El Destino del Barog (El rapto de las descendientes 5) 10 estamos jodidos
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10 estamos jodidos

callie

—¿ Nashies , en serio? —dijo Daryos mientras movía la pierna nerviosamente. El pobre estaba bastante pálido.

—No lo sabemos a ciencia cierta, hermano —dijo Cyrus por enésima vez, con una paciencia que le honraba. Yo habría enviado a la mierda a mi amorcito hacía rato.

—Tú escuchaste a Sulveh igual que yo —insistió.

—Que crea que tuviste una premonición, D, no significa que realmente la tuvieras.

—Ah, ¿no? Entonces, ¿qué coño fue eso?

—Estamos sometidos a mucha presión, D. La guerra se nos echa encima.

—No me jodas, C, me conoces bien. A mí no me tumba ni una estampida de rinos. Puedo estar preocupado por la guerra, como tú y todos, pero yo no sucumbo al miedo ni a los nervios.

—Lo sé, hermano. Solo digo que… quizás simplemente te desmayaste —repitió el rey.

—¡Y una mierda! Sulveh no ha dudado.

—Pero tampoco ha asegurado que sea así.

—Es un guardián del templo, C. Veamos, de todos nosotros, ¿quién demonios va a saber de esa clase de cosas mejor que él? Seguro que, estando cerca de los ancianos, ha visto un montón de situaciones extrañas.

—Admite que tu hermano tiene razón, Cyrus. Si no, ¿qué otra explicación encuentras a lo que le ha sucedido? —intervine.

Me había quedado muy preocupada cuando Lansh apareció en el claro de la selva, me contó lo que había sucedido y me pidió que acudiera corriendo al palacio.

—No digo que no la tenga. Es solo que me cuesta comprender lo que os está ocurriendo con eso de la marca.

—¿Y a nosotros no? Mira, de pronto averigüé que podía comunicarme con los llitops , y ahora Daryos parece que puede ver el futuro.

—Tampoco te pases, amor —dijo mi barog, con una sonrisa estúpida en la boca.

—Eso, tú sigue sin creer que la marca sirva para algo. Quizá cuando una de esas nashies te arranque una mano empieces a tomártelo en serio.

—¿Te das cuenta, C? Mi hoa uhane siempre me dice unas cosas tan bonitas…

Puse los ojos en blanco.

—Callie tiene razón. Lo comprendamos o no, esas bolas peludas se comunican con ella de algún modo a través de la marca.

Y si a ella le ocurre, ¿por qué no pensar que también pueda manifestarse algo en ti, Daryos?

—dijo Tina con esa mirada oscura y penetrante que nos dejaba a todos clavados en el sitio.

La tía había nacido para gobernar y lo estaba disfrutando.

—Tienes razón, mi reina, pero no es fácil de asimilar —dijo Cyrus.

—Pues mejor que os pongáis las pilas y lo asimiléis pronto, porque si esas nashies vienen realmente hacia aquí… —comencé.

Daryos acabó la frase por mí:

—Estamos bien jodidos.

Nos quedamos los cuatro en silencio, mirándonos.

—Habladnos de esos animales. ¿Por qué les tenéis tanto miedo? Hemos lidiado con pulpos y les hemos vencido —dijo Tina.

—Por los pelos, mi reina. ¿O acaso has olvidado la maravillosa experiencia de los pantanos?

—¡Vivís entre leones y panteras, por todos los dioses!

El rey y el príncipe intercambiaron una mirada que no me hizo ni pizca de gracia.

Tina resopló. Se levantó, salió de la sala y regresó al cabo de unos segundos con una jarra llena de licor y cuatro vasos de madera. Los sirvió uno a uno mientras la observábamos en silencio. Cyrus esperó a que volviera a sentarse para empezar a hablar:

—Las nashies son como las hienas carroñeras de la Tierra, solo que mucho más grandes.

—¿Cómo de grandes? —pregunté, no muy segura de querer oír la respuesta.

—Casi como los felinos —dijo Daryos.

—Mierda —murmuré.

—Son traicioneras, astutas y sanguinarias. Comen restos de animales muertos, así que no necesitan cazar. Sin embargo, les encanta matar por placer y despedazar a sus víctimas. Son muy sádicas —continuó Cyrus.

Tragué saliva.

—¿Un león puede vencer a una nashie ? —preguntó Tina.

—Enzo podría con cualquiera de ellas. El problema es que son muchas…

y nunca atacan solas. Se lanzan en grupo a por su presa, la acorralan y la despedazan.

Eso lo dificulta, aunque un león, una pantera o un barog podría incluso vencer a un grupo de ellas si tiene suerte y no lo muerden nada más empezar —explicó Daryos.

—Un solo mordisco de sus fauces podría atontarte o incluso dejarte fuera de combate —añadió Cyrus.

—¿Y eso por qué? —pregunté.

—Porque su boca transmite infecciones casi inmediatas que se meten en la sangre y te debilitan. Son los animales más peligrosos de Nemea. —Las palabras de mi barog me dejaron helada.

—¿Por qué accederían las nashies a luchar para Ux? —preguntó Tina.

—No lo sé, pero una guerra les proporcionaría todo aquello con lo que se deleitan: sangre, vísceras y sufrimiento.

—¿Qué más puede ofrecerles Ux? —quise saber. La cosa se ponía cada vez más fea.

Recé para que nunca tuviera que encontrarme cara a cara con uno de esos monstruos.

—Cadáveres para darse un festín hasta hartarse; esa es su mejor baza. Tal vez, también el permiso para deambular por zonas más cercanas a la aldea, que ahora les están vedadas —dijo Daryos—. ¿Tú qué opinas, C?

—Que Ux tiene que estar muy desesperado para acudir a las nashies .

Sabe tan bien como nosotros que son imprevisibles y traicioneras.

Podrían girársele en contra antes incluso de llegar aquí.

Además, si quiere que las descendientes sobrevivan a la guerra, no puede lanzar a las nashies libremente sobre la aldea.

Tendría que pensar en alguna manera de controlarlas o refrenarlas, y no se me ocurre ninguna —dijo el rey.

Nos quedamos pensativos.

—Puede que solo viera a las nashies porque es una posibilidad, pero que aún no se haya cerrado ningún trato entre Ux y ellas.

—Pongámonos en el peor escenario: supongamos que realmente tuviste una premonición y que sí que se van a aliar con los hermanos perdidos. ¿Cómo luchamos contra ellas? —pregunté.

Daryos y Cyrus se miraron.

—Ninguno de nosotros ha luchado contra las nashies , tan solo hemos oído viejas leyendas, todas terribles. Pero hay un guardián, el más antiguo de todos, que tuvo que enfrentarse a ellas en una ocasión hace siglos. O eso es lo que dicen las habladurías —explicó el rey.

—Entonces, hablemos con Sulveh y que nos traiga a ese guardián ahora mismo —soltó Tina con contundencia.

Todos asentimos.

—Fue hace casi diez siglos —empezó Thauren, el guardián más antiguo del templo.

No aparentaba más de cuarenta años—. Tenían a un trío de líderes más ambicioso que los anteriores, y vagaban a su antojo por la selva.

Atacaban a aninfs , rinos, linces…, principalmente por diversión, y casi siempre se salían con la suya.

—¿Y a barogs? —preguntó Cyrus.

—Solo un par de veces. Son astutas y saben que con nosotros tienen las de perder, a menos que pillen a uno solo y desprevenido.

Pero sus artimañas estaban menguando la población de rinos y algunos otros animales.

No podíamos permitirlo. Cada vez se envalentonaban más, así que el rey decidió cortarlo de raíz.

—¿Cómo lo hicisteis? —preguntó Daryos.

—Las esperamos en una zona por la que solían merodear y causar problemas. Las atrajimos con un cebo y, cuando se acercaron, poseídas por su sed de sangre y carroña, las despedazamos.

—¿Qué armas usasteis?

—Las lanzas. Empalamos a todas las que avanzaban al frente y las demás se dispersaron.

Hicimos una formación de barogs, sólida e inquebrantable, agachados y ocultos en la vegetación.

Cuando se lanzaron sobre nosotros, les clavamos las lanzas en el cuello, el pecho o el abdomen.

Las masacramos, y ya no volvieron a molestarnos.

—¿Hubo heridos en vuestras filas? —preguntó Tina.

—Unos cuantos sufrieron mordiscos. Uno murió de la infección, los demás lograron sobrevivir gracias a los cuidados de nuestro sanador de entonces, un antepasado de Xioh —explicó.

Todos asentimos.

—La fórmula se transmite de sanador a sanador. Hablaré con Xioh para que confeccione reservas por si las necesitásemos —se ofreció Sulveh.

—Me parece bien. Dile que Emilia y Penny le ayuden. Si necesita a alguien más, que escoja un grupo de descendientes y les dé indicaciones de cómo prepararla —ordenó el rey.

Sulveh asintió.

Era buena idea. Los guerreros debían entrenarse y construir empalizadas y armas, pero las mujeres podían marcar la diferencia en esta guerra ayudando en cosas así.

A buen seguro, agradecerían colaborar, fuese en lo que fuese.

Yo misma me ofrecería a Xioh por si me necesitaba, aunque algo me decía que era mejor que siguiera entrenando. Solo por si acaso.

De pronto, me vino a la cabeza una pregunta obvia.

—¿Qué usasteis como cebo?

Thauren clavó sus ojos casi amarillos en los míos.

— Llitops.

—¡¿Qué?! —se me revolvió el estómago.

—Se coge a cuatro o cinco, se les hace un corte para que sangren y se les mete en una jaula en un claro en la selva —explicó.

—Eso no va a ser posible —dije negando con la cabeza, medio mareada.

Daryos intentó cogerme la mano, pero yo me aparté.

—He visto muchos llitops correteando cerca de la aldea, incluso dentro. No creo que tengamos ningún problema en capturar a unos pocos.

Me levanté de golpe, volcando mi vaso de licor a medio terminar, y apoyé las manos en la mesa.

—Mira, Thauren, seguro que eres un guardián muy experimentado y todo eso, y que lo que propones funcionaría. Pero nadie en esta aldea va a hacerle daño a uno de mis llitops . ¡Nadie! Y eso va por vosotros también —dije alzando una mano y señalando uno a uno a todos los presentes.

Thauren y Sulveh me observaron como si estuviera loca. Al menos mantuvieron el pico cerrado y se limitaron a mirar al rey y al príncipe, aguardando a que intervinieran.

—Amor, siéntate, ¿quieres? Nadie les va a hacer daño a tus amiguitos —dijo Daryos.

Le lancé una mirada furibunda. No estaba para tonterías.

—No estoy bromeando, amorcito. ¿Quieres quedarte sin el polvo del mediodía, el de la tarde y, ya puestos, el de la noche?

Negó enérgicamente.

—La sangre de llitop es un manjar para las nashies . Las excita tanto que pierden la cabeza y se lanzan en su busca. Es lo único que nos dará la ventaja necesaria para vencerlas —insistió el guardián—. ¿En serio son amigos tuyos? Jamás había escuchado nada igual.

—Pues sí. Un grupo de llitops serraron los barrotes de nuestra celda en los pantanos y nos liberaron. Desde entonces, pululan por aquí cerca y los considero mis amigos —expliqué de carrerilla.

Daryos tiró de mi brazo y al fin logró que me sentara. Me colocó una mano en la parte baja de la espalda, intentando transmitirme calma. A mí lo que me apetecía era arrearle una buena hostia.

—¿Hay algún modo de tenderles una trampa sin usar llitops ? —preguntó Cyrus, que ya se estaba hartando de mí.

La paciencia no era precisamente una de las virtudes del rey y conmigo la perdía con bastante facilidad.

—Nada tan efectivo.

Mierda. Me estaba poniendo de los nervios.

—Callie —dijo el rey, clavando sus ojos en los míos—. Si las nashies entran en la aldea, nos harán picadillo.

—Ni siquiera sabemos si Ux ha pensado en reclutarlas, Cyrus.

—Tu barog pronunció esa palabra. Si nos pides que te creamos cuando afirmas que te comunicas con los llitops , me parece justo pedirte que creas al menos en la posibilidad de que Daryos haya tenido una premonición, ¿no?

«Ahí me ha pillado».

—Tienes razón, pero no vamos a desangrar a uno de nuestros aliados para ofrecérselo a esas bestias inmundas.

Tina dio un golpe en la mesa para llamar nuestra atención.

—Veamos, Thauren, ¿sería suficiente con unas gotas de sangre para atraerlas? ¿Podríamos hacerlo sin que peligrara su vida?

—Podríamos intentarlo, aunque tendríamos que impregnar una buena zona con su aroma.

—Callie —empezó Tina, mirándome fijamente. Cuando se ponía tan seria, acojonaba un poco, sobre todo ahora que tenía como mascota a la líder de las panteras—, tal vez podrías comunicarte con Naranjito de algún modo y explicárselo.

—¿Naranjito? —preguntó el guardián. Sulveh le hizo un gesto para que se callara.

—Podría intentarlo, pero no es que podamos mantener una larga conversación. Es más bien algo como… ¿prefieres esto o aquello?

—Inténtalo. Tienes que hacerle entender que necesitamos a cuatro o cinco de los suyos; que necesitamos su ayuda. Que les haremos una pequeña herida y los encerraremos en la jaula, pero que no los abandonaremos a su suerte.

Resoplé.

—Si esas bestias llegan hasta aquí, nuestras probabilidades de vencer bajarán en picado.

Tendremos que luchar contra ellas, los híbridos de barog y aninf, y quién sabe qué otras aberraciones.

Tenemos que detener a las nashies y aniquilarlas —insistió mi amiga.

Debía admitir que su discurso era convincente.

Todos me observaban.

Lo que me pedían era imposible… o casi. Pero no era estúpida: sabía bien lo que nos estábamos jugando. Era muy consciente de lo que Ux era capaz de hacer y lo que ocurriría si él ganaba la guerra.

No podía permitirlo.

—De acuerdo. Hablaré con Naranjito. Si finalmente Ux trae a las nashies , estaremos preparados.

—Gracias, Callie —dijo Cyrus.

Los guardianes se marcharon y el rey y el príncipe siguieron debatiendo todas las posibilidades. Tina y yo aportamos las ideas que se nos ocurrieron, y acabamos comiendo los cuatro juntos ahí mismo.

Y cuando al fin salimos de la morada de los reyes y el sol de mediodía me calentó el rostro, supe que todos y cada uno de nosotros íbamos a tener que poner de nuestra parte para vencer esa guerra.

Solo esperaba que el precio a pagar no fuera demasiado caro.