El Destino del Barog (El rapto de las descendientes 5) 9 todo está bien
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9 todo está bien

sylvia

La aldea junto al lago esmeralda, Nemea, hace setenta años

S entados a orillas del lago esmeralda, disfrutábamos de un pícnic delicioso, regado con ese licor de moras que Ciench y Toruch destilaban. Era el favorito de todos nosotros.

Elena, Marla, Susi y yo charlábamos sobre los nuevos vestidos que Susi había confeccionado. Estábamos muy emocionadas por probárnoslos. Un grupo de llitops pasó correteando no muy lejos, y a nuestros barogs no se les ocurrió nada mejor que empezar a tirarles moras.

Los frutos maduros impactaban en sus suaves pelajes, embadurnándolos por todas partes.

En cierto modo, aquellos machos enormes y fieros, de varios siglos de edad, conservaban un espíritu joven y juguetón.

Los más jóvenes eran Ciench y Toruch, que ya tenían más de un siglo y medio.

Los demás superaban los tres. Y ahí estaban, soltando carcajadas mientras apostaban a ver quién acertaba a más llitops.

—¡Llevo quince! —exclamó Sonah.

—Claro, capullo, porque tú estás más cerca —le soltó Goria, que corría como un loco para alcanzarle.

—Estoy de acuerdo con él, hermanito. Lo tuyo son las trampas, tío —dijo Sulveh entre risas.

—¡Veinte! —gritó Toruch.

—No, ¡imposible! —exclamó Ciench, lanzando otra mora—. ¡Eh, Sonah, deja de bloquearme el tiro!

Mi barog se rio de ese modo abierto y escandaloso que lo llenaba todo. Sonah era divertido, sociable y un poco alocado. Se llevaba bien con todo el mundo y era el primero en apuntarse a cualquier aventura. ¡Cuánto más arriesgada, más le entusiasmaba!

—¡Dieciséis! —gritó—. ¡Fíjate bien, cariño! ¡Voy a vencerlos! —dijo, girándose un momento a mirarme.

Puse los ojos en blanco.

—Tu barog es inagotable y un optimista nato —me dijo Susi, soltando una carcajada.

—Dímelo a mí —murmuré con una sonrisa.

Cuando regresaron, sudorosos y con los dedos pringosos de bayas, Sonah se acercó a mí, me agarró de la nuca y me plantó un beso en los labios.

—¡Estás hecho un asco! —exclamé entre risas—. Me has llenado el pelo de trozos de mora.

Lo aparté de un empujón y él se desternilló.

—No exageres, amor.

«Amor».

Ni una sola vez en todos esos siglos había escuchado esa palabra de sus labios sin estremecerme.

Capté la mirada que me dirigió Sulveh. La apartó en cuanto nuestros ojos se encontraron, tan rápido como siempre.

Tan deprisa que a menudo me preguntaba si realmente la había visto o solo era producto de mi imaginación.

Quería a Sonah. Era un barog amable, alegre y cálido que llenaba mi vida de color y sucesos excitantes.

Con el tiempo, nos habíamos convertido en grandes amigos y confiábamos el uno en el otro a ciegas.

Sin embargo, jamás le había amado como se suponía que debía hacerlo.

No sentía cosquillas en el vientre ni fuegos artificiales, ni esa excitación que te devora desde dentro cuando estás con tu alma gemela.

Sabía fingir y me había acostumbrado a ello.

Compartir la intimidad con él era agradable e, incluso, placentero.

Él me lo daba todo y se esforzaba por complacerme y hacerme feliz.

Yo le aseguraba que era el amor de mi vida y que todo era perfecto.

En cierto modo, lo era, pero no del modo en que debería haberlo sido.

Porque yo seguía amando a su hermano, con un amor de esos que queman y arrasan. Un amor devastador del que no podía desprenderme por mucho que lo intentara.

Por el bien de todos, me esforzaba por no mostrar ni una pizca de esas emociones prohibidas. Pero no podía evitar que me doliera el estómago y se ensanchara la brecha sangrante de mi corazón cuando veía a Sulveh con Elena.

A veces me preguntaba si él, al igual que yo, llevaba todo ese tiempo fingiendo. Si, en realidad, no amaba a Elena, sino que seguía amándome a mí. Si solo se había resignado a un destino que nos habían robado a los dos y había aceptado el designio de los dioses, contra el que nada podíamos hacer.

Sabía que Elena estaba locamente enamorada de Sulveh y creía firmemente que era su hoa uhane. No tenía ninguna duda al respecto. Y cuando hablaba de él, se le iluminaban los ojos de tal manera que yo tenía que apretar la mandíbula para no llorar. No había ningún error ahí.

Y en cuanto a Sonah, ocurría lo mismo: estaba loco por mí. Era imposible que estuviera fingiendo; era incapaz de hacerlo ni conmigo ni con nadie. Él era… tal cual. Podías leer en sus hermosas facciones sus emociones como en un libro abierto. Me amaba con locura.

Entonces, ¿qué narices había ocurrido conmigo? ¿Por qué ellos parecían completamente felices y yo me ahogaba en un amor no correspondido?

Cierto que, en alguna ocasión, Elena me había confesado que a veces Sulveh parecía ausente, perdido en sus pensamientos, y que, aunque era un cielo con ella, no solía mostrar tanto entusiasmo como Sonah conmigo, Ciench con Susi o Goria con Marla.

Toruch era un tema aparte… Era el único que no se había unido a nadie en la última cacería ni parecía tener demasiadas intenciones de hacerlo. Era un tipo encantador y peculiar, que amaba su libertad por encima de todo.

Entre esas confesiones de Elena y las miradas furtivas de Sulveh, me aferraba todavía a la esperanza, aunque se desvanecía cada día un poquito.

Y yo empezaba a resignarme.

Sonah no tenía ningún fallo. Era maravilloso, y yo rezaba a los dioses cada noche por que, al amanecer, le amara tanto como a Sulveh.

¿Por qué no era capaz de entregarle mi corazón con la misma intensidad?

Cualquiera de las descendientes hubiera sido plenamente feliz a su lado y se habría convertido en su hoa uhane. Cualquiera, menos yo.

Porque mi corazón pertenecía a su hermano.

Sulveh era sereno, amable y algo reservado.

Le costaba más manifestar su alegría y emoción; pero, cuando lo hacía, sus ojos resplandecían de un modo tan hermoso que me dejaba sin respiración.

Al igual que Sonah, era cálido y dispuesto siempre a ayudar a todo el mundo.

Era valiente, aventurero y salvaje, aunque más prudente que su hermano.

Tenía una capacidad de análisis de cualquier situación superior a los demás y era el pegamento del grupo, el que intermediaba cuando había una discusión acalorada y quien enderezaba cualquier cosa que se torciera entre sus amigos.

Y yo no podía olvidarle.

Jamás habíamos hablado de lo que había sucedido en la cacería.

Nunca comprendí por qué eligió a Elena en lugar de a mí, cuando fue él quien me llevó a Nemea y me profesó su amor en la Tierra.

Sus besos como humano, antes de atravesar el portal, habían sido sinceros y cargados de sentimiento.

Me dijo que no podía esperar a unirse conmigo, que eso lo haría el barog más feliz del mundo.

Todo eso se desvaneció aquel día terrible en la selva.

En alguna ocasión a lo largo de los años, se había acercado a mí con palabras ambiguas, como si tanteara el terreno para sacar el tema.

Pero yo no podría soportar una excusa o que me pidiera perdón.

Prefería seguir suspirando por él e imaginando que todavía me amaba secretamente, aunque jamás desde la cacería me hubiera insinuado nada al respecto.

Además, éramos buenos amigos. Como hermano de mi barog, pasábamos mucho tiempo las dos parejas juntas. Sonah y Sulveh se adoraban, así que no había forma de alejarme de él o perderlo un poco de vista. Era imposible que la herida de mi corazón sanara.

Tras el pícnic a orillas del lago, nos desplazamos a nuestra casa para continuar con la fiesta.

Se acomodaron todos en los cojines y los bancos de la sala de estar, mientras Marla me ayudaba con las bebidas.

Habíamos ingerido ya demasiado licor, pero nadie parecía dispuesto a renunciar a unos vasos más.

Cuando le tendí el suyo a Sulveh, sentado entre Elena y su hermano, nuestros dedos se rozaron. De inmediato, alzó la vista y nuestras miradas se encontraron. Por algún motivo, tardamos más de lo habitual en apartarlas. Quizá solo fuese por el licor que corría por nuestras venas.

La segunda vez que me levanté a buscar otra jarra a la despensa, él se ofreció a ayudarme y me siguió en silencio hasta ahí.

—¿Eres feliz, Sylvia? —me soltó de pronto, situado a mi espalda mientras yo cogía la jarra.

Cuando me di la vuelta, la mota de oro brillaba más que nunca en medio del bronce.

No contesté. Así que él insistió:

—¿Eres feliz con mi hermano?

Y ahí estaba la pregunta más complicada de responder.

—Sonah es un barog magnífico. Me ha dado una buena vida.

—No es eso lo que te he preguntado —dijo con la voz un poco ronca y temblorosa.

Suspiró. Levantó una mano y sus dedos me rozaron la mejilla. Después, cogió otra jarra, como si mantener las manos ocupadas fuera lo único capaz de evitar que me tocara.

—¿Y qué me estás preguntando exactamente, Sulveh? —lo desafié con un nudo en la garganta.

—¿No has pensado alguna vez cómo serían las cosas si… si yo hubiera llegado antes que él?

¿Me estaba hablando de la cacería?

—Tú llegaste a mi vida antes que él. Y me trajiste a Nemea.

«Y luego elegiste a otra y te olvidaste de mí», pensé con el corazón en un puño. Pero jamás tendría el valor de decírselo. No quería recriminarle nada, eso solo empeoraría las cosas y me haría sentir fatal.

Hizo una mueca de dolor.

—Lo sé. Me refiero a la cacería.

Negué con la cabeza.

—Elegiste a Elena, Sulveh. Los dioses trazaron nuestros destinos.

—Eso no fue lo que…

Sonah irrumpió en la despensa.

—Si tardáis más en traer el licor, vamos a tener una revolución en casa —dijo con una carcajada.

Me acarició el trasero y me cogió la jarra de las manos.

—Como sigamos bebiendo, van a acabar quedándose todos a dormir en nuestro salón —dije.

Soltó otra carcajada y salió de la despensa. Yo me apresuré tras él, pero Sulveh me agarró de la muñeca.

—Sylvia…

—Oye, todo está bien, ¿de acuerdo? Me hiciste algunas promesas que no cumpliste. No pasa nada. Lo comprendo. Tú amas a Elena y yo a Sonah.

Se llevó una mano al pecho, sobre el corazón.

—Me gustaría hablar de eso contigo.

—Mira, no necesito disculpas ni excusas. Tú y yo somos cuñados y buenos amigos, eso es… suficiente.

—¿Lo es para ti? —preguntó alzando las cejas y abriendo mucho los ojos.

—Como te he dicho, todo está bien. ¿Vamos?

Me solté, le di una palmadita en el brazo y le sonreí, aunque las ganas de llorar ganaban terreno. Pero no iba a derramar ni una lágrima. Me negaba a que se diera cuenta de que seguía patéticamente enamorada de él después de todo ese tiempo, mientras que él había pasado página y amaba a su pareja.

Salí de la despensa con el corazón galopando en mi pecho.

Él tardó un poco en aparecer y, cuando lo hizo, no me miró. Se mantuvo distante conmigo durante unos días, y después todo volvió a la normalidad entre nosotros.

Y yo seguí amándole.