El Destino del Barog (El rapto de las descendientes 5) 7 LA cacería #2
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7 LA cacería #2

Era enorme, pero me había dicho la verdad: no me dolía más que lo esperado en una primera vez. Cuando estuvo dentro del todo, hasta el fondo, se quedó quieto durante unos segundos, dándome tiempo para que me amoldara a su tamaño.

—¿Estás bien? —Su voz apenas fue un murmullo ronco en mi oído, interrumpido por gemidos.

Asentí.

Se estaba conteniendo por mí. Mi barog no se parecía en nada a todas esas bestias que corrían por la selva derribando mujeres con hondas y violándolas en el suelo. Yo era afortunada.

Empezó a moverse, retirando el pene despacio y volviendo a empujar justo después, hasta llegar de nuevo a lo más hondo. Repitió el movimiento varias veces, lento y tortuoso, a veces en círculos, hasta que me acostumbré a él.

Cuando aceleró el ritmo de las embestidas y desató su necesidad de mí, le pasé los dedos por la espalda, sintiendo los músculos poderosos bajo las yemas, el tacto de su piel curtida, el sudor que le corría por todas partes, fruto del esfuerzo.

Le clavé los talones en los costados cuando dio una estocada más fuerte y profunda que las demás, y se me escapó un gemido.

Su risa oscura reverberó en mi piel.

Aquello era muy agradable, delicioso. Sin embargo…

, no estaba sintiendo lo que creía que iba a sentir.

Algo era distinto entre nosotros, como si nuestros cuerpos estuvieran conectados a la perfección, pero no nuestras almas.

Quizá solo sería así la primera vez porque estaba nerviosa y pendiente de cada uno de sus movimientos, más que de abandonarme a todo lo que sentía mi corazón.

Debía dejarme llevar. Solo que no podía hacerlo por completo. Había algo que me retenía.

Con la última embestida, clavó sus ojos de bronce en los míos y su pene se enganchó en mi interior de un modo extraño y muy placentero.

Me agarré a su cuello mientras su cuerpo se ponía rígido y su musculatura temblaba, presa de espasmos.

Se liberó dentro de mí, caliente y resbaladizo, sin dejar de mirarme.

Y cuando al fin se vació del todo, acercó su rostro al mío y me rozó los labios en un beso suave y vacilante. Después, se apartó y me sonrió. Una amplia sonrisa de satisfacción y felicidad.

Me bajó las piernas con cuidado y, cuando mis pies se asentaron en el suelo, me abrazó y volvió a besarme. Esa vez fue un beso apasionado.

—¿Te ha gustado, preciosa? —me preguntó, acariciándome el pelo.

—Sí. Ha sido hermoso.

—¡Ha sido increíble! Nunca había sentido nada igual. Vamos a ser una pareja maravillosa tú y yo —dijo sonriendo. Sus ojos brillaban de ilusión.

La sensación de que algo no marchaba bien se acrecentó en mi pecho, alcanzando todos los rincones de mi ser. La ansiedad me devoraba y no tenía ni idea de por qué. Estaba con el barog al que amaba y con quien deseaba estar. Había cruzado el portal sin dudar de mi amor por él.

Entonces, ¿por qué sentía un vacío donde siempre había existido esa conexión abrumadora entre ambos?

Me tomó de la mano y entrelazó nuestros dedos, los suyos con las garras retraídas.

Caminamos un buen trecho en silencio, tan solo mirándonos de vez en cuando.

Los gritos y lamentos cada vez eran más esporádicos.

La cacería llegaba a su fin, y la selva se calmaba a nuestro alrededor, tras el horror que se había desatado.

La pesadilla terminaba; aunque, para muchas, no había hecho más que comenzar.

Sentí un nudo en el estómago y una tristeza tremenda por todas esas mujeres que habían sido obligadas a unirse a alguien a quien ni siquiera conocían.

—Enseguida llegaremos al lago esmeralda y sellaremos nuestra unión —dijo él.

—¿Todas las parejas se dirigen hacia allí?

Asintió.

—Te encantará el lago, ya lo verás. Es uno de nuestros lugares sagrados más bellos.

—Estoy deseando verlo.

Poco después, entre los helechos que se alzaban hacia el cielo, vislumbré las aguas esmeraldas de ese lugar sagrado. Jamás había visto nada igual. Parecía un paraíso, con todas esas piscinas naturales separadas por cañas de bambú y otra vegetación.

Al ensancharse el sendero, nos encontramos con otra pareja. Me alegré al reconocer a la mujer y ver su rostro tranquilo y feliz. Era Elena, una de mis amigas.

Cuando mis ojos se posaron en el rostro de su barog, mi corazón se detuvo. Él me miraba a mí con tanta tristeza que mi corazón crujió de dolor.

—Por cierto, me llamo Sonah —dijo el barog que me cogía de la mano—. ¿Cuál es tu nombre, preciosa?

La sangre se me heló en las venas y el planeta entero se sacudió bajo mis pies. Un abismo oscuro empezó a tragarme, directa a sus profundidades.

—Sylvia —balbuceé con las lágrimas cerrándome la garganta.

Sulveh seguía con los ojos clavados en mi rostro. Unos ojos de bronce con una mota dorada y brillante. Sus dedos estaban enlazados con los de Elena.

Miré al barog con el que acababa de yacer: Sonah. Sus ojos eran del mismo tono de bronce, pero no había en ellos ni rastro de la mota de oro.

Me costaba respirar.

—Felicidades, hermano —le dijo Sonah a Sulveh, acercándose a él y dándole un abrazo cargado de sentimiento.

Dos barogs como dos gotas de agua…, salvo por esa mota. El aroma también era distinto, así como algunas cicatrices. Y la voz de Sulveh era algo más grave. Por lo demás, eran idénticos.

Me había mencionado a su hermano, pero no tenía ni idea de que eran iguales.

En ese momento, la realidad me golpeó como un mazo implacable. Y supe que me había unido al barog equivocado… y que había perdido a Sulveh para siempre.