13 a muerte
Las cuevas subterráneas de las nashies, la selva, Nemea, en la actualidad
Ux
E l sudor le corría por la espalda y el pecho, y jadeaba.
Llevaba la última media hora saltando, girando, golpeando…
y aquella bestia no parecía perder ni una sola chispa de su fuerza.
Debía pensar en algo para poner fin a la pelea, antes de que el agotamiento lo hiciera fallar. Antes de que fuera demasiado lento.
Esquivó sus fauces por un par de centímetros y cayó al suelo.
Cuando la nashie volvió a arremeter contra él, rodó sobre la superficie de piedra y huyó de sus colmillos afilados.
La boca de aquel ser tenía varias hileras de dientes amarillos y nauseabundos, que le desgarrarían la carne de arriba abajo con solo rozarlo.
Lorish y algunos de los otros barogs gritaban desde la banda del improvisado ring para ayudarlo. Pero no había nadie que pudiera echarle una mano.
Estaba solo contra ese demonio.
Se había destrozado las palmas de las manos y las piernas con algunas de las caídas contra las rocas afiladas que recubrían el suelo de la gruta. Por algo las nashies tenían las pezuñas más duras del reino animal de Nemea.
—¡Jefe! —lo advirtió Lorish.
Retrocedió de un salto con el tiempo justo para esquivar un zarpazo que iba directo a su estómago.
La cola de aquel monstruo, sin embargo, consiguió llegar hasta él.
Le barrió los pies y lo lanzó de espaldas.
En un segundo, la tenía encima. Ladeó el rostro y aquella baba blanquecina le manchó la mejilla.
—Vamos, dioses, ¡no me jodáis ahora! No he llegado tan lejos para morir devorado por este bicho hediondo —murmuró para sí.
La hiena sobre él soltó una carcajada estridente que le hizo sangrar el oído.
La empujó con todas sus fuerzas y logró apartarla lo justo para rodar fuera de su alcance.
Se puso en pie de un salto, se giró en redondo y, cuando ella se abalanzaba de nuevo sobre él, le asestó un golpe de garras en el pecho.
Las hundió hasta el fondo y las extrajo de un tirón, lo más deprisa que pudo, retrocediendo enseguida para alejarse de la trayectoria de su hocico enfurecido.
Apenas había podido alcanzarla con un zarpazo dos o tres veces; acercarse demasiado habría sido un error. Y los colmillos no le servían para nada en esa contienda: si mordía a la nashie , su carne podrida lo envenenaría.
Sus opciones eran limitadas.
Paseó la mirada por toda la cámara. Nunca tenía miedo, pero una ligera pátina de pánico se dejaba traslucir bajo su determinación. Si aquel duelo infernal se prolongaba, la hiena lo alcanzaría tarde o temprano.
Y una herida de esa cosa sería letal para él.
Mientras su contrincante se pavoneaba, pensó con rapidez en todas las posibilidades. Él era Ux, el barog más astuto del planeta, el mejor sanador que habría visto su mundo si no se hubiera desviado, el barog que había soportado humillaciones y traiciones y, aun así, había resurgido de sus cenizas.
E iba a derrotar a esa hiena pestilente.
De pronto, todo encajó en su mente. Sabía lo que debía hacer.
Atrajo a la hiena con provocaciones hasta que la tuvo exactamente donde quería: a un par de metros de la plataforma. Las tres líderes se afilaban las garras con las que le rajarían el vientre para darse un festín con sus tripas.
Entonces, fue retrocediendo sin apartar la mirada de los ojos de esa aberración, oscuros como pozos enloquecidos. Esperó y esperó, hasta que la hiena se abalanzó sobre él con las fauces abiertas.
Ux no perdió ni un segundo. Corrió el trecho que lo separaba de la plataforma, saltó sobre ella y se impulsó hacia arriba. Su melena azabache ondeó en el aire corrompido de la cueva durante un instante antes de caer sobre el lomo de la bestia.
Cerró los brazos musculosos alrededor de su cuello como un cepo de hierro y apretó. Cuando la hiena empezó a revolverse como si estuviese poseída, propinando dentelladas a diestro y siniestro, Ux lanzó la cola hacia sus patas, la enroscó en ellas y tiró con todas sus fuerzas. Era ahora o nunca.
La hiena cayó de lado y Ux con ella. El golpe hizo crujir los cimientos de la gruta, amenazando con derrumbarla, y todos los huesos del jefe, que aulló de dolor. Aun así, no la soltó.
Sus barogs perdidos comenzaron a aplaudir y a rugir.
—¡A por ella, jefe! —gritó Lorish.
—¡Ya la tienes! —exclamó otro.
La hiena trataba de morderle los brazos, pero Ux los apretaba bien alrededor del cuello fornido del animal, así que no había forma de que llegara hasta él.
Se retorció hasta que quedó tendida de espaldas sobre el torso de Ux y este sobre la piedra.
Los cantos le desgarraban la piel de la espalda, pero no aflojó su agarre ni un milímetro.
Esa era la única oportunidad que tendría.
Si el monstruo se soltaba, estaría perdido.
Pensó en alzar una mano y clavarle las garras en el vientre, pero se arriesgaba a que consiguiera soltarse.
Tiró con la cola un poco más, tensándola al máximo, e inmovilizó por completo las patas del animal. Después, le rodeó el cuerpo con las piernas, y enlazó los talones frente a su vientre para que no pudiera liberarse.
La hiena resoplaba, chillaba, se removía presa de espasmos espantosos y escupía espuma en todas direcciones. Con cada sacudida, se abrían nuevas heridas en la espalda de Ux. La sangre manaba de ellas, caliente y pegajosa. Pero él seguía agarrado sin ceder.
Pensó en todo lo que quería conseguir, en lo que los dioses le debían, en los placeres que alcanzaría cuando se erigiera rey de su especie. Sin embargo, todo eso palideció de pronto bajo lo que, muy a su pesar, más deseaba en esos momentos tan cercanos a una posible muerte: volver a ver a Penny.
La hiena empezó a boquear, luchando por llenarse los pulmones de aire. Los brazos de acero del barog le oprimían la garganta, impidiendo que entrara una sola gota de oxígeno. Aumentó un poco más la presión y la tráquea crujió.
Y en cuestión de segundos, la nashie dejó de patalear. Ux había vencido.
Con un esfuerzo titánico, apartó a un lado el cuerpo inerte de su oponente y se levantó.
Se dobló hacia delante y apoyó las manos en las rodillas mientras recuperaba el aliento.
Las palmas también estaban ensangrentadas.
Se irguió y, mientras sus amigos se unían a él y lo vitoreaban, comprobó si tenía algún mordisco o arañazo, por pequeño que fuera.
Nada. Todas las heridas habían sido causadas por las piedras, afiladas como cuchillos. Lorish tendría que suturarle alguna, eso era todo.
Alzó el rostro hacia las tres líderes, que se paseaban de punta a punta de la plataforma, inquietas. Se acercó hasta que sus piernas chocaron con la piedra. El ónice de su mirada conquistaba al azul.
Una de ellas se detuvo y sus ojos se encontraron. Nadie podría decidir cuáles eran más feroces, si los de la hiena… o los del barog.
—Trato, barog. Nashies a guerra.
Él inclinó levemente la cabeza en señal de agradecimiento, en medio del clamor que se alzaba en la gruta. Levantó una mano de garras ensangrentadas y la colocó sobre su marca de la espiral, encima del corazón.
Puede que Ux se hubiera perdido mucho tiempo atrás, pero seguía siendo un barog.
Y dio gracias a unos dioses en los que ya apenas creía… por haberle ayudado.