El Destino del Barog (El rapto de las descendientes 5) 8 un ojo de cada color
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8 un ojo de cada color

El palacio, la aldea, Nemea, hace veintinueve años

Reina Tatiana

T atiana empujaba con todas sus fuerzas cada vez que la comadrona oficial de la aldea se lo pedía.

Drashir estaba justo a su lado, cogiéndole la mano y susurrándole palabras de ánimo.

Pese a que la reina ya había dado a luz varias veces, ninguno de los partos anteriores había sido tan complicado como este.

Llevaba horas sufriendo terribles contracciones que la llevaban al límite de su autocontrol. Tenía la sensación de que el dolor iba a partirla en dos y, si se alargaba mucho más, no podría seguir soportándolo.

Penny, su mejor amiga, se encontraba al lado de la comadrona, asistiéndola en todo lo que esta le pedía. Tatiana agradecía su presencia, que la ayudaba a no desfallecer.

—Uno más, mi reina —pidió la comadrona, sudando a mares. El bebé era grande y, aunque venía en la posición correcta, no le daba la gana de salir—. Veo la coronilla, pero el muy cabezota debe de estar demasiado bien ahí dentro.

Drashir sonrió ante el comentario, y Tatiana lo habría hecho también si no estuviera sufriendo como una condenada. Los dioses no se lo estaban poniendo fácil; ese hijo sería de armas tomar. Pero ¿acaso alguno de sus hijos no lo era?

Cyrus correteaba por el pasillo, al otro lado de la puerta, al cargo de su hermano Ceeris, que lo adoraba.

Aunque se llevaban muchos años, eran uña y carne, y se adoraban.

Ambos, como el resto de la familia, estaban ansiosos por conocer a su nuevo hermanito, que tanta guerra estaba dando ya incluso antes de nacer.

—No puedo más… —murmuró Tatiana con un hilo de voz. Aunque Drashir le había dado de beber agua de coco, tenía los labios resecos.

El sudor le corría entre los pechos y empapaba la colcha bajo su cuerpo, tenso y tembloroso.

—¡Claro que puedes, amor! Lo has hecho antes y volverás a hacerlo —dijo el rey, acariciándole el pelo. Pese a sus palabras, había una mueca de preocupación en su rostro—. ¿Es normal que esté ardiendo? —preguntó cuando le rozó la frente.

—¿Has visto el esfuerzo que está haciendo tu hoa uhane, mi rey? —dijo la comadrona—. Recuerdo que me hiciste la misma pregunta cuando nació el pequeño Cyrus.

Drashir se tranquilizó un poco. Esa comadrona era la mejor; estaban en buenas manos.

—Todo irá bien, Tatis —le susurró con dulzura a la reina.

Ella se limitó a asentir. Cualquier otro movimiento le habría sido imposible.

De pronto, Tatiana arqueó la espalda, presa de terribles convulsiones, y profirió un grito desgarrador.

—¿Qué demonios está ocurriendo? —preguntó el rey, con las facciones desencajadas.

La comadrona no contestó enseguida. Su concentración era palpable en cada línea de su rostro. Penny tampoco sabía lo que sucedía.

—Parece que… el niño se ha transformado en barog ahí dentro —balbuceó, desconcertada.

Drashir se puso lívido.

—¡¿Cómo es posible?! —gritó el rey—. No sobreviviría al parto. Ninguno de los dos lo haría.

Penny se llevó la mano al pecho, consciente del momento tan delicado en el que se encontraban.

Tras unos segundos de agonía, el cuerpo de Tatiana volvió a relajarse y dejó de sacudirse.

—Todo está bien, parece que ha vuelto a su forma humana —dijo la comadrona, aliviada—. Pero debemos darnos prisa por si acaso. Otro de esos espasmos nos complicaría mucho las cosas. Y si vuelve a transformarse en barog… —Dejó la frase en el aire.

Drashir y Penny asintieron.

—Empuja una última vez, Tatiana. Con todas tus fuerzas. Un empujón largo y sostenido.

La reina, a pesar de estar a punto de desmayarse, obedeció. Traería al mundo a ese niño testarudo y lo amaría con toda su alma, tal como amaba a cada uno de los anteriores.

En apenas unos segundos, la cabeza y los hombros estaban fuera, y la comadrona tiró de él con suavidad hasta sacarlo por completo.

El llanto del bebé retumbó en el dormitorio, vibrante y poderoso, arrancando lágrimas de felicidad a sus padres.

Penny también lloraba y reía de emoción mientras cortaba el cordón umbilical y la comadrona lo pinzaba.

—Con esos pulmones, va a ser un barog sano y fuerte —comentó la comadrona, contenta con el desenlace, mientras aplicaba las curas correspondientes a Tatiana y Penny envolvía al niño en una colcha pequeña y colorida.

Cuando estuvo listo, se lo entregó a su madre.

Tatiana y Drashir, pegado a ella, contemplaron a su nuevo hijo con adoración, con los ojos vidriosos y los corazones henchidos de felicidad.

El pequeño Daryos tenía todavía la carita un poco hinchada y enrojecida por el esfuerzo de nacer, y los ojos cerrados. Su pelo era oscuro y la piel dorada. Una preciosidad.

—Es tan bonito… —murmuró Tatiana, besándole la manita.

—Lo más hermoso de Nemea —dijo Penny, junto a la cama.

La estampa que tenía ante sus ojos era maravillosa.

Por un instante fugaz, se preguntó si alguna vez ella formaría parte de algo así.

En cuanto le vino Gushia a la mente, desechó la idea.

Mientras ella pudiera evitarlo, jamás tendría hijos con ese barog que decía amarla con locura, pero demostraba todo lo contrario.

—Es un fortachón. Va a ser un magnífico príncipe de Nemea —dijo su padre con orgullo, alzando su voz grave.

Tatiana miró al rey con ternura.

Entonces, el pequeño abrió los ojos.

Tatiana contuvo la respiración, sintiendo como la angustia la aplastaba.

—¡Fíjate en sus ojos, Tatis! —exclamó el rey—. ¿No son los más originales de toda la aldea? Uno verde esmeralda, como los tuyos, y uno celeste luminoso como…

Penny alzó la vista y se encontró con la mirada suplicante de su amiga. Supo al instante que todo podía saltar por los aires. Contuvo la respiración, pensando con rapidez cualquier argumento que pudiera justificar esa tonalidad en uno de los ojos del pequeño príncipe.

Tatiana estaba haciendo exactamente lo mismo, pero no se le ocurría nada, así que se mantuvo en silencio, aguardando a que su mundo se desmoronara en cuestión de segundos.

—¡Como mi abuelo materno, eso es! —dijo Drashir—. El muy cabrón tenía los ojos más azules que se habían visto nunca. —Soltó una carcajada de júbilo—. Una pena que yo solo heredara una pequeña mota grisácea en un ojo.

Tatiana y Penny suspiraron, aliviadas.

La reina se dijo que había estado sufriendo todo ese tiempo para nada.

Todo había salido bien… o casi. Porque, aunque el abuelo del rey tuviera los ojos azules; aunque ella se hubiera tomado aquel tónico que le dio Penny tras acostarse con Ux; y aunque al día siguiente se acostó con Drashir, su verdadero hoa uhane y el único con el que debería ser capaz de engendrar…

, algo le decía que ese niño era hijo de Ux.

Su ojo azul radiante.

Su pelito negro como el ónice.

Y su propia intuición.

Que los dioses la perdonaran si ese era el caso. A todos los efectos, sin embargo, Daryos era hijo del rey: una verdad bendecida por Ooris y sellada para siempre con el silencio del anciano.

Así que soltó el aire que había estado reteniendo y se convenció de que el bebé era de Drashir y ella, fuera verdad o no.

Miró a su amiga y sonrió. Penny, convencida de que todo había acabado bien y de que no había ninguna posibilidad de que Ux fuera el padre, le devolvió la sonrisa.

Ella no tenía ninguna duda de que Daryos era del rey.

La mota azul en su ojo y el ancestro de ojos azules lo confirmaban, así como también se lo habían asegurado en el templo.

La reina podía estar tranquila. Su desliz no había traído consecuencias y su secreto estaba a salvo con ella.

—Trae, deja que coja a mi hijo —dijo el rey, deslizando las manos bajo el cuerpecito de Daryos y acercándolo a su pecho musculoso—.

Hola, hijo mío. Vas a ser un gran barog, ya lo verás.

Tenemos mucha suerte de tenerte, y tú eres muy afortunado porque has nacido en una familia llena de amor y respeto.

Los ojos de Tatiana se llenaron de lágrimas y empezaron a resbalar por sus mejillas.

La primera vez que contemplaba a su rey sostener a cada uno de sus hijos era un momento muy especial para ella.

La emoción le subía por la garganta y se sentía tan feliz que el sentimiento apenas le cabía dentro del cuerpo.

Mientras Drashir seguía hablándole a su hijo y haciéndole carantoñas, Penny le pasó un paño húmedo y fresco a su amiga por el rostro y el cuello. Cuando la comadrona acabó con ella, la cubrieron con la colcha hasta la cintura.

—Gracias —murmuró Tatiana.

El agotamiento empezaba a adormilarla, pero no quería perderse detalle de la escena que tenía ante sí.

—Vamos a verte enterito, Daryos —dijo Drashir con una sonrisa.

En ese momento, la puerta se abrió y el pequeño Cyrus entró, tambaleándose de la mano de su hermano Ceeris. Toruch y Ciench asomaron por la puerta y se quedaron ahí, sonrientes.

—¡Mirad qué hombrecito tenemos en la familia!

—les dijo Drashir, orgulloso, mostrándoles a su hijo.

Ellos lo felicitaron. Entonces, se sentó en el banco que habían puesto junto a la cama y le hizo una señal a Cyrus para que se acercara—.

Veamos si tu hermanito tiene todos los deditos, C. ¿Me ayudas a contar?

El niño asintió, sin saber muy bien lo que tenía que hacer, pero fascinado con su hermano. Le tocó la barriguita y la barbilla, y le hizo sonreír. Él soltó una carcajada.

—Uno, dos, tres, cuatro cinco dedos en esta mano.

Veamos la otra —dijo el rey, repitiendo el proceso.

Después, comprobó los deditos de los pies—.

Sí, parece que todo está en orden. Y tiene el pene y los testículos bien gordotes, como todos los miembros de esta familia —dijo soltando una carcajada. Cyrus se rio también.

—No seas bruto, mi rey —murmuró Tatiana sonriendo.

—Hay que decir las cosas como son, mi reina —soltó y luego le guiñó un ojo a C, que lo miraba atentamente. El niño adoraba a su padre—. Ahora, hay que esperar a que se transforme.

—Aún es pronto —dijo la comadrona.

—Todos mis hijos cambiaron a barog poco después de nacer.

Tatiana puso los ojos en blanco.

—Por una vez, ten paciencia, mi rey.

Drashir y Cyrus miraron fijamente al bebé durante unos minutos mientras el príncipe los observaba con sus grandes ojos dispares.

Y tal como había dicho el rey, su cuerpecito empezó a temblar, una cola preciosa, de pelaje suave y negro, emergió de pronto y, en cuestión de segundos, se completó el cambio.

Daryos parecía muy sorprendido con lo que acababa de pasar. En lugar de llorar asustado, esbozó una sonrisa que encandiló a su padre y a su hermano.

—¡Ah, lo sabía! ¿Te das cuenta, Tatis? Todos nuestros hijos son unos portentos.

—Eso seguro, con un padre como tú, no es para menos.

Drashir se hinchó de orgullo.

—Veamos esa cola fuerte, pequeño D.

El rey le dio la vuelta y lo colocó bocabajo con cuidado sobre sus poderosos muslos. Y en cuanto sus ojos se clavaron en la parte baja de la espalda de Daryos, supo que ese hijo en concreto iba a ser el más extraordinario de todos.

Con una emoción desbordante y el corazón retumbando como un tambor en su pecho, alzó los ojos oscuros llenos de lágrimas y orgullo hasta encontrarse con los de su amada.

En cuanto ella lo vio, se apoyó en los codos para incorporarse un poco.

—¿Qué sucede, Drashir?

—Tiene la marca, Tatis.

—¿La marca… de la espiral? —aventuró ella con una creciente angustia en el pecho.

Drashir asintió.

—Nuestro hijo es el barog de la profecía —soltó él, exultante. Era el mayor honor que existía en su especie.

El recuerdo fugaz de lo que decía la profecía desfiló por la mente de Tatiana. Se estremeció mientras el rey envolvía de nuevo a Daryos con la colcha, lo alzaba en brazos y se apresuraba hacia sus amigos, que seguían aguardando en el pasillo, para darles la buena nueva.

Un escalofrío recorrió la columna vertebral de la reina.

Venían tiempos convulsos.