El Destino del Barog (El rapto de las descendientes 5) 16 LO HE VISTO
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16 LO HE VISTO

CALLIE

T ras varios intentos para despertarlo, dejé a Enzo con él y corrí a pedir ayuda.

Avisé primero a Xerx y, mientras él y yo nos apresurábamos de vuelta a mi casa, Jenny fue a buscar a los demás.

Los últimos en llegar fueron Cyrus y Tina.

Daryos estaba empezando a abrir los ojos cuando entraron por la puerta.

Su hermano se lanzó de rodillas al suelo junto a él y le dio un apretón en el hombro. Xerx le sostenía la cabeza sobre sus muslos y Axeh lo miraba con angustia. Mientras Xioh le tomaba el pulso, Lansh maldecía entre dientes. Todos estábamos muy preocupados.

—Eh, ¿estás bien? —le dije cuando abrió los ojos por completo y nos miró, confuso.

—¿Ha vuelto a ocurrir? —preguntó con la voz pastosa, como si hiciera mil años que no pronunciaba palabra.

—Sí, cariño, has perdido el conocimiento. ¡Menudo susto me has dado!

Me arrodillé y le acaricié el pelo. Tenía la frente perlada de sudor y estaba muy pálido.

—No nos des estos sustos, hermano. Esto ya empieza a ser una fea costumbre —bromeó Cyrus con una sonrisa.

Lo ayudaron a levantarse y lo llevaron hasta los cojines, donde lo acomodaron.

El rey se sentó a su lado y yo al otro. Nuestros amigos se distribuyeron por la sala.

Emi llevaba el pelo suelto, revuelto alrededor del rostro, y sus mejillas sonrosadas daban fe del ejercicio saludable que debía de estar haciendo justo antes de venir. ¡Bien por ella!

—¿Recuerdas algo, Daryos? —le preguntó el rey con suavidad, rodeándole los hombros con el brazo.

Mi barog cerró los ojos e hizo una mueca de dolor.

—Eh, ¿estás bien? —le susurré al oído.

—Solo un poco aturdido y con dolor de cabeza. Me debo de haber golpeado con fuerza. Suerte que la tengo dura como una piedra —dijo dándose un golpecito en la frente y sonriendo; pero sus ojos a mí no me engañaban: había temor en ellos.

Deslicé los dedos entre los suyos y le agarré la mano.

—No te preocupes, amor. No pasa nada, ¿vale? —solté, mirándolo a los ojos con cariño.

Él asintió, un poco más tranquilo.

—¿Pronuncié algo mientras estaba en el suelo? —me preguntó.

Asentí mientras los demás me observaban, expectantes.

—«Ooris está vivo» —solté sin más.

Se extendió un murmullo general.

—Lo recuerdo. El anciano se encontraba frente a mí en su forma humana y me miraba como si estuviéramos manteniendo una conversación.

—Ax, ve a avisar a Ciench, Toruch y Sulveh. Que vengan aquí enseguida —ordenó el rey.

El barog rubio asintió y corrió a por sus amigos.

—¿Recuerdas algo más, D? —preguntó Xerx, sentado frente a él. Jenny estaba a su lado.

—Había una hoguera y muchos barogs alrededor del fuego.

—Has mencionado que viste a Ooris en su forma humana —dijo Tina, como si estuviera reflexionando. Daryos asintió—. ¿Acaso los habéis visto alguna vez en su forma barog?

Todos negaron con la cabeza.

—Los ancianos nunca se han transformado en barog ante nosotros. A veces me pregunto si todavía pueden hacerlo —comentó el rey.

—Y, sin embargo, Daryos ha especificado eso. ¿Sabes por qué? —le preguntó Tina.

Él negó con la cabeza.

—Era como si… esperara a que Ooris cambiara de forma en cualquier momento. Pero no sé por qué lo he dicho así. —Parecía muy confundido, el pobre.

Xioh le trajo un vaso enorme de agua de coco. Daryos le dio las gracias y se lo bebió de un trago. Al menos le había vuelto el color a la cara y sus ojos brillaban de nuevo.

En ese momento entraron Ax, Ciench, Toruch y Sulveh. Susi y Lorna aparecieron detrás de ellos. Imaginé que Sylvia se habría quedado con el pequeño Sonah. Lorna se abrió paso y se hizo hueco justo a mi lado en silencio. Se lo agradecí.

—¿Ooris estaba herido? —preguntó Sulveh. Sus ojos de bronce relampaguearon.

Ciench y Toruch observaban a mi barog en silencio. Si bien ese nuevo don de mi amorcito podía sernos de gran ayuda, él no lo llevaba demasiado bien.

—Aunque su túnica estaba manchada de sangre, no parecía herido. Estaba hablándome, pero yo no podía oírle.

—¿Recuerdas algún detalle más, D? —dijo su hermano.

Cerró los ojos como si se estuviera concentrando en esa imagen que había visto.

—Están cerca —soltó de pronto, muy serio—. Reconozco el claro en el que han acampado.

Cyrus se tensó.

—¿A cuánto de aquí?

—Dos jornadas completas, tal vez algo menos. Depende de lo rápido que se desplacen sus fuerzas. Puedo enseñaros el lugar exacto en uno de los mapas de Xerx.

Los barogs asintieron.

Tras intercambiar una mirada cargada de muchas cosas con Tina, el rey le dio un apretón afectuoso en el brazo a su hermano y se levantó de un salto.

—Descansemos esta noche. Mañana a primera hora os quiero a todos en el palacio.

Toruch y Ciench: id a avisar a los barogs en turno de vigilancia.

Informadles de lo que el príncipe nos ha contado, pero que no se confíen.

Deben permanecer alertas. No sabemos si lo que Daryos ha visto es lo que está sucediendo ahora mismo, o si ocurrió hace horas… o días.

—Es el presente, C —dijo mi barog con determinación.

—¿Estás seguro?

Daryos alzó la mirada y se encontró con los ojos del rey.

—No estoy seguro de nada, pero es lo que he sentido —explicó él con su sencillez habitual.

Le apreté un poco los dedos con los míos para transmitirle ánimo.

—Bien. Entonces, tenemos dos días. Sulveh, informa a tus guardianes. Que se preparen para lo que se acerca.

El guardián asintió.

Cyrus miró al sanador, esperando un veredicto sobre el estado del príncipe.

—Está bien, C. Fuerte y sano como un rino, igual que siempre. Tan solo le saldrá otro chichón en la cabezota esta de chorlito que tiene.

Daryos se rio y le dio un golpe amistoso al sanador en el hombro.

Cuando nuestros amigos empezaban ya a retirarse, Toruch y Ciench se disponían a salir disparados hacia la selva, y Sulveh a ver a sus guardianes, Daryos me miró de un modo extraño.

—Esperad. Hay algo más. No había caído hasta ahora.

Todos se detuvieron.

—¿De qué se trata, hermano?

Mi barog tragó saliva.

—Mientras estaba ahí, mis dedos cogieron algo que me colgaba alrededor del cuello. Los sentía como míos, pero no lo eran. Daba la sensación de que estaba viendo a través de otra persona.

—¿Algo que te diera una pista? —preguntó el rey.

—Bajé la vista un instante. Había cuentas negras y blancas en un collar sobre mi pecho.

Miré a Susi en un acto reflejo mientras ambas nos estremecíamos. Se llevó una mano a la garganta y su rostro se llenó de terror.

—Ux —solté—. Lleva varios collares con esas cuentas. Estás viendo a través de sus ojos, amor.

La sangre se me heló en las venas. Apostaría que a mi barog le ocurrió lo mismo.

Ciench rodeó la cintura de Susi y la sacó de nuestra casa.

Sentí como su pena y su dolor me golpeaban de lleno en el pecho.

Éramos las únicas de esa reunión improvisada que le conocíamos.

De todos los que nos encontrábamos ahí, solo Sulveh, Toruch y Ciench habían luchado en la primera guerra, pero ninguno de ellos le conocía.

Ux se había marchado de la aldea muchos siglos atrás y, aunque se hubieran cruzado con él durante la batalla, desconocían el aspecto que tenía.

Solo algunos de los barogs más antiguos de la aldea le conocían. Únicamente estos y las mujeres que habíamos permanecido cautivas en los pantanos podríamos ayudar a encontrarlo entre sus hordas. Aunque no creía que él quisiera pasar desapercibido, sino todo lo contrario.

Cuando al fin se marcharon y mi barog y yo nos quedamos a solas, lo acompañé a la cama y me tumbé a su lado, bien pegadita a su enorme y cálido cuerpo.

Le acaricié la frente y el pelo con suavidad hasta que se quedó profundamente dormido entre mis brazos mientras Enzo dormitaba en la planta inferior.

Daryos había tenido otra premonición y había visto el mundo a través de los ojos de ese monstruo.

¿Cuántas sorpresas más nos traería la marca de la espiral?