El Destino del Barog (El rapto de las descendientes 5) 14 ¿nos ayudarás?
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14 ¿nos ayudarás?

callie

E ra ya bien entrada la tarde cuando pusimos fin al entrenamiento y regresamos a la aldea.

Estábamos todas cansadas pero contentas con los avances.

Emi no había aparecido, pues seguía practicando con Xioh.

¡Bien por ella! Aunque no quería ni pensar en las heridas que tendría que tratar, saber que el sanador contaría con ayuda era un alivio.

Enfilé hacia mi casa, pero una idea me rondaba la cabeza desde hacía rato.

Así que, tras pasar un momento para asearme, salí de nuevo, con Enzo pisándome los talones.

Daryos todavía no había regresado y me había enviado a su león para que no me perdiera de vista.

¡Malditos barogs territoriales y sobreprotectores!

Llamé a la puerta de casa de Xerx y Jenny y esperé pacientemente.

Con haber sorprendido una vez a Lorna y Toruch en plena faena, tenía más que suficiente.

No es que los barogs fueran un pueblo especialmente respetuoso con la intimidad y la privacidad de los demás, puesto que entraban y salían de las casas de sus amigos cuando les venía en gana, pero yo prefería no llevarme más sorpresitas.

—Hola, Callie. ¿Todo bien? —me saludó Xerx—. Pasa, Jenny está en el cuarto de baño.

—En realidad, vengo a verte a ti.

Abrió mucho los ojos, como si fuera algo tan extraño que yo quisiera hablar con él.

A ver, ese barog de cabello con reflejos rojizos y yo no habíamos empezado con muy bien pie.

Pero de eso hacía ya bastante tiempo… y parecía mucho más.

Ahora, nos respetábamos y apreciábamos. Era el mejor amigo de Daryos y el barog de mi estudiante favorita. ¿Cómo no iba a quererle?

—¿En qué puedo ayudarte?

—¿Tienes papel y lápiz? —dije alzando una ceja—. Consígueme un poco de eso y sentémonos. Tengo que pedirte un favor.

Asintió.

Una hora después, Jenny, él y yo estábamos sentados en los taburetes de la pequeña mesa de comer, observando los dibujos que Xerx había hecho en varias hojas de papiro. Le había pedido que los hiciera para mí, y él había sido un verdadero artista. Ese barog era un tipo listo.

Entendía perfectamente por qué a Jenny le gustaba: encajaban a la perfección.

Inteligentes, reservados, reflexivos… A veces me entraban ganas de sacudirlos para que fueran un poco más impulsivos, pero llevaban un rollo muy bonito entre ellos.

Apostaba a que, cuando estaban solos, no eran tan tímidos como nos pretendían hacer creer a todos. ¡Formaban una pareja preciosa!

—¿Estás segura de que van a entender todo esto, Callie? —preguntó Xerx, rascándose el mentón.

Se había esforzado al máximo en cada trazo.

—No tengo ni idea, pero tiene que funcionar. No se me ocurre nada mejor. Usaré gestos, frases cortas y tus dibujos. Recemos para que Naranjito sea tan listo como creo, porque si no…

Nos quedamos en silencio durante unos segundos.

Los tres sabíamos lo importante que era tender una trampa a las nashies para quitarlas de en medio y evitar que llegasen hasta el corazón de la aldea.

La pura verdad era que ninguno estaba seguro de nada.

Se me erizaba la piel con solo pensar en esos monstruos de los que Thauren había hablado.

Debía recordarme a mí misma que nosotros teníamos barogs, leones y panteras.

—Los llitops os sacaron de esa celda, Callie. Estoy convencida de que te ayudarán —dijo Jenny, poniéndome una mano en el antebrazo.

Hasta que ella me tocó, no me había dado cuenta de que yo temblaba.

Aquello no me gustaba un pelo. Si Naranjito pensaba que le estaba traicionando, se me partiría el corazón.

No permitiría que le ocurriera nada ni a él ni a ninguno de los suyos, y Daryos me había prometido que los protegería.

Pero, siendo sinceros, ¿cuántas probabilidades había de que salieran ilesos frente a una jauría de hienas rabiosas y hambrientas?

Me sacudí un escalofrío de encima.

Esa guerra iba a ser un infierno para todos.

«Por favor, dioses, no permitáis que Ux y sus hordas monstruosas nos venzan, os lo suplico».

—Eso espero, Jenny. Estoy nerviosa y no me gusta lo que tengo que hacer.

—Todo irá bien, Callie. Ganaremos esta guerra, ya lo verás. Tendremos que hacer algunos sacrificios, pero, al final, venceremos a esos malnacidos.

Suspiré.

—Eso es lo que más me preocupa: lo que tendremos que sacrificar. Quién saldrá herido; quién… morirá. Cuál será el precio que pagaremos.

Nos quedamos en silencio de nuevo. Entonces, Xerx me puso su manaza en el otro antebrazo y con la otra cogió la de su hoa uhane . Nos quedamos así durante unos segundos, nuestras pieles en contacto, nuestros ojos clavados en los dibujos ante nosotros.

—Nos aseguraremos de que todos salgamos de la batalla sanos y salvo —dijo Xerx con determinación, alzando la vista—. Ese hijo de puta de Ux tiene los días contados.

Sonreí.

—Así me gusta, barog. Que hables con convencimiento.

Él soltó una carcajada suave. La mirada de Jenny le recorrió el rostro, con tanto amor y ternura que me estremecí. Me alegraba muchísimo por ella. Por ambos.

Xerx enrolló las hojas de papiro y me las entregó.

—Llévate también el carboncillo por si necesitas añadir algo.

—Mis habilidades artísticas nunca han sido mi punto fuerte —dije guiñándoles un ojo, pero lo cogí de todos modos.

Nos levantamos y caminamos hacia la puerta.

—¿Vas a hacerlo ahora, Callie? —preguntó Jenny.

Asentí.

—Cuanto antes, mejor. No me quedaré tranquila hasta que haya hablado con Naranjito.

—¿Quieres que te acompañemos?

—Daryos vendrá conmigo. Y tal vez le pida a Tina que venga también.

Jenny alzó una ceja.

—¿Estás segura? Tina es maravillosa, pero no sé si los asustará más que otra cosa.

Resoplé.

—Lo sé. Pero Daryos es un derroche de sonrisas y amabilidad; yo estoy como un flan y me preocupan demasiado los llitops ; y Tina aportará el punto de gravedad a la situación. Al fin y al cabo, es la reina de Nemea. Si los llitops no aceptan por las buenas… —dije, encogiéndome de hombros.

—… ella podría obligarlos —terminó Xerx por mí, comprendiendo—. Mejor ella que Cyrus.

Esbocé media sonrisa.

—Tenemos un rey maravilloso, pero no es un derroche de paciencia y dulzura.

—Veo que ya nos conoces bien a todos —dijo Xerx, devolviéndome la sonrisa.

No me pasó por alto la mano que había colocado con suavidad en la espalda de Jenny. Ella lo miraba con adoración con sus hermosos ojos azules. Los de él brillaron en naranja. Ese barog no solo era muy apuesto y listo, también era especial. Como mi querida Jenny.

Durante un instante, la imagen de la antigua Jenny, la joven estudiante de Ciencias de Columbia, la alumna tímida, dulce e inteligente, acudió a mi mente, con sus vaqueros de tiro bajo y su suéter azul cielo. Caminando por los pasillos de la facultad, ensimismada en sus pensamientos.

Todavía quedaba mucho de esa antigua mujer en la que tenía ante mis ojos, solo que ahora había bastante más: valor, resiliencia, fuerza. Ninguna de nosotras éramos las mismas.

Jamás volveríamos a serlo.

Los ojos se me llenaron de lágrimas, pero me las arreglé para contenerlas mientras me despedía.

—Hala, os dejo tranquilos. Ya podéis hacer… lo que sea que tuvieras planeado —solté, guiñándoles un ojo.

Jenny se sonrojó un poco. Xerx rio entre dientes.

Salí de su casa y, antes de regresar a la mía, pasé por el palacio para recoger a Tina. Al rey no le hizo ninguna gracia que me llevara de paseo a su reina. Por lo que pude ver, estaban a punto de darse un bañito muy placentero. Esos barogs calentorros…

Cuando le expliqué lo que iba a hacer, dejó de protestar, le plantó un beso de película a la reina y la despidió con una mirada oscura tan larga e intensa que no me cupo duda de lo que le esperaba a mi amiga en cuanto volviera.

Incluso al borde de una guerra cruenta y decisiva para el destino de su especie, los barogs no perdían el apetito por sus mujeres. Bueno, más que apetito era hambre voraz.

Solté varias risillas mientras Tina y yo salíamos del palacio, rumbo a mi casa.

Bazzeila se unió a Enzo y nos cubrieron las espaldas, soltando algún gruñido de vez en cuando.

Aquel par de felinos magníficos, que habían llegado a odiarse como enemigos acérrimos, se llevaban de nuevo de maravilla.

Caminaban muy pegados, con el pelaje brillante como el ónice rozándose.

De vez en cuando se miraban mientras proferían sonidos que ni la reina ni yo comprendíamos.

Al llegar a casa, Daryos estaba en la entrada hablando con Lansh y Xioh.

—Al fin llegas, amor. Me tenías preocupado —dijo rodeándome la cintura con un brazo y atrayéndome hacia su cuerpo.

Puse los ojos en blanco.

—Estaba en casa de Xerx y Jenny.

—¿Y eso? —preguntó alzando ambas cejas.

—Necesitaba su ayuda con algo.

Miró a Tina y luego a mí de nuevo.

—¿Qué estáis tramando?

—Vamos a hablar con Naranjito.

—¿Ahora? Yo tenía otros planes para nosotros… —ronroneó con los ojos brillantes.

—No me mires con esa cara de bobo que tenemos trabajo.

Lansh soltó una carcajada.

—¿Todavía no te has cansado de tu amorcito? —comentó en tono burlón.

—Parece que no. Algo tendrá para que no pueda despegarme de él —dije, dándome unos golpecitos en la barbilla como si dudara.

Daryos me pellizcó el trasero. Yo le di un manotazo.

Xioh y Lansh se rieron.

—Bueno, nosotros nos retiramos a descansar un poco. Os dejamos con vuestros retorcidos planes —dijo el sanador, frotándose los ojos. Parecía cansado.

—Eso, que nosotros también tenemos los nuestros —dijo Lansh, plantándole un beso en la mejilla a su novio.

—Deseadnos suerte. Espero que Naranjito no se cabree conmigo y venga a arrancarme todos los dedos mientras duermo —dije.

—Cada vez que lo llamas así, me entran unas ganas de desternillarme —dijo Lansh. Le lancé una mirada de advertencia.

—Suerte, Callie. Ese llitop te adora; seguro que todo irá bien —me animó el sanador. Agarró del brazo a su novio rubiales y empezó a tirar de él en dirección a su casa.

—¿Y yo no puedo acompañaros?

—Necesitamos que acceda a nuestro plan, no que salga despavorido, huyendo hacia la selva, Lansh.