El Destino del Barog (El rapto de las descendientes 5) 15 REVELACIONES Y UNA AGRADABLE CENA #2
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15 REVELACIONES Y UNA AGRADABLE CENA #2

Yo era la viuda de su hermano y mi hijo no era suyo. Ni siquiera era realmente su sobrino.

Aun así, cuando apareció de nuevo en la sala con mi bebé en brazos, se me llenaron los ojos de lágrimas. Se observaban el uno al otro, fascinados, mientras Sulveh le acariciaba la barriguilla y le hablaba con suavidad. Sonah no apartaba la vista de su tío.

Entonces, me fijé en la melena negra de mi pequeño, que nada tenía que ver con el tono castaño claro de la de Sulveh, y en sus ojos celestes, tan distintos del bronce de los del guardián.

Me di la vuelta para que no me viera llorar y me sequé las lágrimas, que ya rodaban por mis mejillas, con un trapo. No podía permitirme ser débil. Las cosas eran como eran, y más me valía empezar a aceptarlas o acabaría con el corazón hecho trizas… otra vez.

Se acomodaron en los cojines coloridos de un extremo de la sala mientras yo terminaba de preparar algunos aperitivos, y luego me uní a ellos. Poco después, llegaron nuestros amigos.

Cuando Marla cruzó el umbral y clavó sus astutos ojos en la escena que tenía ante ella, suspiró. Sulveh estaba lanzando a Sonah al aire y atrapándolo de nuevo entre risas con sus manazas, y yo me deshacía de amor contemplándolos.

Mi amiga buscó mi mirada con la suya, pero la comprensión y la ternura que vi en sus ojos me obligó a desviar la vista enseguida.

No quería que me alentara a buscar algo que quizá no era real.

Yo no tenía ni idea de cuáles eran los sentimientos de Sulveh, de cuánto echaba de menos a Elena ni de si se había planteado jamás volver a vincularse.

Y, aunque pensara hacerlo, no tenía por qué ser conmigo.

Había otras mujeres sin emparejar en la aldea, que también habían escapado de los pantanos.

—Ya veo que estáis recuperando el tiempo perdido. Así me gusta —dijo Goria con una carcajada. Fue directo hacia mi hijo y se lo quitó a Sulveh de las manos.

—Hemos traído estofado de serpiente —dijo Marla—. Nos ha quedado para chuparse los dedos.

—Vuestro estofado siempre es impresionante, vieja amiga —dijo Sulveh con una sonrisa. En ese momento se le veía feliz.

Durante un instante fugaz, recordé que antes solíamos ser seis. Ahora, Sonah y Elena ya no estaban entre nosotros. Aun así, pese a la pena que a veces nos desgarraba por dentro, no nos quedaba otro remedio que salir adelante.

Aparté los recuerdos y me levanté para acompañar a Marla a la cocina y acabar de preparar la cena.

—Eso que he visto ahí…

—No empieces, Marla. Ya me diste tu opinión.

—Si es lo que quieres, me callaré.

—Sé que lo haces con buena intención, pero me haces más daño que otra cosa.

Se llevó una mano al pecho.

—Perdona, Sylvia. No era lo que pretendía. No debería meterme en tus asuntos. Lo siento.

Negué con la cabeza.

—No, perdóname tú. No debería haberte dicho eso. Es que… el regreso está siendo un poco duro para mí.

—¿Tu regreso o el de tu cuñado buenorro ? —dijo alzando una ceja.

—Eres incorregible. ¿Se te ha pegado el lenguaje de las recién llegadas? —le dije, esforzándome por sonreír.

Ella sonrió también y me dio un apretoncito en el brazo.

—Te juro que no volveré a decir ni mu sobre el tema, salvo que lo saques tú.

—Te lo agradezco.

Nos reunimos en la sala con los barogs, hasta que, poco después, los dejé allí charlando a los tres y me fui al dormitorio a darle de mamar a Sonah. Al cabo de un rato, Sulveh se asomó a la puerta.

—¿Cómo vais? —preguntó desde el umbral.

—Casi hemos terminado. Este pequeño es un glotón de mucho cuidado.

—Eso es bueno. ¿Quieres que lo deje en la cuna?

Asentí mientras contemplaba a mi hijo, un verdadero tragón, que se estaba adormilando.

Sulveh caminó hasta la cama, se inclinó sobre nosotros y lo cogió con delicadeza entre sus brazos musculosos.

El movimiento provocó que me rozara fugazmente un pecho, pero ambos fingimos que no había sucedido.

A fin de cuentas, yo solo estaba amamantando a mi hijo, el momento no tenía nada de erótico.

Un vistazo a su rostro me dijo que quizá para él el roce no había sido tan insignificante. Sus ojos brillaban como dos gemas doradas y su respiración se había acelerado.

Cuando se apartó de la cama y lo llevó hasta la cuna, me convencí de que aquello solo eran imaginaciones mías. Me subí la parte superior del vestido y coloqué los tirantes en su sitio.

—¿Quién es el bebé barog más hermoso de Nemea? —le susurró, achuchándolo y dándole un beso en la mejilla, suave y redonda, antes de dejarlo en la cuna.

Lo hizo con delicadeza, como si estuviera acostumbrado.

Después, vino directo hacia la cama de nuevo y me ayudó a incorporarme. Cuando estuve de pie, en lugar de apartarse, se quedó ahí mirándome, con el cuerpo muy cerca del mío.

—¿Estás bien? —me dijo. Sus dedos se alzaron hasta mi rostro y me acarició la mejilla.

Me quedé petrificada, incapaz de reaccionar. Después me recogió un mechón tras la oreja y sonrió. Yo me las arreglé para apartarme y dirigirme hacia la puerta.

—Estoy muerta de hambre, ¿y tú?

—Ni te imaginas cómo me ruge el estómago. Debo confesar que he probado la salsa del estofado.

—¿Y?

—Deliciosa.

Mientras atravesamos el pasillo para regresar a la sala, me rozó los dedos con los suyos como si fuese el gesto más natural del mundo.

Al fin nos sentamos a cenar y, en cuestión de minutos, entre los cuatro dimos buena cuenta del estofado y del licor de moras.

Puede que bebiera demasiado, pero esa noche no quería preocuparme por nada.

Deseaba disfrutar de la buena comida, la charla alegre y distendida, y la mejor compañía del mundo: mis mejores amigos… y mi hoa uhane .

Y en cuanto ese pensamiento cruzó mi mente, la culpabilidad me aguijoneó sin piedad. Porque otro buen hombre me había llamado a mí su hoa uhane durante mucho tiempo.

Tras la cena, Marla y Goria, que había bebido más que nadie, se marcharon a su casa. Sulveh se ofreció a acompañar a su amigo, que se tambaleaba un poco, pero Marla le aseguró que no era necesario.

Los despedimos entre risas y promesas de muchas cenas más como esa y nos metimos en casa de nuevo.

Entre los dos recogimos la cocina y, después, nos acomodamos en la sala.

No habíamos intercambiado ni dos frases cuando Axeh, ese barog rubio perteneciente a una familia de espléndidos cazadores de rinos, irrumpió en nuestra puerta.

—Siento mucho interrumpiros, pero el rey reclama tu presencia, Sulveh.

—¿En el palacio? —dijo, empezando a levantarse.

—No, en casa del príncipe.

—¿Le ha ocurrido algo a Daryos? —preguntó, alarmado.

Axeh asintió.

—Tú también puedes venir si quieres, Sylvia. Hay otras mujeres allí.

—Si no es imprescindible, prefiero no tener que despertar a mi hijo.

El barog rubio asintió.

—Luego te cuento —me dijo Sulveh.

Hizo el gesto de acercarse a mí, como si fuera a abrazarme para despedirse o algo así. En el último momento, se contuvo y se limitó a agitar la mano.

Ambos barogs desaparecieron por la puerta hacia la oscuridad de la aldea, iluminada por la luz de la pareja de lunas y algunas antorchas.

¿Qué habría ocurrido? Decidí que esperaría despierta hasta que regresara. Axeh parecía preocupado, así que debía de ser algo grave. Quizás el príncipe había tenido otra de esas misteriosas premoniciones.

Me arrellané en los cojines mientras mi mente evocaba el momento anterior en el dormitorio, cuando Sulveh me había acariciado la mejilla. Me llevé la mano a ese lugar y entorné los ojos, como si fuera capaz de sentirlo de nuevo.

Las cosas se estaban complicando demasiado entre nosotros. Y no tenía ni idea de lo que ocurriría.