11 las nashies
Las cuevas subterráneas, la selva, Nemea, en la actualidad
Ux
U x pensó que el olor denso y almizclero de las madrigueras de las aninfs era una broma, comparado con aquello.
El hedor que emanaba de las profundidades de las cuevas de las nashies era algo difícil de soportar.
El olor a tripas y sangre fresca de los tres rinos que llevaban a cuestas era una bendición, pues enmascaraba la peste a carroña y podredumbre.
Los túneles subterráneos que habitaban las nashies se extendían como un laberinto a lo largo de kilómetros bajo la superficie de la selva.
Ux y los diez hermanos perdidos que había elegido para acompañarle a esas catacumbas avanzaban despacio tras su guía, una nashie inmensa del color del trigo.
Al animal le faltaba un ojo y una cicatriz espantosa le cruzaba la cara sobre el párpado. El otro ojo era negro como el carbón.
Uno no podía aventurarse en esas cuevas sin un guía, salvo que quisiera perderse para siempre y no volver a ver jamás la luz del sol.
Además, la entrada estaba fuertemente guardada por tres de ellas, que impedían que nadie fuera tan necio e imprudente como para entrar ahí sin permiso. Las otras dos cerraban la retaguardia.
Las enormes hienas de Nemea solían moverse siempre en manadas numerosas, que se subdividían en pequeños grupos de tres, que acostumbraban a permanecer y atacar juntas. Y tres eran también sus líderes, las más jóvenes y fuertes y, por lo general, también las más malvadas.
Ux jamás se había enfrentado a ellas y apenas las había tratado, más allá de alguna disputa esporádica por los restos de alguna cacería, que en ningún caso había tenido consecuencias mayores. Así que no tenía ni idea de si funcionaría su plan.
Para empezar, había enviado a una partida de inferiores a cazar a esos tres rinos, puesto que no podían entrar ahí con las manos vacías.
Esas bestias carroñeras siempre apreciaban una buena pieza tierna y sangrante.
Después, les propondría un acuerdo: un festín asegurado como jamás se lo habían dado, a cambio de su ayuda.
Esperaba que eso fuera suficiente.
Sabía que las nashies no eran animales de fiar y que no había garantías de que cumplieran con su parte, pero debía intentarlo.
Esos monstruos, lanzados sobre la aldea nada más comenzar la batalla, causarían estragos en las líneas enemigas y en sus defensas.
Les allanarían el camino y entretendrían a los leones y las panteras del rey, dejando a la aldea mucho más expuesta.
No tenía ni idea de si los guardianes del templo continuaban buscando a Ooris como unos desesperados por toda la selva, siguiendo los señuelos que ellos habían plantado, o si habían regresado al templo.
Tampoco si Cyrus había enviado ya a alguien allí para pedirles ayuda.
En cualquier caso, lo más prudente era suponer que el rey contaría con los guardianes para la batalla.
Había hecho todo lo posible para que no fuera así, pero los guardianes no eran tontos, así que pronto se darían cuenta de que no había sido más que una treta para alejarlos lo máximo posible.
La clave era cuánto se demorarían en llegar a la aldea.
Ux había matado a tres de sus ancianos, así que la necesidad y el deber de buscar al cuarto los empujaría a intentarlo hasta perder la esperanza por completo. Tal vez, con un poco de suerte, no llegarían a tiempo para la guerra.
Por si lo hacían, ahí estaban ellos: a punto de llegar al corazón de uno de los lugares más peligrosos del planeta. Puede que no fuese la mejor idea del mundo, pero no tenía demasiadas alternativas.
Tras cuatro o cinco recodos más, el hedor se intensificó de tal modo que tuvo que taparse la nariz y la boca con un pedazo de tela que llevaba en el zurrón.
El resto de sus fuerzas se había quedado en un claro a un par de kilómetros de la entrada a los túneles.
Había dejado a Ooris con ellos, al cargo de dos de sus barogs más fieles.
No muy lejos de allí, se encontraban las aninfs que los habían seguido.
La mayoría de estas avanzarían hacia la aldea con su líder, Ausinca, tan pronto como Ux les mandara un emisario para avisarlas de que empezaban a moverse.
—Ya no debe de faltar mucho, ¿verdad, jefe? —murmuró Lorish una vez más.
Su segundo al mando llevaba protestando todo el camino. A veces se preguntaba por qué demonios no lo destituía y nombraba en su lugar a uno menos quejica. Pero su amigo era un perro fiel y un gran guerrero. Uno de los mejores que tenía. Llevaban ya mucho tiempo juntos.
—¿He estado yo alguna vez aquí dentro, Lorish?
—No, jefe, pero…
—Pues no tengo ni puta idea.
—Es que este hedor me está matando.
—A ti y a todos. ¿Podrías parar de quejarte?
—No te cabrees, Ux.
Este gruñó. Los necesitaba a todos alertas, no protestando, aunque imaginaba que era la manera que tenían de desahogarse un poco.
La hiena tuerta se giró a mirarle. Clavó su único ojo negro en su rostro y soltó un ruido parecido a una risa aguda y espeluznante. Entonces, hizo un gesto con la cabeza para indicarles que habían llegado.
Ante ellos se abría una amplia cámara circular iluminada por los rayos del sol, que se colaban por las numerosas grietas de la roca.
Un par de docenas de nashies estaban dispuestas en círculo, pegadas a la pared.
Al fondo, en una tarima de piedra elevada de un modo natural, se encontraban las tres nashies que lideraban la manada.
El pelaje de todas ellas era claro, manchado de sangre seca y restos, y los ojos, como dos bolas de ónice.
A una señal de Ux, los barogs que transportaban los cadáveres de los rinos se adelantaron a los demás y los depositaron en el centro de la caverna, a los pies de las tres líderes. Después, retrocedieron hasta sus posiciones y Ux dio un paso al frente, clavando la mirada en la del medio.
Realmente, impresionaban. Tenían una cierta expresión de locura en sus miradas oscuras.
Ux echó un vistazo a su alrededor. Había montañas de huesos de animales por todas partes y restos de vísceras amontonados en un rincón. Incluso a él le costaba no dar media vuelta y salir corriendo de ahí. Era imposible prever cómo acabaría ese encuentro. Quizás había sido demasiado optimista.
—Barog —dijo una de las líderes, en un tono tan agudo y chirriante que se asemejaba a un silbido.
Cuando aún vivía en la aldea, había escuchado viejas historias de que las nashies eran seres bastante astutos, capaces de formular algunas palabras. Pues bien, parecía que eran ciertas. Sus escasos encuentros anteriores con ellas habían sido breves y carentes de comunicación.
Ux caminó varios pasos en su dirección y se detuvo, inmóvil, sin hacer ningún gesto brusco que pudiera cabrearlas. Si percibían que eran una amenaza, atacarían sin pensárselo. Cuando la del centro le hizo una indicación con la cabeza, comenzó a hablar:
—Está a punto de estallar una nueva guerra entre barogs. El rey y toda la aldea, contra mí y mis hermanos perdidos. Te pido que las nashies luchéis a mi lado.
Un coro de esas risas estridentes y siniestras se elevó en la cámara.
Las tres líderes avanzaron unos pasos y se detuvieron al borde de la plataforma.
—Perdiste, Ux —chirrió una de ellas.
Él avanzó un poco más, hasta colocarse justo bajo uno de los rayos de sol que se colaban en la gruta.
Dejó que la calidez bañara su cuerpo. La cicatriz en forma de espiral de su pectoral relució, amenazante.
La de la cara, que le atravesaba desde la ceja hasta el pómulo, se estiró cuando dibujó una sonrisa siniestra.
—No volverá a ocurrir. Me estoy asegurando de ello —dijo con voz cavernosa y sin dejar de sonreír—. Tengo a mis guerreros barogs, a los inferiores y a todas las aninfs de las madrigueras.
Dejó que sus palabras calaran en las hienas.
—¿ Aninfs ?
—Todas, bajo la promesa de su líder. Sellé un trato con Ausinca.
Se le revolvió el estómago cuando recordó lo que tuvo que hacer para conseguirlo.
Los ojos color miel de Penny acudieron a su mente justo después. Una especie de calma lo invadió de inmediato. Sacudió la cabeza para alejar esa imagen de su mente. Ahora no era el momento de dejarse llevar por sentimientos absurdos.
—Traes regalo. ¿Más?
Cuando se giró para señalar los tres rinos desparramados sobre el suelo, las cuentas blancas y negras de sus collares tintinearon.
—Os he traído una ofrenda como muestra de respeto y buena voluntad.
Los hemos cazado apenas media hora antes de entrar en vuestra morada.
—Ux hizo una pausa deliberada mientras las nashies miraban los rinos, salivando—.
Me preguntas si habrá más regalos. Bien, yo te prometo que habrá muchos más.
Leones, panteras, barogs… Podréis devorar libremente a vivos y muertos.
Cualquiera de esa aldea será para vosotros, excepto las humanas…
y el príncipe. A esos no podréis tocarlos.
Las tres líderes lo miraron con suspicacia.
—¿El príncipe Daryos?
Ux asintió.
—Tengo un asunto pendiente con él. El príncipe será mío. El resto de los machos… me importan bien poco.
Otro coro de chirridos le hizo apretar los dientes. Le dolían los tímpanos.
—¿Después guerra?
Lorish contenía el aliento a su espalda.
—Pactaremos nuevos límites para vosotras. Os permitiremos entrar en zonas que ahora tenéis prohibidas.
Las tres nashies se apartaron al fondo para deliberar.
—Jefe, ¿crees que aceptarán? —preguntó Lorish en un susurro.
—Shh, cierra el pico. Lo descubriremos enseguida.
Esperaron segundos, minutos…, hasta que una de las líderes bajó de un salto de la plataforma y se plantó frente a él, a tan solo un par de pasos de distancia.
El morro de aquella criatura estaba a la altura de su rostro.
Cuando volvió a hablar, su aliento fétido casi le hace retroceder.
Pero resistió, tal como lo había resistido todo en la vida.
—¡Nosotras solo acuerdo con fuertes! —chilló aquel ser.
—¿Estás poniendo en duda mi fortaleza? —Un brillo afilado cruzó la mirada celeste de Ux. Las motas de ónice danzaron en sus iris, multiplicándose y extendiéndose.
—Pelea y gana. Sella trato —dijo la hiena, acercándose tanto que su hocico casi rozó su nariz.
Sabía que las nashies eran grandes, pero esa era gigantesca. Aun así, no tenía miedo. Lucharía con cualquiera por la sola posibilidad de subir al trono de Nemea.
—Que así sea —soltó con contundencia.
Todas las nashies de la cueva chillaron y rieron de ese modo espeluznante.
Unas pocas se acercaron a los rinos tendidos y los arrastraron con los dientes para despejar la parte central de la gruta.
La líder regresó a la plataforma de un salto e impartió varias instrucciones a base de chillidos, que ningún barog comprendió.
Permanecían todos quietos, expectantes.
Un aullido punzante retumbó en la piedra.
Desde la oscuridad de la abertura que había en la pared del fondo, tras la plataforma, resonaron más aullidos…
hasta que emergió una nashie inmensa de pelo erizado y fauces más grandes que las de cualquier otra.
El brillo de locura en sus ojos negros era superior al de todas sus congéneres.
Movía la cabeza y la cola de un modo espasmódico, como si la rabia la consumiera.
Ux inspiró hondo.
—Quizás esto no sea buena idea, jefe —dijo Lorish en voz baja.
—¿Tienes otra mejor?
—Esa hiena me da mala espina. ¿Has visto lo enorme que es? Y esa espuma blanquecina que saca por la boca…
—No me estás sirviendo de gran ayuda, amigo mío.
—Si te muerde, estás muerto, Ux. No hará falta que te despedace, la infección te matará.
—Si queremos que luchen para nosotros, tengo que pelear.
—¿Queremos realmente? No lo veo claro. ¿Por qué no designas a otro para luchar?
—¿Quieres hacerlo tú? —dijo curvando las comisuras de los labios.
—Si me lo pidieras, lo haría. Lo sabes bien. Pero no tengo ningunas ganas de morir hoy.
—Tranquilo, amigo. No haré que otro cumpla con mi deber. Y tú y yo sabemos que soy el único que tiene alguna posibilidad contra esa cosa.
—Jefe, vamos a pensarlo un momento, ¿de acuerdo?
—No es solo por el trato, Lorish. ¿Acaso no has aprendido nada? Desde el instante en que hemos pisado estos túneles, la única forma de salir vivos de aquí es demostrando nuestra valía. No solo peleo por que nos ayuden, sino para que no nos exterminen.
Lorish tragó saliva.
Aquel monstruo siguió avanzando hasta situarse en el centro mismo de la cámara. Los gritos de las hienas eran ensordecedores. La lucha y la sangre las excitaba. Bien, era justo lo que necesitaban para ganar la guerra contra el rey de Nemea.
El hijo de su amada Tatiana era su gran enemigo ahora. Había que reconocer que el destino era un hijo de puta y a veces te obligaba a tomar caminos terribles y muy tristes. Porque, en realidad, Cyrus no tenía la culpa de los errores de sus padres y, aun así, iba a pagar por ellos.
Como él tampoco tenía la culpa de que, entre todos, le hubieran convertido en el enemigo de la aldea que era ahora.
Los ancianos, Drashir… Todos sus amigos le habían dado la espalda.
Pues bien, había llegado su momento de la venganza.
La primera guerra había sido tan solo un aperitivo de la que estaba por venir.
En esta ocasión, no fallaría.
Clavó su mirada celeste en el rostro preocupado de Lorish.
—Si muero, quiero que encuentres al príncipe y le cuentes la verdad sobre sus padres y sobre mí —le dijo.
—No vas a morir. Tú mismo se lo contarás.
—Lo sé. Aun así, júramelo, amigo mío.
Lorish lo hizo sin rechistar. Haría cualquier cosa por su jefe. Él no era nada hasta que confió en él y lo nombró su segundo al mando.
Ux avanzó hasta colocarse frente a la bestia que echaba espuma por la boca y rezumaba odio por los ojos.
No conocía a Daryos, así que ni siquiera podía evocar una imagen de su hijo.
El hijo que le habían arrebatado, como tantas otras cosas.
La traición de Tatiana había ido mucho más lejos de lo que él jamás habría imaginado.
Ni siquiera Yolk le habló nunca de ello.
O bien la reina se lo ocultó hábilmente, o bien compró su silencio. Ambas cosas eran posibles.
Un hijo entre humana y barog, fruto del amor. Eso reafirmaba lo que él siempre había creído: que Tatiana era su hoa uhane , no la de Drashir.
Sabía que Daryos era un barog valiente, honorable e íntegro. Uno de buen corazón y amado por todos.
Ux también había tenido buen corazón mucho tiempo atrás.
«Yo te contaré la verdad, hijo. Entonces, tendrás que elegir entre tu medio hermano y yo».
—¡Pelea! —gritaron al unísono las tres líderes.
Y el monstruo saltó sobre él.