantenía erguido y tan expectante como nosotros. Sabíamos que él había reclutado a algunos, pero no a la mayoría, que parecían provenir de los rincones más lejanos de la selva.

—¿Quién os ha traído entonces? —preguntó mi barog con cautela, con un respeto reverencial.

—A eso no va a poder contestar con un sí o un no, amorcito, pero puedes…

La masa de felinos se agachó un poco más y su rugido sordo reverberó por todas partes. Lo sentimos en el suelo, en las palmeras, en el aire, en nuestra propia piel.

El león de la cicatriz levantó una de sus enormes patas y la posó en el muslo de Daryos. Agachó la cabeza y le dio con el morro con suavidad en el centro del pecho. Tras ese gesto, se inclinó como los demás.

—Tú los has traído hasta aquí, hermano —dijo Cyrus, que había avanzado hasta situarse junto a él—. Están aquí por ti, el barog de la profecía.

Se me hizo un nudo en la garganta.

Daryos se quedó paralizado. Paseó la mirada por toda la masa vibrante de leones hasta clavarla de nuevo en el que tenía enfrente, que parecía el líder.

—Gracias, amigo mío —dijo con la voz quebrada por la emoción—. Será un honor que nos acompañéis en la batalla y luchar a vuestro lado.

Colocó la mano sobre la cabeza peluda del felino, y este y los demás rugieron de nuevo.

En unos segundos, los leones empezaron a dispersarse y se adentraron en la selva. Pero no se alejaron demasiado. Se quedaron ahí, vigilantes, a la espera de la llegada de nuestros enemigos.

Mi barog me cogió de nuevo de la mano y emprendimos el camino de regreso a nuestro hogar, rodeados de nuestros amigos. Todos los barogs de la aldea habían salido a contemplar el espectáculo y ahora observaban a su príncipe con orgullo.

Y cuando al fin llegamos a casa, Cyrus y Daryos se miraron y se abrazaron con fuerza.

—Ganaremos esta guerra, D. Vengaremos a nuestros padres y hermanos —dijo Cyrus.

Me emocioné ante esas palabras tan sentidas.

—Que los dioses te oigan, hermano. Lucharemos con todo lo que somos. Borraremos a ese monstruo de la faz de Nemea —contestó mi barog.

Tras separarse, se marcharon a sus casas y nosotros entramos en la nuestra. Enzo se restregó contra las piernas de Daryos y se tumbó en la sala.

Subimos las escaleras en silencio.

Una vez arriba, le agarré del brazo e hice que se girara a mirarme. Nuestros ojos se encontraron en la penumbra, tan solo rota por la suave luz de las lunas.

Me puse de puntillas, me agarré a sus hombros y le besé. Él me devolvió el beso con todo lo que tenía.