El Destino del Barog (El rapto de las descendientes 5) 17 ¿QUÉ HACEMOS AHORA? #2
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17 ¿QUÉ HACEMOS AHORA? #2

—¿Lo sabía? —pregunté con voz temblorosa.

Marla me había comentado algo sobre eso.

—Desde el principio, pero no le importó.

Me amaba demasiado. Fui débil; debería haberme enfrentado a todo y a todos y llevarte conmigo.

Pero ya conoces la historia de Ux y Tatiana; eso no acabó bien para ninguno de los dos.

Todos habíamos aprendido a no desafiar las leyes —dijo con pesar—.

No quería perjudicarte. No habría soportado que sufrieras por mi culpa.

Así que me resigné. Al menos, estabas con mi hermano.

Él era un buen barog y cuidaría bien de ti.

Te daría la vida que yo habría deseado compartir contigo.

—Solo que yo jamás le amé. Al menos, no del modo en que se supone que se aman las parejas de vida. Nunca me habría unido a otro que no fueras tú. Como bien has dicho, fue un error espantoso. Te amaba, Sulveh. Siempre te he amado, durante todos estos siglos. Y sigo amándote.

Con los ojos empañados por las lágrimas, se aproximó despacio hasta que nuestras rodillas se tocaron, me rodeó con los brazos y me atrajo hacia su cuerpo. Su piel desprendía ese calor seco que tanto había añorado. Su olor a miel especiada y a licor denso y sabroso me embriagó hasta marearme.

—Mmmm —ronroneó él, hundiendo la nariz en el hueco de mi cuello—. Melocotones maduros bañados en caramelo. El mejor aroma del mundo. No sabes cuánto lo he echado de menos.

Me quedé muy quieta, sintiendo el roce de su nariz en la piel, sus manos grandes y cálidas en mi espalda, y su cuerpo temblando junto al mío.

Yo también temblaba.

—¿Así huelo para ti?

Él asintió. Levantó el rostro y clavó sus preciosos ojos en los míos. Una mirada suya bastaba para convertirme en mantequilla derretida.

—Durante todo ese tiempo, cuando nos reuníamos los seis en casa de uno u otro, siempre me las arreglaba para estar cerca de ti en algún momento.

Sabía que no podía tocarte porque eso podría descontrolarme por completo, así que me contentaba con olerte.

Estaba a punto de volverme loco, pero al menos podía saborearte de algún modo.

Patético, ¿verdad? —dijo, soltando una carcajada amarga.

—No si yo hacía lo mismo. Me empapaba de tu aroma a miel especiada y a licor fuerte cada vez que pasabas junto a mí. Era un triste consuelo, pero me acompañaba siempre.

Esbozó una suave sonrisa cargada de ilusión y me agarró las manos. Se las llevó a los labios y las besó, primero una, luego la otra, en las palmas. Se me tensó el pecho y me ruboricé un poco.

—Siempre te he querido, Sylvia. Desde el instante en que te vi entre los tallos altos de maíz, en aquel campo dorado de la lejana Tierra.

Supe que estabas predestinada a mí, que eras mi hoa uhane .

Y cuando cruzamos las primeras palabras y me miraste, el mundo cambió de dirección y te convertiste en mi centro de gravedad para siempre.

Las lágrimas se precipitaron por mi rostro.

Me atreví a alzar una mano y acariciarle con dedos trémulos la mejilla.

Tocarlo era un regalo de los dioses. Algo tan sencillo y tan sobrecogedor al mismo tiempo.

Porque nunca había podido tocarlo libremente, tan solo durante el breve tiempo que compartimos en la Tierra.

Por entonces nos vigilaban mis padres y varias decenas de pares de ojos más, así que no pudo robarme más que unos pocos besos y algunos abrazos.

—No sabes las veces que soñé que me decías que me amabas, Sul. Cuando despertaba, sentía que tenía que ser cierto. Pero luego me daba de bruces con la cruda realidad. Y ahora… ahora… —La emoción me cerró la garganta y no pude continuar.

Él lo hizo por mí:

—Ahora ha llegado nuestro momento, amor mío.

Hemos pasado por un calvario hasta llegar aquí.

Al fin tenemos la oportunidad de estar juntos y gritar a los cuatro vientos que nos amamos.

Ahora sabemos la verdad: que hemos suspirado el uno por el otro durante cuatro siglos y que, por ser demasiado buenos o estúpidos —sonrió de nuevo—, antepusimos la felicidad de otros a la nuestra.

Pero, por desgracia, ellos ya no están y solo quedamos nosotros.

Los dioses saben que renunciaría a ti si mi hermano pudiera volver a la vida, pero eso es imposible.

Así pues, que los dioses me perdonen, pero, por primera vez en cuatro siglos, voy a pensar en ti y en mí, y en nuestro hijo.

Me tembló la barbilla y empecé a sollozar.

—No tienes por qué hacer eso, Sulveh. Ese niño…

—Ese niño no tiene la culpa de que su padre biológico sea un hijo de puta. Eso no podemos cambiarlo, pero sí podemos darle un hogar lleno de amor y respeto, y criarlo juntos para que llegue a ser un barog honorable y bueno como era mi hermano. No en vano lleva su nombre.

—Y como eres tú, Sulveh. Siempre fuiste un gran hombre y un gran barog.

Cediendo a mis impulsos, lo abracé y me aferré a él con fuerza, como si temiera que pudiera desvanecerse ante mis ojos. Apoyé la mejilla en su pecho y me deleité con el potente sonido de su corazón. Él me acariciaba la espalda con delicadeza y me besaba la coronilla.

Y en ese instante comprendí que todo lo que había tenido que hacer en los pantanos para sobrevivir, por muy desagradable y doloroso que hubiera sido, había valido la pena. Porque me había llevado hasta aquí, hasta este preciso momento, junto a mi barog.

Sulveh me amaba y era mío. Y yo me entregaría a él por completo, en cuerpo y alma, puesto que ya le había entregado mi corazón hacía mucho tiempo.

Tras ese arrebato, me separé despacio y lo miré a los ojos.

—Entonces, ¿qué hacemos ahora? —pregunté.

Él esbozó una amplia sonrisa.

—Ahora, viviremos juntos en este hogar, seremos una familia y nos amaremos durante toda nuestra existencia, que espero que sea muy muy larga para compensar el tiempo que hemos perdido. ¿Te parece bien?

—Me parece un plan perfecto.

Soltamos unas risillas nerviosas, cargadas de ilusión.

—No hay nada que desee más que compartir esta vida contigo, hermosa Sylvia. Apenas puedo creer que esto esté ocurriendo de verdad. Y sé que se nos viene una guerra horrible encima, pero te juro por los dioses que voy a protegerte con todas mis fuerzas y que no permitiré que nadie te haga daño.

Acercó los dedos a mi rostro y me acarició el pómulo con suavidad.

De pronto, recordé que todavía estaba convaleciente, que la herida de mi vientre aún estaba tierna y que las pesadillas de lo ocurrido en los pantanos aún me atormentaban.

—Hay un tema que… Bueno, yo aún no me he recuperado del parto, y no sé si podré…, ya sabes: darte todo lo que esperas de mí. Durante unos días más, al menos.

Él abrió los ojos como platos y soltó una carcajada. Yo me sonrojé como si fuera una adolescente, en lugar de una mujer de más de cuatrocientos años, viuda y superviviente de diez años de cautiverio. Pero ese era el efecto que Sulveh causaba en mí.

Su amor era curativo para mi alma. Su risa, reparadora de mis heridas.

—Hermosa Sylvia, he esperado cuatro siglos para yacer contigo y vincularme a ti de todas las formas posibles. Te aseguro que puedo esperar unos días más.

—Perdona, no sé por qué lo he mencionado. Yo solo… no quiero decepcionarte.

—Eso es imposible, amor mío, porque eres una mujer maravillosa, valiente, buena e inteligente que me tiene robado el corazón.

Te amo tanto que me duele aquí —dijo señalándose el pecho—.

Aunque tenga este aspecto, no soy ningún bruto.

Esperaré cuanto haga falta, hasta que tus heridas se cierren. Las de la piel… y las del alma.

Su mirada estaba cargada de comprensión. Y si ya lo amaba con locura, en ese instante lo amé todavía más.

—Si quieres, podríamos dormir juntos a partir de ahora. Solo si lo crees oportuno —propuse con timidez.

Sus ojos brillaron como bronce recién bruñido.

—Me muero por dormir contigo, amor mío. ¡Creí que no me lo pedirías nunca! —exclamó emocionado.

Cada vez que me llamaba «amor mío», mi alma saltaba de alegría. Apenas podía creerlo y, al mismo tiempo, lo sentía como lo más natural del mundo. Todas las piezas dentro de mí encajaban al fin.

Y así, sin más, entre palabras cómplices, miradas cargadas de esperanza y risas sensuales, nos metimos en mi dormitorio y nos tumbamos en la cama. Me abrazó con cuidado, como si un gigante jugara con una delicada flor. Así me sentía yo.

Tiró de la fina colcha hasta cubrirnos y su cola se enrolló en mi pierna, desde el tobillo hasta el muslo. ¡Cuántas veces había deseado ese roce!

Justo antes de cerrar los ojos, aproximó su rostro al mío y me besó con suavidad, solo con los labios. Un beso tierno y respetuoso, que nos encendió a ambos.

Mi mano buscó su pecho y se quedó ahí, vibrando con sus latidos, sintiendo su calor y su fuerza en las puntas de los dedos.

Y así, nuestra bella historia de amor retomó su camino tras un largo desvío.

Al fin habíamos llegado a casa.