El Destino del Barog (El rapto de las descendientes 5) 17 ¿QUÉ HACEMOS AHORA?
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17 ¿QUÉ HACEMOS AHORA?

SYLVIA

C uando Sulveh regresó, parecía preocupado.

Me contó que el príncipe había tenido otra premonición y que había visto al anciano Ooris, rodeado de hermanos perdidos.

Además, había sido capaz de ubicar el lugar en el que se encontraba: un claro en la selva a tan solo unas dos jornadas de la aldea.

Según esa información, Ux y sus hordas podrían estar aquí en un par de días.

Daryos afirmaba que lo que había visto estaba ocurriendo en el mismo momento de la premonición.

Cyrus le había pedido que avisara a sus guardianes y ya lo había hecho antes de regresar a casa, así que estarían preparados.

Cuando acabó de contármelo todo, yo temblaba de la cabeza a los pies.

Él se mantenía sereno, pero sus ojos lo delataban: había angustia y algo de temor en ellos.

Sulveh era un barog valiente y experimentado, además de un guardián del templo desde hacía una década, que rara vez sentía miedo por nada.

Sin embargo, sabía bien lo que podía suceder en una guerra así.

Él lo había perdido todo en la anterior.

Nos acomodamos en la sala, sobre los almohadones, y serví un poco de licor que nos había sobrado de la cena con Marla y Goria. Quizás habría sido mejor beber zumo, pero la expresión de Sulveh pedía algo más fuerte.

—Entonces, ¿piensas de verdad que llegarán dentro de dos días? —pregunté, intentando ocultar el temblor de mi voz. El de las manos era imposible.

—Nada es seguro, Sylvia, pero apostaría a que sí. El rey nos ha convocado mañana al amanecer. Supongo que declarará el estado de guerra y todos ocuparemos nuestras posiciones.

—¿Irrumpirán en la aldea sin más?

Estaba aterrorizada.

—No. Las líneas de vigilancia que hemos establecido alrededor de la aldea y del lago esmeralda los detectarán a varios kilómetros y nos darán el aviso. Cuando lo hagan, tendremos al menos un par de horas para hacer los últimos preparativos.

—¿Y nosotras? ¿En qué podremos ayudar?

—El rey y el príncipe han ordenado que, en cuanto suenen los cuernos, os refugiéis en la posada. Ciench y su grupo estarán asignados en la puerta. Nadie podrá traspasarla, te lo aseguro.

—¿No hay nada en lo que podamos colaborar?

—Lo mejor será que os quedéis ahí a salvo. Si salís, estaréis en peligro y nos costará más protegeros, aparte de que podríamos perder la ventaja o la concentración.

—Callie y muchas otras han estado entrenando.

—Y eso quizás sería muy útil si las cosas llegaran a ponerse feas de verdad.

—O sea, si los hermanos perdidos entraran en la posada.

—O si empezaran a ganarnos terreno y nuestra victoria flaqueara.

Si algunas de las descendientes pudieran defender a las demás llegado el caso, aunque solo fuera para aguantar durante unos minutos, eso nos ganaría tiempo para llegar hasta vosotras.

A veces, un solo segundo puede marcar la diferencia.

Recordé la primera guerra y todas las cosas horribles que sucedieron en apenas unos segundos. Él tenía razón.

—No te pasará nada, ¿verdad? —solté sin pensarlo.

Un destello cruzó su mirada.

—Haré todo lo posible para salir vivo de esta guerra, Sylvia. Lo logré la última vez, cuando estábamos mucho menos preparados que ahora. No te preocupes: ganaremos y regresaré aquí, a nuestro hogar . —El modo en que pronunció esas dos últimas palabras me hizo estremecer hasta los huesos.

Me gustó demasiado que lo llamara así.

Le dio un largo trago al licor y dejó el vaso en el suelo. Entonces, clavó sus ojos en los míos y me miró con tanta intensidad que agradecí estar sentada.

—Sylvia, lucharé con todas mis fuerzas, te lo prometo. Pero, por si no sobrevivo…

Me llevé las manos a la garganta.

—No digas eso. Ni se te ocurra.

Él posó una de sus manos sobre su corazón y suspiró.

—Deja que te confiese algo, por favor. No me perdonaría jamás irme de este mundo sin decírtelo.

—¿A qué… te refieres? —balbuceé.

—Sé que no quieres hablar del pasado. Ni de la guerra, ni de la cacería, ni de nada de eso. Me lo has dejado muy claro todos estos siglos y, créeme, lo comprendo. Aun así, necesito decirte esto. ¿Me lo permites, Sylvia? —hizo una pausa y añadió—: No más secretos entre nosotros, por favor —suplicó.

Lo observé con cautela y, al fin, asentí.

—De acuerdo. Dime lo que sea, Sul. No más secretos.

Contuve el aliento, con las pulsaciones repiqueteando con fuerza en mi pecho.

—Cuando vencimos la primera guerra y expulsamos a los hermanos perdidos, os busqué a los tres. En cuanto encontré los cuerpos de Elena y Sonah, me rompí en mil pedazos. Había muchos cuerpos calcinados, así que creí que tú también habías muerto.

Durante unos segundos, permanecimos en silencio, tan solo mirándonos con ojos vidriosos.

—Tal como te conté, Elena me salvó la vida —dije con un hilo de voz—.

En cuanto murió, uno de esos monstruos me arrastró hacia la selva.

No pude ayudarla ni hacer nada para que no se me llevaran —expliqué con el estómago encogido, recordando el momento más triste y espantoso de mi vida—.

No querían matarla; a ninguna de nosotras.

Deseaban capturarnos a todas con vida. Pero Elena forcejeó y murió de un golpe. Su muerte fue un triste accidente.

Cerré los párpados con fuerza mientras mi mente regresaba a ese horror del pasado. Cuando los abrí de nuevo, ambos teníamos lágrimas en los ojos. Odiaba recordar aquello. Y odiaba aún más que él sufriera. Me dolía el pecho de un modo insoportable.

Inspiró hondo, como si estuviera reuniendo valor. Entonces, clavó sus ojos de bronce en los míos y dijo:

—Que los dioses me perdonen, Sylvia, pero pensar en que tú también habías muerto…

fue lo que más desgarró mi corazón. —Soltó el aire que retenían sus pulmones—.

Lloré a mi hermano y a Elena, los dioses saben que los amaba a ambos.

Pero perderte a ti fue lo único que no pude soportar; lo que me llevó a recluirme en el templo y a dedicar mi existencia a los ancianos.

Pensar en un mundo sin ti me partía el alma.

—Hizo una pausa para tomar aire de nuevo.

Su musculatura temblaba como una hoja. Entonces añadió—: Cometí un gran error en la cacería, Sylvia. El peor error de todos.

Me sentía incapaz de procesar sus palabras. Estaba petrificada.

—¿Qué? —mi voz apenas fue un susurro.

Ni siquiera me atrevía a pensar en lo que trataba de decirme. En lo que eso significaba.

—Yo te encontré en la Tierra, me enamoré locamente de ti y te traje a Nemea.

Yo debería haberme unido a ti en la cacería, no mi hermano.

Tendría que haber llegado a tiempo hasta ti o, al menos, interrumpiros cuando os encontré, sin importar si ya era tarde.

Fui un cobarde y te fallé. Cometí una equivocación imperdonable.

Respiraba con dificultad. Jamás lo había visto tan alterado. Así que decidí abrirme a él.

«No más secretos entre nosotros», me repetí, armándome de valor.

—Yo cometí el error, Sulveh —solté con convicción. Sus ojos recuperaron el brillo de golpe—. Creía que eras tú. Debería haberme dado cuenta.

—Oh, Sylvia… —Se acercó un poco más a mí y sus dedos me rozaron el brazo—.

Tú no sabías que Sonah y yo éramos gemelos idénticos.

Iba a decírtelo aquella misma tarde, pero la cacería se adelantó.

También planeaba hablar con mi hermano. Ni siquiera nos habíamos visto desde que atravesamos el portal de regreso a Nemea.

Si tan solo hubiésemos tenido unas horas más…

—Te conocía bien, tendría que haber sabido que no eras tú.

Había algo que no cuadraba. El aroma era distinto, pero lo achaqué a tu forma barog y a tu excitación.

Y, aunque tu hermano fue gentil conmigo, no era tu modo de acariciarme ni de mirarme.

No había esa complicidad que tú y yo compartíamos.

Fui una idiota y no me di cuenta. Estaba tan nerviosa, tan ilusionada…

Él negó con la cabeza.

—Debería haber intervenido cuando os encontré, no unirme a Elena. Si hubiese hablado con Sonah, él tal vez lo habría comprendido. Pero, cuando llegué hasta vosotros, mi hermano ya estaba entre tus piernas, gimiendo, y tú… parecías conforme. —Hizo una mueca de dolor.

Pensar en que él nos había visto me quebró el alma.

—¡Solo porque creía que eras tú! Me atormentaba no sentir lo que creía que iba a sentir cuando hiciéramos el amor. ¡Había deseado tanto que llegara ese momento! Sin embargo, algo fallaba y no entendía por qué.

—Debí pedirle que se detuviera y explicarle quién eras para mí.

Mi hermano era un buen hombre y me quería muchísimo.

Pero pensé que su instinto de barog sería más fuerte que nuestro lazo de sangre de hermanos.

¡Os habíais unido en suelo sagrado de Nemea!

Fui un cobarde y te perdí. Tendría que haberme arriesgado.

Sentí náuseas al recordar esos momentos.

—No lo sé, Sulveh. Por mucho que hubieras intervenido en la cacería o después, no sé si Sonah se hubiera retirado. Él me amaba de verdad. Fui su hoa uhane , aunque él no lo fuese para mí.

Se estremeció.

—Nos equivocamos, Sylvia. Fue un terrible error. Pensé en las leyes de los ancianos, en que lo que se había unido ya no podría ser separado, en nuestras tradiciones ancestrales. Después, sellasteis la unión en el lago esmeralda y yo… creí que me moría.

Un sollozo escapó de mis labios. ¡Tanto tiempo amándolo en silencio y creyendo que él amaba a otra!

—Y yo creí que escogiste a Elena. Que, en cuanto la viste, la preferiste a ella. Os unisteis y me rompiste el corazón.

Me cogió las manos entre las suyas, cálidas y fuertes, y la mota dorada titiló en su iris.

—Cuando me topé con Elena, estaba sentada en el suelo, con la espalda pegada a una roca para ocultarse, aterrorizada y llorando.

Aun así, en cuanto pasé cerca de ella, me miró y me habló.

Ella me escogió a mí cuando vagaba por la selva como un alma en pena.

Pensé en lanzarme por el Acantilado de la Muerte Abismal.

Ella me rescató y me amó, aunque siempre sospechó lo que yo sentía por ti.