El Destino del Barog (El rapto de las descendientes 5) 15 REVELACIONES Y UNA AGRADABLE CENA
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15 REVELACIONES Y UNA AGRADABLE CENA

SYLVIA

S ulveh regresó a casa a media tarde, cansado y polvoriento, cuando Sonah todavía estaba durmiendo la siesta. Tras la asamblea, había estado entrenando con los guardianes en una zona situada al otro lado de la aldea, junto a las chozas provisionales en las que se habían instalado.

Una vez se hubo aseado, aprovechamos para sentarnos a la mesa y me puso al corriente de todo lo que habían hablado, así como de lo que le había sucedido a Daryos.

—¿El príncipe está bien? —pregunté cuando acabó de contármelo.

Le serví más zumo. El primer vaso se lo había bebido de un trago.

—Un poco aturdido, eso es todo.

—¿De veras crees que ha sido premonición?

—No le encuentro otra explicación, Sylvi. Supongo que lo averiguaremos cuando tenga la siguiente o cuando se cumpla algo de lo que ha visto.

—¿Habrá más?

Reflexionó un instante.

—La profecía es muy compleja y tiene más pasajes de los que conocemos, así que no estoy seguro.

—¿Te lo dijeron los ancianos? —pregunté. Aquel tema era misterioso y fascinante.

—Ooris, el más sabio de todos ellos, me mandó llamar una vez a su alcoba. Jamás le había visto tan preocupado como aquel día. Me dijo que la marca de la espiral sagrada en el barog y en la descendiente elegidos jugarían un papel crucial en la guerra que estaba por venir.

—¿Cuándo fue eso?

—Hace unos años, tal vez cuatro o cinco. Cuando la anterior guerra tuvo lugar, solo sabíamos que el príncipe tenía una mitad de la marca sagrada. No teníamos ni idea de cuándo aparecería la humana con la otra mitad, aunque suponíamos que sería con la siguiente apertura del portal.

—La profecía no sirvió para nada en la primera guerra.

—Exacto, pero Ooris me aseguró que sería decisiva para la segunda, la que está a punto de estallar. La guerra definitiva.

Me estremecí.

—Entonces, ¿crees que esas premoniciones son parte del poder que le otorga la marca sagrada y que van a ayudarnos a vencer? —aventuré.

Asintió.

—Daryos ha tenido una premonición y Callie se comunica con los llitops . No me cabe la menor duda de que algo más grande que todos nosotros se ha puesto en marcha.

—¿Te habló Ooris de esas otras partes de la profecía?

—No, nunca me habló de lo que decían ni me las mostró, ni tampoco me comentó nada concreto sobre premoniciones u otros dones.

Jamás tuve acceso a la profecía completa.

Sin embargo, me dijo expresamente que, ocurriera lo que ocurriese, yo debería ayudar al rey y al príncipe —explicó en tono vehemente.

Hizo una pausa, le dio otro trago al zumo y prosiguió—: Me ordenó que, cuando Cyrus mandara a alguien para pedirme ayuda, yo debería acudir.

Y también mencionó que seríamos testigos de muchas cosas extraordinarias.

Me pidió que, llegado el momento, permaneciera a su lado y los guiara.

—Pero, cuando Daryos y Cyrus acudieron al templo, los ancianos les negaron la ayuda y les dijeron que no enviarían a los guardianes a la guerra debido a la negativa del príncipe a subir al trono y a la rebeldía de ambos, ¿verdad?

Nos lo contaron cuando regresamos a la aldea tras ser liberadas, mientras nos alojábamos en la casa posada.

—Así fue. Sin embargo, esa misma noche, cuando me crucé con Ooris en el pasillo del templo, me agarró del brazo y me dijo: «Recuerda lo que te pedí, Sulveh. Ocurra lo que ocurra, tú acudirás en su ayuda». Me soltó y siguió su camino como si nada.

Eso era asombroso.

—¿Por qué crees que dijo todo eso?

—No lo sé, Sylvia. Puede que él también tuviera premoniciones sobre el futuro de toda la especie.

O puede que esas partes de la profecía que nos estaban prohibidas a todos, salvo a los ancianos, revelaran mucho más de lo que pensamos.

Por cómo se comportaba, he llegado a pensar que, tal vez, solo Ooris tenía acceso al texto entero.

—Sea como fuere, cumpliste tu parte: cuando Xerx fue al templo a buscarte, convenciste a tus compañeros y vinisteis aquí. Cumpliste la orden de Ooris.

—Lo habría hecho de todos modos, incluso si él me hubiese ordenado lo contrario.

Jamás habría abandonado a la aldea a su suerte.

Este es mi hogar, Sylvia, tú lo sabes mejor que nadie.

Puede que me refugiara en el templo cuando la tristeza y la desesperación me destrozaron por dentro.

Pero jamás olvidaría a mis amigos. Mi corazón siempre ha pertenecido a este lugar.

Así que no importa lo que me hubiesen pedido los ancianos: yo siempre habría acudido a la llamada de Cyrus.

El brillo de sus hermosos ojos se coló hasta lo más hondo de mi ser. Sulveh era un buen barog, leal y valiente. Siempre anteponía a sus seres queridos a lo demás, incluso a él mismo, y se sacrificaría por cualquiera de nosotros. Por eso, perdernos a todos casi acabó con él.

Pero yo seguía aquí. No me había perdido.

—Lo sé. Te conozco bien, Sul. Nunca abandonarías a los tuyos.

Él sonrió con una mezcla de orgullo y tristeza.

—Mencionó algo más, Sylvia. Algo a lo que le he estado dando vueltas durante todo este tiempo —empezó en tono enigmático—.

Dijo que debíamos vencer a toda costa esta nueva guerra, que no podíamos permitir que Nemea cayera en manos de Uxuer.

Que, si eso ocurriera, toda nuestra especie estaría condenada a la extinción.

Que nuestros dioses no permitirían que los barogs siguieran existiendo en la depravación y la involución.

Que tenían grandes planes para nuestra especie, pero que jamás se cumplirían si Cyrus caía y un barog perdido ocupaba el trono.

—¿Los dioses? Si Ux gana esta guerra, vendrán siglos de oscuridad y horror, eso lo sabemos todos. Ni siquiera puedo pensar en esa posibilidad. Pero de eso a la extinción de la especie…

Él se encogió de hombros.

—Eso mismo pensé yo. Cuando le pregunté algo parecido, dijo que la profecía era clara al respecto y que los seres alados así se lo habían comunicado.

Me quedé de piedra.

—¿Los seres alados? Pensé que no eran más que leyendas y habladurías.

—No lo sé, Sylvia. No sé qué son ni si realmente existen. Ooris era un gran orador… y también manipulador. Desconozco si todo lo que me contó era verdad.

—¿Y qué opinan los demás guardianes o el rey de lo que te dijo Ooris?

Él negó con la cabeza.

—Nunca hasta ahora le había contado esto a nadie.

—¿En serio? —dije con voz temblorosa.

Él suspiró.

—No tengo ni idea de por qué Ooris me contó todo eso a mí, pero espero poder preguntarle cuando le encontremos. Si es que Ux no lo mata también, como a los otros tres ancianos.

Un escalofrío me recorrió la columna.

—¿Por qué crees que lo mantuvo con vida?

—Para tendernos una trampa. Imagino que supuso que seguiríamos sus huellas a través de la selva para rescatarlo y que eso nos alejaría de la aldea.

Sabe que la llegada de los guardianes en la primera guerra decantó la balanza.

Además, algo me dice que el papel de Ooris no ha acabado.

Puede que Ux vaya a utilizarlo como rehén si las cosas se tuercen para él, o que quiera sacarle información.

No lo sé. Tú conoces a ese monstruo mucho mejor que cualquiera de nosotros.

Sentí una punzada en el pecho que casi me hace doblarme sobre la mesa.

—Por desgracia, Susi, Penny, Callie y yo lo conocemos demasiado bien, así como las otras mujeres que estaban con nosotras —dije con un hilo de voz.

Él hizo una mueca de dolor y estiró la mano para coger la mía. Me aparté. En ese instante, no quería que él ni nadie me tocara. Todo lo que Ux me había hecho, los momentos que me había obligado a compartir con él regresaron de golpe a mi mente y me mareé.

—Sylvia, lo siento. Me refería a… Joder, no debería haber mencionado a esa bestia.

Su mirada expresaba lo mal que se sentía. Negué con la cabeza.

—No pasa nada. Puedes nombrarlo, no voy a desmoronarme. Mi hijo me ha dado la fuerza necesaria para superar a ese monstruo. Es solo que, a veces, cuando pienso en lo que ocurrió en los pantanos… —Volví a negar, con los labios apretados en una fina línea.

Sulveh no sabía todo lo que había hecho para sobrevivir, para complacer a ese barog cargado de rencor y a muchos otros, para obtener su favor y que no me hicieran daño.

Jamás le contaría nada de eso. Formaba parte de mi pasado y no renegaba de él, pues era parte de la mujer en la que me había convertido, la que era ahora.

Pero nunca le contaría los detalles. No quería que me mirara de otro modo ni que sintiera más lástima por mí de la que ya sentía.

Había sobrevivido, eso era lo único que importaba ahora.

—No tienes que explicarme nada. Estoy aquí para lo que necesites, ¿de acuerdo? Nada de lo que me cuentes o no me cuentes va a alejarme de ti —declaró, clavando sus ojos en los míos. La mota dorada resplandeció con fuerza.

Asentí con un nudo en la garganta. Tras unos segundos de incómodo silencio, me levanté y me dirigí hacia la cocina.

—Goria y Marla están a punto de llegar. Deberíamos preparar algo, ¿no? —comenté para cambiar de tema.

En ese instante, mi hijo empezó a hacer ruiditos. Se había despertado.

—¿Quieres que vaya yo? —preguntó con una amplia sonrisa. Parecía que el pequeño Sonah le gustaba de verdad.

—Si te apetece, por mí, perfecto.

—¿Bromeas? Estaba deseando que se despertase. Ese minibarog me tiene robado el corazón. —Había tanta ternura en su mirada que me emocioné.

—De acuerdo, ve tú. Además, a mí aún me duele un poco la herida cuando me agacho para sacarlo de la cuna.

—Encantado de encargarme, mujer.

—Mientras tanto, prepararé el licor de moras y algo para picar.

—No hace falta que prepares demasiado. Goria me ha dicho que traerán estofado de serpiente en salsa de cangrejo picante y mango.

—Oh, ¡adoro ese estofado!

Me dedicó otra sonrisa y desapareció por el pasillo, rumbo a mi dormitorio. Escuché cómo le hablaba a mi hijo y cómo ambos se reían. Algo crujió en mi corazón.

Debería haberme unido a Sulveh, no a Sonah. Debería haber disfrutado de cuatro siglos con él y engendrado varios hijos. Habría sido el mejor padre de Nemea. ¡Del universo entero!

No debía pensar esas cosas ni hacerme ilusiones.